24 sept 2017

LAS BANDERAS


Yo no soy muy «de banderas». No podría decirlo con seguridad, pero creo que nunca he portado ninguna; bueno, supongo que, de niño, en alguna ocasión llevaría la del Athletic (me refiero a unas banderas pequeñitas que nos daban cuando íbamos a recibirlo tras alguno de sus triunfos). En la «mili» porté el guion de la compañía, pero eso no se puede considerar una bandera, era un simple distintivo.
Porque me refiero a las banderas que identifican a los países, a las comunidades políticas o a los pueblos; o sea, las banderas que representan colectivos sociopolíticos y a sus correspondientes espacios geográficos. De esas se ven cantidad en los JJ.OO., sobre todo en las ceremonias de apertura y de clausura; también las banderas tienen un papel importante en las ceremonias de entrega de medallas a los vencedores en las diferentes pruebas y, más informalmente aunque no menos visibles, las banderas respectivas son exhibidas con aparente orgullo por los mismos vencedores tras acabar las pruebas en las que triunfaron. En el contexto de los JJ.OO es entendible, razonable y hasta necesario el uso de la bandera, como elemento identificador de la nacionalidad de los que participan o compiten. Lo veo natural.
También se pueden ver muchísimas banderas, casi todas sin astas o mástiles pero exhibidas con entusiasmo y vehemencia, en las etapas más exigentes del Tour o la Vuelta, cuando los ciclistas transitan por las pendientes más duras que suelen estar cercanas a las cumbres o puertos en los que se puntúa para el Premio de la Montaña. En estos casos los abanderados son espectadores (supongo que aficionados) que, más que ver a los esforzados ciclistas, lo que parece que quieren es que se les vea a ellos (y a las banderas que portan) en la tele para dejar constancia en sus respectivos lugares de origen de su presencia en la carrera (como espectadores) y, sobre todo, de su fervor por el estandarte que exhiben. Estas exhibiciones me parecen un poco ridículas; no me gustan.
Pero donde las banderas lucen con mayor significación es en los eventos de tipo político y reivindicativo. El caso más evidente lo tuvimos el pasado 11 de septiembre en la celebración de la Diada catalana. Podría decirse que fue una apoteosis banderil. Los fabricantes y comercializadores de las «esteladas» —estandarte que identifica a los independentistas catalanes— harían su agosto (nunca mejor dicho porque supongo que se fabricarían y prepararían en tal mes); los que confeccionaron y vendieron las oficiales «señeras» (sin la estrella) no sacarían ni para la barretina de los vendedores. También en las manifas y concentraciones de estos días en Catalunya, relacionadas con las reivindicaciones por el famoso referéndum, estamos viendo mogollón de banderas (todas «esteladas»). Porque, según parece, todo aquel catalán posicionado a favor del independentismo —que, supongo, son la inmensa mayoría de los que acuden a las manifas y concentraciones que vemos en la tele— tiene que evidenciarlo llevando su «estelada», la mayoría con la estrella azul (creo que son más moderados que los de la estrella roja). Así, en los contextos político-reivindicativos, las banderas sirven para hacer ostentación de fervor, devoción, entusiasmo, o, incluso, fanatismo por el territorio que representan. Para mí, portarlas así es hacer exhibición de eso que, peyorativamente, conocemos como «patrioterismo». Tampoco me gustan estas exhibiciones, aunque las comprendo. También comprendo lo de los hooligans en el fútbol, pero no me gustan ni un poco.
El amarillo y el rojo han vuelto a inundar Barcelona
Puede que, al leer esto, el lector piense que soy algo 'pitxafria' en lo referente al sentimiento nacional o fervor patriótico. Posiblemente tenga razón. En alguna ocasión ya he dicho que entre mis «virtudes» no está el patriotismo; mucho menos —digo ahora—, el patrioterismo. Pero eso no impide que, como todos, entre mis tendencias y preferencias tiene un sitio especial el cariño a la tierra (y a sus cosas) donde nací. Y no es una contradicción; aunque no voy a ponerme a explicarlo. Solo diré que, como muchísimos otros —seguramente la gran mayoría de los ciudadanos de cualquier sitio—, no necesito portar la bandera para hacer ostentación de lo que pienso sobre mi tierra o de lo que siento por ella. Mucho menos hacerlo cuando el contexto es favorable; o sea, a favor de corriente, como ocurre estos días en las calles de Barcelona.
Ahora solo quería dejar constancia de que, salvo en determinadas ocasiones en las que me parecen elementos identificadores necesarios, la exhibición de banderas me resulta antipática. Por eso no me gustan las personas que las portan en los casos a que me he referido, sobre todo cuando se las colocan a modo de capa de Superman.  

