18 jul. 2018

EL GÉNERO (gramatical)


De pequeño, en la escuela me enseñaron que el género —como el número y el caso— es un «accidente gramatical», y que puede ser masculino, femenino y neutro. También que estos «accidentes» afectan a las «partes variables» de la oración (nombre, pronombre, adjetivo, artículo y verbo). Y esto es, por lo que recuerdo, lo básico de lo que me enseñaron y aprendí sobre el asunto del título.
Luego, de mayor, al relacionarme con otros idiomas, con sorpresa vi que estaban concebidos sin el «accidente gramatical» que nos ocupa: el género. En ingles, por ejemplo, el género diferenciado solo está presente, creo, en algunos pronombres, en singular, de tercera persona (he, she, him, her,...). En todo caso, en inglés para referirse a varones o mujeres se utilizan sustantivos diferentes; p.e. en castellano decimos chico y chica y ellos tienen boy y girl. Pero, en inglés, los determinantes y adjetivos son los mismos para ambas palabras (p.e.: the/this boy y the/this girl o tall boy y tall girl). Puede que en inglés las cosas no sean exactamente así (no lo domino como para ser rotundo), pero sí creo que al no tener un léxico permanentemente condicionado por el género de buena parte de sus palabras lo hace mucho, muchísimo, más lógico y funcional que el castellano.
En esto —también en otras muchas cosas— los «inventores» del inglés superaron claramente a los del castellano; sin lugar a dudas. Porque es indudable que el género nos da mucha guerra a los castellanoparlantes y, prácticamente, no proporciona ninguna ventaja lingüística. Mucho menos, cuando el género se aplica en sustantivos y adjetivos relacionados con objetos, materiales, situaciones, circunstancias, elementos y cosas así, donde no tiene ningún sentido su asignación: que aceite sea masculino mientras que leche es femenino, o que idioma sea masculino y lengua femenino, no responde a ninguna lógica. Alguien podrá considerar que cuando hablamos de personas puede venir bien hacer uso del género gramatical, pero, por lo que luego diré, creo que ni en estos casos la diferenciación del género gramatical de nuestro castellano tampoco ayuda; al contrario nos da problemas.
O sea, creo que la consideración de «accidente» al género gramatical le viene muy bien. Porque la palabra accidente tiene un significado negativo (conflicto, problema, error, incorrección, etc.) y eso es lo que me parece el «invento» del género en nuestro idioma. Y lo malo es que no tiene remedio. El género es consustancial al castellano y permanecerá siempre con él como una de sus, en mi opinión, más negativas características… ¡una pena!
Y, claro, cuando las cosas nacen mal, al final surgen los problemas. Me refiero a la beligerancia, en los últimos años, que el feminismo muestra con el uso del género gramatical en nuestro idioma, que se hace patente en las frases en que el sujeto o los complementos se refieren, a la vez, a mujeres y varones. La RAE siempre ha aconsejado utilizar solo el masculino para estos casos, por lo que, por ejemplo, basta decir «los abogados» para referirse al conjunto de hombres y mujeres que practican la abogacía, sin tener que recurrir al tedioso «los abogados y las abogadas». Y esto ocurre con un sinfín de sustantivos y adjetivos relacionados con personas, y con sus correspondientes determinantes; también con el plural de los pronombres (personales, demostrativos y posesivos). Por todo esto, están surgiendo neologismos para el femenino de la denominación de muchas actividades, profesiones, ocupaciones, etc., de las personas, como es el caso de médica, fiscala, bombera... y muchísimos sustantivos más. Unos se van imponiendo y a otros les cuesta más, pero, tal y como están las cosas, no hay duda de que tarde o temprano se impondrá el uso de todos ellos.
Y, por lo que se ve o se oye, en esto vale todo Por eso, algunas mujeres con cierto protagonismo social, por aquello de significarse en la lucha feminista (que ahora está muy de moda), no se reprimen a la hora de utilizar el género femenino cuando antes se utilizaba el masculino genérico. El caso que más me ha llamado la atención es el de Irene Montero (Podemos), que ha optado por utilizar el «nosotras» cuando se refiere a algún colectivo de hombres y mujeres en el que ella esté incluida (por ejemplo cuando se refiere a los —y las— integrantes de su partido). Se habló mucho del «miembras» con que nos sorprendió la exministra Aído. Recientemente ha surgido «portavoza» (¡que manda...!»). Y qué decir de los recurrentes «vascos y vascas», «españoles y españolas», «ciudadanos y ciudadanas», «todos y todas», etc., presentes en todos los discursos de los políticos. Así, de risa ha sido la reciente noticia de que una empresa española ha dejado a sus trabajadoras sin la preceptiva subida salarial porque la disposición o norma en que se apoyaba citaba como beneficiarios de tal subida a los «trabajadores», lo que llevó a algún listillo de la empresa a entender que no afectaba a las mujeres.
Lo último que me he enterado es que la vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, muy feminista ella, se ha dirigido a la RAE solicitando un informe o la opinión de esta institución sobre el uso, exclusivamente, del masculino en nuestra Constitución, porque parece que a la corriente feminista actual presente en el Gobierno de España no le parece bien que en la carta magna solo se cite, por ejemplo, a los españoles o a los ciudadanos, por lo que la vicepresidenta considera que la actual redacción es impropia de esta época, porque, según ella, se podría entender una explícita exclusión de las mujeres del colectivo afectado, y por eso quiere una redacción «inclusiva» (así lo dicen) de la Constitución. O sea, quiere que cuando la norma constitucional afecte a las personas españolas o se diga así o se precise españoles y españolas o ciudadanas y ciudadanos; pero que desaparezca el masculino genérico.
Como digo, a mí todo esto me parece de risa. En la medida de lo posible yo nunca me someteré a estos usos —a mi entender, innecesarios— del femenino. No soy muy propenso a seguir las pautas de lo políticamente correcto. Pero sí sería partidario de la eliminación del género gramatical, empezando por suprimir los artículos determinados e indeterminados actuales (el, la, un, una, con sus plurales), sustituyéndolos por unos nuevos que valiesen para ambos géneros, como podrían ser «il e ils» (determinados) y «u y us» (indeterminados). Tranqui, señora Calvo, es solo una idea... aunque me temo que va ser que no.

