20 oct 2016

LA UNION EUROPEA II)


En el ya lejano noviembre de 2012 escribí en este blog un post titulado LA UNIÓN EUROPEA, en el que venía a decir que no veía mucho futuro a este «invento» debido,  en mi opinión, a su gran inconsistencia: por la endeblez de sus fundamentos político-sociales, por su falta de arraigo histórico, por la diversidad o heterogeneidad de los estados miembros, y, también, por su carencia de legitimidad democrática (al no haber sido aprobado expresamente por los ciudadanos de los diferentes estados). No sé si yo tenía razón, pero me temo que la ya decidida «deserción» del Reino Unido podría ser algo más que un síntoma de que no estaba muy equivocado. Ahora, como consecuencia de lo del Brexit, en estos días se habla mucho de la UE. Se está hablando mucho de ella pero casi nadie se atreve a meterse en el berenjenal de explicar en lenguaje comprensible cómo está formada, cómo funciona, cómo se financia, cuánto nos cuesta, etc. O sea, asumiendo que se trata de algo muy complejo, tengo la sensación de que no hay mucho interés en informarnos de lo básico de sus fundamentos, datos y esquemas operativos.

Por eso, resulta evidente que los ciudadanos sabemos muy poco, más bien casi nada, de lo que es este «engendro» político plurinacional (puede que habría que decir «pluriestatal»). Es como si no fuera importante o, peor aún, como si los que tienen la información (se supone que serán los políticos y gobernantes) no quisieran informar al «populacho» de estas cosas: «Bastante tienen con las elecciones, la corrupción, la economía, el fútbol y el paro; como para preocuparlos más», dirán... y puede que tengan razón. Pero a mí me ha picado la curiosidad y, recurriendo a las fuentes de internet, he tratado de enterarme. 

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiTxN-Bz-LE2a9EDXq00chj1x3ljjdZVTpLa3Hwu6kqoXdj8hEYeCW-qvgKooSvB7-esuqyx6bDdjRIO_MebL8jl_-3eVC3d4iAr25yLXukmehqme3CkhM0Krn1lI6J10OSzttKCQ4R_LU/s320/Uni%25C3%25B3n+europea.jpg

El Parlamento Europeo desarrolla sus actividades entre Luxemburgo, Bruselas y Estrasburgo 

Así que he hecho un pequeño paseo por las webs de la UE. Por si resulta útil para el que lea esto, expongo a continuación un extracto de lo que he visto.

 Instituciones de la UE

Según he leído, son las siguientes:




De las principales, se puede decir lo siguiente:

>>Parlamento Europeo
Es el órgano legislativo. También aprueba los presupuestos de la UE. Lo forman 751 europarlamentarios.
>>Consejo Europeo
Los miembros del Consejo Europeo son los jefes de Estado o de Gobierno de los 28 estados miembros, además del presidente del Consejo Europeo y del presidente de la Comisión Europea. El actual presidente del Consejo Europeo es al polaco Donald Tusk.
>>Consejo de la Unión Europea
Es distinto del anterior. Lo forman ministros de cada país de la UE según el tema que se vaya a tratar; también se conoce como el Consejo de Ministros de la UE. Tiene funciones legislativas y presupuestarias, conjuntamente con el Parlamento Europeo. La presidencia es rotativa entre los países miembros en periodos de 6 meses; actualmente le corresponde a Eslovaquia.
>>Comisión Europea
Me ha parecido entender que es el principal órgano ejecutivo.  —o sea, algo así como el Gobierno—; está formado por 28 personas. Lo que más me ha sorprendido es que los principales cargos de la Comisión están ocupados por personas de países que no son, precisamente, los más importantes de la UE, como se deduce del siguiente cuadro:

Población
Nombre
Cargo
País
Mill. de habit.
Jean-Claude Juncker
Presidente
Luxemburgo
0,5
Federica Mogherini
Alto represent.
Italia
61,3
Frans Timmermans
Vicepresid. 1º
P. Bajos
17
Kristalina Georgieva
Vicepresidente
Bulgaria
7,4
Maroš Šefčovič
Vicepresidente
Eslovaquia
5,4
Jyrki Katainen
Vicepresidente
Finlandia
5,5
Valdis Dombrovskis
Vicepresidente
Letonia
2
Andrus Ansip
Vicepresidente
Estonia
1,3
 
