9 nov 2020

LA VEJEZ

Me ha llamado Listo, mi habitual interlocutor, porque quiere hablar sobre la vejez. Me temo que lo del Coronavirus le esté afectando. A ver qué quiere.

Listo: Hola, Julio. Tengo interés en saber cómo llevas tu vejez. En verano cumpliste los 75 —por lo que ya te felicité—, pero, como he leído en tus RECUERDOS que llevaste una vida bastante ajetreada de joven y mientras estuviste profesionalmente en activo, supongo que tu vida actual no tiene nada que ver con la de hace años. ¿Es así?
Julio: Así es, Listo. Mi vida ha cambiado, pero eso nos pasa a todos; es ley de vida. Tú, que eres mucho más joven, también llegarás a viejo y lo experimentarás. Así que ve preparándote.
L: Es lo que estoy haciendo al preguntarte; así que soy todo oídos.
J: Lo primero que hay que asumir es que no hay duda de que las preferencias, tendencias y gustos de las personas van cambiando con el paso de los años, porque también con la edad cambian nuestras costumbres, nuestras circunstancias, nuestro entorno personal, nuestras capacidades y, lo peor, nuestra salud, que con el paso de los años va acumulando «goteras». Si a todo ello le añadimos que a partir de, más o menos, los 65 años la mayoría —yo mucho antes— pasamos a formar parte de lo que se denominan clases pasivas, o sea, tomamos la condición de «jubilatas», es indudable que la edad nos cambia, en el sentido más amplio del verbo cambiar. Es una obviedad. Pero lo peor es que el cambio es a eso: a peor. Hay que asumirlo, Listo.
L: ¿A peor? ¿Por qué?
J: Pues por lo que te he dicho. Pero es que, además, por lo que he podido observar, con los años las virtudes se van diluyendo a la vez que los defectos se agudizan; ten siempre presente esto, Listo.
L: ¿Lo dices por ti?
J: Ya estás jeringando. No tienes remedio.
L: Vale, Julio, que no quiero bronca. Pero yo conozco a muchos carrocillas a los que se les ve felices y activos, en los que parece que no se ha dado ese cambio negativo.
J: Es verdad, porque también puede haber casos de personas que, siendo ya viejos, puedan experimentar cambios a mejor. Bien porque les toque la lotería; encuentren el amor maduro; los nietos les proporcionen una felicidad que no encontraron cuando sus hijos eran de corta edad; disfruten con los viajes del Imserso; hagan actividades intelectuales o físicas (menos), a las que cuando eran jóvenes no pudieron dedicarse,… y otras muchas cosas que les proporcionen el incentivo vital necesario para sobrellevar con cierta frescura y felicidad el «cambio a peor» que, indudablemente, llega con los años, al que antes me he referido. Son «viejos afortunados».
L: Pues eso es lo que habrá que hacer: estar frescos y felices, ¿no, Julio? En lugar de estar lamentándose por estar en el grupo de viejos.
J: Que conste que yo no me lamento; la verdad, no me puedo quejar. Estoy simplemente contestando a tus preguntas, listillo. Y he empezado por decirte las circunstancias —para la generalidad de las personas— que provocan el «cambio a peor», que son inevitables; entérate, inevitables. Por eso, a los «afortunados» hay que reconocerles el mérito de haber sabido aprovechar la
 suerte de que las circunstancias sobrevenidas con los años les han resultado positivas, y, así, han contrarrestado las inevitables negativas de que te he hablado; pero estos, los afortunados, son los menos —que te toque la lotería no es fácil—.
L: O sea, quieres decir que es una cuestión de suerte.
J: Aunque en estas cosas no se pude ser categórico —cada persona es un mundo y el colectivo es, además de amplio, muy heterogéneo—, creo que, en líneas generales, la suerte es muy importante para sobrellevar la vejez, aunque, como te he dicho, hay que saber aprovecharla.
L: Pero, aparte de la suerte, supongo que habrá manera de retrasar el cambio, o de amortiguarlo, ¿no?
J: Pues sí, pero no te sabría decir cómo. Porque depende de cada persona: por un lado, de  sus condiciones, tanto físicas como intelectuales, y, por otro, de sus circunstancias personales. Aunque creo que siempre hay posibilidades de combatir el inevitable «cambio a peor». Y para eso, lo importante es asumirlo, si puede ser, antes de que llegue o de que se agudice. Porque el peligro está en que la senectud nos coja desprevenidos. Es decir, que de repente nos demos cuenta de que nos hemos hecho viejos y nos encontremos con que no sabemos cómo afrontar la nueva situación; en otras palabras, qué no sepamos qué hacer en nuestro tiempo libre (que suele ser mucho). Por esto, podría ser conveniente que, a partir de los 45 o 50, que es cuando se empieza a enfilar la línea vital descendente que nos lleva a la vejez, empecemos a pensar en esto y, si lo vemos viable, empecemos a tomar alguna medida.
