30 jun. 2014

RECUERDOS (VII). Mi «herejía»: la microinformática



En esta séptima entrega de mis RECUERDOS quiero comentar algo que, en el contexto de mi gestión en el Departamento Central de Extranjero (DCE) del nuevo BBV, dio origen a que se me criticara mezquinamente en determinadas áreas del banco.


Uno de mis mayores aciertos como director del DCE del BBV fue, sin ninguna duda, la creación de un grupo de microinformática, al que encomendé la tarea de desarrollar aplicaciones sobre PCs para la realización de las innumerables y variadas tareas que, sin tener un flujo operacional muy intenso, sí comportaban una muy importante carga de trabajo y, además, un elevado riesgo administrativo de error, lo cual era preocupante teniendo en cuenta la importancia económica de las operaciones que se tramitaban y que estaban cifradas, además de en pesetas, en 18 divisas.  Por otro lado, las tareas de las que hablo eran exclusivas del área operativa que dirigía. O sea, había muchos y diferentes procesos exclusivos y singulares en los que, en cada uno, se manejaban no demasiadas operaciones; por todo esto su tramitación no había sido atendida por la informática corporativa.

Cuando me hice cargo de la tarea directiva que comento (en 1988), para las más de 300 personas solo había unos 10 PCs (excluyendo el equipamiento del departamento de Comunicaciones), además de algunas pantallas conectadas con los procesos informáticos centralizados. Aquellos 10 PCs funcionaban aisladamente, es decir, no estaban en red. Un día, en mis iniciales movimientos exploratorios del terreno, vi a una persona trabajando en uno de estos PCs. Le pregunté qué hacía y me dijo que estaba desarrollando una aplicación para llevar el control de determinadas operaciones. ¡Una aplicación en un PC! ¿¡Qué era aquello!? Me llamó mucho la atención, así que indagué. Y me enteré de que, en un lenguaje informático que creo que se llamaba Acces (o algo parecido), sobre un PC tonto (o sea, sin ningún tipo de conexión), había una persona que era capaz de desarrollar aplicaciones informáticas. Y esta persona, joven, era muy agradable y, aparentemente, con muy buena actitud. Así que inmediatamente habilité un espacio junto a mi despacho, donde se instaló con su PC; en el organigrama lo situé dependiendo directamente de mí. Enseguida me di cuenta de que la microinformática de César Canfrán (así se llamaba el programador) podía resultar importantísima para racionalizar la tramitación de muchas de las tareas manuales que se realizaban en aquel berenjenal operativo. A las pocas semanas, otro conocedor de estas técnicas, Antonio Maestre, se instaló también junto a mi despacho dependiendo de César (se ampliaba el grupo); más o menos un año después se incorporó una tercera persona. Se había completado el Grupo de Microinformática del DCE, lo que algunos memos de otros departamentos de la central consideraron ¡una herejía!

Una pequeña digresión. Con los incompetentes siempre me he llevado fatal. En  cierta ocasión, un jefe que tuve me dijo «Los tontos son peligrosos»; y es verdad. En el mundo de la empresa, los incompetentes (lo prefiero a tontos) dan mucha guerra; son molestos, sobre todo si son de los que se mueven. Es mejor que no hagan nada. Y si están en puestos de cierta responsabilidad, porque pueden ser listos, por eso no les llamo tontos (mi valoración sobre estos adjetivos la dije en DE TONTOS Y LISTOS), es cuando presentan más peligro. Porque si tienen galones se ven en la necesidad de demostrar que los merecen, y como su hoja de servicios, por su incompetencia, no puede mostrar realizaciones propias, tienen que enredar para justificar su posición y sueldo. Y entonces es cuando se muestran peligrosos, porque lo único que saben hacer, además de adular a sus jefes, es intrigar, murmurar, criticar y cosas así; es decir, son maestros en el arte de tocar los huevos a los demás. Y lo malo es que los que tienen tal propósito suelen alcanzar sus objetivos. ¡Son más majos...! 

