24 ago 2014

EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA



Esta mañana, como no tenía mejor plan, me he subido en la moto y me he dado un garbeo hasta Segovia (desde Madrid). Esto, desde hace unos 15 años, lo suelo hacer una vez cada verano; merece la pena. Suelo ir por Navacerrada y vuelvo por el puerto de Los leones. Es un recorrido de unos 250 Km. en el que se puede disfrutar de la moto, sobre todo si la temperatura es la apropiada y el sol luce radiante, como ha sido el caso. Se puede curvear y darle caña; recomiendo la ruta a todos los moteros.

Pero en esta escapada anual, además de disfrutar de una mañana de verano sobre la moto, a mí lo que realmente me mueve a hacerla es poder contemplar, una vez más, el grandioso espectáculo con que uno se topa cuando está a punto de acceder al casco histórico de la ciudad castellana; no conozco nada parecido. 


Para llegar al casco histórico de Segovia hay que bajar por una calle empedrada que transcurre entre edificaciones normales, en la que, tras su última curva a la izquierda, repentinamente se amplía el campo visual y se presenta un panorama único e inigualable: en toda su grandiosidad, el acueducto de Segovia. Es un espectáculo soberbio y esplendoroso. Esta mañana, igual que me ocurrió la primera vez, la súbita aparición de esta panorámica mientras conducía me ha deslumbrado y me ha obligado a detener la moto para poder saborear la visión y obtener la foto que sigue. Realmente, la impresión de la primera vez fue mayor, por la sorpresa que causa lo inesperado; en las siguientes (incluida la de esta mañana), la impresión la ha producido la satisfacción por encontrar lo esperado. 







No es nada original decir que parece mentira que esta singular muestra de la arquitectura romana continúe en tan magníficas condiciones teniendo en cuenta que se construyó hace unos 2000 años, pero hay que decirlo. Porque es verdad que el acueducto tiene muy buen aspecto (ha tenido algunos «retoques») y parece que los años no pasan por él, siendo, como es, de apariencia frágil, como lo es todo lo que destaca por su esbeltez y estilización; y a esbelto y estilizado al acueducto de Segovia no le supera ni la torre Eiffel. Como es sabido, está construido a base de piezas de granito que se sujetan por si solas, es decir, sin argamasa ni sustancia alguna; o sea, se ha mantenido durante siglos gracias a la precisión en la colocación de las piedras con que está construido y, sobre todo, por la perfección de los arcos, que son, supongo, los que dan solidez y consistencia al conjunto de la obra.

Pero, siguiendo con la comparación, así como, difícilmente, alguien podría decir que la visión cercana de la Eiffel le resultó inesperada o sorpresiva (se «ve venir» desde cualquier lugar de París), con el acueducto casi te das de bruces al doblar una esquina, y esa «aparición», aparte de lo puramente histórico, arquitectónico y, por qué no decirlo, misterioso de su existencia, es, para mí, lo más espectacular e impresionable que tiene el magnífico acueducto de Segovia. Por eso, recomiendo al que aún no lo haya visto que, si tiene oportunidad, procure llegar a él por la cuesta empedrada a la que antes me he referido (hay otros accesos) y antes de la curva a la izquierda aminore la velocidad para prepararse para disfrutar de una visión única.

Para acabar, aclaro que he dicho lo de «misterioso» porque resulta difícil creer que los romanos, conquistadores de buena parte de la Europa de su tiempo y capaces de construir magníficas obras de ingeniería y arquitectura, de las que muchas aún perduran, no supieran o intuyeran la teoría de los «vasos comunicantes», y acometieran esta imponente obra arquitectónica con el único fin de, según los expertos y como lo dice su nombre, posibilitar que el agua procedente de los manantiales de la sierra de Guadarrama llegara hasta una de las partes altas de la ciudad, salvando así la vaguada en la que hoy se encuentra la plaza de Azoguejo. A mí no me convence del todo esta teoría, aunque, por otra parte, debo reconocer que, si no, el acueducto no tiene aplicación aparente, salvo que fuera un capricho de algún visionario y potencial promotor de turismo empeñado en epatar a los visitantes de la bella ciudad castellana 2000 años más tarde.