 
TOTAL
100,4

 Como se puede ver, los países representados por los principales cargos de la Comisión suman poco más de 100 millones de habitantes, lo que supone menos del 20 por ciento del total de habitantes (508 millones) de la UE. A mí me ha parecido algo raro que, en los cargos más importante de una de las instituciones más importantes de la UE, no estuvieran presentes países como Alemania, Francia, Reino Unido (antes del Brexit) o, por qué no, España.

Los otros 20 comisarios, representando a cada uno de los restantes países —España está representada por Miguel Arias Cañete (Clima y Energía)—, son algo así como los ministros de la UE y cada uno tiene asignada la correspondiente “cartera” (al igual que los vicepresidentes).

Del resto de instituciones no voy a decir nada por no extenderme. Sus funciones se pueden deducir de sus nombres.

Financiación de la UE

Para saber cómo se financia la UE y cómo gasta el dinero hay mucha información, si bien, en las webs de la UE no está puesta de forma clara y comprensible. Al menos, a mí no me ha resultado fácil obtener los datos concretos; me ha dado la impresión de que hay bastante oscurantismo. No obstante, tomando datos más o menos actuales de aquí o de allí, me ha parecido que se manejan las siguientes cifras principales de los ingresos: 

Ingresos anuales de la UE
Millones de Euros
%
Aportaciones de los estados
104.866
71,26
Derechos de aduana
18.465
12,55
Procedente del IVA
18.813
12,79
Otros
5.000
3,40
TOTAL
147.144
100,00

Como se ve, la aportación de los estados representa casi los tres cuartos de la financiación de la UE. Las aportaciones se calculan aplicando un porcentaje igual para todos (sobre el 0,7 por ciento) sobre la Renta Nacional Bruta de cada estado. Teniendo en cuenta que la RNB de España en 2015 fue de unos 1.200.000 millones de euros, a nuestro país le correspondería aportar unos 8.400 millones de euros. Calculando el coste para cada ciudadano, tendríamos:

Financiación UE
Aportación de los
Estados (según RNB)
Aportación
Millones de
euros
Población
(millones de
Personas)
Aportación
por habitante
(euros)
Total UE
104.866
508
206
España
8.400
47
179

O sea, el promedio de lo que aportan las familias españolas (con cuatro miembros) sería de unos 716 euros al año. El promedio del conjunto de las familias europeas (también de cuatro miembros) es mayor: 826 euros. Es una de las pocas ventajas que tenemos por ser más pobres que la media europea, ¡qué bien!

Por otro lado, del cuadro anterior se desprende que la cuota de España representa el 8% de las aportaciones totales, mientras que en términos de habitantes somos el 9,25%.

Respecto a cómo se gasta el dinero me he encontrado mucha literatura (realmente, mucho autobombo) y, todo hay que decirlo, también muchos datos, si bien su exposición resultaría prolija y para su comprensión haría falta un previo máster. Así que desisto de tratar de hacer una exposición global; solo me voy a referir a lo que expongo en el apartado siguiente.

Gastos administrativos. Personal de la UE

>>Gastos administrativos

La cifra que en los presupuestos se destina a cubrir los “Gastos Administrativos” viene a ser, más o menos, del 6 por ciento del gasto total; en números redondos resultarían unos 8.500 millones al año. Es difícil saber a qué gastos se refiere este capítulo. Supongo que la mayor parte corresponderá, por una parte, a la retribución y gastos (viajes, estancias, etc.) del personal administrativo y gestores de las diferentes instituciones de la UE; por otra, a los gastos de las correspondientes sedes (hay unas cuantas) de las mismas instituciones; también supongo que este capítulo acogerá las retribuciones y gastos de los miembros del Parlamento Europeo (los 751 europarlamentarios con sus ayudantes, asesores, etc.), y, por último, no sé si también se imputarán a este capítulo, los gastos de los viajes y estancia de los representantes políticos de cada estado que acuden a las reuniones del Consejo Europeo y del Consejo de la UE.

