2 jun. 2014

RECUERDOS (I). Primeros años


Yo creo que los blogueros somos algo así como “exhibicionistas intelectuales”; nos parecemos a los exhibicionistas de la gabardina en que nos gusta mostrar aquello de nuestro ser que nos parece más vistoso. Por el contrario, nos diferenciamos en que los blogueros exhibimos nuestro pensamiento y, como mucho, algunas veces, damos de qué hablar, mientras que los de la gabardina… siempre dan asco. Pues en esa pose de exhibir lo que tenemos en la cabeza, una opción podría ser hablar de la vida propia, que es lo más fácil, puesto que solo es necesario acceder al compartimento mental donde vegetan nuestros recuerdos y ordenarlos. Eso es lo que voy a hacer en esta y en próximas entradas: hablar sobre mi vida pasada. Debo confesar que no tengo muy claro por qué lo hago, porque, la verdad, no es que haya tenido una vida muy apasionante ni excitante que pueda interesar mucho al que pase por aquí y lea; no, creo que lo hago por el simple hecho de escribir, que me entretiene mucho, y como en estos días no se me ocurre otro tema para hacerlo recurro a mis propias vivencias. Al fin y al cabo, hablar de mí es el tema que más me pone.

Dicho esto, aclararé que no entraré en intimidades, ni propias ni, mucho menos, ajenas. No quiero hacer nada parecido a lo que hacen los pérfidos "salvamistas"; sería impúdico. Solo contaré los hechos y circunstancias más significativos de mi vida por si a alguien le interesa saber algo de ella, así como para que los que me han acompañado o hayan estado cerca puedan rememorar las vivencias que hemos compartido. También debo decir que soy consciente de que lo que se dice de uno mismo no tiene fiabilidad; por mucho que uno pretenda ser objetivo siempre se barre para casa. Así que aviso: hablaré de mí, pero procuraré hacerlo bien; es decir, hablaré a mi favor... pero procuraré no faltar a la verdad.

Nací en Bilbao, en el verano de 1945; en plena posguerra. En España, años muy difíciles; el año 1940 se conoció como  «el año del hambre», así que los siguientes no serían de mucha abundancia. No obstante, aunque, como se verá, he pertenecido a una familia humilde, nunca tuve la sensación de que en mi casa escaseara la comida ni nada parecido. Tengo dos hermanas: una 8 años mayor que yo, Begoña, y la otra, Itziar, 8 años menor. Mi padre, Julio, era obrero (carpintero) y mi madre, Pepita, se ocupaba de la casa, si bien, hacía trabajos remunerados esporádicos de costurera (en casa). En mi casa siempre mandó mi madre, que, además de tener mucho remango, tenía un fuerte carácter (mala hostia, en realidad). Siendo ella ya veterana (tendría unos 50 años) le dio por la pintura (se conoce que era una afición oculta hasta aquel momento), así que, sin que nadie le enseñara, con actitud intensa y estricta de autodidacta, tomó los pinceles, plantó un caballete en la cocina y comenzó a pintar cuadros al óleo, generalmente reproduciendo fotografías que antes había tomado. Pintó un buen número de ellos, que, además de adornar las paredes de nuestra casa, repartió por toda la familia; yo conservo unos cuantos. Incluso, expuso en una sala de la Gran Vía de Bilbao, lo que le satisfizo mucho y le llenó de sano y comprensible orgullo (como al resto de la familia). A mí siempre me pareció que lo hacía bastante bien. Tal talento natural no lo heredé; sí la mala hostia. La que heredó la vena artística fue mi hermana Itziar, que hizo sus pinitos en la pintura y se ha movido mucho por los ambientes artísticos de Bilbao. Mi padre, en cambio, fue una persona muy tranquila: realmente la palabra que mejor le definía era “buenazo”. Estoy completamente seguro de no equivocarme si digo que todos los que le conocieron estarían de acuerdo en que era una buenísima persona. Paradójicamente y como un ejemplo de las piruetas que te hace dar la vida, acabó su vida laboral como encargado de una cafetería que un amigo suyo abrió en la calle Cortes, donde en un ambiente de sórdida diversión, como era el de la Palanka de Bilbao, tuvo que lidiar con putas y golfos; no dudo de que aquellas y estos también le tomaron gran aprecio y que, seguro, se lo pasó mejor que en la carpintería. De él recibí, además de la complexión física, mi afición por el fútbol; él, antes de la guerra civil, había sido futbolista, llegando a jugar en el Arenas de Getxo, que por aquellos tiempos estuvo en primera división. Durante la guerra, en la que resultó herido leve en una pierna (herida que nos mostraba siempre que la ocasión se prestaba), o a su conclusión (no lo tengo muy claro) se refugió en el sur de Francia donde también jugó al fútbol. Aunque no nos habló mucho de los tiempos de la guerra, sé que estuvo en algún campo de concentración o de refugiados. De mi hermana Bego diré que siempre ha sido guapísima y simpatiquísima, que ha cantado y sigue cantando maravillosamente bien, y que fue Miss Chamberí en el tiempo (unos meses) que, con unos 20 años, pasó en Madrid (en casa de unos tíos) para tratar de curarse de su asma, para lo que, por lo visto, los aires mesetarios resultaban terapéuticos.