Si fue por esto último, conmigo acertó el visionario, Y eso que soy de Bilbao, y allí tenemos el Guggenheim, el puente colgante, el de Cantalojas... ¡y más cosas!




1 ago 2014

DIOS

Dios es un misterio para el ser humano. Bueno, no para los creyentes, que asumen, desde las antiguas mitologías, lo que en las religiones se dice sobre la deidad de cada una de ellas, por lo que, además de adorarlo, creen saber muchísimo sobre su Dios (dónde habita, lo que le gusta, lo que no, lo que piensa, lo que quiere, qué familia tiene o tuvo, etc.), incluso saben cómo es o qué imagen tiene. En realidad no lo saben, lo que pasa es que, precisamente por ser creyentes, se creen lo que, desde hace ya muchísimas generaciones, desde niños oyen a los predicadores y divulgadores de la fe y la doctrina en las distintas religiones. Pero a mí todo esto me parece que no tiene fundamento. (Sobre estas cosas ya dije algo en LA RELIGIÓN ES LA HOSTIA y en PRINCIPIOS, CREENCIAS... Y CONVICCIONES, en este mismo blog). 

Por otra parte, negar la existencia de algo que escapa totalmente a nuestra comprensión, en mi opinión, tampoco tiene fundamento. Porque hay muchas cosas que hacen pensar que podría haber «algo» que esté muy por encima del ser humano y que no está al alcance de su razón, como, sin ir más lejos, es el origen y existencia de la vida y del universo (en el que el planeta Tierra es una minúscula e insignificante parte); por eso, tampoco el ateísmo me parece que se sustente en fundamentos racionales. 

Aunque sobre estas cosas se ha dicho y escrito muchísimo (con seguridad, será el tema que más ha dado que hablar), creo que ambas posturas opuestas, el deísmo y el ateísmo, no responden a lo que la razón, el conocimiento y la inteligencia humana pueden aportar. Por eso, sobre la cuestión de la existencia de Dios, el agnosticismo, o sea, no creer pero tampoco negar, es lo que me parece razonable (adjetivo derivado del sustantivo razón). Por tanto, se pongan como se pongan los que creen lo uno o lo otro, yo tengo que insistir en que Dios es un misterio, ante el que cada cual se ha montado su creencia o explicación, que aunque no pueda demostrarse tampoco puede rebatirse. Así que cualquiera puede opinar o creer lo que le venga en gana. Y yo también lo voy a hacer.

Cuando no tengo otra cosa mejor que hacer, suelo entretenerme con uno de esos divertidos juegos de ordenador (el que utilizo se titula «Age of Empires»), con el que, además de matar el tiempo, procuro matar a los que integran las fuerzas enemigas con las que me enfrento en «cruentas» batallas. Llevo años jugando con este juego y no me aburre porque, entre otras cosas, siempre es distinto. Yo manejo mi ejército, y, por su parte, la máquina o el software (la inteligencia contenida en el juego) maneja al enemigo, que actúa o se comporta condicionado por su propia estrategia predeterminada por los parámetros introducidos por el creador del juego, pero también reaccionando con eficacia a lo que haga mi ejército al seguir mis instrucciones. Por eso, las batallas nunca son iguales.

¿Y qué tiene que ver esto de los juegos de ordenador con el misterio de la existencia de Dios?, se preguntará el lector. A eso voy. 