8 jul. 2018

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OTRA DE LINGÜÍSTICA. Pronombres problemáticos
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RECUERDOS (IX). Epílogo
RECUERDOS (VIII). Construcción del DCE del nuevo BBV
RECUERDOS (VII). Mi «herejía»: la microinformática
RECUERDOS (VI).Traslado a Madrid. La fusión de BBV
RECUERDOS (V). El departamento de Organización

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7 may. 2018

AMAIA & SINATRA


La pamplonesa Amaia Romero, Amaia, ganadora de la última edición de Operación Triunfo, de TVE, es una joven cantante (19 añitos) que se ha hecho muy famosa en España. Frank Sinatra, La Voz, como todo el mundo sabe es (o fue) un famosísimo cantante estadounidense —también actor de cine— que falleció hace ya 20 años a los 83 de edad. Lo común de ambos es que les hemos conocido por su dedicación a la canción. Sinatra ha sido un «gigante» mundial de la música y Amaia acaba de empezar, aunque se le vislumbra un prometedor futuro.
Pero, además de lo dicho, hay algo más que ambos tienen en común, aunque es una circunstancia muy particular de la que solamente puedo hablar yo: me refiero a que, echando la vista atrás, Sinatra y Amaia son los únicos cantantes con los que realmente me he emocionado cuando los escucho. Hay otros muchos cuya música me ha podido gustar, entretener, complacer, incluso deleitar… pero no emocionar.
Cada vez que, con sumo placer, he escuchado cantar a Amaia durante su participación en OT he sentido eso: una emoción que me cautivaba mientras la veía y oía con la boca abierta y con todos mis mecanismos receptivos en modo de máxima atención para no perderme ni un solo matiz de sus interpretaciones. Una de las, para mí, mejores fue la de la gala 9, cuando cantó Shake it out , demostrando que no solo el buen gusto, la dulzura y la sensibilidad adornan a esta joven cantante, sino que también posee fuerza interpretativa para enardecer al público. Su interpretación me cautivó.
Como cada vez que he escuchado a La Voz, Sinatra. La última fue hace un par de días cuando, tras una conversación con mi amigo Alfonso mientras nos tomábamos unos vinos, comprobé en Youtube que también cantó Killing me softly with his song, preciosa canción que hace muchísimos años se la escuché a la maravillosa Roberta Flack y nunca, hasta esta ocasión, a Sinatra. La dulce versión de Sinatra me ha parecido, sencillamente, deliciosa, como desde mis tiempos juveniles me parecieron todas sus canciones, de las que tengo un especial recuerdo de la maravillosa Strangers in the night. Recuerdo un viaje desde Bilbao a Laredo en la que no paré de escucharla en el coche (a la ida y a la vuelta); la pondría decenas de veces. Además, Sinatra ha sido el cantante en inglés al que más le he entendido lo que decía, y por eso también me gustaba escucharle.
Entiendo que quien esto lea pueda considerar algo así como un sacrilegio comparar a Sinatra, consagrado y reconocido mundialmente durante toda una vida, con Amaia, que acaba de nacer en el mundo de la canción; pero, como he dicho, es algo muy particular de quien lo escribe, y en esto de los gustos ya se sabe: para gustos están los colores. Así que no pasa nada porque puedan no compartirse los míos.