27 ago 2017

EL FÚTBOL. Los tramposos

Listo: Supongo, Julio, que estarás feliz por el comienzo de la liga de fútbol.
Julio: No creas, Listo. Cada vez me gusta menos el fútbol.
L: ¿Sí? No me lo puedo creer. A ti siempre te ha puesto mucho el deporte rey. ¿No será que te estás haciendo viejo?
J: Pues podría ser eso. Pero el hecho es que últimamente, cuando veo los partidos en la tele, más que divertirme, me cabreo.
L: A ver, a ver, Julio. Cuéntame la razón de tus cabreos.
J: Hay un par de cosas que me fastidian. Lo que más me molesta es escuchar las sandeces de los comentaristas; no todos, pero hay algunos que me desquician. Tanto que, a veces, me veo obligado a quitar el sonido de la retransmisión. ¡Es que no callan! Y como suele haber dos o más comentaristas se lían entre ellos a hablar de lo que se les ocurre, aunque no tenga relación con lo que se está viendo en la pantalla, o sea, con el partido. De esto ya dije algo en COSAS QUE JODEN (II) , así que no voy a repetirme; si quieres, lo lees, Listo.
L: Ya lo leí, Julio. ¿Hay alguna otra cosa que te disguste del fútbol actual?
J: Pues sí. Me molesta mucho el cuento que tienen los futbolistas; casi todos. Me refiero al teatro que hacen cuando reciben una entrada dura o durilla de un rival. Caen, mejor, se tiran ¡y se ponen a rodar por el césped! ¡Como abatidos por una fuerza sobrenatural! Eso sí, se tapan la cara con ambas manos para que no se note su «sufrimiento» y los que estén cerca puedan pensar que son algo «nenazas».
L. ¿Te refieres a que fingen?
J: En la mayoría de los casos es una evidencia. Y el que no lo vea así es que no quiere ver o está ciego. Y así son o están buena parte de los «expertos» comentaristas, porque nunca les he escuchado criticar como se merecen esas trampas que hacen los futbolistas para perder tiempo o para influir en el público o en el árbitro para que sancione duramente la «salvajada» del rival. A mí me parece que estos jugadores «tramposos» —algunos verdaderamente expertos en esas lides— deslucen el espectáculo.
L: ¿No crees que también aportan una chispita al espectáculo?
J: No, nada de eso. Las trampas nunca son deseables. Y erradicarlas podría ser un interesante reto para los periodistas que se ocupan del fútbol. Creo que sería una interesante sección para los periódicos deportivos tipo Marca, As, etc. (o para los programas de radio de las cadenas nacionales) que en las crónicas de cada partido de primera división se incluyera una calificación de «Tramposos», asignando, por ejemplo, 5, 3 y 1 puntos a los tres futbolistas que hubieran fingido más, o sea, hubieran destacado por sus trampas durante cada encuentro. Las calificaciones se irían acumulando estableciéndose una clasificación durante el transcurso de la Liga hasta que al final se pueda conocer el podio de «Tramposos» de la temporada. Lo deberían hacer.
L: ¿Y crees que a los periodistas les gustará el reto? A ellos les viene bien que haya trampas para así tener de qué hablar o escribir.
J: Así es, pero podría ser una novedad que, si cuaja, les podría dar una ventaja competitiva. Desde luego, si yo fuera responsable de un medio de comunicación, lo pondría en marcha cuanto antes. Además, no tendría ningún coste. Bueno… ellos sabrán.
L: No sé, Julio, habrá también muchos que cuando, tras rodar por el césped, se quejan será porque realmente les habrán hecho daño; hay defensas muy brutos.
J: Podría ser, pero los casos a los que te refieres se notan, y, desde luego, no suelen ser en los que el «dañado» rueda por el suelo. Mira, te voy a contar lo que me dijo José Maria Madrazo, un amigo de Bilbao que fue boxeador hace muchos años. Estábamos juntos viendo un partido por la tele y sucedió una de estas cosas de las que hablo que, naturalmente, criticamos. Josemari me dijo: «Julio, en un combate estuve recibiendo hostias sin parar durante media hora… y no doble las rodillas». Se refería a un combate contra un cubano buenísimo, un tal Robinson García. Efectivamente, mi amigo recibió una buena paliza en aquel combate que le llevó al hospital una vez finalizado el combate, que, es verdad, aguantó en pie.
L: Bueno, Julio. Tampoco es un ejemplo lo de tu amigo. Jactarse de aguantar una paliza en pie tampoco es muy edificante.
J. No, no se jactaba. Lo que me quería decir Josemari es que se puede soportar el castigo físico o, mejor dicho, el dolor pasajero si hay voluntad de hacerlo. Es decir, si no se es o se quiere hacer lo que son o hacen estos «nenazas» rodantes; o sea, los «tramposos» del fútbol.
L: Hombre, hay que comprender que los futbolistas traten de influir, haciendo algo de teatro, para que los árbitros y los espectadores castiguen y no toleren el juego rudo y agresivo de los rivales. Hay que tener en cuenta que las lesiones les pueden apartar de la actividad de la que comen, ¿no crees que es comprensible?
J: Vale, si quieres disculpar a los «tramposos», allá tú. Yo, no. Me gustan que los futbolistas aguanten como tíos las tarascadas o, incluso, patadas del adversario sin rodar por el suelo y quejarse como «nenazas». O sea, que aguanten como Messi; no que hagan lo de Ronaldo y el ya exportado Neymar.
L: Ya te estás metiendo en líos, Julio. Seguiremos otro día.
J: Sí, listillo. Sobre esto del fútbol hay mucho más para hablar.