L: ¡Joder! Pues yo tengo 44. ¿Me tengo que empezar a preparar para la vejez?
J: En cierto modo, sí. Pero sin obsesionarte y sin excesiva preocupación, porque aún eres muy joven. Simplemente debes asumir que has iniciado la cuesta abajo —que ahora tiene poca pendiente, por lo que casi no la notas— y que te debes preparar para el «cambio a peor», o sea, para cuando la pendiente sea más pronunciada. Y en esto conviene saber que a medida de que se cumplen años más rápidos pasan (o así lo parece).
L: Entonces, ¿hay que entrenarse para ser viejo?
J: Hombre, entrenarse, no. Lo que quiero decir es que las personas, si caen en la cuenta —cuando aún son jóvenes— de que, por sus circunstancias, tienen una vida, digamos, muy limitada y centrada, exclusivamente (o casi), en el trabajo y en la familia, que es algo muy normal, deben preocuparse, porque ambas ocupaciones, con el paso del tiempo, se terminarán: el trabajo por la jubilación, y la familia porque los hijos se independizarán. Así que, si no se está preparado, de viejo se puede presentar un vacío ocupacional peligroso.
L: Hombre, peligroso me parece un poco fuerte. Surgirán cosas para hacer, supongo.
J: Pues sí: ver la tele, ir a buscar a los nietos al cole, pasear por el barrio, hacer crucigramas, ir a la compra, jugar al tute por las tardes en el Hogar del Jubilado, 
tocar los güevos por Whatsapp enviando bulos… y cosas así. Que no digo que estén mal —tampoco bien—, pero que pueden resultar aburridas y muy poco interesantes. Y si es así, se corre el riesgo de que la senectud te atrape... y te marchite. O sea, que te conviertas en un viejito, que no es lo mismo que viejo.
L: También se podrá ir de putas, ¿no?... Sin que se entere la mujer, claro.
J: ¡Joder, Listo, cómo eres! Para eso también hay que estar entrenado, supongo... y no te veo a ti muy puesto, pero podría ser emocionante, aunque no lo creo. Follar, por razones obvias, es una actividad para practicarla de joven, cuando se es vigoroso y los estímulos sexuales están muy activos; de viejo no procede; o, mejor dicho, con «cumplir» en casa —sin necesidad de excesos— ya es suficiente. Así que no te recomiendo esa «salida».  Por el contrario, a mí me parece que lo más conveniente para sobrellevar con cierta frescura la vejez es encontrar ocupaciones de tipo intelectual, porque creo que, con los años y por regla general, el intelecto se debilita menos que el físico, salvo que, si nos despreocupamos de él, su irremediable debilitamiento se acelere. 
L: ¿Quieres decir que hay que ejercitar la mente?
J: Pues sí, creo que es muy importante. Y cada cual debe encontrar el ejercicio o actividad intelectual que se acomode mejor a sus capacidades, tendencias e inquietudes. Pero para eso no hay que esperar a llegar a viejo, hay que empezar antes, que es lo que te trataba de transmitir antes al decirte que hay que prepararse. Y sobre esto, a mí me parece que el mejor ejercicio intelectual es aprender; es decir, adquirir nuevos conocimientos o ampliar los que se tiene, para lo que cualquier edad es buena, por lo que estudiar o, simplemente, leer siempre es recomendable. Y para eso, como te he dicho, creo que lo mejor es, antes de que la vejez te atrape, dar con la actividad intelectual que mejor se acomode a tus capacidades, tendencias e inquietudes y empezar a practicarla
L: No sé, Julio, me parece muy teórico.
J: Para que lo entiendas: es como si a los 68 años te compras una bicicleta para darte garbeos, sin haber practicado desde los 12 años, y solo porque te dan envidia los vecinos que lo hacen. Pues lo que trato de decirte es que no esperes a comprarla cuando estés jubilado y dispongas de mucho tiempo libre; cómpratela mañana y empieza ya a practicar. Así la vejez te pillará entrenado y te darás menos trompazos, además de disfrutar no quedándote atrás cuando acompañes en bici a tus vecinos, también jubilados.
L: Ahora lo veo claro. Así que, hablando de ejercitar la mente, ¿qué me recomiendas para empezar a hacer?
J: Eso lo tendrías que decidir tú, que es el que, se supone, mejor te conoces. Tú sabrás qué es lo que te gustaría aprender o hacer, o qué crees que es lo que se te daría mejor… En fin, cada cual sabrá a qué podría dedicar de viejo sus capacidades intelectuales. Por cierto, me dijiste que sueles leer cuentos a tus hijos cuando se van a dormir. ¿No te atreverías a escribirles uno ahora que aún son pequeños?
L: Anda, pues, ahora que lo dices, igual me animo.
J: Si lo escribes, me pasas una copia. Así que cuida la ortografía; si no, me vas a oír.  