>>Personal

En algún sitio me he encontrado con estos datos del personal contratado en las instituciones principales de la UE. 

Institución
Permanentes
Temporales
Total
Parlamento Europeo
5.573
1.189
6.762
Consejo Europeo y
Consejo de la UE
3.004
36
3.040
Comisión Europea
23.617
427
24.044
33.846

Suponiendo que por la retribución y gastos de cada una de las personas incluidas en el cuadro precedente la UE destinara una media de 125.000 euros/año, que no está nada mal, tendríamos un total de 4.230 millones; es decir, la mitad de los Gastos Administrativos. A mí me parece que el resto, la otra mitad, es mucho dinero para el resto de conceptos del citado capítulo. Ya se sabe que la vida está muy cara en Estrasburgo, Bruselas y Luxemburgo, pero parece mucha pasta.

También parece claro que la UE no escatima en gastos. Por eso, me parece que pertenecer a la plantilla de cualquiera de sus instituciones podría ser una garantía de poder ganarse bien la vida. Y en este sentido he tratado de enterarme de cómo se puede conseguir un puesto de trabajo en cualquiera de ellas. No lo he conseguido; hay muy poca información o yo no la he encontrado. Me ha parecido muy grave, porque, en razón del porcentaje de nuestra aportación económica (8%), entiendo que a España le correspondería, al menos en las tres instituciones que he citado antes, unos 2.700 puestos de trabajo. Si añadimos las posibilidades en el resto de instituciones (bancos, tribunales, comités, defensor del pueblo, etc.), resultaría una cifra muy a tener en cuenta para que pueda ser aprovechada para los españolitos bien preparados. Pero para eso deberían convocarse y divulgarse convenientemente las correspondientes oposiciones y sus condiciones, de modo que todos nos enteremos. Puede que se haga, no lo sé, pero nunca he escuchado ni visto los anuncios de estas convocatorias.

 

- - - - - - - - - - - - -

 

He tratado de reflejar la información sobre la UE que he obtenido en sus webs y me ha parecido interesante; no es una información exhaustiva (ni mucho menos) y puede que sea imprecisa e inexacta, aunque sí, supongo, que aproximada a la realidad. Como se dice ahora, es lo que hay. Porque las fuentes de internet (webs de la UE) no ayudan demasiado. Por el contrario, la conclusión a la que he llegado es que la información que ofrece la UE es farragosa y poco útil para la ciudadanía.

Sin pretender que nos informen con detalle de lo que se cuece en sus instituciones, creo que la UE debería facilitar a los ciudadanos interesados la información básica conceptual y, sobre todo, las cifras de ingresos y gastos de su actividad; al fin y al cabo, somos los ciudadanos de los países miembros los que la financiamos a través de nuestros impuestos. No costaría mucho ni supondría la revelación de secretos, estrategias y tácticas de la política.

Y si no es la UE la que da la información, la debería dar cada Estado a sus ciudadanos, procurando sintetizar y facilitar su comprensión; que no es tan difícil.