Para acabar, un deseo que me temo que no se va a cumplir. Ojalá Amaia tenga suerte en el festival de Eurovisión que se celebrará esta semana en Lisboa (la final, el sábado 12 de mayo) y quede en una buena posición, aunque creo que lo tiene difícil. La canción me parece que no tiene mucho gancho y el que la cante con Alfred, al que no veo muchas cualidades, puede ser un hándicap importante para mi admirada Amaia. Pero si no queda como desearíamos, que no le importe; la navarrica tiene un futuro muy prometedor en el complejo y difícil mundo de la canción.
Confío en que pueda seguir emocionándome durante mucho tiempo, y espero que algún día se anime a versionar, como hizo Sinatra, Killing me softly with his song . Aunque sería difícil, puede que me guste más que la versión de La Voz. De cualquier modo, prometo comprar el disco.

5 abr. 2018

LA MOTO

En alguna ocasión anterior ya he mencionado que soy motero; es decir, que en mis desplazamientos utilizo, casi exclusivamente, la moto. Así que ya es hora de que dedique un post a hablar de mi querida máquina y de las sensaciones que me proporciona.

Lo primero, un poco de historia. La primera moto la tuve en Bilbao a los 20 años. Era una Montesa 150 de carretera bastante usada; la vendí cuando fui a la mili. La tuve durante poco tiempo y no recuerdo graves contratiempos, salvo que me quedé sin gasolina (creo que tenía estropeado el marcador) en un paraje aislado.

Ya licenciado, me llamaron mucho la atención las motos de trial y pronto me compré una Montesa (Cota) de 250 c.c., a estrenar; era como las de competición. Con aquella moto disfruté y padecí. Disfruté, porque, con un grupo de trialeros, los sábados o domingos por la mañana salíamos por los montes de los alrededores de Bilbao. Yo era el más inexperto y me costaba seguir a los demás, pero a trancas y barrancas llegaba a los destinos. Me gustaba subir al Pagasarri (entonces se permitía) y darme garbeos por sus estribaciones; no era demasiado complicado aunque algún tramo me costaba, pero disfrutaba mucho por aquellas escarpadas rutas. Y padecí porque el trial tiene sus riesgos, sobre todo cuando no se es un experimentado piloto y, además, se es algo inconsciente y temerario (como era yo). Me di golpes de todo tipo y sufrí diversas «averías» en mi cuerpo, de las que recuerdo una fractura de rótula y otra de maleolo, y, lo que más dolía, los continuos golpes en mis tibias, por no haber hecho caso a los que me aconsejaron que con este tipo de motos y cuando se va por rutas complicadas es necesario llevar botas protectoras (cubriendo la pierna casi hasta la rodilla) para amortiguar los innumerables impactos de esa parte de las piernas con los estribos metálicos en los que se apoyan los pies. Hay que tener en cuenta que normalmente se va erguido sobre tales estribos, y las contingencias obligan, sobre todo a los inexpertos, a utilizar los pies, con frecuencia e improvisadamente, para evitar caídas o para mantener el equilibrio de la moto. Todavía tengo las marcas en mis espinillas de aquellos dolorosos golpes. 
Montesa de trial. Dibujo de mi hermana Itziar

