21 ene. 2015

IDIOMAS-LA TORRE DE BABEL


El habla es una de las facultades con que estamos dotados los humanos para comunicarnos entre nosotros, si bien, además de tal facultad, para conseguir la comunicación debemos utilizar un código, o sea, un idioma. Pero como hay muchos códigos (idiomas) en este mundo (según Wikipedia, sobre 6500) y cada persona, por regla general, solo suele conocer el que habitualmente utiliza (su idioma) y, como mucho (salvo excepciones envidiables), uno o dos más, tenemos bastantes dificultades para la comunicación con los que utilizan otros códigos, o sea, tienen otros idiomas. Es la consecuencia del enfado que, según el Antiguo Testamento, pilló Jehová cuando se enteró de que sus “siervos” estaban construyendo la Torre de Babel para llegar, al parecer, al cielo. ¡Cosas de los antiguos! 

Obviamente, si solo hubiera un código (un idioma) nos podríamos entender hablando entre los siete mil millones de personas que habitamos el planeta; estaría bien, pero no..., ¡hemos tenido que inventar 6500! ¡Cómo somos! Podían haberse inventado 10 o 12, o 20 como máximo, digo yo, Pero, ¡hala!, han tenido que ser 6500. Es decir, un idioma por cada millón (en números redondos) de personas. Otra ratio: según he leído, en nuestro planeta hay 243 países, por lo que sale que hay casi 27 idiomas por país Somos la hostia los humanos; ¡ni que todos fuéramos de Bilbao!

En América parece que, en esto, son más modositos. En todo el continente (norte y sur), donde viven unos 1000 millones de personas, hay 4 códigos muy utilizados (los idiomas castellano, inglés, portugués y francés) y otros 250 de menor uso. Incluyendo todos, les toca a un idioma por cada 4 millones de personas. La ratio por países (35, sin incluir los territorios dependientes) es de poco más de 7 idiomas por país. Es obvio que, en esto de los idiomas, en América no han sido muy suyos, o será que, como desde que les impusieron los 4 idiomas que he citado —mediante conquista y consiguiente colonización— han estado mandando los descendientes de los que los colonizaron, no ha habido interés por proteger, disfrutar o lucir otros idiomas autóctonos de aquellos territorios. Ahora bien, como los americanos (del norte y del sur) caigan en la cuenta de que eso de no tener idioma propio, como Dios manda (lo digo por lo que pasó en Babel), es evidencia de poco pedigrí, y no quieran ser menos que los de otros continentes, ya se inventarán los que haga falta para llegar, así, a una ratio de, al menos, un idioma por cada dos o tres millones de habitantes... ¡A ver! ¡Qué menos!

Los idiomas, además de su función principal de vehículo para la comunicación entre las personas, pueden tener otras aplicaciones; pero ahora solo me voy a referir a su utilización como elemento diferenciador de un determinado grupo, pueblo o nación y, en consecuencia, como característica cultural más destacada, singular y exclusiva del colectivo correspondiente, siendo, en muchos casos, el atributo principal de sus señas de identidad. Y como es legítimo y muy normal que un determinado colectivo humano desee mantener los rasgos diferenciadores y exclusivos de su especificidad como grupo, pueblo o nación, es entendible que se esfuerce en mantener, si lo tienen, su propio y exclusivo idioma. Pero hay que admitir que esta tendencia a la diferenciación idiomática va en contra del aparente objetivo principal de la facultad de hablar al que me he referido antes: facilitar la comunicación entre las personas. O puede que sea una ingenuidad admitir que tal objetivo principal es real.

Porque, efectivamente, es una ingenuidad creer que los idiomas están para facilitar la comunicación. Curiosamente, están para lo contrario, es decir, para dificultar la comunicación entre las personas que pertenecen a diferentes colectivos o grupos sociales. O sea, realmente se utilizan para acentuar la diferencia y establecer barreras entre ellos. Es el efecto del castigo divino de Babel.
Por eso, hablando de España (también, supongo, se podría hablar de otros países), vemos cómo, en las comunidades donde existen tendencias político-sociales secesionistas —que coinciden con las que cuentan con idioma propio—, los que mandan en tales comunidades o los sectores políticos y sociales más influyentes en ellas, cuyo ideario incluya las citadas tendencias, se esfuerzan en que los respectivos idiomas autóctonos se impongan sobre el común y general de España que, de momento, conocemos, prácticamente, todos los ciudadanos del estado. Así se acentúan las diferencias y singularidades identitarias y, a la postre, se facilita el cumplimiento de los objetivos políticos secesionistas.

Y aquí lo dejo. Si me animo, en una ulterior entrada diré algo más sobre la instrumentalización de los idiomas en lo que creo que se denomina «política lingüística» por parte de los partidos nacionalistas, especialmente de los más radicales, en su acción política para alcanzar los objetivos propios de su ideología.  De esto ya se habla (sobre todo en Catalunya), pero me temo que se va a hablar mucho, muuuuucho más.




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