19 ago 2017

BILBAÍNO (con tilde) vs BILBAINO

En las cuestiones lingüísticas suelo ser bastante respetuoso con las recomendaciones de los que saben más de estas cosas. Por eso, procuro atender las normas de la ortografía oficial, o sea, de la que publica la RAE. Así que, hasta ahora, siempre había escrito el gentilicio de los de Bilbao —el mío— con tilde en la segunda i (bilbaíno) porque es así como viene en el diccionario de la RAE.

Pero hace unos días, leyendo el periódico Bilbao —que recibo cada mes en mi casa (lo cual agradezco sinceramente al Ayuntamiento del Botxo)— vi que, repetidamente, el gentilicio que me ocupa estaba escrito sin tilde (bilbaino), o sea, como dice el articulista Jon Uriarte, con diptongo. Hasta ahora no había reparado en esto, por lo que no sé si este periódico, anteriormente, venía escribiendo bilbaino o bilbaíno. El caso es que me chocó y me hizo pensar.
Y pensé que, efectivamente, yo siempre he pronunciado el diptongo de bilbaino, y como yo todos los que conozco. Y siempre que, en cualquier sitio, escucho este gentilicio no percibo que el hablante separe el ba de la i. Es decir, todos, especialmente los de Bilbao, pronunciamos solo tres sílabas (bil-bai-no), no cuatro (bil-ba-i-no). Y en mi reflexión llegué a la conclusión de que el magnífico periódico municipal Bilbao tenía todo el derecho del mundo a escribir bilbaino sin tilde, aunque los de la RAE digan otra cosa.
Sí señor, porque el lenguaje tiene que adaptarse a la forma en que se expresan los hablantes. Por otro lado, hay que admitir que los gentilicios son «propiedad» de las personas a las que se aplican, por lo que deben estar a su gusto. Quiero decir que si a los de Bilbao nos gusta bilbaino (con diptongo y, por tanto, sin tilde) nadie tiene derecho a imponernos otro (por ejemplo, bilbaíno sin diptongo).
Así que, cuando tenga un rato, me voy a dirigir a la RAE solicitando que corrija su error, porque creo firmemente que es un error mantener una palabra en desuso (bilbaíno) y no incorporar al diccionario la que se usa (bilbaino), que, además, es la que nos gusta a los del Botxo. El idioma, afortunadamente, es un cuerpo vivo que evoluciona con el tiempo. La RAE está, entre otras cosas, para dar cuenta de los cambios que derivan de esa evolución y «oficializarlos». Ya contaré si me hacen caso o no.
Ahora bien, me digan lo que me digan, en adelante, cuando me refiera a los de Bilbao, escribiré el gentilicio sin tilde, como se hace en el periódico Bilbao, al que debo agradecer que me haya hecho salir de mi error inducido.

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COMENTARIO ULTERIOR (21-8-2017): Ayer envié un email a la RAE pidiéndoles que eliminaran la tilde de «bilbaino». Me han contestado hoy diciéndome, más o menos, que ya «lo mirarán». O sea, creo que no me van a hacer caso. Así que lo seguiré pronunciando y escribiendo con diptongo contraviniendo la recomendación actual del diccionario de la RAE.