Tras unos cinco o seis años, renové la máquina. Estrené un nuevo modelo de Montesa, también de 250 c.c.: la Cota 247. Para entonces ya me había comprado las botas protectoras. Por otro lado, algo había aprendido, así que participé en alguna competición de bajo nivel, aunque no puedo presumir de buenas calificaciones. Pero seguía disfrutando mucho; padeciendo, menos. Recuerdo una subida al Ganekogorta (creo que me costó) e, incluso, con un grupo de una docena de trialeros, subí al Gorbea (el monte más alto de Bizkaia). Ya no me caía tanto y mis espinillas sufrían menos. Por citar una «avería», recuerdo que saliendo por las empinadas escaleras de piedra del interior de un búnker (reliquia del famoso "cinturón de hierro" que tuvo su protagonismo en la guerra civil), situado en el monte del Vivero (cercano a Bilbao) me golpeé la cabeza y me hice una brecha de consideración (entonces no llevábamos casco). Esta moto fue la última que tuve mientras viví en Bilbao.

Cuando vine a Madrid tardé en comprarme moto. Tenía hijos pequeños; trabajaba en una zona cómoda (de tráfico) y siempre dispuse de aparcamiento donde trabajaba. Pero a raíz de que a final de los ochenta en el trabajo me hiciera cargo de una unidad operativa que ocupaba un edificio en el centro de Madrid (en la Plaza de Vázquez de Mella; sin parking) empecé a sufrir diariamente las dificultades del intenso tráfico del centro y, además, a ciertas horas me resultaba imposible aparcar en el parking público que tenía cerca (se saturaba enseguida). Así que no tuve más remedio que comprarme moto. ¡Qué gran decisión!
La XL200. Tiene más de 30 años. Una joyita

La compré en Bilbao, en la misma tienda de Honda donde había comprado los dos Montesas de trial de las que ya he hablado. En plan experimental, me hice con una moto barata: de segunda mano (5.000 Km., prácticamente nueva), una Honda 200 XL, que me servía para la ciudad y para darme garbeos por los montes de El Pardo (tenía, tiene, ruedas de tacos). Pero, pronto me di cuenta de que necesitaba una máquina más potente. Así que mandé la XL 200 a Bilbao (aún la uso por allí) y, más o menos en 1990, me compre mi primer «pepino»: Honda CBR 600 nueva. Curiosamente, me la robaron una noche. La había dejado aparcada junto al portal de la casa de un amigo; tras denunciar el robo, a las dos horas recibí el aviso de la policía de que la habían localizado y la recuperé. ¡Menos mal! Tras unos 7 años, la cambié por otra versión más moderna del mismo modelo, y, tras otros 6 años, en 2003 compré la que tengo actualmente: Honda CBR 600 AF (¡excelente máquina!), que es, por tanto, la tercera que he estrenado de este modelo.  Me deprime pensar que será la última.

Con mi actual CBR600 en una de mis escapaditas


Mientras tuve las CBR 600 compré una Honda 1100 Paneuropea a medias con Juan, un vecino y amigo muy motero que tenía una Honda 750. La compramos en 2002 y la mantuvimos unos cuantos años (no puedo precisar). Era una moto estupenda para viajar (tenía grandes maletas) por su gran estabilidad y potencia. Con mi mujer ya hice algún viaje largo; también alguno solo. Era un capricho, porque los dos propietarios, como he dicho, teníamos otras buenas motos. La vendimos porque a Juan le destinaron en su trabajo al extranjero y no era cosa de que yo me quedara soportando todo el gasto de la moto que teníamos a medias, y además no la usaba demasiado (para lo cotidiano, yo prefería el «pepino»).

