8 feb. 2014

LA LIMOSNA, UN DILEMA

Listo: Oye, Julio, tú que presumes de ser un tío con sentido común —lo que, sin que pretenda molestar, me parece algo petulante—, a ver si resuelves mis dudas. Últimamente, si caminas por cualquier parte de la ciudad sufres una especie de acoso por las personas que piden limosna. Dan pena, pero si tuviésemos que dar algo de dinero a todos los que lo piden habría que destinar una pasta gansa para este fin, y, como comprenderás, a uno tampoco le sobra el dinero. Pero cuando paso de largo y no doy nada me queda la desagradable sensación de no haber hecho lo que debía, es decir, me siento culpable por no haber dado, al menos, unos céntimos. O sea, tengo un dilema; ¿qué opinas tú?
 
Julio: De entrada, te diré que me parece un exceso calificar de acoso la actitud de estas personas; no es para tanto. Pero te confieso que a mí, como, supongo, a muchísimas personas, también me pasa lo que a ti. Sorprendentemente, coincido contigo; espero que no sirva de precedente.
 
L: Pero, ¿tú eres de los que da o de los que ni mira a los que piden?
 
J: No está bien hablar en público de estas cosas; ya sabes aquello de que «de lo que des con la mano derecha que no se entere la izquierda». Pero, bueno, como es algo tan corriente y de estos tiempos, tampoco está mal que hablemos aquí de ello. Así que te diré que unas veces me rasco el bolsillo y doy unos céntimos y otras no, o sea, otras veces paso de largo y, como tú dices, ni les miro.
 
L: Y cuando haces esto último, ¿sientes remordimientos? Anda, confiesa.
 
J: Pues sí, y me jode. Por eso opto por lo más cómodo: a veces intento evitar a los que piden cambiando de acera o utilizando zonas «libres». O sea, me autoengaño haciendo como que no les veo, y así me justifico.
 
L: Joder, Julio. Qué morro tienes; eso no vale. Hay que afrontar los propios actos; tanto si das como si no das. Lo que haces es escurrir el bulto y no afrontar el dilema.
 
J: Pues sí; ya te lo he dicho; creo que hago lo que hacemos la mayoría. Y sé que no está bien.
 
L: ¿Y qué es lo que está bien? Es decir, en tu opinión, ¿qué habría que hacer?
 
J: Pues dar algo en todos los casos; cada cual dentro de sus posibilidades. Si queremos ser honestos con nosotros mismos y con los prójimos de los que hablamos, los que podamos destinar una parte de nuestro dinero a las limosnas callejeras deberíamos estar siempre dispuestos a dar algo al que pide.
 
L: Pero tú sabes que, entre los que extienden la mano o se sientan en las aceras con un cartel en el que proclaman su desgraciada situación, hay mucho carota, que lo que quieren es conseguir unos euros diariamente sin mayor esfuerzo. Hay mucho jeta entre los mendigos.
 
J: Tú sabrás; yo no. Lo único que sé es que hay que estar muy mal, rematadamente mal, para dedicarse a pedir limosna. El hecho en sí es una gran desgracia. ¿Crees que alguna de estas personas, si pudiera ganarse la vida trabajando, iba a hacer lo que hace? Ni de coña, listillo. 
 
Por eso, al margen de las causas que en cada caso les hayan llevado a pedir limosna, sin entrar a valorar la forma en que lo hacen, independientemente del aspecto o de la edad que tengan y olvidándonos de cualquier otra consideración sobre estas personas, lo que tenemos que entender y asumir es, primero, que si piden es porque no tienen, y, segundo, que no pueden o no saben conseguir dinero por otros procedimientos. Terribles conclusiones, ambas.
 
L: Pero si todos diéramos limosna a todos los que la piden, estaríamos fomentando una forma fácil de ganarse la vida: la mendicidad, y las calles se llenarían de mendigos. Eso no tiene sentido, ¿no crees?
 
J: Puede que tengas razón (otra coincidencia; me lo voy a tener que mirar), si todos diésemos a todos, muchos se apuntarían y, seguro, se crearía otro problema político-social: la masiva mendicidad. Pero ahora estamos hablando de una cuestión moral: dar o no dar limosna a los que ahora la piden. Por lo tanto, nos debemos centrar en esto y analizar la cuestión desde la perspectiva de la ética o moral, olvidándonos de lo que podría pasar.
 
L: Vale, pero ambas cuestiones están ligadas; no las puedes disociar.
 
J: Insisto en que, para lo que nos ocupa, sí. Pasa igual que con los desahucios de los que no pagan las hipotecas. Los bancos y los que legislan argumentan que si toleran los impagos y no ejecutan los desahucios se puede provocar el problema (para el sistema financiero) de que nadie pague. Vale, es verdad en parte. Pero hay que tener en cuenta que tanto los impagos de las hipotecas como el aumento de la mendicidad son realidades sobrevenidas por una, esperemos que coyuntural y excepcional, degradación de la situación económica, y, por eso, también debemos reaccionar excepcionalmente ante ambos problemas.
 
Por eso, los legisladores y los jueces deben actuar, coyunturalmente, con flexibilidad ante los impagos de las hipotecas, y en lo de las limosnas, ahora, más que nunca, debemos asumir como una obligación moral el depositar unas monedas en la mano de los que la solicitan; naturalmente, cada cual deberá establecer lo que da en cada caso y lo que destina en total a este fin.
 
L: O sea, lo que estás diciendo es que cuando salgamos cada día por la mañana de casa ya debemos tener decidido cuánta pasta destinaremos ese día a limosnas callejeras. Parece algo absurdo o ridículo.
 
J: Si así te lo parece, no te lo discutiré; pero, si no quieres tener problemas de conciencia y quieres afrontar el dilema al que te referías al principio de esta conversación, no tendrás  más remedio que hacer algo así.
 
L: No sé, Julio. Lo del cupo diario limosnero me parece algo chungo.
 
J: Pues a ver qué otra solución se te ocurre. Porque lo tienes crudo. El hecho de que te hayas planteado el dilema dice algo bueno en tu favor: eres consciente de que cuando evitas dar limosna estás haciendo algo que no está bien. Y eso, en sí, es positivo: tienes conciencia, y esta te alerta de lo que haces mal. Otros, muchos, no la tienen y ni se plantean el dilema; al contrario, ante la cuestión que nos ocupa solo hacen despotricar y, en todo caso, apelar a las autoridades para que les «oculte o elimine» el problema. Si por ellos fuera, la deportación, el encarcelamiento y, si me apuras, los hornos crematorios serían una «solución».
 
L: Joder, Julio, no te pases, que tampoco es para tanto.
 
J: ¿Que no? Pregunta, pregunta...

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