22 jul 2017

LOS EXPERTOS


Ya he dicho en alguna ocasión que desconfío de los «expertos»; en concreto, de los que, adornados con tal condición, nos hablan desde los medios de comunicación audiovisuales. En los programas de la tele o de la radio siempre le viene bien al presentador presumir de que está con un «experto» cuando se trata sobre cualquier asunto, especialmente si tiene que ver con la sociología, con la historia, con la economía, con la ciencia del pasado y del futuro y con cualquier otro tema de los que podríamos catalogar como «abstractos no constatables»; es decir, esos temas en los que las opiniones y valoraciones subjetivas tienen la ventaja de que, aunque no pueden demostrarse fehacientemente, tampoco pueden rebatirse contundentemente.
Y así, con la, a mi entender, impostada solvencia de quien es presentado como «experto», se dicen unas cosas que, a poco que el que las escuche tenga un mínimo de criterio o sentido crítico para no dar por bueno todo lo que oye, a veces resultan hilarantes y casi siempre cabreantes.
De risa me pareció la afirmación que escuché hace unos días en la tele cuando un «experto» (no recuerdo en qué) estaba hablando de lo conveniente que era que los bebés aprendieran a mantenerse a flote para que, ante una contingencia en el agua, no perecieran ahogados. Porque, afirmó el «experto», un bebé al que no se enseñe a mantenerse a flote se ahogaría ¡en 27 segundos! Ni en uno más ni en uno menos, ¡en 27! Podía haber dicho en medio minuto aproximadamente, o entre 20 y 30 segundos, o cualquier otra lógica imprecisión; pero no, el «experto», para que, supongo, se notara que lo era, precisó el tiempo y se quedó tan pancho.
¿Cómo podría saber eso?, me pregunté al escucharle. ¿Habrá una estadística de los cronometradores de los ahogamientos?¿O el «experto» habría presenciado muchos ahogamientos de bebés? Y, en tal caso, ¿habría cronometrado esos tristes episodios? ¿O es que habría experimentado con bebés para saber estas cosas y poder ser tan preciso? Y ante una contingencia de este tipo, ¿todos los bebés reaccionarán o se defenderán igual, por lo que todos perecerán en exactamente 27 segundos? Obviamente, son preguntas absurdas; no tienen sentido. Lo único que tiene sentido es que el «experto» se tiró el pegote. En otras palabras, dijo una memez mayúscula y, como he dicho, se quedó tan pancho. Y la presentadora, impresionada. ¡Qué tío!, ¡qué listo es!, ¡lo que sabe!, puede que pensaría.
También, hace algún tiempo, me hizo mucha gracia un «experto» en paleontología, colaborador del famoso —también «muy experto»— paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga en las no menos famosas excavaciones de Atapuerca, que en la tele se permitió la boutade de decir que nuestros más antiguos antepasados —los que, según este «experto», vivieron por tierras burgalesas hace muchos ¡cientos de miles de años! (que se dice pronto)— ¡usaban palillos mondadientes! o algo parecido. Y para demostrarlo tuvo el morro de
presentar en el programa unas fotos de unas piezas dentales halladas, según él, en la excavación que presentaban con meridiana claridad una especie de estrías o rasponazos que el experto atribuyó, sin sonrojarse, a los «delicados» palillos mondadientes de nuestros antepasadísimos. Desde luego, tendrían que ser muy brutos para que, por quitarse los restos de comida tras un banquete de paletilla de dinosaurio, los prehistóricos de Atapuerca se rasparan los incisivos de tal manera que la marca se ha podido ver con nitidez después de 500.000 o 600.000 años… o más (porque estos paleontólogos, como no se les puede rebatir, tiran de cientos de miles de años como nosotros de lustros o de décadas). Pues también este «experto» dijo lo que dijo sin que demostrara ninguna duda y, como el de los bebés, se quedó tan pancho. Y el presentador del programa, epatado. Y seguramente el «muy experto» Arsuaga, después, felicitaría a su colaborador por la seguridad y contundencia demostrada en la exposición de sus tesis.

Pues a mí, como he apuntado, los «expertos» de la radio y de la tele me parecen, en general, unos cantamañanas. Tiendo a no creerme nada, nada, nada de lo que nos cuentan. Siempre que puedo, recomiendo a los demás que no les hagan ni puto caso.


10 jun 2017

EL PAGASARRI

Esta mañana he subido al “Paga”, o sea, al monte Pagasarri de Bilbao. Sí, sí, de Bilbao, porque en el Botxo también ¡tenemos montes!, como tenemos, por citar lo más conocido, la ría, el Guggenheim y, por supuesto, el novísimo campo de San Mamés (“la Catedral”, en términos futbolísticos). Bueno, la verdad no sé si el Paga pertenece al municipio de Bilbao, pero es lo mismo, porque la mayoría de los muchos bilbaínos que suben a él lo hacen caminando desde sus propios domicilios. Dependiendo de dónde esté el domicilio y el ritmo, se pude tardar entre hora y media y tres horas en llegar a la cima. Realmente, un paseo; mejor dicho, un muy agradable paseo.

Y a hacer agradable el paseo contribuye la buena costumbre de saludarse entre los que suben o bajan con un “aúpa”, “qué hay”, “egun on”, etc., acompañado de un leve gesto con la cabeza y, en ocasiones, con una leve sonrisa de salutación. En el entorno que nos ocupa, el saludo es la expresión del reconocimiento de que los que se saludan pertenecen a un apócrifo mismo grupo: pagasarritarras. Pasa lo mismo entre los moteros cuando en la carretera nos cruzamos con otros moteros: hacemos un gesto con la mano a modo de saludo. Pero, volviendo al saludo en el Paga, debo decir que he notado que se está perdiendo; cada vez se ve más que los que suben o bajan se desentienden de los demás y ni miran ni, menos, saludan a los que se cruzan con ellos. Pasa más con los jóvenes. Eso no me parece bien; debería haber una campaña entre los pagasarritarras para recuperar y generalizar la buena costumbre del saludo.

A lo largo de mi vida he subido muchísimas veces al Paga, unas veces, como la mayoría, andando, pero también, en no pocas, en moto (de trial); antes estaba permitido, ahora ya no. Las primeras veces que subí fue con mi abuelo; yo tendría 5 o 6 añitos; pero después he subido, como ya he dicho, muchísimas veces. Incluso, hace muchos años, con mi amigo Sergio, subí una vez con traje y corbata (ya lo conté en mis recuerdos). De viejo, o sea, en estos tiempos, cuando voy a Bilbao procuro hacer una escapadita al Paga. Además de que me sirve para probar mi preocupante condición física actual, me permite reencontrarme con mi pasado o, dicho de otro modo, recordar vivencias de otro tiempo.