Por concluir el retrato de familia, debo decir que mis padres pertenecieron a la generación a la que la guerra civil truncó la juventud, por lo que, como además estuvieron en el bando perdedor, lo pasaron fatal en los años de guerra y, peor aún, en la posguerra. Aun así, mis padres nunca nos transmitieron sentimientos revanchistas, ni odio a los vencedores, ni nada parecido; la verdad, salvo algunos comentarios esporádicos de mi madre, a la que se le notaba la vena nacionalista y antifranquista, en mi casa nunca se habló de política y muy poco de las penurias de la época de guerra. No sé si eso fue por el miedo que había en aquellos tiempos o porque mis padres consideraron que era lo que convenía. Fuera como fuese, creo que esa actitud de mis padres nos vino bien a los tres hermanos, pues nos permitió formar nuestro criterio político-social sin influencias ni subordinaciones de naturaleza filial.


Llegado a este punto, me permito la siguiente digresión. Por lo que a mí respecta, debo decir que el simple hecho de haber sido consciente de la condición obrera de mi padre ha sido más que suficiente para que yo siempre haya tenido conciencia de clase y, por consiguiente, que, en política, haya tenido, tengo y tendré hasta que me muera (estoy seguro) tendencias, digamos, izquierdistas, aunque nunca haya militado en ningún grupo ni, mucho menos, partido político de esa ni de ninguna otra ideología. Como decía mi amigo Antonio Urtiaga (ya hablaré de él), a mí los únicos grupos que me gustan son los “grupos de a uno”. Dicho lo de mis tendencias también debo decir que las circunstancias de la vida, como explicaré más adelante, me llevaron a ser, durante toda mi vida laboral, un asalariado en una empresa paradigma del capitalismo puro y duro, como es un banco, en la que me comporté como un profesional competente sin sentir escrúpulos por contribuir eficazmente (como ya contaré) al logro de los objetivos empresariales. ¿Es una paradoja o contradicción? Creo sinceramente que no; como mucho, es, simplemente, una incongruencia vital, como otras muchas a las que los seres humanos nos vemos abocados por el simple hecho de tener que trabajar para, como se decía antes, ganarnos la vida, sobre todo si, como fue en mi caso, en lo económico-material, se nace con lo justo y a lo largo de la vida no se recibe ningún regalo.