En este tipo de juegos intervienen los siguientes actores o elementos:
  • El principal es el equipo «constructor» del juego, que es el que aporta la inteligencia para que el juego resulte operativo, además de entretenido y divertido; a mí me parece que tal aporte es inmenso. El «constructor» es el creativo que inventa y diseña los espacios virtuales donde se desarrolla el juego, define los personajes que intervienen, que «viven» y «mueren»; también el «constructor» establece qué pueden y qué no pueden hacer los personajes, pero también les da cierta libertad (según los parámetros del juego). Es decir, el «constructor» es el creador del universo del juego y también el que establece las reglas por las que los personajes pueden vivir en él. Es como si fuera el Dios creador. 
  • En el juego están los «vivientes», que son los personajes y personajillos, producto de la imaginación de los grafistas del equipo constructor del juego, que participan en los acontecimientos que se desarrollan en el propio juego. Según la configuración creativa del «constructor», hay «vivientes» buenos y malos, fuertes y débiles, con posibilidades de fortalecimiento o limitados; en fin, los hay de muy diverso tipo. Para que el juego tenga interés, los «vivientes», al menos en el que yo utilizo, se dividen en dos bandos: uno actúa según las directrices que le proporciona la propia inteligencia del juego (la del constructor), y el otro lo maneja el jugador con el ratón y teclado del ordenador. Entre ambos bandos de «vivientes» se produce la lucha por la supervivencia, que es el leitmotiv del juego. 
  • Por último, tenemos al «jugador», que es la persona que maneja el ordenador y se entretiene o divierte jugando. 
Pues a mí me parece que nuestro mundo, salvando las inimaginables distancias, podría ser algo parecido a los juegos de ordenador. Buscando una analogía de roles, en nuestro mundo el «constructor» sería la divinidad, es decir, ese misterio al que llamamos Dios; los «vivientes» somos, obviamente, los seres humanos, y lo que no tengo claro es quiénes serían los «jugadores», aunque podría ser que el «constructor» y el «jugador» se solaparan o fueran lo mismo. Obviamente, lo mismo que en un videojuego hay una enorme diferencia y distancia entre la naturaleza del «constructor» y del «jugador» y, por otro lado, la de los «vivientes», en nuestro mundo también la habría entre el Dios misterioso y los humanos. En realidad, tanto en el videojuego como en nuestro mundo, entre ambos roles no es posible la comparación porque pertenecen a dimensiones y naturalezas muy diferentes. Podemos alcanzar a entender que en el videojuego el «jugador» o «constructor» (humanos), por un lado, y los «vivientes» (gráficos en una pantalla), por otro, pertenecen a dimensiones diferentes porque conocemos ambas, pero en el mundo en que vivimos, la diferencia entre los humanos y la supuesta divinidad escapa a nuestra comprensión, precisamente porque desconocemos la naturaleza y dimensión de Dios, que, como vengo diciendo, es un misterio.

Supongo que para rebatir cuanto antecede cualquiera podría aportar los típicos argumentos que manejan los creyentes, basados en la «paternidad» de Dios en relación con la especie humana, y en que sus «hijos», los seres humanos, estamos en este mundo para, sobre todo, amar y adorar a Dios. Mirándolo bien, no hay tanta diferencia con mi teoría: las religiones dicen que Dios nos ha creado para que le adoremos y yo digo que es para divertirle. Quién sabe el efecto que puede causar en Dios la adoración de los humanos; puede que le divierta. Por su parte, los que se empeñan en que la presencia del ser humano en nuestro mundo tiene un fin «trascendente», porque está dotado de eso que llamamos alma, porque tiene inteligencia (que es un atributo «superior»), porque es capaz de sentir, porque le espera la vida eterna, etc., es seguro que tampoco estarán de acuerdo, en absoluto, con la teoría que he expuesto, en la que los seres humanos no tendríamos otra función a lo largo de la vida que la de divertir al «Creador».  En fin, se podrían decir muchas cosas para rebatir lo que digo, o sea, para rechazar que los humanos seamos simples piezas o personajes de un enorme juego.

Pero también estos argumentos se podrían contrarrestar diciendo que no debemos sobrevalorarnos; al fin y al cabo pasamos por este mundo (el valle de lágrimas) sufriendo penalidades y calamidades —obviamente, unos menos que otros; algunos se lo pasan de puta madre—, pero todos estamos condenados irreversiblemente a desaparecer. Y, por lo que sabemos de los países más pobres y por la multitud de conflictos de todo tipo generados por el ser humano, muchas veces uno siente vergüenza de pertenecer a la especie humana. Es decir, además de haber innumerables evidencias de las imperfecciones y maldades humanas, la existencia del ser humano es efímera, por mucho que las religiones, en su afán de resaltar nuestra trascendencia, nos digan que no nos preocupemos porque si somos «buenos» nos espera la vida eterna junto a Dios. Esto viene bien para tratar de evitar o contener la tendencia al mal de los humanos, pero tampoco se puede demostrar.

