1 abr 2012

VASCOS Y ESPAÑOLIDAD

Los vascos de Euskal Herria somos españoles o franceses; esto es una obviedad, porque la nacionalidad es un atributo administrativo-legal que, generalmente, viene determinado por el Estado en que uno nace o al que administrativamente pertenece; no hace falta entrar en detalles. Ahora bien, hay una parte de los vascos que tienen clarísimo que no les gusta ser españoles o franceses —o que no se sienten como tales— y que les gustaría pertenecer a un Estado Vasco para poder tener, legal y administrativamente, la nacionalidad vasca; o sea, les gustaría ser sólo vascos (o como pudiere denominarse el gentilicio de ese hipotético estado). De este grupo no voy a hablar ahora. Tampoco de los que, contrariamente, se sienten tan españoles o franceses como los de Madrid o París, respectivamente; éstos también tienen las cosas clarísimas en lo concerniente a la cuestión identitaria.

Pero hay otra parte muy importante de la ciudadanía vasca que no lo tiene tan claro; probablemente sea el grupo mayoritario entre los ciudadanos de Euskadi (me centro en este territorio para no complicar el análisis). Los de este grupo, en el que me incluyo, nos sentimos plenamente vascos, pero, a la vez y aunque con ciertas reservas, asumimos nuestra nacionalidad española, si bien es verdad que tampoco la exhibimos, digamos, con vehemencia patriótica; o sea, también nos consideramos españoles... pero no demasiado. Tenemos algo de lío identitario, y se nos nota cuando de forma directa nos preguntan si nos sentimos vascos o españoles. Ahí nos pillan; tenemos que hacer funambulismo dialéctico para contestar, y, generalmente, no respondemos con contundencia ni claridad. ¿Por qué será? Voy a tratar de responderme.

Como he dicho, la cuestión está en que, mientras que nuestra vasquidad la tenemos clara, dudamos de nuestra españolidad. Para introducirme en el análisis, debo empezar por tratar de aclarar el significado que tiene el término españolidad. El diccionario de la RAE dice: «1. Cualidad de español» y «2. Carácter genuinamente español». Me olvido de la acepción 1, que, para lo que nos ocupa, no aclara nada, y me centro en la 2, que es donde está el meollo de la cuestión por lo de «genuinamente español». Volviendo a tirar de diccionario, los sinónimos del adjetivo genuino son «auténtico, legítimo y, también, propio o característico».

Dejando de lado el diccionario —y olvidándonos del sesgo sentimental o patriótico que pueda tener la palabra españolidad— y tratando de encontrar su significado socio-cultural, podríamos decir que españolidad o lo español son los rasgos comunes —o más habituales— en las actitudes, gustos y tendencias culturales de los ciudadanos españoles. No sabría decir si esto es consecuencia de lo que podríamos denominar el sedimento genético o es, simplemente, una cuestión de mentalización o educación dirigida desde los sectores político-sociales más influyentes; ahora bien, intuyo que es más por lo segundo, como aclararé más adelante.

De cualquier modo, sea por un proceso natural o artificial, lo que parece claro es que esos rasgos comunes o más habituales —o sea, lo genuino— son los que conforman el prototipo de español o, lo que es igual, de una persona con españolidad acusada.

Dicho esto, no hay más remedio que preguntarnos: ¿cuáles son los rasgos característicos y visibles de las personas que pueden ajustarse a tal prototipo?; en otras palabras, ¿qué podemos considerar como genuinamente español? Aunque son preguntas que admiten un amplio abanico de respuestas, creo que muchísimos vascos, singularmente los de mi generación, hemos ido interiorizando o asimilando, sobre todo durante el régimen político anterior y gracias a la influencia de lo que se podría considerar como la cultura oficial de aquella época, que en el prototipo de español o de un individuo con marcada españolidad es inexcusable lo siguiente:

· Lo primero, ser aficionado a los toros y, a poder ser, entendido en el arte de Cúchares.

· También es muy típico en el español ser amante del flamenco y buen palmero. No es imprescindible tener buen oído o saber entonar con gracia o buen estilo un fandango, pero, eso sí, hablar siempre en términos elogiosos del difunto Camarón.

· La copla debe estar entre los gustos musicales preferidos del español.

· En las conversaciones, dar más importancia a la cantidad de palabras pronunciadas que a su calidad, o sea, a hablar más que a decir.

· Además, se nos vendió como atributos muy propios de los españoles otra serie de valores de mayor trascendencia, como puede ser la valentía, el catolicismo, la gallardía, etc, si bien, hay que reconocer que éstos no tienen por qué ser de exclusividad de los españoles.

Pero sí los anteriores. Aunque son aspectos que podríamos considerar como folclóricos, que escasamente pueden determinar la personalidad de un individuo, no hay duda de que durante décadas nos los han presentado como lo más genuino y visible de lo español. Es evidente que hay zonas de España —desde luego, Euskadi no está entre ellas— en que tales rasgos se encuentran mayoritariamente entre sus naturales, y si son asumidos y bien considerados entre ellos, los que no somos de esas zonas a lo máximo que podemos llegar es a respetar tal idiosincrasia y, si se presenta la ocasión, aplaudirla si nos gusta, pero no como algo propio, sino simplemente como algo exótico o diferente. Lo malo es que durante mucho tiempo nos han vendido que lo propio y particular de esas zonas es emblemático de lo general de España; eso nos descoloca a los vascos y, de alguna forma, nos excluye.

Yo, si hay que echarse un fandango, me lo echo, sobre todo si me he tomado un par de cubatas; pero es obvio que los rasgos comentados no se encuentran entre los que más determinan mi personalidad ni lo visible de mi forma de ser, ni, por supuesto, entre los de la inmensa mayoría de los vascos que conozco. Por eso, cuando a muchos vascos nos preguntan si nos sentimos españoles, nos cuesta decir que sí. Al margen de ideologías políticas (que en esto tienen su importancia), nuestro estilo de vida, costumbres y cultura no tiene un carácter «genuinamente español»; por tanto, nuestra «españolidad» brilla por su ausencia. Esto hay que entenderlo.

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Nota adicional posterior. Tras incluir esta entrada, he leído un artículo de Iñaki Anasagasti (con el estilo incisivo y beligerante habitual de este senador del PNV), publicado en DEIA en la misma fecha que mi entrada, en el que, con diferente enfoque y refiriéndose a la presentación el próximo 25 de abril de la «Marca España», emplea, entre otros, argumentos parecidos (en el fondo) a los que yo he utilizado para desvincularse del propósito gubernamental español de tratar de imponer la citada marca. No sé si lo de Anasagasti se enmarca en una estrategia partidista; desde luego, lo mío no... ¡ni de coña!

El artículo lo puedes leer en
http://www.deia.com/2012/04/01/opinion/tribuna-abierta/el-25-de-abril-se-presenta-la-39marca-espana39


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