Yo creo que los blogueros somos algo así como
“exhibicionistas intelectuales”; nos parecemos a los exhibicionistas de la
gabardina en que nos gusta mostrar aquello de nuestro ser que nos parece más
vistoso. Por el contrario, nos diferenciamos en que los blogueros exhibimos
nuestro pensamiento y, como mucho, algunas veces, damos de qué hablar, mientras
que los de la gabardina… siempre dan asco. Pues en esa pose de exhibir lo que
tenemos en la cabeza, una opción podría ser hablar de la vida propia, que es lo
más fácil, puesto que solo es necesario acceder al compartimento mental donde
vegetan nuestros recuerdos y ordenarlos. Eso es lo que voy a hacer en esta y en
próximas entradas: hablar sobre mi vida pasada. Debo confesar que no tengo muy
claro por qué lo hago, porque, la verdad, no es que haya tenido una vida muy
apasionante ni excitante que pueda interesar mucho al que pase por aquí y lea;
no, creo que lo hago por el simple hecho de escribir, que me entretiene mucho,
y como en estos días no se me ocurre otro tema para hacerlo recurro a mis
propias vivencias. Al fin y al cabo, hablar de mí es el tema que más me pone.
Dicho esto, aclararé que no entraré en intimidades, ni
propias ni, mucho menos, ajenas. No quiero hacer nada parecido a lo que hacen
los pérfidos "salvamistas"; sería impúdico. Solo contaré los hechos y
circunstancias más significativos de mi vida por si a alguien le interesa saber
algo de ella, así como para que los que me han acompañado o hayan estado cerca
puedan rememorar las vivencias que hemos compartido. También debo decir que soy
consciente de que lo que se dice de uno mismo no tiene fiabilidad; por mucho
que uno pretenda ser objetivo siempre se barre para casa. Así que aviso:
hablaré de mí, pero procuraré hacerlo bien; es decir, hablaré a mi favor...
pero procuraré no faltar a la verdad.
Nací en Bilbao, en el verano de 1945; en plena
posguerra. En España, años muy difíciles; el año 1940 se conoció como «el año del hambre», así que los siguientes
no serían de mucha abundancia. No obstante, aunque, como se verá, he
pertenecido a una familia humilde, nunca tuve la sensación de que en mi casa
escaseara la comida ni nada parecido. Tengo dos hermanas: una 8 años mayor que
yo, Begoña, y la otra, Itziar, 8 años menor. Mi padre, Julio, era obrero
(carpintero) y mi madre, Pepita, se ocupaba de la casa, si bien, hacía trabajos
remunerados esporádicos de costurera (en casa). En mi casa siempre mandó mi
madre, que, además de tener mucho remango, tenía un fuerte carácter (mala
hostia, en realidad). Siendo ella ya veterana (tendría unos 50 años) le dio por
la pintura (se conoce que era una afición oculta hasta aquel momento), así que,
sin que nadie le enseñara, con actitud intensa y estricta de autodidacta, tomó
los pinceles, plantó un caballete en la cocina y comenzó a pintar cuadros al
óleo, generalmente reproduciendo fotografías que antes había tomado. Pintó un
buen número de ellos, que, además de adornar las paredes de nuestra casa,
repartió por toda la familia; yo conservo unos cuantos. Incluso, expuso en una
sala de la Gran Vía de Bilbao, lo que le satisfizo mucho y le llenó de sano y
comprensible orgullo (como al resto de la familia). A mí siempre me pareció que
lo hacía bastante bien. Tal talento natural no lo heredé; sí la mala hostia. La
que heredó la vena artística fue mi hermana Itziar, que hizo sus pinitos en la
pintura y se ha movido mucho por los ambientes artísticos de Bilbao. Mi padre,
en cambio, fue una persona muy tranquila: realmente la palabra que mejor le
definía era “buenazo”. Estoy completamente seguro de no equivocarme si digo que
todos los que le conocieron estarían de acuerdo en que era una buenísima
persona. Paradójicamente y como un ejemplo de las piruetas que te hace dar la
vida, acabó su vida laboral como encargado de una cafetería que un amigo suyo
abrió en la calle Cortes, donde en un ambiente de sórdida diversión, como era
el de la Palanka de Bilbao, tuvo que lidiar con putas y golfos; no dudo de que
aquellas y estos también le tomaron gran aprecio y que, seguro, se lo pasó
mejor que en la carpintería. De él recibí, además de la complexión física, mi
afición por el fútbol; él, antes de la guerra civil, había sido futbolista,
llegando a jugar en el Arenas de Getxo, que por aquellos tiempos estuvo en
primera división. Durante la guerra, en la que resultó herido leve en una
pierna (herida que nos mostraba siempre que la ocasión se prestaba), o a su
conclusión (no lo tengo muy claro) se refugió en el sur de Francia donde
también jugó al fútbol. Aunque no nos habló mucho de los tiempos de la guerra,
sé que estuvo en algún campo de concentración o de refugiados. De mi hermana
Bego diré que siempre ha sido guapísima y simpatiquísima, que ha cantado y
sigue cantando maravillosamente bien, y que fue Miss Chamberí en el tiempo
(unos meses) que, con unos 20 años, pasó en Madrid (en casa de unos tíos) para
tratar de curarse de su asma, para lo que, por lo visto, los aires mesetarios
resultaban terapéuticos.