6 nov 2020

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RECUERDOS (VII). Mi «herejía»: la microinformática
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2013
2012
2011
2010
2009

3 nov 2020

EL CORONAVIRUS Y LOS EXPERTOS

Hace más de 2 años, en LOS EXPERTOS ya comenté que no me fiaba de los que en los medios de comunicación, sobre todo en la tele y en la radio, se presentaban —o eran presentados— con la etiqueta de «experto». En aquella ocasión dije que mi desconfianza se acrecentaba cuando se opinaba o informaba sobre asuntos que podríamos catalogar como «abstractos no constatables», o sea, en los que las opiniones no pueden demostrarse fehacientemente ni rebatirse con contundencia, como ocurre cuando se habla sobre sociología, historia, economía, el futuro, etcétera. Pues, desde hace unos meses, habría que añadir a esta lista de temas «abstractos no constatables» todo lo relacionado con el coronavirus que nos asedia, que, por otra parte, es el tema que, prácticamente, monopoliza la información (tertulias, entrevistas, opiniones, etc.) en los medios de comunicación

Y la información se centra sobre los dos aspectos directos de la pandemia. Por un lado, lo estrictamente sanitario o científico, que afecta a la salud de las personas; por otro, lo económico, por los efectos en las empresas, en los trabajadores y en las cuentas del Estado. También se habla mucho sobre los efectos que la pandemia puede tener en la política, como consecuencia de la gestión de los gobiernos (del Estado o de las CCAA) o de la actitud de la oposición.

Así que, centrándome en los medios audiovisuales, cada emisora y cada programa tiene, normalmente, sus propios «expertos», que no paran de darnos su «cualificada» opinión sobre la pandemia, bien sobre los orígenes y causas o sobre las perspectivas y el futuro, que, obviamente, es lo que más puede interesar a los que recibimos la información. He dicho opinión, pero debería haber hablado de conjeturas, porque, sobre todo cuando se habla sobre lo que pasará, los expertos es lo que hacen: especular o, lo que es igual, hacer conjeturas, tratando de evidenciar lo mucho que saben; aunque, para mí, lo mas evidente es que no tienen ni puta idea..

Porque a mí me parece que, en lo de la Covid-19, hay desconocimiento general. Por eso, hay opiniones contradictorias y se barajan muchas teorías, sobre todo en lo más importante, es decir, en cómo combatirla o remediarla y, más concretamente, en la vacuna. Está claro que esta pandemia ha pillado a la ciencia bastante verde para poder remediarla con la celeridad que hubiera sido deseable. Supongo que no es tarea fácil.

Por eso, la pandemia ha sido campo abonado para los «expertos». En este caso, no solo han tenido oportunidad de opinar en los medios de comunicación. También, según se nos ha dicho reiteradamente, los gobernantes se han apoyado mucho en ellos. Cada vez que han tenido que anunciar una decisión, sobre todo cuando se prevé que pude tener mala acogida en la ciudadanía, el político se ha justificado —o sea, ha escurrido el bulto— aludiendo al asesoramiento o recomendación de los «expertos». Y así, el Gobierno nos mantuvo confinados durante más de tres meses desde el 14 de marzo. Al menos en esa ocasión parece que los expertos acertaron. 