Realmente, todo el argumentario de los creyentes carece de fundamentos racionales; es, simplemente, una cuestión de fe o de creencias.

Obviamente, tampoco tiene fundamento mi teoría de que formamos parte de una especie de enorme videojuego manejado por «algo» sobrenatural o superior, ni se basa en pruebas científicas ni de ningún otro tipo. Reconozco que no es más que una ocurrencia. Algo parecido a las historias en que se apoyan las religiones que conocemos, que han basado el concepto de la divinidad en algo tan poco fundamentado como lo que yo he dicho. Entre creer que Dios (Javeh) es alguien que se apareció a Moisés en el monte Sinaí y le entregó escrito en unas piedras el código básico de conducta (los Diez Mandamientos) que debíamos observar los humanos, y, como yo he dicho, creer que la divinidad podría ser «algo», de otra dimensión, que «juega y se divierte» con la existencia de los humanos, yo me decantaría por lo segundo. Ambas hipótesis me parecen difícilmente creíbles, si bien la primera, la de Moisés, ya hace tiempo que la consideré inverosímil; la segunda, como se me ha «revelado» recientemente, todavía no la he descartado; está por ver.

Por eso y por si acaso, cada vez que me ocurra algo raro, estaré atento a si se notan los movimientos de un invisible cursor o se percibe algo parecido al clic de un ratón.

29 jul 2014

Receta gastronómica: PATATAS A LA RIOJANA

Reconozco que cocinar no es lo mío, pero también debo decir que las mejores «patatas a la riojana» que he comido son las cocinadas por mí. Aclararé que soy un especialista en patatas, simplemente porque me gustan mucho y, por tanto, las como con mucha frecuencia; no me cansan. Me gustan de cualquier forma: por supuesto, «a la riojana», también en salsa verde (con el apoyo de una cabeza de merluza), en el marmitako, fritas, cocidas, al horno, como ingrediente o acompañante de otros condimentos, hasta las «papas arrugás», etc. Eso sí, siempre cocinadas con fórmulas simples, nada de sofisticación; al estilo de nuestras madres o abuelas. A mí lo de la nouvelle cuisine o la cocina de vanguardia no me va. Lo de utilizar unos platos muy grandes (y muy bonitos) para servir una pequeña cantidad del condimento, que más que algo destinado a ser ingerido parece la presentación de un ejercicio de artes plásticas, no va conmigo; además, las cartas de los restaurantes especializados en esta forma de cocinar tienen unos precios prohibitivos para los jubilatas o para los que ya no disponemos de la tarjeta de crédito «de empresa». Las patatas tradicionalmente preparadas, además de muy ricas, son en términos económicos muy asequibles.

Como he dicho, entiendo mucho de patatas, así que recomiendo que se me haga caso cuando hablo de ellas. Por eso, me voy a permitir exponer la receta de las patatas «a la riojana», que, reitero, me salen muy bien. Y no es que me considere un buen cocinero; nada más lejos. La receta de la que hablo es, prácticamente, mi única habilidad en la cocina; como mucho, soy capaz de preparar patatas fritas y la tortilla francesa, por lo que todo mi potencial culinario lo tengo concentrado en los platos citados. Lógicamente, a poco potencial que tenga, siempre resultará suficientemente importante por una simple cuestión de concentración de talento. Bueno, no sé si me estoy explicando bien, pero estoy seguro de que el lector avispado ya lo habrá pillado. Así que sin más preámbulo, voy a la receta.

Cantidad: Aunque depende del «saque» de los comensales, un par o par y medio de patatas de tipo medio por comensal será suficiente. Poco más de 1 Kg. para cuatro personas.