Haciendo el recuento, he tenido 8 motos: desde la primera de 150 c.c. hasta la actual de 600 c.c., pasando por la Paneuropea 1100. No he hecho muchos viajes largos: a Bilbao he ido unas pocas veces; estuve en las carreras de Jerez y Valencia y hace un par de años, con un grupo de amigos moteros estuvimos unos días por Andalucía. En la actualidad, con este grupo, los sábados (si hace buen tiempo) nos damos una vuelta de unos 300 o 400 kilómetros. También, todos los veranos me hago una escapada a Segovia para contemplar el magnífico espectáculo del acueducto (de esto ya hablé aquí). Pero, la verdad, confieso que pilotar durante largas distancias no me entusiasma. Ahora no se puede correr y tener que circular a velocidades moderadas durante mucho tiempo casi me aburre. En cambio me divierte mucho circular por el centro de Madrid, que cada vez está más complicado para los coches; por eso se disfruta mucho en moto. Porque mi moto, CBR 600, aunque es una máquina deportiva de gran potencia, es muy ágil y cómoda (de hecho, compito frecuentemente por la Gran Vía y calle Princesa —y suelo ganarles— con los pizzeros motoristas). Con esta última ya he tenido alguna «avería»; la más gorda, una fractura de peroné, en cuya reparación parece que el cirujano me colocó un soporte metálico del que me acuerdo cada vez que entro o salgo de El Corte Inglés (pitan los detectores que hay en las puertas).

Aunque desde hace más de 50 años las vengo utilizando asiduamente, confieso que no entiendo nada de motos; me refiero a la mecánica y a conocer sus tripas. Realmente, no tengo ni idea. Nunca me ha interesado; para eso están los expertos mecánicos. Solo me he preocupado de llevarlas bien, de que no me echaran demasiadas multas y de que no me las robasen... y de correr. Correr me gusta. Circular rápido en moto es una sensación muy agradable. El hecho de que el acelerador se accione con la mano y que se perciba con nitidez las vibraciones y el sonido del motor agranda las sensaciones. Cuando se apuran las velocidades y se superan las 10.000 r.p.m., el estridente rugido del motor resulta casi orgásmico. Curvear inclinando la moto también me pone; pero tiene su riesgo. Como ya he tenido unas cuantas caídas y a veces hay factores que pueden influir para que ocurra eso, como es el estado de los neumáticos y, sobre todo, la situación del pavimento, procuro ser prudente y no hacer el tonto. Las caídas en moto, además de producir lesiones corporales, te cuestan una pasta por los destrozos y averías que pueden ocasionar en la máquina. Así que hay que andar con ojo. Aun así, creo que viene bien, de vez en cuando (de mucho en mucho), tener algún contratiempo de este tipo siempre que no produzca importantes lesiones ni averías, porque ayuda a tomar consciencia del peligro que se corre y a no confiarse mientras se conduce, que es lo que, desgraciadamente, a todos nos pasa. Se suele decir que hay dos tipos de moteros: los que se han caído y los que se caerán. Es lo malo de las motos: las caídas son, a la larga, inevitables, por eso decía que de vez en cuando (de mucho en mucho) conviene tener un susto para así recomponer y reactivar todos los mecanismos de alerta en la conducción. El peligro de accidente es proporcional al estado de confianza del conductor.

Pero a lo negativo del peligro de la moto, máxime, como es mi caso, si se utiliza principalmente en una ciudad con un tráfico tan intenso y complicado como es el de Madrid y se tiene el gusto por la velocidad del que ya he hablado, se superponen las sensaciones positivas que provienen del simple hecho de utilizar la moto. Poder calcular con precisión lo que se va a tardar en el desplazamiento previsto; poder superar con facilidad los numerosos atascos; poder aparcar con plena facilidad justo donde quieres, son algunos de los «poderes» impagables que, en Madrid, solo proporciona la moto.