Retomo el relato de mi infancia. Cuando vine al mundo (en la maternidad que había en lo que hoy es el Hotel Indautxu, en la plaza Etxaniz), mis padres y mi hermana mayor vivían
en casa de mi abuelo materno (mi abuela ya había fallecido) en la calle Colón de Larreátegui. Cuando yo tenía 4 o 5 años, mis padres se mudaron a casa de mis abuelos paternos, en el barrio de Irala, donde vivimos uno o dos años, hasta que nos instalamos, en régimen de alquiler, en un piso de una casa nueva en la calle Concepción. Del tiempo que viví con mis abuelos paternos recuerdo con mucho cariño a mi abuelo Cándido, muy enérgico, que me inició en el gusto y la afición de subir al monte (con él hice mis primeras subidas al Pagasarri y al Ganeko). En el piso de la Concepción vivimos hasta que en 1969 nos trasladamos, también como inquilinos, al piso de Pérez Galdós, que muchos años más tarde adquirí en propiedad y aún conservo. Por el relato precedente, habrá quedado claro que mis padres, salvo los enseres y cosas de casa, nunca tuvieron propiedad material alguna, a excepción del Seat 600 con el que, ya jubilado mi padre, se daban buenos garbeos. Después de haber trabajado duro y de no haber disfrutado demasiado de la vida, a la hora de su muerte su patrimonio era cero patatero; nada raro entre los de su generación, especialmente de los que «perdieron». Viéndolo por el lado positivo, eso impidió que entre los tres hermanos, que siempre nos hemos llevado y seguimos llevándonos bien, surgieran disputas por la herencia; siempre es un consuelo (y no es coña).

Tras estar en «parvulitos», primero en la escuela de Berástegi (junto a los jardines de Albia) y, después, en una del barrio de Irala (escuelas de Camacho, creo que se denominaba), mi formación primaria fue en la escuela pública de San Francisco, a la que llegué con 6 años (cuando nos instalamos en la calle Concepción), incorporándome en «párvulos», si bien, a los 3 o 4 días me pasaron al primer grado de «mayores» (así se decía entonces). En mi recorrido por el ciclo de primaria, en dos ocasiones adelanté de golpe dos cursos o grados: de 2º a 4º, y de 5º a 7º (esto siempre lo cuento). El séptimo grado era el último de la escuela, al que llegué con 10 años recién cumplidos. Aunque en aquella época no había una expresa o formal clasificación de los alumnos, creo que en todos los grados por los que pasé mantuve siempre un lugar destacado, como lo evidenció el hecho nada común de saltarme (o de que «me saltaran») en dos ocasiones el curso que me correspondía por la secuencia normal y por mi edad.

Aquí debo hacer mención a un hecho que mi madre mencionaba en cuanto tenía ocasión. Parece ser que, cuando yo tenía 9 o 10 años, en algún contacto que mantuvo con el director de la escuela, D. Luis Odiaga creo que se llamaba, este le dijo a mi madre que su hijo Julito era un "superdotado"; nunca supe en qué se basó el director para aplicarme tal calificativo, por supuesto referido a mi condición intelectual (lo aclaro por si acaso alguien piensa otra cosa), pero lo cierto es que nunca lo tuve en cuenta en mi actividad escolar ni en ningún otro orden. Realmente no le di ninguna importancia; lo digo con rotundidad.