Troceado de las patatas: Una vez peladas y lavadas, se trocearán con la técnica del «rompimiento»; es decir, haciendo palanca con el cuchillo (tras hacer una incisión en la patata) para «romper» cada trozo. Esto no es nuevo, es la técnica normal en cualquier cocinillas que sepa algo de estas cosas.

Picado de los ingredientes: Se cortarán en trozos pequeños (de 4 o 5 mm) los siguientes ingredientes: un diente de ajo (muy picadito), media cebolla, un pimiento verde (o medio, según su tamaño). El conjunto de lo picado cubrirá más tarde, más o menos, el fondo de la olla que vayamos a utilizar (de tamaño medio).

Chorizo picante: Un trozo de unos 10 cm. Se cortara en rodajas de, más o menos, un centímetro o centímetro y medio de ancho.

Sofrito de los ingredientes: Tras cubrir simplemente el fondo de la olla con aceite de oliva, verteremos en ella todos los ingredientes picados y las rodajas de chorizo; pondremos la olla al fuego. Hay que utilizar fuego no demasiado vivo y vigilar para que no se queme el contenido; lo picado debe quedar pochadito. Mientras se va haciendo esto, se hará lo que digo a continuación.

Pimiento choricero: En un recipiente con agua (hay que tener ojo para calcular cuánta) se introducirá un par de pimientos choriceros (de esos rojos y arrugados) que, previamente, tras haber sido lavados al chorro, se habrán agujereado o rasgado para que el agua penetre en ellos. Una vez que hierva el agua, el recipiente se retirará del fuego y, sin tirar el agua (esto es importante), con un tenedor se colocarán los pimientos (que estarán reblandecidos) en un plato, donde, raspando con un cuchillo, se desprenderá la «carne» interior de ambos pimientos. En esta operación hay que cuidar de que las pepitas de los pimientos no se mezclen con la «carne»; no es difícil.

Preparación de la olla: Una vez que el sofrito de los ingredientes esté en su punto se retirará la olla del fuego, tras lo cual se verterá en ella, primero, la «carne» extraída de los pimientos y, luego, las patatas que teníamos ya troceadas. Tras ello, se espolvoreará pimentón en polvo (una cantidad prudente) sobre el contenido de la olla, revolviendo con una cuchara (mejor de madera). Tras revolver un poco, se verterá en la olla el agua de los pimientos, para lo que se utilizará un colador para retener las pepitas que se habrán desprendido de los pimientos durante su calentamiento. El agua debe cubrir en la olla justo todas las patatas. Si sobra, se puede tirar; si no llega, se completa con agua del grifo.

Cocción: Ya completa la olla se pondrá de nuevo en el fuego, donde, tras echar la sal y revolver un poco, quedará durante unos 20-30 minutos. A mitad de cocción se añadirá un chorrito de brandy (este es un toque personal que tiene su importancia en el resultado final); la cantidad, a gusto del cocinero (no hay que escatimar). También a media cocción se probará el punto de sal, añadiendo si se considera conveniente. La cocción estará en el punto conveniente si al pinchar una patata con un tenedor, este se introduce con cierta (no excesiva) facilidad. Una vez conseguido el punto adecuado, se debe retirar la olla del fuego; si se tarda en consumir se puede volver a calentar (no viene mal esta reiteración).


No sé si algún lector habrá llegado hasta aquí, porque, la verdad, para saber cómo hay que cocinar unas humildes patatas no hacen falta muchas lecciones; cualquier cocinero o ama de casa las habrá preparado centenares de veces. Pero he querido ser exhaustivo y, en la medida de lo posible, preciso porque puede que haya algún varón, de los que, como yo, no frecuenta la cocina, que quiera sorprender a su familia (especialmente, a su esposa) con algo con lo que no va a fallar. Además, puede decir que ha sido ocurrencia suya lo de utilizar el agua de los pimientos y el golpe de brandy, que son los dos «toques» personales que pueden aportar singularidad y exquisitez a este popular plato de la cocina tradicional: las patatas a «la riojana». A ver si otro día, explico lo de la tortilla francesa; antes me tengo que entrenar.