Por concluir el retrato de familia, debo decir que mis padres pertenecieron
a la generación a la que la guerra civil truncó la juventud, por lo que, como
además estuvieron en el bando perdedor, lo pasaron fatal en los años de guerra
y, peor aún, en la posguerra. Aun así, mis padres nunca nos transmitieron
sentimientos revanchistas, ni odio a los vencedores, ni nada parecido; la
verdad, salvo algunos comentarios esporádicos de mi madre, a la que se le
notaba la vena nacionalista y antifranquista, en mi casa nunca se habló de
política y muy poco de las penurias de la época de guerra. No sé si eso fue por
el miedo que había en aquellos tiempos o porque mis padres consideraron que era
lo que convenía. Fuera como fuese, creo que esa actitud de mis padres nos vino
bien a los tres hermanos, pues nos permitió formar nuestro criterio
político-social sin influencias ni subordinaciones de naturaleza filial.
Llegado a este punto, me permito la
siguiente digresión. Por lo que a mí respecta, debo decir que el simple hecho
de haber sido consciente de la condición obrera de mi padre ha sido más que
suficiente para que yo siempre haya tenido conciencia de clase y, por
consiguiente, que, en política, haya tenido, tengo y tendré hasta que me muera
(estoy seguro) tendencias, digamos, izquierdistas, aunque nunca haya militado
en ningún grupo ni, mucho menos, partido político de esa ni de ninguna otra
ideología. Como decía mi amigo Antonio Urtiaga (ya hablaré de él), a mí los
únicos grupos que me gustan son los “grupos de a uno”. Dicho lo de mis
tendencias también debo decir que las circunstancias de la vida, como explicaré
más adelante, me llevaron a ser, durante toda mi vida laboral, un asalariado en
una empresa paradigma del capitalismo puro y duro, como es un banco, en la que
me comporté como un profesional competente sin sentir escrúpulos por contribuir
eficazmente (como ya contaré) al logro de los objetivos empresariales. ¿Es una
paradoja o contradicción? Creo sinceramente que no; como mucho, es,
simplemente, una incongruencia vital, como otras muchas a las que los seres
humanos nos vemos abocados por el simple hecho de tener que trabajar para, como
se decía antes, ganarnos la vida, sobre todo si, como fue en mi caso, en lo
económico-material, se nace con lo justo y a lo largo de la vida no se recibe
ningún regalo.
Retomo el relato de mi infancia. Cuando vine al mundo (en la maternidad que había en lo que hoy es el Hotel Indautxu, en la plaza Etxaniz), mis padres y mi hermana mayor vivían
en casa de mi abuelo materno (mi abuela ya había fallecido) en la calle Colón de Larreátegui. Cuando yo tenía 4 o 5 años, mis padres se mudaron a casa de mis abuelos paternos, en el barrio de Irala, donde vivimos uno o dos años, hasta que nos instalamos, en régimen de alquiler, en un piso de una casa nueva en la calle Concepción. Del tiempo que viví con mis abuelos paternos recuerdo con mucho cariño a mi abuelo Cándido, muy enérgico, que me inició en el gusto y la afición de subir al monte (con él hice mis primeras subidas al Pagasarri y al Ganeko). En el piso de la Concepción vivimos hasta que en 1969 nos trasladamos, también como inquilinos, al piso de Pérez Galdós, que muchos años más tarde adquirí en propiedad y aún conservo. Por el relato precedente, habrá quedado claro que mis padres, salvo los enseres y cosas de casa, nunca tuvieron propiedad material alguna, a excepción del Seat 600 con el que, ya jubilado mi padre, se daban buenos garbeos. Después de haber trabajado duro y de no haber disfrutado demasiado de la vida, a la hora de su muerte su patrimonio era cero patatero; nada raro entre los de su generación, especialmente de los que «perdieron». Viéndolo por el lado positivo, eso impidió que entre los tres hermanos, que siempre nos hemos llevado y seguimos llevándonos bien, surgieran disputas por la herencia; siempre es un consuelo (y no es coña).