El primer año en el séptimo, en el que, por mis «saltos», era el de menos edad y convivía con compañeros de 1, 2, 3 o 4 años más que yo, en una prueba general a todos los alumnos hecha por examinadores ajenos a la escuela, saqué el tercer puesto. Posteriormente, cuando los dos que habían quedado por delante (Echebarría y Juiz eran sus apellidos; están en la foto) ya habían abandonado la escuela (eran mayores que yo), fui considerado, junto con Camarón, que era un chaval muy inteligente (también en la foto), el primero del grado y así durante los dos últimos cursos en la escuela. Sin ninguna duda y como habrá quedado claro, fui un alumno aplicado y, lo más importante, aprendí muy bien lo que me enseñaron (que no fue poco); y, por eso, casi todo lo aprendido en la escuela aún forma parte de mi bagaje de conocimientos, especialmente los adquiridos en los cuatro cursos que pasé en el séptimo grado con el, para mí (no para otros), gran maestro D. José Olavarría Amiranda, del que guardo muy buen recuerdo (otros, muchos, no tanto; tenía la mano muy larga). Con él, además de aprender a jugar al ajedrez, a presentar con buena estética los cuadernos, a cantar algunas de las más tradicionales canciones vascas, como «Agur Jaunak», «Boga-boga», «Aldapeko» (las tres en euskera), «En el monte Gorbea»... y alguna más, a utilizar con precisión y pulcritud el compás y el tiralíneas en la realización con tinta china de las láminas de dibujo lineal, aprendí, cómo no, lo habitual en aquellos tiempos de las asignaturas troncales (gramática, aritmética, geometría, geografía, historia, religión, etc.). Pero, además, cuando abandoné la escuela a los 13 años ya tenía conocimientos básicos de álgebra (hasta ecuaciones de 2º grado con 2 incógnitas) y contabilidad, materias que nos enseñaba D. José en horario extraescolar (de 17:00 a 18:30), que había que pagarle directamente (las permanencias, se llamaban); fue un dinero muy bien empleado porque lo que aprendí en las «permanencias» me sirvió mucho en mis estudios ulteriores. Como curiosidad de aquel tiempo en el séptimo, diré que el director de la escuela, el ya citado D. Luis Odiaga, que, al margen de la escuela, era profesor particular de un alumno del entonces elitista colegio de los Jesuitas de Indautxu que, por lo que pude saber entonces, era sobrino de un relevante personaje político de la época que fue presidente de Las Cortes españolas, el director, como decía, me encargó hacer las láminas de dibujo lineal que le correspondían a su pupilo como alumno del citado colegio. Supongo que, como a mí se me daba bastante bien aquella tarea, el chaval se aprovecharía bien de la suplantación; por supuesto, nunca le conocí ni me conoció, así que el jodido tampoco me lo agradeció. Cosas de la época... 
Sobre estas líneas, dos de las láminas de dibujo lineal que hice y que aún conservo. La de la izquierda muestra la distribución en planta del actual Palacio de Justicia de Bilbao (justo donde antes estuvo mi primera escuela, la de Berástegui); la copié del periódico por encargo de D. José. La de la derecha es uno de los tantos ejercicios que debíamos hacer. En la foto de más arriba, el equipo de ajedrez de la escuela del curso 1956-57 con la copa que ganamos en la «Peña Rey Ardiz»: de Izda a Dcha empezando por arriba: Rentería, Camarón, Echebarría, Juiz, yo, Mazorriaga y Gil. 

En aquellos años escolares no todo fue estudiar y aprender. Salvo el tiempo que teníamos que estar en la escuela, el tiempo que necesitaba para dormir y comer (en casa, naturalmente), y el que dedicaba a hacer los deberes escolares (que, creo, siempre hacía), en el resto de mi tiempo libre estaba en la calle o en «el parque» (zona de juegos aneja a la escuela) y, casi siempre, jugando al fútbol, que, por otra parte, era casi a lo único que podíamos jugar: sólo se necesitaba una pelota (de goma, hasta que llegaron las de plástico) y unas piedras para señalar las porterías. Con el fútbol disfrutaba y no se me daba mal; de hecho era el capitán del equipo de la escuela en los partidos (en plan serio) que jugábamos contra los equipos de alumnos de un colegio de curas que había justo al lado de la escuela. A jugar al fútbol nadie enseñaba, ni había TV para aprender de los profesionales, así que éramos autodidactas; como mucho, aprendíamos viendo jugar a los chicos mayores. Los jueves por la tarde, que no teníamos clase en la escuela, solíamos ir a jugar a las campas (con buena hierba) de La Peña (barrio del extrarradio de Bilbao). Aquellos partidos eran una gozada porque, además de jugar ¡con balón de cuero! (de la escuela), algunos «privilegiados» nos poníamos botas de fútbol (o similar) e incluso vestíamos la camiseta de algún club, normalmente con los colores del Athletic, aunque yo, no sé por qué, tenía la del Indautxu, club de Bilbao que entonces militaba en la segunda división, del que todos los de mi pandilla éramos hinchas y al que íbamos a ver cada dos domingos al campo de Garellano (nombre que tomó del cuartel del ejército que alojaba el terreno de juego). También, ya a partir de los 10 u 11 años, iba a ver al Athletic a San Mamés algunos domingos (los partidos se alternaban con los de Garellano), aunque menos, porque era más caro. Los partidos de San Mamés los solía ver subido en las columnas que estaban pegadas (como contrafuertes) a la pared trasera de la zona de «general». Al acabar los partidos íbamos a esperar la salida de los jugadores para ver de cerca a nuestros ídolos de entonces, los gloriosos Carmelo, Orúe, Garay, Canito, Mauri, Maguregui, Arteche, Marcaida, Arieta (años después coincidí en el juvenil del Athletic con su hermano pequeño), Uribe y Gainza. También en más de una ocasión fuimos a recibirlos cuando llegaban a Bilbao victoriosos con algún trofeo.