Yo la utilizo casi todos los días; es decir, casi todos los días siento el placer de subirme en mi máquina. Porque, a mi «tierna» edad (en verano cumpliré 73), cuando las emociones y sensaciones fuertes están ya en el archivo de la memoria, la moto es de las pocas cosas que aún me hacen sentirme joven y «en forma». Suelo decir que la moto me da vidilla, y es la pura verdad. El simple hecho de subirme en la moto y accionar el botón de arranque me proporciona una muy agradable sensación. Puede que a otros moteros más jóvenes esto les parezca una simpleza rutinaria, pero a mí, a estas alturas de la vida, me resulta casi sublime.

Por eso y aunque uno sea consciente del peligro, me gustaría seguir siendo motero durante aún mucho tiempo. Pienso bastante en esto, y cada vez que lo hago termino mi reflexión cuando, inevitablemente, el subconsciente me dice: «Julito, no le des vueltas; te retirará un hostión. Procura que no te lleve al cementerio o te deje en una silla de ruedas, porque a tu edad…». Sí, sí, puede que tengas razón, le contesto… Pero no le hago ni puto caso.


29 mar. 2018

OTRA DE LINGÜÍSTICA. Pronombres problemáticos




El otro día, en una conversación sobre cuestiones lingüísticas que mantuvimos durante la sobremesa, uno de los presentes citó como ejemplo de error frecuente en el hablar cotidiano la construcción de la frase “Pepe se está marchando” (o algo parecido), contraponiéndola a “Pepe está marchándose”, que, según él, sería la correcta. Aducía que el citado error en la colocación del pronombre “se” podría provenir por la analogía con su colocación en la utilización impersonal de la tercera persona del presente de indicativo del verbo estar (está) en frases del tipo “aquí se está bien”. La verdad es que nunca había reparado en esta cuestión, por lo que, además de sorprendido, quedé preocupado por lo que se me dijo, pues estoy seguro de haber utilizado en innumerables ocasiones la frase “incorrecta” o muchas otras similares: El tren se está yendo, el edificio se está cayendo, etc., en lugar de, según la opinión del que planteó la cuestión, haber utilizado “está yéndose”, “está cayéndose”, etc.


Pero, como ya dije en la conversación, no me quedé muy conforme con la tesis expuesta. Principalmente, porque la incorrección señalada no me parecía tal, y, también, porque, por prurito, no me apetecía asumir el error. Así que, no sé si por tratar de salvar la cara, o por mi afición a estas cuestiones, o, simplemente, por mi tendencia a polemizar, he reflexionado sobre esto con la aviesa intención de encontrar argumentos para, cordial y amistosamente, contradecir lo que se me dijo. Advierto que carezco de formación especial o específica sobre la materia, así que, como amante del castellano, sólo me considero un simple aficionado a las cosas del lenguaje e interesado en el buen uso de nuestro idioma. Por tanto, lo poco que pueda saber es fruto del conocimiento que, como cualquier persona de mi edad que haya sentido interés por la gramática y el lenguaje, puedo haber adquirido a lo largo de la vida y, eso sí, por la aplicación de la lógica y el sentido común, que, a mi entender, tienen mucho que ver en las cuestiones de lingüística. Consecuentemente, lo que yo diga sobre esto no tiene mayor pretensión que la de aportar una opinión a una discusión entre amigos.


Entrando en el asunto, lo primero que debo decir es que parece que hasta los más puristas admiten que el lenguaje se va haciendo, se va modificando, se va actualizando (¿va haciéndose, va modificándose, va actualizándose?) con su uso por la gente, por el hablante, es decir por el grupo humano que habitualmente lo utiliza para comunicarse. Por eso, los que forman este grupo (en el caso del castellano los más de cuatrocientos millones de personas que lo usamos como idioma principal y propio en España y América) son, como queda dicho, sus verdaderos y únicos propietarios, por lo que pueden hacer con él lo que les dé la gana, siempre que —y esto es lo importante— más o menos se pongan de acuerdo o, dicho con un poco más de precisión, haya un consentimiento generalizado. Y, dicho sea de paso y refiriéndonos al castellano, aquí es donde interviene la RAE y resto de Academias de los países hispanohablantes. Porque no hay duda de que, como el condominio es tan extenso y el patrimonio tan importante, no está mal que haya quien trate de velar o mediar por que exista el acuerdo, aunque sea por zonas o países, lo cual, en mi opinión, es el fundamento y la razón de la existencias de estas instituciones.