3 jul 2014

RECUERDOS (IX). Epílogo


Esta es la entrega final de mis RECUERDOS; en ella hablo de mis últimos años en el banco, o sea, desde que en 1996 volví a Bilbao hasta que a finales del 2000 lo dejé por prejubilación.


Desde que me trasladé a Madrid, la posibilidad de mi vuelta a Bilbao había estado permanentemente presente dentro de la carpeta de mis deseos incumplidos. Así que, cuando mi gestión al frente del DCE empezó a tomar tintes de rutina y podía considerarse que los objetivos de mi misión en aquella área estaban sobradamente cumplidos, transmití a José Fonollosa, a la sazón director general del Área de Medios, mi interés por retornar a vivir y trabajar en Bilbao. Meses después, en 1996, se produjo la vacante en la dirección del departamento operativo de Medios de Pago, y Fonollosa me ofreció el puesto. Aunque, profesionalmente, no era nada atractivo, me daba la oportunidad de volver al Botxo, así que acepté. Cuando lo planteé en casa, me encontré con la sorpresa de que a mi mujer y mis hijos no les sedujo el plan y pusieron mala cara (por no decir que se opusieron). No quise entrar en discusión, pero tampoco me retracté de mi aceptación del puesto en Bilbao. Así que acordé con el banco que realizaría la tarea en Bilbao, si bien, como no me trasladaba con el resto de la familia, el banco me pagaría los viajes semanales entre Madrid y Bilbao y el alquiler de un piso. Así quedamos. Alquilé un bonito piso amueblado en la avenida Zugazarte, junto a la playa de Las Arenas y con estupendas vistas a El Abra, donde estuve viviendo de lunes a jueves o viernes durante un año o año y medio. En la foto, yo por aquellos tiempos.

El trabajo era muy llevadero, así que, después de la batalla en el DCE, me pareció el descanso del guerrero. No tengo mucho que comentar de aquella gestión, salvo que, en línea con mi permanente preocupación por tener eficaces mecanismos de control, lo primero que hice tras tomar posesión fue diseñar una serie de hojas informativas que me entregaban diariamente, para conocer, sobre todo, la situación y existencias de las cuentas transitorias (¡había unas cuantas!), es decir, para controlar las «partidas pendientes». Después, ya más relajadamente, me ocupé de elaborar un muy completo manual de «Tarjetas de Crédito» que creo que quedó muy bien, aunque, por lo visto, no despertó mucho interés entre los que debían ocuparse de su divulgación por lo que no tuvo la difusión que merecía (o puede que no estuviera tan bien como a mí me parecía, aunque no lo creo). Al hilo de lo que he dicho sobre el control, un año y pico después de dejar la función parece que se descubrió que uno de los jefes que manejaba muy directamente algún nicho de «partidas pendientes» estaba cometiendo alguna infidelidad, o sea, se lo estaba llevando. Yo ya estaba en otras tareas y no me enteré bien de lo que pasó, por lo que no podría emitir ningún juicio al respecto; solo puedo decir que al conocer el caso pensé que el que me sustituyó no habría utilizado los mecanismos de control que yo había establecido; o sea, los habría despreciado.

Aquel periodo de tiempo me sirvió para volver a respirar el ambiente de Bilbao y pasarme una temporada relajadito. Pero aquella situación de provisionalidad no podía durar mucho. En 1998 me sugirieron volver a Madrid, a lo que no pude negarme. Me destinaron a la gestora de fondos BBV-Gestinova, con la categoría de Director General Adjunto, dependiendo de Pedro Rodríguez Tamayo, que me «trató» muy bien. Al poco tiempo, me nombraron consejero de la gestora de fondos de Privanza, que, lógicamente, compatibilicé con mi función en BBV Gestinova. Aquel mundo de las gestoras era un área casi desconocida para mí, en el que los Fondos de Inversión, los Fondos de Pensiones y las Sicavs eran los productos estrella. Pero enseguida le cogí el tranquillo.

