Es indudable que la risa es una
reacción humana positiva y saludable; por tanto, bienvenida sea, sobre todo,
cuando es espontánea y obedece a una causa racionalmente divertida. Y digo
racionalmente porque hay personas a las que su razón (o, mejor, sinrazón) no
les impide considerar divertido —y, por tanto, de risa— lo que obviamente no lo
es. Si, por ejemplo, una persona mayor se tropieza en la calle y se da una
costalada de las de llamar a Urgencias no es para reírse, aunque algunos memos
lo consideren divertido y no repriman la risa. Reírse de lo que no tiene ni
pizca de gracia es, sin duda, una memez.
Pero de las inconvenientes risas de
los memos no quería hablar, no merece la pena. Quería comentar algo sobre las risas
aparentemente forzadas que, de un tiempo a esta parte, están presentes, con más
frecuencia de lo deseable, en muchos programas de radio, especialmente en
algunas tertulias sobre actualidad y política. Parece que a los contertulios
(me gusta más que tertulianos) les ha dado por mostrar que las cosas que se
dicen en sus tertulias son muy ingeniosas y divertidas, y lo hacen a base de risotadas.
Pero se ríen de cosas que a mí me parecen que no son para tanto; es decir, que
no tienen ninguna gracia. Incluso, a veces pasa que se ríen antes de que el
autor de la supuesta gracia no haya acabado de decirla o que al completar su
intervención se evidencia que lo dicho no tenía intención hilarante. O sea, les
pasa como les ocurre a algunos asistentes a los espectáculos de cómicos que se
ríen antes de que el chistoso acabe el chiste en cuyo final, precisamente,
estaba la gracia.
Se evidencia, por tanto, que hay una
clara intención de salpicar el contenido de algunas tertulias radiofónicas con risitas
o risotadas de los participantes, que a menudo suenan en coordinada coralidad;
o sea, como esos cuatro amigos cuarentones que a las dos de la mañana, mientras
se toman la penúltima, uno de ellos cuenta un buen chiste de tías.
Y así, desde hace uno o dos años, en algunas
tertulias radiofónicas con ínfulas de modernas e ilustradas, los opinólogos que
en ellas participan se esfuerzan en que también parezcan distendidas y
divertidas, a base de intercalar ridículas y forzadas carcajadas entre las
invectivas, diatribas y falsedades que acostumbran soltar por sus pretendidamente
eruditas boquitas. Es como si el veneno que exhalan impregnara el aire que luego
respiran y, al percatarse de que no les afecta, les produjera un estado de
felicidad que les proporciona esa tendencia a hacer risitas. Pero lo peor es el
caso de los contertulios que hacen sus risitas tras deponer su opinión; o sea,
los que se hacen mucha gracia a sí mismos. Entre estos se lleva la palma el
personaje que dirige la tertulia matutina de La Inter (o como se denomine esa
emisora, que no lo tengo claro): además de verter opiniones infumables, las
remata con unas extrañas carcajadas que se asemejan a los sonidos guturales que
produce una urgente vomitona.
Por eso, ante esta novedad tertuliana
(ahora sí), no me queda otra que preguntarme cuál será la razón de esta
ridícula moda, porque antes no pasaba, al menos con la frecuencia de ahora. Tratando de responderme, he concluido que
podría ser que algún gurú de la comunicación —o, como se dice ahora, algún
coach de comunicadores—hubiera transmitido a los conductores de estos programas
de radio que, como de lo que se habla en las tertulias casi siempre tiene
connotaciones negativas, hay que intercalar mensajes que distiendan o relajen
para no agobiar al oyente. “...Y para eso nada mejor que la sonora risa”, les
habrá dicho el gurú. Si es esa la razón, yo les recomendaría otra opción:
intercalar chistes de Eugenio o de Chiquito de la Calzada; distienden y relajan
más, y, sobre todo, suenan más naturales.
Una razón más simple podría ser el
deseo de los contertulios de que la audiencia perciba su fino sentido del humor
y, sobre todo, que los oyentes se den cuenta de que son unos tipos simpáticos y
divertidos. Si fuera así resultaría enternecedor... ¡Qué majos...!
Sea por lo que sea, es claro que las
risas evidentemente forzadas que se escuchan en los programas de radio a que me
refiero, además de no hacerme ni puta gracia, ni me relajan ni me distienden; me parecen ridículas. No obstante, me vienen bien porque me sirven para darme cuenta de que debo accionar la
ruedita que mueve la aguja del dial de mi caduco transistor analógico.
Tienes razón, especialmente en la solución. Mover el dial. Sin audiencia no hay programa.
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