Tras estar en «parvulitos», primero en la escuela de
Berástegi (junto a los jardines de Albia) y, después, en una del barrio de
Irala (escuelas de Camacho, creo que se denominaba), mi formación primaria fue
en la escuela pública de San Francisco, a la que llegué con 6 años (cuando nos
instalamos en la calle Concepción), incorporándome en «párvulos», si bien, a
los 3 o 4 días me pasaron al primer grado de «mayores» (así se decía entonces).
En mi recorrido por el ciclo de primaria, en dos ocasiones adelanté de golpe
dos cursos o grados: de 2º a 4º, y de 5º a 7º (esto siempre lo cuento). El
séptimo grado era el último de la escuela, al que llegué con 10 años recién cumplidos. Aunque en
aquella época no había una expresa o formal clasificación de los alumnos, creo
que en todos los grados por los que pasé mantuve siempre un lugar destacado,
como lo evidenció el hecho nada común de saltarme (o de que «me saltaran») en
dos ocasiones el curso que me correspondía por la secuencia normal y por mi
edad.
Aquí debo hacer mención a un hecho que mi madre mencionaba en cuanto tenía ocasión. Parece ser que, cuando yo tenía 9 o 10 años, en algún contacto que mantuvo con el director de la escuela, D. Luis Odiaga creo que se llamaba, este le dijo a mi madre que su hijo Julito era un "superdotado"; nunca supe en qué se basó el director para aplicarme tal calificativo, por supuesto referido a mi condición intelectual (lo aclaro por si acaso alguien piensa otra cosa), pero lo cierto es que nunca lo tuve en cuenta en mi actividad escolar ni en ningún otro orden. Realmente no le di ninguna importancia; lo digo con rotundidad.
Aquí debo hacer mención a un hecho que mi madre mencionaba en cuanto tenía ocasión. Parece ser que, cuando yo tenía 9 o 10 años, en algún contacto que mantuvo con el director de la escuela, D. Luis Odiaga creo que se llamaba, este le dijo a mi madre que su hijo Julito era un "superdotado"; nunca supe en qué se basó el director para aplicarme tal calificativo, por supuesto referido a mi condición intelectual (lo aclaro por si acaso alguien piensa otra cosa), pero lo cierto es que nunca lo tuve en cuenta en mi actividad escolar ni en ningún otro orden. Realmente no le di ninguna importancia; lo digo con rotundidad.
Sobre estas líneas, dos de las láminas de dibujo
lineal que hice y que aún conservo. La de la izquierda muestra la distribución
en planta del actual Palacio de Justicia de Bilbao (justo donde antes estuvo mi
primera escuela, la de Berástegui); la copié del periódico por encargo de D.
José. La de la derecha es uno de los tantos ejercicios que debíamos hacer. En
la foto de más arriba, el equipo de ajedrez de la escuela del curso
1956-57 con la copa que ganamos en la «Peña Rey Ardiz»: de Izda a Dcha empezando
por arriba: Rentería, Camarón, Echebarría, Juiz, yo, Mazorriaga y Gil.
En aquellos años escolares no todo fue estudiar y
aprender. Salvo el tiempo que teníamos que estar en la escuela, el tiempo que
necesitaba para dormir y comer (en casa, naturalmente), y el que dedicaba a
hacer los deberes escolares (que, creo, siempre hacía), en el resto de mi
tiempo libre estaba en la calle o en «el parque» (zona de juegos aneja a la
escuela) y, casi siempre, jugando al fútbol, que, por otra parte, era casi a lo
único que podíamos jugar: sólo se necesitaba una pelota (de goma, hasta que llegaron
las de plástico) y unas piedras para señalar las porterías. Con el fútbol
disfrutaba y no se me daba mal; de hecho era el capitán del equipo de la
escuela en los partidos (en plan serio) que jugábamos contra los equipos de
alumnos de un colegio de curas que había justo al lado de la escuela. A jugar
al fútbol nadie enseñaba, ni había TV para aprender de los profesionales, así
que éramos autodidactas; como mucho, aprendíamos viendo jugar a los chicos
mayores. Los jueves por la tarde, que no teníamos clase en la escuela, solíamos
ir a jugar a las campas (con buena hierba) de La Peña (barrio del extrarradio
de Bilbao). Aquellos partidos eran una gozada porque, además de jugar ¡con
balón de cuero! (de la escuela), algunos «privilegiados» nos poníamos botas de
fútbol (o similar) e incluso vestíamos la camiseta de algún club, normalmente
con los colores del Athletic, aunque yo, no sé por qué, tenía la del Indautxu,
club de Bilbao que entonces militaba en la segunda división, del que todos los
de mi pandilla éramos hinchas y al que íbamos a ver cada dos domingos al campo
de Garellano (nombre que tomó del cuartel del ejército que alojaba el terreno
de juego). También, ya a partir de los 10 u 11 años, iba a ver al Athletic a
San Mamés algunos domingos (los partidos se alternaban con los de Garellano),
aunque menos, porque era más caro. Los partidos de San Mamés los solía ver
subido en las columnas que estaban pegadas (como contrafuertes) a la pared
trasera de la zona de «general». Al acabar los partidos íbamos a esperar la
salida de los jugadores para ver de cerca a nuestros ídolos de entonces, los
gloriosos Carmelo, Orúe, Garay, Canito, Mauri, Maguregui, Arteche, Marcaida,
Arieta (años después coincidí en el juvenil del Athletic con su hermano
pequeño), Uribe y Gainza. También en más de una ocasión fuimos a recibirlos
cuando llegaban a Bilbao victoriosos con algún trofeo.