Por ejemplo, hoy he recordado que una vez, con otros dos, subí corriendo durante buena parte del trayecto y, también corriendo, bajamos hasta Santa Lucía (cerca de Llodio). Y lo he recordado mientras, apoyado en un pino, me recuperaba en una de las paradiñas a que me he visto obligado esta mañana. También he recordado cómo hace ya muchos años, subiendo mano a mano con Iñaki Heppe, a 200 metros de lo que se puede considerar el final de la subida, el citado esprintó sorpresivamente con la intención de llegar el primero; no se lo permití, mi sprint de reacción fue más poderosos (le jodió, seguro que se acuerda). Hoy, desde luego, no podría haber esprintado ni un par de metros. Otro de los recuerdos de esta mañana, estando en la fuente del Tarín, es que cuando subía con mi abuelo y llegábamos a ese lugar a refrescarnos, en alguna ocasión me duché (desnudo) en las rústicas duchas que, en un nivel más bajo, aprovechaban el agua de la fuente (ahora, en lugar de las duchas hay un abrevadero para el ganado).

Pero, sobre todo, me gusta subir al Paga porque es uno de los pocos –por no decir el único- espacios de mi Bilbao que se mantiene igual que hace muchísimos años. Prácticamente, no ha cambiado: el mismo camino, los mismos pinares, los mismos helechos, las mismas rocas, la misma campa… Todo permanece igual. Solo he cambiado el refugio –de la Paca, decíamos- que se ve que ha sido remozado, aunque está en el mismo lugar y tiene la misma utilidad.

Naturalmente, también me gusta subir al Paga por hacer un poco de ejercicio,  disfrutar del paisaje y echar una miradita a Bilbao desde arriba. Pero, la verdad, cada vez que subo me cuesta más. Sobre todo, me cuesta bajar. Mis rodillas, machacadas por el tenis, curiosamente me protestan más durante la bajada que en la subida. Pero, bueno, espero que la de esta mañana no haya sido la última; confío en poder subir al Paga un buen número de veces más, aunque la bajada la tenga que hacer deslizándome por la barandilla.


30 abr 2017

LISA SIMPSON (8)


Esta es la octava —y última— entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Contiene el epílogo. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí

EPÍLOGO



Tras su denuncia y hasta enero de 2047, Lisa siguió trabajando en el Partido Demócrata en tareas burocráticas o secundarias. Aunque no por falta de ganas, Mr. Williams no se atrevió a dañar a Lisa más allá de apartarla de los órganos de poder del partido. Por su parte, Lisa se cuidó de estar protegida, además de por Bart en las primeras semanas, por una pareja de agentes del FBI, con los entabló muy buena amistad; incluso, con uno de ellos, aunque estaba casado, tuvo una pequeña aventurilla. Lisa, acercándose al medio siglo de vida, estaba de muy buen ver y seguía teniendo éxito entre los hombres.
Estuvo bastante ocupada por motivo de la instrucción del juicio, y por los requerimientos de los medios de comunicación del Estado y de ámbito nacional. La fama, aunque en más de una ocasión le resultó agobiante, la sobrellevó muy bien. Lisa se había convertido en todo un personaje de gran prestigio cuya fama traspasó las fronteras de USA.
Tuvo muchas ofertas para dar conferencias, sobre todo en Washington. Le pagaban muy bien y, además, hablar en público era una actividad en la que se desenvolvía estupendamente. Así que en enero de 2047 abandonó el partido. Como ya nada le ataba a la capital y siguiendo las recomendaciones que le hicieron en materia de seguridad, Lisa decidió volver a vivir en Springfield. «Qué alegrón me das, Lisy», le dijo su madre entusiasmada cuando Lisa le comunicó por teléfono sus intenciones. Marge, tras el fallecimiento de Homer y los matrimonios de sus hijos, Bart y Maggie, vivía sola en la casa familiar.
Así que Lisa puso en venta su apartamento en la capital, encargó la mudanza y tras las despedidas de sus amigos volvió a Springfield, instalándose con su madre. Aunque la casa familiar le resultaba muy agradable, Lisa, por diversas razones —entre las que estaba la seguridad—, pensó que le convenía vivir en un apartamento del centro de Springfield. No le costó convencer a su madre, que con tal de estar junto a su hija lo demás le resultaba secundario.
Simultáneamente a la venta de su apartamento en la capital, Lisa adquirió otro muy elegante y amplio (cuatro habitaciones) en el centro de Springfield, al que madre e hija se trasladaron en noviembre de 2047. Marge estaba encantada de tener junto a ella a su querida hija; Lisa también disfrutaba con esa cercanía. Por su actividad como conferenciante, por las requerimientos de los medios de comunicación y por las obligaciones judiciales como principal testigo de la causa abierta contra Mr. Williams y los otros miembros del partido imputados, Lisa desarrolló gran actividad durante 2047 y 2048; viajó muchísimo, tanto por diversos estados como por el extranjero, especialmente por Europa.
En 2048 pusieron su nombre a la escuela primaria de Springfield, a la que, con cierta frecuencia se acercaba para dar charlas informales a los alumnos, en las que no podía sustraerse a contar a los alumnos sus recuerdos infantiles en aquella escuela. Los alumnos la adoraban. También, siempre que sus viajes se lo permitían, se reunía con sus antiguos compañeros de la primaria, casi todos ya padres y madres de familia, para recordar sus tiempos en la escuela. A estos encuentros, Marge y Bart solían asistir siempre que podían. A Marge, ya septuagenaria, aquellas reuniones le encantaban especialmente. Bart continuaba manteniendo a raya a Milhouse para que evitara, sin ninguna excusa, coincidir con Lisa. 
En la madurez de sus casi 50 años de edad, Lisa era feliz, aunque a menudo pensaba en su futuro y se preguntaba qué vida le esperaba. Tenía claro que iba a permanecer soltera y que no iba a tener hijos, lo que, una vez asumido, dejó de preocuparle. Valoraba mucho su independencia y la libertad de que disfrutaba. Únicamente le inquietaba la evolución que debido a la edad podría tener su madre, si bien Marge tenía una salud de hierro y, en todos los sentidos, se vislumbraba que podría tener una senectud muy jovial.
En febrero de 2050 Lisa cumplió 50 años. Organizó una comida en un restaurante de Springfield propiedad de Ralph Wiggum, hijo del que fue jefe de policía hasta que se jubiló en 2035. Lisa, además de a su madre y a sus hermanos (con sus hijos), invitó a muchos de los que fueron compañeros en la primaria, casi todos con sus respectivos cónyuges; también a Grace y su marido, que se desplazaron expresamente para la ocasión desde la capital. En total, 47 personas. Lisa pagó la cuenta y recibió de todos los correspondientes regalos. La sobremesa se prolongó más de dos horas, hubo champán y el correspondiente brindis iniciado por Bart. Lisa tomó la palabra y pronunció algo parecido a un discurso, en el que, además de agradecer a todos (a los que nombró uno a uno) su presencia, rememoró tiempos pasados, intercalando algunas de las anécdotas que vivió de niña (protagonizadas, casi todas, por su hermano Bart). De su actividad política no dijo nada. Sí expresó un sentido recuerdo a su padre que fue acogido con aplausos por todos los asistentes y por unas incontenidas lágrimas por su madre.
Resultó una entrañable jornada. Al final, Lisa propuso a Grace que se quedara a dormir, junto a su esposo, en su apartamento (había espacio suficiente); Grace aceptó encantada, no solo por aprovechar para charlar con Lisa, sino, también, porque no le apetecía retornar a su casa en coche, ya de noche y, sobre todo, tras las copas ingeridas. Tras una simultánea y ruidosa despedida entre todos los asistentes, en la que hubo que hacer cola para abrazar y besar a Lisa, esta dispuso la vuelta a casa: su madre en el coche de Grace conducido por su esposo; ella en su coche acompañada de Grace.
Lisa y Grace se retrasaron por algún requerimiento de los más rezagados en abandonar el restaurante. Cuando se disponía a subir al coche, oyó a su espalda:
—Lisa, ¿no me vas a perdonar?— Algo sobresaltada se giró y, después de unos 30 años, volvió a ver el rostro de la persona que más aborrecía: Milhouse. Con la misma cara de tonto y prácticamente calvo, con expresión compungida, la miraba implorante.
—¡Joder! Mira a este. ¡¿Qué cojones haces aquí?! ¡Como te vea Bart, te la vas a cargar!— Fue lo único que se le ocurrió decir a Lisa, mientras accedía al coche y antes de cerrar con energía la puerta. Para sí, solo pensó «Mira que es feo el capullo».
—¿Quién es ese?— Le preguntó Grace que desde dentro había notado algo raro en el encuentro.
—Un capullo de por aquí—, respondió Lisa sin darle importancia. —¿Te apetece que nos tomemos algo y así charlamos? Mi madre le atenderá bien a tu marido mientras le instala en casa.
—Vale. Donde tú digas. A mí también me apetece que me cuentes cómo te van las cosas en tu ajetreada vida.
Lisa y Grace se sentaron en una cafetería cercana al apartamento. Llevaban tiempo sin verse por lo que Grace no ocultaba su curiosidad por las últimas vivencias de su amiga. Grace, afanosa por saber, preguntaba y Lisa respondía con gusto. Tras casi una hora de amena charla, Grace le preguntó:
—¿Qué planes tienes, Lisa?
—Pues, la verdad, es algo que me pregunto de vez en cuando y no obtengo respuesta. Creo que voy a seguir dejándome llevar por los acontecimientos. Lo de dar conferencias me gusta y espero que pueda seguir haciéndolo por algún tiempo; de algo hay que vivir. También me gustaría escribir.
—¿Tus memorias?
—No, de eso nada. Me gustaría escribir ficción; ser novelista, inventar historias. Creo que podría.
—Estoy segura, Lisa, de que se te daría bien… aunque, conociéndote, creo que echarías en falta tu gran afición: arreglar el mundo... Oye, ¿y no te gustaría ser alcaldesa de Springfield? Si te lo propones, seguro que lo consigues. Aquí tienes mucho prestigio y te quieren mucho. ¿Quién mejor que tú? Además, no creo que sea incompatible con lo de escribir.
Tras una pausa de varios segundos: —Bueno… No me lo había planteado; tenía asumido que la política se había acabado para mí. Pero, ahora que lo dices…— Dijo Lisa, quedándose pensativa mirando a la apagada pantalla de televisión de la pared de enfrente.