Por tanto, para mí está claro que si los propietarios, o una gran mayoría de ellos, lo quieren y están de acuerdo o lo consienten el idioma se transformará, se modificará y se actualizará según los usos, aun en contra de la opinión y de los esfuerzos de los más excelsos puristas conservadores.


Esto, dicho de otro modo, quiere decir que, a la postre, las palabras y la forma en que se dicen o se escriben no tienen otro significado que lo que entienden o interpretan los que las escuchan o las leen, condicionados por el uso y la costumbre. Por tanto, hablando y escribiendo de acuerdo con los usos de cada momento se está en lo "correcto". Esto se entiende fácilmente leyendo ahora escritos de hace ya tiempo; por ejemplo, El Quijote. Sería grave pecado poner en cuestión el conocimiento del castellano de Cervantes, pero no hay duda de que en sus textos se perciben notables diferencias con los de los literatos modernos, tanto en la sintaxis como en el significado y uso de no pocas palabras. Y esto, obviamente, no quiere decir que los modernos escriban mal, no, simplemente se han acomodado a los usos o, incluso, que han propiciado que éstos cambien. Como otro ejemplo citaré la palabra "murciélago", que, según tengo entendido, en otro tiempo se decía "murciégalo".


Aplicando lo precedente a la cuestión que nos ocupa, se podría concluir que si, actualmente, para transmitir la idea de que Pepe, en el momento en que se habla, está realizando la acción de marcharse, está generalizado el uso de la frase “Pepe se está marchando” (digo que está generalizado porque a mí me suena como muy habitual), y si se usa mucho más que la pretendida correcta de “Pepe está marchándose”, y la mayoría de las personas entiende con la primera lo que el que la dice quiere decir, para mí está bien dicho. Y con esto no pretendo decir que todo vale con tal de que la gente se entienda, lo cual sería una barbaridad e impropio de alguien interesado en estas cosas, sino que lo que sostengo es que la corrección del lenguaje, hablado y escrito, lo determina algo tan simple como lo que podríamos denominar “los usos o la costumbre”, que, en mi opinión deben prevalecer sobre las pretendidas reglas. Algo parecido sucede en el mundo del derecho en el que, como es sabido, la costumbre es una de sus fuentes y de ahí el dicho popular de que “las costumbres se hacen leyes”.


Dicho esto, puede que encontremos también argumentos de índole gramatical para justificar que la supuesta incorrección no es tal. En primer lugar, habría que analizar bien la función en la frase de marras del pronombre “se”, pues su colocación es lo que ha dado lugar a la controversia. Si no estoy equivocado, es un pronombre reflexivo que se utiliza para la conjugación pronominal de algunos verbos, como podría ser el caso de los verbos “marchar-se”, “ir-se”, “caer-se”,… etc. (por seguir con los ejemplos citados al principio). Por una peculiaridad de nuestro idioma, que no tienen otros cercanos, estos verbos, generalmente, se conjugan con la ayuda de los pronombres me, te, se, etc., aunque también podrían conjugarse sin ellos. Siguiendo con los ejemplos, se puede decir “él marcha..., él va..., él cae ...” etc., para expresar lo mismo, sin embargo lo corriente es usarlos con el pronombre. Por tanto, me parece que la peculiaridad comentada resulta algo extraña, porque parece que aporta poco y algo complica (la prueba es que estamos en ello). Como mucho, podría admitirse que, en algunos casos, con la conjugación pronominal se consigue más énfasis en la intransitividad del verbo o se resalta que la imputación de la acción es exclusiva al sujeto, pero no es menos verdad que el significado del verbo no se alteraría si lo conjugásemos normalmente y así fuese aceptado: “yo marcho de casa”, “ yo voy al cine” y “yo caigo al suelo” son frases de significado inequívoco. Abundando en esto, no tiene mucho sentido que el verbo ir, con mucha frecuencia, se conjugue pronominalmente (“me voy a casa”, “nos fuimos al cine”, etc.) mientras que su opuesto venir no (se suele decir “vengo de casa”, “vinimos del cine”).