2 ago 2016

RESPETO A LOS NOMBRES PROPIOS


El otro día, en la tele, le oí a Celia Villalobos referirse a Hillary Clinton como Hilaria. O sea, la asidua, por lo que parece, jugadora del Candy Crush —es su única actividad de que tuvimos noticia durante los cuatro años que fue vicepresidenta primera del Congreso de Diputados— se tomó la libertad de castellanizar el nombre de la candidata del Partido Demócrata en las próximas elecciones presidenciales en USA. Le llamó Hilaria (supongo que con hache) y se quedó tan pancha. ¡Qué rica! Después he oído la misma castellanización a alguno de los habituales de Intereconomía, uno de los medios de comunicación más derechosos del espectro mediático español. Afortunadamente, salvo en estas dos ocasiones no he escuchado más por estos lares la citada irrespetuosa y ridícula españolización del nombre de la candidata norteamericana.
¿Por qué estos representantes o voceros de la derecha actuarán así? ¿Querrán evidenciar de ese modo su patriotismo? ¿O solo pretenderán demostrar que son defensores a ultranza del castellano? Me respondo: creo que llamar Hilaria a Hillary Clinton es, simplemente, una soberana gilipollez.
También me parece una gilipollez que los locutores del medio de comunicación que ya he citado empleen la antigua denominación «Vascongadas» para referirse al País Vasco o Euskadi. Y digo lo mismo de los que pretenden vasquizar algunas denominaciones de calles de mi Bilbao —en lo que me he fijado recientemente—, como es el caso de la calle María Díaz de Haro, que en algún sitio (incluso en planos de utilización general) la he visto denominada «Maria Diaz Haroko». Tampoco me gusta que mi Bilbao aparezca en algunas indicaciones como «Bilbo» (supuestamente, su denominación en euskera).
Porque me molesta que los que se consideran ultranacionalistas o muy patriotas se permitan cambiar, sin pedir permiso a sus legítimos propietarios, las denominaciones de algunos nombres propios, tanto de personas (antropónimos) como de lugares (topónimos). Y he dicho «sin pedir permiso» porque creo que, hablando de personas, cada cual es el único propietario de su nombre y apellidos; del mismo modo, hablando de lugares, los propietarios son los ciudadanos que viven en ellos, representados, lógicamente, en las correspondientes instituciones (municipales, autonómicas y estatales).
Así que, respecto a las personas, los únicos que podemos cambiar, si así lo queremos, nuestros nombres de pila o nuestros apellidos somos sus propietarios. Conozco a algún Carlos que ha decidido llamarse Karlos y a alguna Carmen que se ha cambiado a Karmele; también algunos que se apellidaban Echevarria lo han cambiado por Etxebarria, o Garcías que ahora son Gartzias (en Euskadi hay infinidad de ejemplos; supongo que también habrá en Galicia y Catalunya). A mí, si ellos lo quieren, me parece bien, porque todos tenemos derecho a llamarnos y que nos llamen como queramos, al menos en lo que podríamos considerar ámbitos informales; en los formales, creo que legalmente también se pueden hacer los cambios, especialmente en las comunidades con idioma propio oficial además del castellano.
Pero no me parece nada bien, mejor dicho, me parece fatal que caprichosamente se le cambie a alguien, sin su permiso, la grafía de su nombre o apellidos; y si ese alguien ya ha fallecido todavía me parece peor. A mi entender, no hay razones lingüísticas ni de ningún otro tipo para esos cambios no autorizados. Yo, desde luego, sabiendo que cambios como los que he citado en el párrafo anterior se han producido en gran número en los últimos años, y teniendo en cuenta que por una de mis actividades tengo que manejar con cierta frecuencia nombres de vascos, procuro ceñirme, a la hora de escribirlos, a la grafía que utiliza o que admite como buena la persona afectada.
Respecto a los lugares, ha habido topónimos que han cambiado porque así lo han decidido, formal y democráticamente, las instituciones propias competentes; pues vale, también están en su derecho y los demás tenemos la obligación de utilizar el nuevo nombre: «Vascongadas» ya no existe en la geografía española; del mismo modo, por citar otros ejemplos que oficialmente ya no existen, «La Coruña», «Lérida», «Gerona» o «Vizcaya» han cambiado a A Coruña, Lleida, Girona y Bizkaia, respectivamente. Por eso, opino que los que, sabiendo esto, se empeñan en utilizar las antiguas denominaciones no están actuando bien. Si algún día el Ayuntamiento de Bilbao, de acuerdo con la mayoría de bilbaínos, formalmente adoptare la denominación «Bilbo» me joderá, ¡mucho!, pero acataré la decisión (espero no verlo).
Pero lo que no se puede hacer es lo de la Villalobos: por decisión propia, cambiarle el nombre
a otra persona. No, Celia, eso es una desconsideración y una inaceptable falta de respeto; o sea, es una exhibición de una grosera falta de educación. Lo mismo opino de los que se han permitido, porque les ha dado la gana, cambiar el nombre de quien, según he leído, fue hace unos ocho siglos Señora de Vizcaya (aún no valía Bizkaia), María Díaz de Haro; o también han cambiado el del que fue su tío, Diego López de Haro, fundador de Bilbao, cuyo nombre está ligado a la Gran Vía de Bilbao, que en algún cartel indicador de esta principal calle bilbaína aparece como Diego Lopez Haroko. Estas ridículas euskerizaciones, a mi entender, no tienen justificación, porque, por la misma regla de tres, los que hacen estas cosas serían capaces, por ejemplo, de llamar Ana Jauregi a la exministra Ana Palacio; me parece de puta pena e impropio del Ayuntamiento de Bilbao (que es, o era, un ayuntamiento serio).
O sea, creo que hay que tener el máximo respeto por los nombres y apellidos de otras personas así como por los actuales topónimos, y por cómo quieren sus legítimos propietarios que sean escritos . Y esto también vale para los nombres de las personas extranjeras o con otros idiomas. Para estos casos, en castellano la recomendación erudita es mantener la grafía original, aunque, hablando de los nombres de pila de personas, en el pasado ha sido muy corriente utilizar su «equivalencia» en castellano en el caso de los nombres de miembros de familias reales, de papas y de algunos otros personajes muy destacados, si bien, la tendencia actual, como he dicho, es respetar los originales; a mí esto último me parece lo más apropiado y, sobre todo, respetuoso. Lo mismo digo para los topónimos extranjeros o de otras lenguas. Y esto no significa que tengamos que empezar ahora a decir London, England, príncipe Charles o reina Elisabeth (o Elizabeth); estos cambios ya están asumidos y asentados, y lo hecho, hecho está.