Así que mi época de escolar transcurrió entre dos coordenadas vitales: aprendiendo en la escuela y jugando al fútbol en la calle; ya he dicho que en aquellos tiempos no había tele. Los domingos teníamos una doble cita en el cine que había en las instalaciones de nuestra parroquia, la Quinta Parroquia (en la calle Iturriza). Digo doble porque por la mañana allí se celebraba la misa dominical a la que teníamos obligación de asistir, porque después, en las clases de Catecismo del sábado siguiente, teníamos que justificar la asistencia a misa, mostrando a una tétrica mujer llamada doña Concha un pequeño cupón —la dominica, se llamaba— que nos habían dado en misa. A esta misa asistíamos los escolares de las escuelas de la zona: Concha, Cortes y San Francisco (la mía). El patio de butacas lo ocupaban las chicas, y la planta de arriba (la general, de banco corrido, con una primera fila de butacas desde la que “espiábamos” a las chicas de abajo) la ocupábamos los chicos (cada escuela tenía su zona asignada); el altar se colocaba en el escenario, delante de la pantalla. Y también los domingos por la tarde (cuando no íbamos al fútbol), solíamos ir al cine al mismo sitio (esta vez pagando): el cine de «la Cate», que era muy barato (creo que costaba una peseta); allí, además del inevitable NO-DO, proyectaban intrascendentes películas, generalmente de vaqueros o de aventuras, y, con mucha frecuencia, las divertidísimas películas mudas de Charlot, con las que yo me partía de risa (Charles Chaplin siempre me ha parecido genial; lo máximo).

Respecto a la lectura, en aquellos tiempos lo más habitual eran los tebeos. Me gustaban mucho los de aventuras completas, como «Roberto Alcázar y Pedrín» (creo que costaban 1 peseta) y los de «Hazañas bélicas» (3 pesetas) que contenían tres historias; también los de historietas variadas, como el «Pulgarcito» y el «TBO» (1,50 pesetas, más o menos), y algunos otros. No me gustaban los que en el final se leía «Continuará» (con la excepción que luego comentaré) ni, mucho menos, «los de hadas» (¡puafff!), que eran para chicas (creo que no llegué a leer completo ninguno). Pero la colección que me enganchó y que leía con avidez fue la de «Diego Valor», que fue la excepción entre los que no eran «aventura completa». Esta colección salió a raíz de un serial del mismo título que emitían en la radio, en la SER, todos los días, sobre las 13:00, que yo procuraba no perderme; aún puedo entonar la canción que sonaba en su presentación. Los protagonistas eran los tripulantes de una nave espacial (española, creo), cuyos miembros eran el comandante Diego Valor (al que ponía voz Joaquín Peláez), la profesora Fontana (Juana Ginzo), el capitán Portolés (no recuerdo el actor) y un piloto que creo que era francés. Las aventuras se desarrollaban en el planeta Venus (o en sus cercanías) y giraban en torno a la confrontación bélica de los ya citados protagonistas contra una civilización guerrera, denominada los wiganes, que dominaba aquel planeta. Los wiganes, de piel verde y con las orejas puntiagudas, tenían como líder al malvado Mekong, cuyo objetivo no era otro que la dominación del espacio sideral. Lo que más me impresionaba de los wiganes era su capacidad para manejar ¡por telepatía! las temibles «sillas volantes», que eran unas mininaves individuales, con forma de sillón (como indicaba su nombre), muy eficaces en la guerra (por su agilidad y velocidad en su movilidad aérea y, además, porque disponían de una mortífera y destructiva arma). Aparte de los tebeos, recuerdo que el primer libro que leí (supongo que yo tendría unos 8 o 9 años) fue «Gulliver en el país de los gigantes»; no recuerdo cómo llegó a mis manos, pero sí que lo devoré y me gustó muchísimo, hasta el punto de leerlo varias veces. No tengo más recuerdos «literarios» de antes de los 13 años, aunque supongo que algo más leería porque, sin haber sido un ávido lector, siempre me ha gustado leer (saludable ejercicio que, sin excesos, aún practico).