Pero, tras el confinamiento, se inició la llamada «desescalada», que dio paso a la «segunda ola» —que, en realidad, ha sido una «segunda escalada»—, y, por la grave evolución de la pandemia, es obvio que en estas fases los «expertos» no han estado nada acertados, o podría haber sido que los que han tomado las decisiones no han contado con ellos. No lo sé.

Lo que sí se sabe es que los «expertos» cada vez son más prudentes o, más bien, son menos categóricos en sus opiniones sobre el futuro o en sus «recetas» sobre lo que hay que hacer para, como se suele decir, «doblegar la curva». 

Ahora, aunque no lo digan, se les nota que están como, supongo, estaría Sócrates cuando dijo aquello de «Solo sé que no sé nada». O sea, están tan perdidos en la nebulosa de la pandemia como la generalidad de la ciudadanía.

OTRAS ENTRADAS DEL BLOG

7 ago 2020

EL REY BOBO

Hace ya casi 30 años, Imanol Uribe dirigió la peli «El rey pasmado», basada en el libro del mismo título de Torrente Ballester. Trataba sobre las experiencias y tendencias sexuales  del rey Felipe IV, y de cómo veían sus apetencias los notables de la Corte. Ayer, mientras veía en la tele un reportaje sobre Juan Carlos I, me vino a la cabeza el título de esta peli pero con el adjetivo cambiado: bobo, en lugar de pasmado. Porque, viendo y escuchando al exrey, es lo que me pareció, un bobo.

