9 nov. 2012

EL EQUIPO DE MI PUEBLO

Ayer perdió el Athletic. Hace 40 años, también después de una derrota, se me ocurrió escribir lo que sigue. Si ayer, después del partido, hubiese coincidido como entonces — en los servicios de un bar de Bilbao— con un grupo de bocazas hinchas del Athletic, creo que  podría haber escrito hoy algo muy parecido. Los muy forofos siguen cayéndome fatal.

¡HA PERDIDO EL ATHLETIC! Ha sido eliminado.
Oigo en torno a mí comentarios quejumbrosos,
lamentaciones malolientes,
conversaciones ridículas, iras absurdas.
¡Qué malsano placer siento!

Estoy totalmente ajeno al hecho.
Sin embargo, hay algo que me involucra en lo sucedido.
El vínculo es endeble pero a la vez firme.
Es el Equipo de mi pueblo, representa a mi pueblo.
Ilumina y embellece a mi pueblo.
Y mi pueblo tiene tan pocas cosas... (*)

No me importa el fútbol.
Aunque, distante pero con interés,
estoy al tanto de lo que pasa
a través del Equipo de mi pueblo.

La sonrisa, triste e irónica,
que sin querer se me ha escapado
al conocer su derrota de hoy
es semejante a la de placer que he sentido
otras muchas veces al enterarme de sus triunfos.

En estas no me importaba el Equipo,
me importaba el pueblo.
Esa alegría que se desparrama por las calles,
por los bares, por los hogares, por los colegios,
por los tajos, por todo el pueblo...
Cuando gana “nuestro” Equipo.

Y sin querer, pero sintiéndolo,
participo de esa alegría.
Me gusta ver a mi pueblo contento, satisfecho,
orgulloso,... como el gladiador victorioso.
Eufórico, con ese espíritu de lucha de mi gente;
belicosa, vociferante, retadora.

Sin embargo, soy consciente de que uno a uno,
por separado, en esa actitud me resultan insoportables,
inaguantables, casi odiosos.
Encuentro estúpido ese desperdicio de vehemencia,
esa pérdida de energía, ese rugir estentóreo del hincha,
lleno de simplicidad y trivialidad,
orgulloso de algo de lo que es incapaz,
satisfecho por lo ajeno.

Pero, por el contrario, me gusta verlos juntos,
haciendo ambiente, unidos en una causa.
Entonces, yo también me uno a ellos.
Y me siento, como ellos, crecido, más potente,
por ese poder y fuerza que nos da la unión y la solidaridad.
Siento la sensación de estar amparado o protegido
al participar en la misma fiesta.

Hay en todos “nosotros” un denominador común que nos une.
Y eso me gusta, porque esta gente es mi pueblo.
Entonces me siento orgulloso de mi pueblo.
Lo admiro por esa desbordante alegría,
por esa unión, camaradería e, incluso, amistad
que voluptuosamente se genera entre su gente.
Esto distingue a mi pueblo, lo eleva,
se podría decir que lo ennoblece.
Y su aspecto cambia, llenándose de color y de calor.

Sé que todo es primario, simple y vulgar,
pero me parece bonito.
Se ha hecho un alto en la lucha cotidiana.
¡Ha ganado el Athletic!
¡Les hemos ganado! ¡Somos los mejores!

Todos estamos de acuerdo.
Hoy no nos enfadamos por las estupideces
que ayer nos hubieran enfrentado unos contra otros.
Hoy no importa que nos pisen, que nos empujen.
No queremos problemas.
Hay una tregua.  ¡HA GANADO EL ATHLETIC!

(*) Cuando redacté esto, Bilbao no era como ahora, ni se pensaba en el Guggenheim ni estaba tan «guapo» como 40 años después... ¡Ni mucho menos!



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