Aunque ya he dicho que lo que a mí me privaba era jugar al fútbol, también, siempre en la puñetera calle, teníamos algunas otras actividades lúdicas. Para no aburrir, me referiré a los juegos de la época citando solo los elementos de los que nos servíamos: la «trompa» (peonza), los «iturris» (tapones metálicos, con corcho interior, de las botellas de gaseosa), las varillas de los paraguas viejos (para hacer arcos y flechas), las «chapas» (pequeñas piezas metálicas planas, circulares o cuadradas), los huesos de los albérchigos (los «güitos»), clavos grandes (para jugar al «hinque»), las espadas de madera (en esto yo tenía ventaja debido al oficio de mi padre), masas de barro o arcilla (para jugar a «tapulero se le ve»), el «goitibera» (artesanal y rudimentario artefacto de madera con ruedas de rodamientos con el que, sentados en él, nos deslizábamos cuesta abajo)… y cosas así, que, como habrá quedado claro, no resultaban onerosas para nuestros padres. Los Reyes Magos de aquella época no andaban muy boyantes y, menos mal, las playstations no existían ni en la imaginación de sus inventores (si es que habían nacido, que lo dudo). También había juegos en los que no se necesitaba ningún elemento, lo importante era, normalmente, correr mucho y no ser demasiado endeble; citaré el «pañuelito», «chorromorro», el «saltoloso», el escondite y, muy de pequeño, el «pedo». Para las chicas, aparte de lo de las muñecas, los más habituales eran el «truquemé» y la «cuerda» (comba). Por si alguno la ha echado en falta, diré que, en mi barrio, el único que tenía bicicleta era “el maño”, hijo de una “mujer de la vida” (así se las denominaba entonces) que, además de darnos mucha envidia, no nos la prestaba ni a tiros. Puede que algunas de las denominaciones que he citado resulten desconocidas para los que no son de Bilbao o de aquella época; si alguien está interesado, que pregunte.


He citado a las «mujeres de la vida». En nuestro barrio era muy habitual verlas y casi convivir con ellas. Su lugar de exposición, autoofrecimiento y contratación estaba cerca (a dos calles de la nuestra). Por las tardes, las veíamos salir (entraban por otra calle) del Instituto Profiláctico, que estaba junto al edificio de mi casa, donde tenían que hacer sus obligadas y periódicas «revisiones». Y al atardecer y por la noche, en sórdido desfile, pasaban por nuestra calle, junto a sus clientes, camino y de vuelta de la «campa`ltaco»,  donde, al aire libre y sin demasiadas comodidades (lo supongo, nunca lo vi), aquellas mujeres ejercían su oficio. ¿Por qué iban a la campa esa a hacer el trabajo?, se preguntará el lector.  La respuesta es sencilla: en aquellos años, hubo una disposición gubernativa que clausuró, digámoslo finamente, los lupanares, por lo que muchas «mujeres de la vida» (las de menor nivel profesional) desplazaron a zonas abiertas sus lugares de trabajo. El caso es que, por aquella circunstancia, los niños de mi barrio conocíamos a todas las putas baratas; la más famosa, porque era la que más trabajaba, era «Pili, la Burgos», una robusta jovencita que «no paraba». Contado así, no sé si sonará como muy fuerte, pero para nosotros, los niños de la calle Concepción, aquel trasiego era algo normal y a lo que no dábamos ninguna importancia; o sea, era, simplemente, una cotidianidad más del barrio. Es posible que el ambiente descrito me haya dejado secuelas sicológicas, aunque yo no las note; lo que es seguro es que, a estas alturas, ya ni me lo voy a mirar ni me importan.

Podría contar muchas otras cosas de mis vivencias infantiles pero podría resultar aburrido; creo que con lo que he dicho puede quedar bastante claro cómo transcurrió mi infancia.

En la próxima entrega hablaré de mis comienzos y de la primera época como currante.






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