En esta línea, debo decir que me parecería más racional que en euskera se escribiera Madrid, Barcelona o París en lugar de los euskéricos neologismos Madril, Bartzelona o Parisa como ocurre actualmente (igual que con otros topónimos). Creo que Euskaltzaindia (académia oficial vasca que se ocupa del euskera) se lo debería mirar, porque no tiene sentido que esta institución se dedique a «inventar» nuevos nombres en euskera para todas las capitales del mundo o, ya puestos, para todos los topónimos del mundo mundial; sería una carga adicional muy pesada para sus ilustres académicos y, sobre todo, para los animosos estudiantes en o de la lengua vasca. También sería una solemne capullada.
Así que, volviendo al principio, en estos tiempos, en los que hay una intensa comunicación global, no tiene sentido lo de la Villalobos, porque es seguro que esta buena señora habrá oído y visto infinidad de veces el nombre de la esposa de quien fuera hace años presidente de USA, y en noviembre próximo competirá para serlo ella. ¿Qué te parecería, doña Celia, que en Euskadi los  euskaldunes escribieran «Zelia»? Por no hablar de tu primer apellido, Villalobos, que sería algo así como «Hiribildua-otsoak». ¿Qué dirías si lo hicieran, eh?

29 jul 2016

LAS OREJAS




De un tiempo a esta parte me ha dado por fijarme en las orejas de las personas. No se puede llegar a viejo; se cogen unas manías... ¿Por qué habrá sido? ¿Qué perturbación psicológica habrá influido en mí para que me dé por esto a estas alturas de la vida? He pensado mucho en ello y no he encontrado explicación. Porque nunca me había dado por ahí. Ni de niño, ni de adolescente, ni de joven, ni en la madurez había sentido ningún tipo de curiosidad por las orejas; ni he tenido ningún trauma estético por culpa de ellas (mis orejas son, creo, normalitas), ni he tenido ninguna desviación sexual relacionada con las orejas... Nada de nada. Para mí, las orejas han sido, hasta hace poco, una parte sin ningún interés del paisaje facial humano. 
Como todos, al estar cara a cara con otra persona, siempre me había fijado, principalmente, en los ojos y en la boca, que podrían considerarse, con la nariz, los rasgos faciales más definitorios de la estética de la cara de las personas. También uno se fija en el pelo, sobre todo cuando falta, o sea en las frentes despejadas o en las calvas, ¡pero en las orejas...! Hombre, cuando sobresalen demasiado (como ocurre con las de «soplillo») llaman la atención, pero si no es excesivamente pasan casi desapercibidas. Pero ahora las orejas de la otra persona son el objetivo principal de mi primer vistazo. ¡Ya, ya...!, sé que no es normal, pero qué le voy a hacer. 
Por eso, últimamente, ya digo, cuando estoy viendo la tele y aparece en la pantalla una cara o, mejor dicho, una cabeza humana, en lo primero que me fijo es en las orejas. Debo aclarar que también mi fijo en los demás rasgos, como todo el mundo, pero siempre después de examinar y hacer un rápido dictamen de las orejas del individuo o individua compareciente... Es lo mío. Porque, como digo, no solo me fijo en las orejas sino que las examino con espíritu critico y, para mis adentros, emito un juicio estético.