De mi paso por BBV-Gestinova no tengo mucho que contar porque no fue un periodo largo (año y medio o cosa así). Lo más reseñable es que, tras tomar posesión y conocer cómo se hacían las cosas, me encontré con que, en general, los trabajos se hacían razonablemente bien, así me lo pareció, por lo que no tuve que enredar cambiando procedimientos; me limité a mantener las cosas como estaban. Sí me llamó la atención la actividad de los gestores (no dependían de mí), que movían enormes sumas de dinero al operar en los mercados financieros (de renta variable, renta fija y derivados),  tanto de España como de otros países, con el legítimo objetivo de obtener beneficios y, por tanto, rentabilidad para los propietarios de los patrimonios que gestionaban. Posiblemente debido a mi formación bancaria tradicional, a mí aquella intensa actividad financiera no me acababa de convencer; me parecía que había un exceso de especulación, y a mí me habían enseñado que en el banco no hay que especular, es decir, no hay que asumir riesgos innecesarios. Pero aquel mundo era muy diferente del de la banca tradicional. Probablemente tendría que ser así, pero no me gustaba. Tan es así, que me desprendí de los fondos de inversión que particularmente había adquirido en el mercado y no he vuelto a contratar productos de este tipo. Años después (allá por 2006-2007), cuando sobrevino la crisis financiera internacional que, según leí, afectó en un primer momento a importantísimas entidades financieras americanas muy activas en los sofisticados mercados financieros, como Lehman Brothers, Goldman Sachs, Merrill Lynch y otras, cuyos nombres eran respetadísimos en mis tiempos en el área de Operaciones Internacionales, a mí, no sé por qué,  siempre me venía el recuerdo de lo que ya he dicho que me parecía una excesiva actividad especulativa y el de los complejos «swaps» y otras «raras» operaciones de «derivados» que los gestores de BBV-Gestinova contrataban para el patrimonio de las Sociedades de Inversión Colectiva. 

Como estoy acabando, una última digresión. Si tuviera que destacar una característica significativa de mi actitud a lo largo de mi trayectoria profesional en el banco diría que fue la «independencia»; entendiendo como tal a no haber tenido, al margen de la línea jerárquica, vinculaciones de fidelidad, subordinación o dependencia con ninguna persona del banco en concreto ni, menos, con ningún grupo de poder o de influencia o de ningún otro tipo. Ser independiente en el ámbito de la empresa tiene aspectos o efectos negativos y positivos. Entre los negativos, el más evidente es que el «independiente» no cuenta con ningún apoyo ante las diversas situaciones difíciles con que se tenga que enfrentar, entre las que se podría citar a las promociones, las colocaciones, los traslados y cualesquiera otras situaciones en las que un empujoncito o ayudita puede venir bien; o sea, dicho de otro modo, el «independiente» está solo. De los positivos, debo destacar lo que yo siempre he valorado más: la libertad de acción (siempre relativa) que deviene de la ausencia de lazos y vinculaciones condicionantes; en otras palabras, a mí lo que me ha gustado siempre es «ir por libre». Realmente, la «libertad», tanto en la acción como en el pensamiento, para mí ha sido un objetivo apetecible que he perseguido constantemente a lo largo de mi vida, tanto en lo profesional como en lo personal o particular. Obviamente, la libertad de acción no siempre la he conseguido; la de pensamiento, casi siempre.

Volviendo a mi última etapa profesional, cuando se produjo la fusión con Argentaria —que, por lo que se me dijo, tenía una gestora de fondos muy activa y de tanto prestigio como BBV-Gestinova—, debido a los acuerdos sobre las gestoras que hicieron los dos grupos fusionados, prevaleció el equipo de gestión de Argentaria, por lo que BBV-Gestinova fue poco menos que absorbida. Por eso, los que estábamos en el equipo directivo de la gestora de BBV quedamos algo «descolgados». Conmigo tuvieron la consideración de nombrarme Director General y Consejero (Consejero Delegado, me dijo Bastida al comunicármelo) del Banco Depositario BBVA, banco pequeño especializado en el depósito de valores extranjeros y en la administración de los depósitos de los activos de los Fondos y de las Sociedades de Inversión Colectiva. En aquella función en el Banco Depositario  BBVA no tenía mucho que hacer, así que me busqué un curro complementario, del que hablo a continuación. 