Por tanto, cabe deducir que la conjugación pronominal, o sea, la utilización de los dichosos pronombres en frases que no son reflexivas, es en realidad una disfunción, por decirlo de algún modo, de nuestro querido idioma. Es decir, se podría colegir que esta forma pronominal de la conjugación de algunos verbos no responde a ninguna lógica de nuestro lenguaje, sino que posiblemente sea consecuencia de una malformación o, mejor dicho (me corrijo para no dar argumentos), de una modificación impuesta por los usos, pero que, actualmente, esta totalmente admitida y nadie se atrevería a cuestionar. Si lo que digo es así, hay que admitir que la controversia que nos ocupa se centra sobre una forma de construir la oración que, por sí misma, ya resulta poco lógica, por lo que pretender ser purista sobre cómo formar bien algo que ya en sí es una malformación puede resultar tarea inútil. O sea, mejor dejarlo como está.


Pero como ya nos hemos metido en harina, vamos a continuar tratando de aportar razones de índole gramatical. Con un efecto parecido al “present continuous” inglés, para enfatizar que la acción es desarrollada sin condiciones o completamente en el tiempo que se emplea —porque la controversia no sólo afectaría al presente, sino también al pasado o al futuro—, se utiliza el verbo estar como acompañante del gerundio, siendo aquel el que determina el tiempo de la acción: está marchándose (o se está marchando), estaba marchándose (o se estaba marchando), estará marchándose (o se estará marchando), etc., con el resultado de hallarnos ante una especie de verbos compuestos o, mejor dicho, tiempos compuestos de estos verbos intransitivos (probablemente los que saben mucho de esto habrán dado un nombre a esta construcción). Por tanto, podría decirse que no estamos hablando de dos verbos diferentes (el estar y el otro) sino de determinados tiempos de los principales (estar+marchando, estar+yendo, etc.).


Y ahora toca decir que el castellano es muy anárquico a la hora de colocar (o de no colocar) el pronombre en la oración. Los personales, demostrativos, posesivos, reflexivos (y supongo que otros también) se pueden colocar delante o detrás del verbo, según se quiera enfatizar en la propia acción o en el sujeto, en unas ocasiones, o por la costumbre, en otras, o simplemente porque así le sale al hablante. Incluso, en castellano se admite omitir el pronombre, ya que, por la riqueza en la conjugación de los verbos, la persona y el número va explícito en cada forma verbal. Por tanto, si, como queda dicho, la construcción estar+gerundio se puede considerar como una única forma verbal ¿por qué la comentada anarquía no puede afectar también al pronombre que nos ocupa? ¿Qué regla obliga a colocarlo al final (pegado) del gerundio? Y, sobre todo, ¿hay alguna diferencia interpretativa si lo ponemos aislado y delante? A mí, sinceramente, me parece que no.


Hasta ahora hemos hablado de frases con verbos intransitivos, pero me temo que con los transitivos tenemos el mismo problema. Para mí las siguientes frases son correctas, por lo que usaría cualquiera de ellas: “Pepe se está comiendo el chocolate” o “Pepe está comiéndose el chocolate”; “Se lo estaban robando” o “estaban robándoselo”, pero cuando tenemos que decir “se nos las están comiendo” o “están comiéndosenoslas” prefiero usar la primera. Juntar el verbo, el sujeto, el complemento directo y el indirecto en una sola palabra, aunque no es incorrecto, me parece un exceso innecesario. Yo no la haría.


Supongo que tras todo esto se entenderá que me resista a creer que cometíamos un error gramatical todos los que tantas veces, al ver acercarse negros y amenazantes nubarrones, hemos entonado el estribillo de aquella vieja, archiconocida y movidilla canción, que, si no recuerdo mal, decía así: 


Parece que va a  llover
El cielo SE está nublando
Perece que va a llover
¡Ay, mamá, ME estoy mojando!