Durante mi época de director del DCE, este grupo de microinformática desarrolló un buen número de pequeñas aplicaciones sobre PC; no sé si llegaron al centenar pero por ahí andarían. De lo que se trataba era de sistematizar los trabajos, facilitando y simplificando el desarrollo de la tarea, con lo que se reducía el riesgo de error, y, una cosa muy importante, se posibilitaba el control a los respectivos jefes al suministrarles información de las operaciones tramitadas.

Sobre todo al principio, yo hacía los análisis previos de las tareas a informatizar, escribía las especificaciones básicas de cómo debía funcionar externamente la aplicación y diseñaba las entradas (captura de datos), las salidas (listados y otras informaciones) y los mecanismos de control. Es decir, yo hacía los planos funcionales y César y su grupo desarrollaba, extraordinariamente bien, las tripas de las aplicaciones. Lo que se hizo en este grupo fue determinante para conseguir la racionalización administrativo-operativa del DCE.

En un principio eran aplicaciones que funcionaban aisladas; es decir, daban un apoyo informático a la diversidad operativa del DCE pero no enlazaban (por imposibilidad técnica) con los sistemas corporativos del banco, por lo que sus «salidas» contables requerían de un proceso posterior para incorporarlas a los sistemas corporativos. Hasta que un día (sería en 1991 o 1992) se me presentó un técnico del departamento que se ocupaba del equipamiento tecnológico y me dijo aquello de «Julio, os vamos a instalar una ‘red’ en el edificio y, después, la vamos a conectar con el resto del banco». Sin tener un conocimiento claro del alcance de lo que me dijo, enseguida me di cuenta de que aquello era el comienzo de una nueva era operativa. Al poco tiempo, me instalaron un PC en mi despacho y me dijeron que iba a disponer de «correo electrónico» (en aquellos tiempos, denominación desconocida para mí); cuando dispuse de esta herramienta y la utilicé me pareció (como me sigue pareciendo) maravillosa. La tecnología se estaba desarrollando en el banco a gran velocidad y los avances eran espectaculares. Por eso me preocupé de que, a los pocos meses, casi todos los empleados del DCE tuvieran un PC sobre su mesa y las aplicaciones sobre PC que desarrollaba el grupo de César conectasen con los sistemas generales, por lo que sus «salidas» (contables, principalmente) se integraban automáticamente en los procesos corporativos troncales. Es decir, los dos entornos informáticos, por un lado las aplicaciones aisladas sobre PC y, por otro, los procesos informáticos corporativos, ya se comunicaban. Se cerraba el círculo.

Indudablemente, uno de mis mayores aciertos en mi función directiva al frente del DCE fue, precisamente, haber constituido e impulsado con todas mis fuerzas el grupo de Microinformática. Paradójicamente, supe que ello causó serias reticencias y desconfianzas en algunos sectores del banco, principalmente en el Departamento Central de Organización y en el Área de Informática. Además de verlo, como ya he dicho, como una herejía, lo consideraban una intolerable injerencia en sus respectivas funciones: el diseño funcional de los métodos operativos, en el caso del primero, y la exclusividad de las realizaciones informáticas, en el de la otra. Así que durante mucho tiempo tuve que soportar un permanente zumbido en mis oídos producido por lo que algunos incompetentes de los departamentos citados decían, en sus ámbitos, sobre mí; me ponían a parir, pero me importaba muy poco porque yo lo tenía muy claro: para la realización de tareas singulares y aisladas de no excesivo volumen operativo, la herramienta más eficaz era la microinformática, al menos en los tiempos de los que hablo. Y no me podía dedicar a discutir y tratar de convencer a los memos incompetentes ni a sus jefes. Así que, sin hacer ni puto caso a lo que se decía, sin darles la mínima oportunidad de venir a enredar, y a toda pastilla, yo continué haciendo el trabajo que me correspondía y, en ese contexto, apoyando con todo lo que podía, ascensos incluidos, a César Canfrán y al resto de miembros del Grupo de Microinformática del DCE del BBV.  El tiempo me dio, de forma clara y rotunda, la razón. 

En la próxima entrega hablaré de cómo afronte la construcción del nuevo DCE del BBV.

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