En mis últimas semanas en el banco me ocupé de solucionar un problema operativo que se venía padeciendo desde los tiempos de la fusión BB-BV. Me refiero a la tramitación y contabilización de las transacciones bursátiles con «valores extranjeros». Cuando estuve al frente del DCE ya sufrí los problemas que provenían de estas operaciones, pero como su tramitación no estaba en mi jurisdicción no podía hacer otra cosa que protestar y apechugar con los errores, que eran de dominio público. Como he dicho, esta anómala situación estaba enquistada desde hacía muchos años. Al nombrarme director general del Banco Depositario BBVA, la operativa ya quedaba, en cierto modo, en mi jurisdicción, así que propuse a sus responsables directos que me podía ocupar de solucionar el problema. Me dieron carta blanca y me puse manos a la obra. Primero me enteré bien de cómo se hacían las cosas, y luego conseguí del jefe de César Canfrán, que casualmente andaba por allí cerca algo descolgado y sin mucha tarea (lo que me pareció casi delictivo, teniendo en cuenta al talante y talento de este excelente profesional), que me lo cediera temporalmente. Rememorando mis primeros tiempos como director del DCE, le preparé los «planos» de una aplicación ¡sobre PC! (¡con lo que yo había tenido que aguantar años atrás por emplear este método!), que, una vez más, César materializó en una completa y funcional aplicación de microinformática que puso fin definitivamente al secular problema de los dichosos «valores extranjeros». Como curiosidad, diré que esta vez fue la única en mi larga actividad como organizador (en Organización y en Internacional) que analicé y resolví un problema operativo sin pisar el departamento en que se realizaba la tarea (toda la recogida de información la hice en mi despacho hablando con los que consideraba conveniente hacerlo). Este fue mi último trabajo en el banco; es más, lo acabé cuando ya estaba prejubilado (me pagaron un extra, como correspondía). 

Con 55 años me «echaron por viejo», como a casi todos los jefes y directivos de mi edad (salvo el presidente, no sé si se salvó alguien). Para siempre tendré la satisfacción de poder decir que, en lo profesional, empecé con 13 años de botones en un banco y al finalizar mi trayecto era, aunque en otro más pequeño, director general; no estuvo tan mal.

Después de lo que he contado pasé a «mejor vida», en la que el dominical partido de fútbol (hasta que a los 60 me rompí el peroné en una caída en moto), el golf y el tenis me han proporcionado buenos ratos y han cubierto mis, digamos, apetencias físicas (con el tenis sigo, con el golf menos); también a esto ha contribuido y sigue contribuyendo, de manera muy importante, la utilización diaria de mi Honda CBR-600 (lo que me da mucha vidilla). En lo intelectual, tras tres cursos estudiando euskera, en 2007 me incorporé a la junta directiva de Euskal Etxea-Madrid, de la que soy actual presidente (hasta final de 2014, en que completaré los 4 años en esta función que, como máximo, permiten los estatutos); esta tarea me ha permitido, además de una intensa (por épocas) actividad mental o intelectual, mantener muy viva mi capacidad organizativa.

Hasta aquí los recuerdos de mi vida pasada. No se puede decir que haya sido muy apasionante; más bien, corriente y normal. No creo que la lleven al cine. Desde luego, de lo que estoy seguro es de que en adelante no va a mejorar. Es lo que pasa cuando uno se hace mayor: la senda de la ruta vital se va estrechando y lo que se vislumbra en el horizonte resulta poco menos que inquietante. En suma, creo que he hecho lo que he podido, como casi todos, estando siempre condicionado por eso tan ambiguo y, a la vez, tan concreto y real que conocemos como las circunstancias de la vida.

Por concluir, diré que este compendio de RECUERDOS, además de que me ha entretenido mucho, me ha servido para eso, para recordar, que siempre viene bien, porque, según dicen, recordar es volver a vivir. Eso es lo que he hecho en las últimas semanas.