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Hasta aquí la historia inacabada de Lisa Simpson, la cerebrito de la familia que, diariamente, nos hace pasar un buen rato frente a la tele como ya dije en un post de 2015 Aunque solo la hemos conocido con 8 añitos, Lisa nos ha dado muchas muestras de que con el paso de los años se convertirá en una mujer con una vida intensa e interesante, durante la que, seguro, mantendrá permanentemente su compromiso con la justicia y la razón. He dejado la historia cuando cumplió los 50; o sea, todavía joven. Seguro que tendrá por delante aún muchas ocasiones para evidenciar lo que vale, y, sobre todo, para demostrar que «los buenos», afortunadamente para todos, también triunfan.


24 abr 2017

LISA SIMPSON (7)

Esta es la séptima entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Contiene el capítulo IX. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí.



CAPÍTULO IX – En la política

En 2040 Mr. Williams fue nombrado gobernador del estado. Lisa, que había tenido una intensa y muy eficaz participación en la campaña electoral, se incorporó al gobierno como jefa de la Secretaría Política del nuevo gobernador. En esa función, Lisa inició una actividad política frenética. De ella dependía la oficina de prensa del gobernador, por lo que tuvo mucha relación con los medios de comunicación. También se ocupaba de recibir, en primera instancia, todas las propuestas legislativas o iniciativas políticas que surgían en el equipo de gobierno, para que aportara su opinión o sugerencias, que generalmente solían ser tenidas en cuenta antes de proseguir los trámites burocráticos y legales correspondientes; también para que diese su opinión al gobernador. Normalmente, acompañaba a Mr. Williams en los viajes propios de su cargo por el estado; también en sus desplazamientos a Washington. Igualmente, aunque no era de su responsabilidad directa, procuraba intervenir en el área de Medio Ambiente, que seguía siendo un tema que le preocupaba mucho.  En fin, durante los cuatro años de mandato de Mr. Williams, Lisa no paró… pero estuvo feliz. Decididamente, le gustaba lo que hacía; se sentía realizada.

Como su sueldo se había incrementado bastante, se compró un pequeño apartamento en el centro, donde se instaló ella sola. La despedida de Estefany fue muy emotiva:
—No te preocupes, Estefany, nos seguiremos viendo.
—No sé, no sé… Tú has entrado en otro mundo… en otro nivel. Espero que no te olvides de los pobres, Lisa. —Lo dijo en tono cariñoso mientras se daban un prolongado y lacrimógeno abrazo.

El nuevo apartamento ya fue testigo de alguna aventurilla —no demasiadas—de Lisa con hombres, casi todos del mundo de la política. No le faltaron pretendientes, pero con ninguno congenió más allá de lo suficiente para darse un revolcón. También y como, por su popularidad, no podía estar tranquilamente en los sitios públicos, en su nuevo apartamento recibió con regularidad a Grace, ya casada y con dos hijos, con la que seguía manteniendo gran amistad y era con quien mejor compartía confidencias, tanto del ámbito personal como del profesional. Realmente Grace era la que mejor conocía a Lisa.

En 2044, Mr. Williams fue reelegido gobernador. Lisa continuó en sus funciones con, incluso, más poder y, por consiguiente, más actividad.