Listo: Ya me extrañaba que no dijeras nada después de la movida mediática de los últimos meses al conocerse lo que ha contado la tal Corinna, examiga (fuerte) del exrey Juan Carlos, que ha culminado con la carta de este a su hijo, Felipe VI, de hace unos días, anunciando su salida de España.
Julio: Es que llevamos unos días en que todo dios está hablando de eso. ¿Qué iba a decir yo que no se hubiera dicho ya? Pero el reportaje que dieron ayer en la tele repasando la vida de Juan Carlos de Borbón me ha animado. Es que en el reportaje, además de verse imágenes de su vida, intervenía Juan Carlos comentándolas; bueno, diciendo «algo» sobre lo que se nos mostraba. Y sus «comentarios», dichos con «su» naturalidad, o sea, sin leerlos, evidenciaron la impresión que muchos teníamos de este personaje: el emérito es muy bobo, o sea, un perfecto sopazas.
L: ¿Sopazas? A ver, explícate.
J: Pues un simplón y muy elemental en sus opiniones, incapaz de decir algo de interés… En fin, un bobito, en el que se evidencia sus limitaciones intelectuales. Me acordé de un chiste que se contaba en los tiempos en que ejercía de príncipe heredero.
L: Venga, Julio, cuéntalo.
J: Estaba el príncipe con la boca abierta (como habitualmente se le veía) en un acto escuchando lo que se decía. Uno de sus ayudantes se le acercó.
—Señor, cierre la boca que le van a entrar las moscas.
—¿Y qué hago con las que tengo dentro? 
(Al decir esta pregunta, el narrador debe distorsionar la voz, haciendo notar que tiene la boca ocupada)
L: Bueno… es graciosillo. No sé, Julio. Aquí, en España, se le quería bastante. Incluso muchos que no se consideraban monárquicos se proclamaban juancarlistas.  O sea, tenía bastante prestigio. Aun sabiendo que fue nombrado por Franco.
J: Ya que dices esto y admitiendo que, como la inmensa mayoría, no puedo saber por qué lo eligió Franco para sucederle, siempre he tenido la sensación de que, en parte, sería precisamente porque el dictador se daría cuenta de que Juan Carlos, aunque ambicioso, era bobalicón. Así saldría muy airoso en las inevitables comparaciones que la ciudadanía haría una vez fallecido Franco, pensaría este.
L: Pues parece que le salió el tiro por la culata, porque, como te he dicho, aquí ha tenido mucho prestigio, al menos hasta hace unos 8 o 10 años, cuando han empezado a salir sus «preocupantes e inquietantes» líos de faldas y de dineros sucios.
J: ¿Prestigio? Lo que es reconocido por todo el mundo es que se le ha «cuidado», tanto por los políticos (de los dos grandes partidos) como, sobre todo, por el periodismo. Ahora se está viendo a muchos periodistas reconociéndolo vergonzantemente. Y lo han cuidado precisamente porque es bobo, y lo necesitaba (como si fuera un niño). Si se hubiera querido lo habrían destrozado, porque ha tenido que cometer muchas torpezas. Algunas las hemos conocido «muy por encima»; otras, las últimas, ya no se han podido ocultar. Por otro lado, la monarquía ha sido útil: los gobernantes la han manejado bien y a los ciudadanos no les ha dado guerra. Ha habido una especie de entente cordiale general para soportar al bobo. Hasta que, como es bobo, se excedió en sus torpezas.
L: Pero, en lo del 23-F, se le atribuye el fracaso de los golpistas. Y ese fue un gran servicio a la nación.
J: Nunca sabremos lo que, entre bastidores, pasó ese día, desde que Tejero entró por la tarde en el Congreso hasta que el Rey, sobre las 13:30 de la madrugada siguiente —más de 7 horas después—, apareció en la tele para dar a entender que el golpe estaba desactivado. Creo que muchas cosas no han quedado claras; sobre todo, el papel del rey en aquella revuelta militar promovida por quien fue preceptor de Juan Carlos; o sea, por un general muy cercano al exrey. Incluso, hace no mucho escuché a Pilar Urbano decir que el discurso del Rey fue grabado a las 21:30 y resultaba ambivalente, es decir, que se preparó para que el apoyo regio pudiera servir tanto a los golpistas como a la legalidad vigente, según conviniera por el desarrollo de los hechos que estaban produciéndose. Pero, lo que ha quedado es que el Rey salvó la democracia. Y ese es el gran mérito que le atribuyen sus afines en sus 39 años de reinado. A mí, considerando tan bobo al exrey, me cuesta atribuirle ese mérito.
L: Pues igual es que es más listo de lo que tú crees.
J: Listo sí que es; yo he dicho que es bobo, no tonto, que es, a mi entender, el antónimo de listo. Si no hubiera sido listo no habría llegado a donde quería llegar: a ser rey. Pero al final, como es bobo, se ha quedado en listillo. (Ver DE TONTOS Y LISTOS de este blog)
L: Bueno, bueno. Y de los líos de faldas, ¿qué opinas?
J: Me parece bochornoso y muy propio de un primario sopazas. Un tipo, cuyo único mérito es ser hijo de su padre; que llega, sin gran esfuerzo, a ser la persona más importante —que se dice pronto— de un país como España; que llegó a tener todo lo que para cualquier mortal sería lo máximo que se puede tener en la vida, y, por tanto, imposible de alcanzar para cualquier persona, pues ¡él no se conforma! ¡Le parece poco! ¡Quiere más!, o sea, follarse a las tías buenas que conoce y que le ponen cachondo. ¡Y si hay que pagar, se paga!, ¡lo que haga falta! ¡Que para eso soy el rey!, se diría el bobo.
L: Es un hombre; hay que entenderlo.
J: Lo que hay que entender es lo que te acabo de decir. Y por no entenderlo, es decir, porque es bobo, le ha pasado lo que le ha pasado y lo que le podría pasar, ¡por bobo!
L: Y ya que estamos en esto, ¿qué te parece la Corinna?
J: Pues no lo entiendo. Me parece una lista que al ver que su «amigo» el rey estaba «coladito» por ella se habría querido aprovechar… y parece que, de momento, lo ha conseguido. Se dice que el  entonces rey le «regaló» ¡65 millones de euros! Pues no me lo creo; como te he dicho, es bobo pero no tonto. Aunque no se dice, yo creo que Juan Carlos, en su torpeza, se los transfirió para que ella se los «guardara» en alguna cuenta opaca, y luego la lista no ha querido devolvérselos... y de ahí viene el follón.
L: Podría ser. Dicen que el dinero que recibió Juan Carlos procedía de Arabia Saudí, por lo del Ave a La Meca.
J: Sí, eso he oído, pero tampoco lo entiendo. Las comisiones las suelen pagar las empresas que luego cobran las obras que realizan; no los que las encargan y las pagan. Hubiera entendido que la empresa española le hubiera pagado al Rey una comisión si este hubiera influido en la adjudicación de la obra. Ya digo, no lo he entendido. Es que nos cuentan las cosas como quieren, no como son, Listo; de estas cosas, créete de la media la mitad.
L: Entonces, tampoco habrá que creerse que la culpa de la reciente salida de España del emérito es de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
J: Eso es lo menos creíble de todo. En marzo de este año, Felipe VI retiró al emérito su asignación económica y, además, renunció a la posible herencia de su padre. Imagina qué marrón de su padre tenía que conocer el actual rey para hacer eso. ¿Qué delitos habrá podido cometer el bobo? No sé si algún día lo sabremos; pero de lo que no cabe duda es de que si se ha ido sin decir el porqué ni a dónde es porque temerá que alguna de sus torpezas (¿delictivas?) le pueda costar cara y, de momento, ha considerado conveniente poner tierra y mar por medio. En esto, es obvio que Sánchez e Iglesias no han tenido nada que ver; salvo lo que al primero le competa por su cargo de Presidente del Gobierno.
L: Bueno, Julio. Has puesto a caldo al emérito. Antes no atrevías, ¿no?
J: Pues no. Si he dicho lo que te he dicho es porque se ha «abierto la veda» en la caza del exrey; si no, no me hubiera atrevido. Aunque en mi post del 2013 MORRUDOS de este blog ya decía algo de Juan Carlos I, entonces rey en activo. Pero, por si no lo sabes, te diré que cuando, en privado, desde hace muchos años he hablado sobre él, siempre le ha definido como «homicida, perjuro y traidor»:
  • Homicida, porque provocó la muerte de su hermano pequeño, Alfonsito, de 15 años. Aunque dicen que ambos estaban jugando con una pistola que se disparó, sí parece que está asumido que era el bobo (18 años, entonces) quien la tenía en su mano cuando salió el tiro que dio en la cara a su hermano y lo mató.
  • Perjuro, porque incumplió el juramento, que hizo públicamente en Las Cortes, de acatar los principios del movimiento franquista y sus leyes.
  • Traidor, porque colaboró con Franco para usurpar el lugar que en la dinastía borbónica le correspondía a su padre, Juan de Borbón. Parece que al padre no le sentó bien la traición del hijo, lo que se evidenció en las imágenes que vimos en la tele de la fría ceremonia de renuncia a la corona (o a la sucesión) por parte de D. Juan, que se celebró en 1977 cuando Juan Carlos era ya rey (desde 1975).
Pero los bobos a estas cosas no le dan importancia; ellos solo van a lo suyo…