Despegadas, exceso de cartílago, poco lóbulo, puntiagudas, muy grandes, etc. son algunos de los dictámenes que emito. Porque casi siempre las veo defectuosas. Las que menos me gustan son, obviamente, las de soplillo (muy separadas de las sienes), pero tampoco me gustan nada las que el contorno exterior de su parte inferior se pega en el lateral de la cara sin marcar, por tanto, la redondez inferior del lóbulo; o sea, prefiero las orejas con el lóbulo bien marcado. Tampoco me gustan las de contorno irregular; me explico. El borde exterior de las orejas (a excepción del lóbulo) lo forma un pliegue de cartílago (supongo) que actúa a modo de bastidor que da la forma al contorno. Pues la oreja queda mejor si ese pliegue es, digamos, regular en su consistencia y forma. Es decir, el pliegue debe tener una anchura uniforme y en él se deben apreciar curvas regulares. Creo que se me habrá entendido. Y hablando de lo que podríamos denominar la zona interna (la que se ve) debo decir algo de sus horrendas protuberancias cartilaginosas: cuanto más discretas sean, mejor. Por último, hay que asumir que, hablando de orejas, el tamaño también importa; importa mucho, y, en esto, cuanto menor, mejor. 
Habrá quedado claro que, para mí, las orejas son feas de por sí. O sea, que se podrían considerar como un fallo estético en el proceso de diseño en la creación del ser humano. Porque hay que tener en cuenta que, aunque su situación en la cabeza es algo discreta (en los laterales y muchas veces ocultas por el pelo), no cabe duda de que las orejas tienen su importancia en lo que podríamos denominar la armonía estética de la cara. Por eso, el «diseñador», en mi opinión, no estuvo muy acertado. Mira que se esmeró con los ojos, con la boca y, también, con la mayoría de las otras partes del cuerpo humano; pero en las orejas estuvo fatal. Además, según tengo entendido, las orejas no dejan de crecer y, lo peor, en ellas crece ese vello molesto y antiestético que acentúa su fealdad. Estoy por pensar que si las mujeres lucen, en general, cabelleras largas es por tapar las orejas... ¿Será así? La verdad, no  me lo había preguntado hasta ahora.
Puede que en ese originario proceso de diseño de la morfología del ser humano, el equipo diseñador, que tuvo que ser muy, muy, pero muy bueno, ¡sobrenaturalmente bueno!, previera, hace unos cuantos cientos de miles de años, que un día los seres humanos inventaríamos las gafas para corregir nuestra defectuosa visión y, sin reparar demasiado en si quedaban bien o no, diseñó nuestras orejas pensando, además de en su función en el aparato auditivo, simplemente en que fueran un adecuado soporte para el enganche y sujeción de las patillas de las gafas. 
Resumiendo, para sujetar las gafas nuestras orejas están fenomenalmente... aunque sean, desde el punto de vista estético, una verdadera birria.

4 jul 2016

APRENDER


Las preferencias tienen relación con las tendencias; a mí me parece obvio. No sé lo que dirán al respecto los «expertos» psicólogos. Aclaro el entrecomillado: soy bastante escéptico con esta etiqueta (que más que una condición real del que recibe tal adjetivo es eso, una simple etiqueta, que, por cierto, en la mayoría de los casos no se ajusta a la realidad), por eso, cuando oigo que tal o cual es un «experto», en lo que sea, no puedo evitar ponerme en alerta ante la posibilidad de que el calificado como «experto» sea, posiblemente, un jeta o un «morrudo».  