Así que mi época de escolar transcurrió entre dos
coordenadas vitales: aprendiendo en la escuela y jugando al fútbol en la calle;
ya he dicho que en aquellos tiempos no había tele. Los domingos teníamos una
doble cita en el cine que había en las instalaciones de nuestra parroquia, la
Quinta Parroquia (en la calle Iturriza). Digo doble porque por la mañana allí
se celebraba la misa dominical a la que teníamos obligación de asistir, porque
después, en las clases de Catecismo del sábado siguiente, teníamos que
justificar la asistencia a misa, mostrando a una tétrica mujer llamada doña
Concha un pequeño cupón —la dominica, se llamaba— que nos habían dado en misa.
A esta misa asistíamos los escolares de las escuelas de la zona: Concha, Cortes
y San Francisco (la mía). El patio de butacas lo ocupaban las chicas, y la
planta de arriba (la general, de banco corrido, con una primera fila de butacas
desde la que “espiábamos” a las chicas de abajo) la ocupábamos los chicos (cada
escuela tenía su zona asignada); el altar se colocaba en el escenario, delante
de la pantalla. Y también los domingos por la tarde (cuando no íbamos al
fútbol), solíamos ir al cine al mismo sitio (esta vez pagando): el cine de «la
Cate», que era muy barato (creo que costaba una peseta); allí, además del
inevitable NO-DO, proyectaban intrascendentes películas, generalmente de
vaqueros o de aventuras, y, con mucha frecuencia, las divertidísimas películas
mudas de Charlot, con las que yo me partía de risa (Charles Chaplin siempre me
ha parecido genial; lo máximo).
Respecto a la lectura, en aquellos tiempos lo más
habitual eran los tebeos. Me gustaban mucho los de aventuras completas, como «Roberto
Alcázar y Pedrín» (creo que costaban 1 peseta) y los de «Hazañas bélicas» (3
pesetas) que contenían tres historias; también los de historietas variadas,
como el «Pulgarcito» y el «TBO» (1,50 pesetas, más o menos), y algunos otros.
No me gustaban los que en el final se leía «Continuará» (con la excepción que
luego comentaré) ni, mucho menos, «los de hadas» (¡puafff!), que eran para
chicas (creo que no llegué a leer completo ninguno). Pero la colección que me
enganchó y que leía con avidez fue la de «Diego Valor», que fue la excepción
entre los que no eran «aventura completa». Esta colección salió a raíz de un
serial del mismo título que emitían en la radio, en la SER, todos los días,
sobre las 13:00, que yo procuraba no perderme; aún puedo entonar la canción que
sonaba en su presentación. Los protagonistas eran los tripulantes de una nave
espacial (española, creo), cuyos miembros eran el comandante Diego Valor (al
que ponía voz Joaquín Peláez), la profesora Fontana (Juana Ginzo), el capitán
Portolés (no recuerdo el actor) y un piloto que creo que era francés. Las
aventuras se desarrollaban en el planeta Venus (o en sus cercanías) y giraban
en torno a la confrontación bélica de los ya citados protagonistas contra una
civilización guerrera, denominada los wiganes, que dominaba aquel planeta. Los
wiganes, de piel verde y con las orejas puntiagudas, tenían como líder al
malvado Mekong, cuyo objetivo no era otro que la dominación del espacio
sideral. Lo que más me impresionaba de los wiganes era su capacidad para
manejar ¡por telepatía! las temibles «sillas volantes», que eran unas mininaves
individuales, con forma de sillón (como indicaba su nombre), muy eficaces en la
guerra (por su agilidad y velocidad en su movilidad aérea y, además, porque
disponían de una mortífera y destructiva arma). Aparte de los tebeos, recuerdo
que el primer libro que leí (supongo que yo tendría unos 8 o 9 años) fue
«Gulliver en el país de los gigantes»; no recuerdo cómo llegó a mis manos, pero
sí que lo devoré y me gustó muchísimo, hasta el punto de leerlo varias veces.