31 may 2020

LOS MISERABLES


No voy a hablar de la conocida obra de Victor Hugo, cuyo título coincide con el de esta entrada. No, simplemente me propongo exponer mi reflexión sobre el adjetivo que, de un tiempo a esta parte o, mejor dicho, durante la maldita pandemia que nos está afectando, es el que con más frecuencia me viene a la cabeza cuando veo, oigo o leo lo que dicen algunos de nuestros políticos. Bueno, debo confesar que miserable es, a la vez, de los más suaves; alguno de los epítetos que se me escapan en voz alta cuando veo en la tele a los políticos más importantes de los partidos de la derecha o ultraderecha suelen ser mucho más fuertes, por eso no los reproduzco aquí, solo diré que uno de los que más utilizo hace referencia a la madre del calificado —y reconozco que eso está muy feo—. O sea, a veces los califico de forma parecida a como lo hizo recientemente la portavoz del PP, Álvarez de Toledo, refiriéndose al vicepresidente Iglesias. 

El término miserables también lo he leído en algún artículo de los opinadores críticos con el comportamiento de la derecha en estos días, lo cual me ha agradado porque así he visto que no era una ocurrencia exclusivamente mía. Parece que hay bastantes otros a los que les pasa lo mismo que a mí al escuchar lo que dicen Abascal, Casado y sus adláteres. Y como la tengo más cerca, también me tengo que referir a la repulsiva —para mí— Díaz Ayuso.

Miserable es un adjetivo calificativo muy negativo y rotundo, que, curiosamente, tiene muchos sinónimos. Supongo que será porque, entre las debilidades del ser humano, su tendencia a comportarse mal —o sea, a ser malo— ha hecho que en nuestro idioma surgieran muchos adjetivos, cada uno con sus matices, para calificar tal tendencia y su materialización en el comportamiento del calificado. Así, dependiendo de la condición, característica, peculiaridad que el hablante quiera resaltar, también valdrían otros sinónimos, como son canalla, despreciable, ruin, vil o, incluso, bellaco. Pero a mí, miserable me parece el más expresivo.