Pero, dejando al margen la digresión y volviendo a mi aseveración inicial, lo que quiero decir es que las preferencias de las personas, supongo que en todos los órdenes de la vida, activan sus tendencias. O al revés, no lo tengo claro; tampoco tiene mucha importancia porque lo sustancial es que las tendencias y las preferencias de cada persona son los activantes, en buena parte de las ocasiones, de nuestro comportamiento. Ambos conceptos, tendencias y preferencias, podrían considerarse como parte de las condiciones estructurales, psíquicas y somáticas, de cada individuo; pero en las personas intervienen otros muchos factores que también influyen en el comportamiento, como podrían ser la inteligencia, el sexo (género), los sentimientos, los vicios, las virtudes y otros más que ahora no me vienen a la cabeza (seguro que al lector, sí). Lo que estoy diciendo lo resumió muy bien Ortega y Gasset cuando sentenció aquello de «Yo soy yo y mi circunstancia...» (que a mí siempre me ha parecido que estaba muy bien dicho). 

Por eso insisto en que, sin entrar en exquisiteces intelectuales (eso lo dejo para los «expertos»), lo que todos entendemos como preferencias y tendencias son las claves que, en gran medida y dejando de lado las situaciones extremas, determinan nuestro comportamiento cotidiano.  Por ejemplo, en las elecciones políticas (en España ir a votar se está convirtiendo en un acto cotidiano), nuestro voto (o la abstención) estará condicionado por lo que digo: nuestras tendencias y preferencias. Porque las personas no somos socialistas, o populares, o podemitas, o ciudadanistas, o, incluso, nacionalistas. En todo caso, estaremos, según nuestras tendencias y preferencias, a favor de una u otra (o de ninguna) de las fuerzas políticas que compiten en las elecciones, y eso es lo que, en buena medida, determina nuestro posicionamiento a la hora de emitir el voto (o de no emitirlo). Sobre esto ya me extendí en «IZQUIERDAS Y DERECHAS» en este mismo blog. 

Y ya llegando a donde quería llegar, un caso en el que influyen nuestras tendencias y preferencias podría ser cómo estableceríamos cada uno nuestro ranking de palabras preferidas o que consideramos más importantes. Y, para reducir el catálogo, me centro en los verbos. Para mí, el verbo preferido es «aprender». Y así lo digo siempre que tengo ocasión, especialmente si mi interlocutor es un niño. Seguro que otras personas considerarán otros verbos como los más importantes, porque también tendrán tendencias y preferencias diferentes a las mías.  

Pero a mí, «aprender», que aparentemente es una palabra bastante vulgar y corriente, me parece un verbo, digamos, sublime; desde luego, conjugado en primera persona, el de mayor trascendencia y utilidad de nuestro idioma. Porque «aprender», en sentido amplio, me parece la acción más importante del ser humano, no solo en la edad temprana (en la que es fundamentalmente necesario), sino también a lo largo de toda la vida. Y especialmente en lo que se denomina la «tercera edad» —que es la que me corresponde (que yo sepa, no hay cuarta)— es importantísimo tener en alerta receptiva los mecanismos intelectuales y físicos para, así, poder asimilar nuevos conocimientos para lo que nunca es tarde.  

El aprendizaje es una actividad de lo más saludable para mantenerse o sentirse en forma; tanto como jugar al tenis, nadar o montar en bicicleta, y desde luego mucho más recomendable que ver el Sálvame, irse a Benidorm con el Imserso, recoger diariamente a los nietos a su salida del colegio... y cosas así (no incluyo «tomar potes», que es muy saludable).  

Por eso, recomiendo a los carrozas que activen sus dispositivos cognitivos y que se predispongan y que se pongan, más que nunca, a aprender... ¡lo que sea! Siempre según las tendencias y preferencias de cada cual.

(¡Joder! Al releer lo que he escrito me ha parecido que me he enrollado demasiado. En un tuit se podría resumir; no sé, no sé...)


OTRAS ENTRADAS DEL BLOG