No tengo más recuerdos «literarios» de antes de los 13 años, aunque supongo que
algo más leería porque, sin haber sido un ávido lector, siempre me ha gustado
leer (saludable ejercicio que, sin excesos, aún practico).
Aunque ya he dicho que lo que a mí me privaba era
jugar al fútbol, también, siempre en la puñetera calle, teníamos algunas otras
actividades lúdicas. Para no aburrir, me referiré a los juegos de la época
citando solo los elementos de los que nos servíamos: la «trompa» (peonza), los
«iturris» (tapones metálicos, con corcho interior, de las botellas de gaseosa),
las varillas de los paraguas viejos (para hacer arcos y flechas), las «chapas»
(pequeñas piezas metálicas planas, circulares o cuadradas), los huesos de los
albérchigos (los «güitos»), clavos grandes (para jugar al «hinque»), las
espadas de madera (en esto yo tenía ventaja debido al oficio de mi padre),
masas de barro o arcilla (para jugar a «tapulero se le ve»), el «goitibera»
(artesanal y rudimentario artefacto de madera con ruedas de rodamientos con el
que, sentados en él, nos deslizábamos cuesta abajo)… y cosas así, que, como
habrá quedado claro, no resultaban onerosas para nuestros padres. Los Reyes
Magos de aquella época no andaban muy boyantes y, menos mal, las playstations
no existían ni en la imaginación de sus inventores (si es que habían nacido,
que lo dudo). También había juegos en los que no se necesitaba ningún elemento,
lo importante era, normalmente, correr mucho y no ser demasiado endeble; citaré
el «pañuelito», «chorromorro», el «saltoloso», el escondite y, muy de pequeño,
el «pedo». Para las chicas, aparte de lo de las muñecas, los más habituales
eran el «truquemé» y la «cuerda» (comba). Por si alguno la ha echado en falta,
diré que, en mi barrio, el único que tenía bicicleta era “el maño”, hijo de una
“mujer de la vida” (así se las denominaba entonces) que, además de darnos mucha
envidia, no nos la prestaba ni a tiros. Puede que algunas de las denominaciones
que he citado resulten desconocidas para los que no son de Bilbao o de aquella
época; si alguien está interesado, que pregunte.
He citado a las «mujeres de la vida». En nuestro barrio era muy habitual verlas y casi convivir con ellas. Su lugar de exposición, autoofrecimiento y contratación estaba cerca (a dos calles de la nuestra). Por las tardes, las veíamos salir (entraban por otra calle) del Instituto Profiláctico, que estaba junto al edificio de mi casa, donde tenían que hacer sus obligadas y periódicas «revisiones». Y al atardecer y por la noche, en sórdido desfile, pasaban por nuestra calle, junto a sus clientes, camino y de vuelta de la «campa`ltaco», donde, al aire libre y sin demasiadas comodidades (lo supongo, nunca lo vi), aquellas mujeres ejercían su oficio. ¿Por qué iban a la campa esa a hacer el trabajo?, se preguntará el lector. La respuesta es sencilla: en aquellos años, hubo una disposición gubernativa que clausuró, digámoslo finamente, los lupanares, por lo que muchas «mujeres de la vida» (las de menor nivel profesional) desplazaron a zonas abiertas sus lugares de trabajo. El caso es que, por aquella circunstancia, los niños de mi barrio conocíamos a todas las putas baratas; la más famosa, porque era la que más trabajaba, era «Pili, la Burgos», una robusta jovencita que «no paraba». Contado así, no sé si sonará como muy fuerte, pero para nosotros, los niños de la calle Concepción, aquel trasiego era algo normal y a lo que no dábamos ninguna importancia; o sea, era, simplemente, una cotidianidad más del barrio. Es posible que el ambiente descrito me haya dejado secuelas sicológicas, aunque yo no las note; lo que es seguro es que, a estas alturas, ya ni me lo voy a mirar ni me importan.
Podría contar muchas otras cosas de mis vivencias infantiles pero podría resultar aburrido; creo que con lo que he dicho puede quedar bastante claro cómo transcurrió mi infancia.
En la próxima entrega hablaré de mis comienzos y de la primera época como currante.
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