Por eso creo que hay que ser miserable para que, en una situación sociopolítica tan grave, tan imprevista, tan compleja, tan difícil y, además, inédita como la que estamos viviendo, que al Gobierno de España —como a los de los demás países de casi todo el mundo— le ha tocado afrontar, los voceros de los partidos de la derecha, de forma continua e inmisericorde, sin tregua, y de la forma más agresiva que pueden, estén en una permanente mal entendida oposición ¿? al Gobierno, en la que no faltan los más groseros insultos —incluido el de criminal—, las denuncias judiciales, las trabas y todos los obstáculos que se les ocurren para denigrarlo, vejarlo, desprestigiarlo  y, lo peor, dificultarle la tarea que le ha tocado afrontar: combatir la pandemia. Incluso, da la impresión de que estos miserables están deseando que la cifra de afectados y fallecidos crezca cuanto más mejor, para así encontrar motivos para, en su miseria, justificar la intensificación de su asquerosa y permanente diatriba contra el Gobierno. 

Y no vale que traten de escudarse o justificarse en los errores que haya podido cometer el Gobierno, que seguro que ha habido unos cuantos, unos graves y otros menos trascendentes. No; porque en este asunto tan grave y complejo es normal que haya fallos, tanto en la previsión como en la gestión, porque ningún gobierno tenía preparada la hoja de ruta para combatir esta, hasta ahora, desconocida pandemia. Y la evidencia está en que España, con un plan de acción parecido, supongo, al de los demás países más afectados por la pandemia, como es el caso de Italia, Francia, Reino Unido —por citar los más importantes de los cercanos— e incluso el poderoso USA, está sufriendo un daño parecido al de los demás. Aunque es seguro que en estos otros países el comportamiento de la oposición no ha sido tan negativo como en el nuestro. Es decir, no han tenido que sufrir o soportar una oposición tan miserable como aquí.


Y lo peor de todo es que los miserables van a continuar con su actuación destructiva. ¡Son incansables! Para esto cuentan con la importante colaboración de, por un lado, algunos medios de comunicación y, por otro, de sus incondicionales. Entre los primeros destaca el comunicador radiofónico Federico Jiménez Losantos, que cada mañana alienta a la oposición para que mantenga su miserable beligerancia contra el Gobierno. Y lo hace sin escatimar insultos, mentiras y las más zafias descalificaciones. Obviamente, también se ha hecho acreedor al calificativo que nos ocupa: miserable; aunque puede que le vendría mejor el de «canalla». Aparte, está la emisora de TV El Toro TV, que cada día, sin tregua, anima a Vox a mantener su actitud, ensalzando toda su actividad agresiva y descalificadora hacia el Gobierno, y si no aportan ideas a Vox es porque no dan la talla.

Y por último debo decir algo de los ciudadanos incondicionales de Vox, que, con ridícula y absurda disciplina ideológica, ante los ya comentados comportamientos de la oposición, se creen todas las barbaridades, patrañas y bulos que los miserables puedan poner en circulación  por las RRSS, sobre todo por WhatsApp. Y así, sin ningún filtro o comprobación y con una preocupante actitud seguidista, asumen —con subordinación y automatismo intelectual— lo que los miserables quieren que se divulgue. Y en esto no les preocupa que sea cierto o no, lo importante es que sirva para dejar en mal lugar al Gobierno. También estos incondicionales de Vox son los que siguen sus consignas en relación con la participación en caceroladas y manifestaciones.

La obra Los miserables se desarrolla en una época convulsa de la Francia de la primera mitad del siglo XIX. Los miserables de los que he hablado no tienen nada que ver con los del retrato literario de Victor Hugo; los de ahora son mucho peores y más peligrosos. En fin, la situación política está muy alterada. No sé cómo acabará. Los miserables son muchos y además no son tontos; también son numerosos sus incondicionales. Confío en que el resto, los ciudadanos corrientes en los que prima la sensatez, aunque no tan beligerantes seamos más. En democracia es lo que importa.