Pero en ese segundo periodo las cosas cambiaron. Lisa empezó a ver cosas raras. Notó que no se tenían en cuenta —más de lo que en los cuatro años anteriores era normal— sus sugerencias en las contrataciones públicas; incluso, comprobó que en no pocos asuntos se le privaba de su previa revisión y análisis, por lo que se tomaban decisiones sin su opinión. ¿Corrupción? ¿Favoritismos? ¿Ilegalidades? Fueron preguntas que, desazonadamente, le surgieron al ver algunos actos de gobierno. Encontró sentido a las palabras que, en su momento, no entendió cuando Mr. Williams, al estar terminando el acto de la celebración de su reelección, con un vaso de whisky en la mano y los ojos chispeantes, le dijo en actitud distraída «Habrá que seguir trabajando duro por los ciudadanos, Lisa, aunque ya es hora de que también nos preocupemos por nosotros».
Así que Lisa activó todos sus mecanismos de alerta e investigó. Aunque no le resultó fácil, pudo descubrir que Mr. Williams había tejido, con sus más allegados del partido, una sofisticada red de corruptelas. «Efectivamente, se está preocupando por nosotros, o sea, por el cabrón de él…», se dijo con rabia Lisa, «…y por lo que he podido saber, parece que no le va nada mal», apostilló en su reflexión. 
Lisa no podía aceptar aquello. No solo porque la corrupción, que al ensuciar los correspondientes actos de gobierno, la podía salpicar al convertirse en cómplice involuntaria de las ilegalidades, sino, sobre todo, porque su escrupulosa conciencia y su alta valoración de la función pública le obligaban a mostrarse beligerante. «Este me va a oír y, como no me dé explicaciones claritas, de esto se va a enterar todo dios», pensó llena de determinación. Durante meses, Lisa, con sigilo y sin que nadie se percatara, hizo acopio de la información necesaria, que puso a buen recaudo, para probar la corrupción que había detectado. Estaba decidida a sacarla a la luz, y así se lo dijo a Grace en uno de sus habituales encuentros:
—No lo puedo ocultar, Grace. De esto se tiene que enterar todo América. Se lo están llevando a manos llenas. Me han tenido engañada; no lo voy a consentir.
—Te expones mucho, Lisa. Esta gente es muy poderosa… y peligrosa. Piénsalo bien…— Le dijo una aterrorizada Grace, que veía lo que se le venía encima a su amiga.
—Estoy decidida. Voy a demostrar quién es Lisa Simpson. Que se sepa que no todos nos doblegamos ante los poderosos. Me siento obligada, Grace; si no, ¿de qué ha valido todo lo que he hecho y dicho a lo largo de mi vida? Mi madre me enseñó que la honestidad es un gran valor. No la voy a defraudar; ni de coña.
—Eres admirable, Lisa, y tu madre seguro que, hagas lo que hagas, se sentirá orgullosa de su hija. Por mi parte, aunque estoy acojonada, solo puedo decirte que puedes contar conmigo para lo que necesites.
—Gracias, Grace, pero no te preocupes; tú estarás al margen de este lío. Nos vamos a divertir. Lo primero que voy a hacer es hablar con el cabrito de mi jefe… él sí que se va a acojonar. Ya te contaré.
Aprovechó la vuelta de un viaje que hizo con Mr. Williams para hablar con él. Fue una conversación muy dura. Al principio, el gobernador, sorprendido por la actitud e intenciones de Lisa, trató, en tono conmiserativo, de hacer ver a Lisa que lo que le planteaba carecía de fundamento, pensando que su subordinada podía estar haciendo uso de información de terceras personas. Pero, a medida de que Lisa argumentaba con información y datos obtenidos por ella misma, las tripas de Mr. Williams se iban arrugando y su semblante evidenciaba una preocupación imprevista y galopante. Cuando ya no pudo más y con el rostro desencajado, exclamó «Lisa, no me jodas; con estas cosas no se juega», entrando en una serie de absurdas justificaciones mezcladas con veladas amenazas. Lisa se lo esperaba, por lo que, ante la evidencia de que Mr. Williams estaba reconociendo tácitamente su culpa, concluyó la conversación dando a entender a su jefe que iba a recapacitar, a fin de no exponerse y ganar tiempo. Porque estaba decidida a hacer pública la información de que disponía.
Efectivamente, dos días después de su conversación con Mr. Williams, en mayo de 2046, Lisa convocó a los medios de comunicación y denunció públicamente, con pelos y señales, todo lo que sabía. El escándalo fue sonado, superando ampliamente al ámbito del estado. En la sede central del Partido Demócrata, en Washington, hubo un terremoto político que afectó, como no podía ser de otra manera, al presidente de USA (a la sazón, del Partido Demócrata). Lisa Simpson apareció en todos los telenoticias de USA. Unos meses después The Washington Post la nombraría «personaje del año en USA».
Una semana después de la pública denuncia, Bart se instaló en el apartamento de Lisa con el propósito de acompañarla, acudiendo así a la llamada de su hermana, que vio en Bart la única persona en la que podría apoyarse en los duros días que barruntaba que le esperaban. Bart, sin dudarlo y muy preocupado, accedió. Convenció a su esposa (ya se había casado y tenía una hija) para que tolerase la emergencia, y, por otro lado, consiguió fácilmente que en el Hogar del Jubilado le concedieran una especie de excedencia con garantías de readmisión. En Springfield, como en el resto del estado, ya conocían la noticia y Lisa fue considerada casi una heroína.
Como temía, para Lisa aquel año fue un periodo muy duro. Aunque fueron más los que la alabaron, tuvo que soportar durísimas y muy ácidas críticas de diversos sectores. También más de una amenaza. El FBI, que se hizo cargo de la denuncia, se ocupó de su protección. Lisa soportó todo bastante bien; fue un ejemplo de dignidad y valentía reconocido mayoritariamente por la sociedad americana. Solo se vino algo abajo cuando en pleno proceso de instrucción judicial del caso denunciado le llegó la noticia de la muerte repentina de su padre; su ya debilitada salud y las calumnias que tuvo que oír sobre su hija (nunca leyó un periódico) pudieron con Homer. Murió inmediatamente después de un ataque cardiaco que sufrió en la taberna de Moe.
El juicio se inició en octubre de 2047. A su conclusión, Mr. Williams resultó condenado a dos años de cárcel y fue inhabilitado políticamente a perpetuidad; también tuvo una importantísima multa. Aunque por los recursos y otras argucias legales a la fecha de esta crónica, año 2050, aún no ha ingresado en prisión. Otros encausados tuvieron penas de cárcel mucho mayores; algunos sí están encarcelados.
Lisa asumió con tranquilidad que su carrera política había finalizado.
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La siguiente, y última, entrega la puedes leer aquí .