30 abr 2010

SECTARISMO


Sectarismo es un termino que se viene utilizando mucho últimamente cuando se habla de política; sobre todo se utiliza el adjetivo sectario, que se aplica a los que, pase lo que pase, siempre están a favor de los suyos y en contra de los adversarios. Ya digo, pase lo que pase y hagan lo que hagan los unos o los otros; el sectario siempre con sus colores. Es un incondicional; da gusto su fidelidad...

Ya pueden, los suyos, cometer las mayores tropelías, los más abultados errores, las faltas e, incluso, delitos más evidentes, que el sectario siempre se mantendrá fiel a sus colores y los defenderá, si no con argumentos y razones, sí con vehemencia y persistencia; ¡ni una concesión al que ataque a los suyos! Como mucho, cuando se ve muy acorralado y no encuentra palabras para defenderse dialécticamente de las acusaciones de los otros a los suyos, siempre tiene a mano el recurso del «y tú más».

Estas actitudes ultras podría ser comprensibles, por ejemplo, en los seguidores más radicales y descerebrados de los equipos de fútbol. El fútbol, además de ser un gran espectáculo, es el espacio social apropiado para dar rienda suelta a las innobles, estúpidas y dañinas actitudes de los sectarios. Éstos, aunque vean que un defensa de su equipo le hace al delantero centro contrario una llave propia de la lucha grecorromana o le arrea con alevosía una patada al estilo capoeira (pero impactándole a la altura del esternón), difícilmente admitirán la falta: «se ha tirado» o «ni le ha tocado», será lo que balbucearán; los más brutos aprovecharán para hacerse notar con un «...le tenía que haber matado, a ese hijoputa...» sin el menor pudor... ¡angelitos! En el fútbol se les tolera, al fin y al cabo, aunque son nocivos, son, por decirlo de alguna manera, de consecuencias limitadas. Pero en otros ámbitos sus efectos son más preocupantes.

Me refiero, en concreto, a la pléyade de comentaristas y miembros de tertulias que proliferan en la radio y en la televisión, y que diariamente se ocupan desde estos medios de comunicación de influir —¡y vaya si influyen!— en lo que denominamos «opinión pública» exponiendo sus propias opiniones (?) sobre la actualidad política. A una gran mayoría de ellos les viene como anillo al dedo lo de «sectarios». Cada cual tiene sus colores y siempre está del lado de éstos, como antes decía, pase lo que pase y hagan lo que hagan. Objetividad, ecuanimidad e imparcialidad son actitudes desconocidas por ellos en su quehacer como opinantes, ¡ni se lo plantean! Ellos se ponen su camiseta al sentarse frente al micrófono o a la cámara y, ¡hala!, a defender con ardor sus colores y, si pueden, a dar caña a los que visten otra camiseta, especialmente si es la de su principal oponente; esa es su tarea y para eso les pagan. A mí me parece bochornoso.

Porque las personas a las que me refiero son, generalmente, de un nivel intelectual y cultural más que aceptable: periodistas, docentes, escritores, etc.; algunos, incluso, se considerarán que pertenecen a esa élite que denominamos «la intelectualidad». O sea, aparentemente no son tan cerriles y obtusos como los brutos sectarios futboleros, aunque, a la postre, no se diferencian mucho de ellos. Y eso es lo que me resulta incomprensible: que personas que en teoría tienen condiciones para analizar y opinar con objetividad las cosas que pasan, aportando sentido común y razonabilidad a la sociedad para facilitar a ésta su propio juicio, criterio u opinión, lo único que hacen es portarse como vulgares y despreciables «hooligans». A mí me dan asco, María Antonia.


30 mar 2010

MAYOR OREJA Y ETA (éstos sí que coinciden).

No me gusta comentar aquí los temas de actualidad. Primero, porque de eso se ocupan los cientos de periodistas y comentaristas que cada día escriben en los periódicos, hablan por las radios y participan en las tertulias de la tele; hay a porrillo. En segundo lugar, porque el comentario sobre la actualidad pierde rápidamente vigencia en cuanto el asunto pierde eso, actualidad; y, claro, si esto lo leyeran muchas personas todos los días pues me podría animar, pero no es el caso, porque esto sólo lo leen algunos despistados que de Pascuas a Ramos entran en este blog, y no está bien que se encuentren con comentarios que han quedado trasnochados.

Pero a pesar de eso y de que en lo que estoy pensando es de rabiosa actualidad, me voy a animar, por una razón fundamental: porque creo que de este asunto se va a hablar durante muuuuuucho tiempo; así que, aunque es algo de la actualidad, me temo que «su actualidad» se va a prolongar de tal manera que los que lean esto dentro de varios años creerán que lo he escrito el día anterior. Por otra parte, esto va de la parte oscura de la actualidad vasca y a mí, como vasco, es un tema que, naturalmente, me interesa y preocupa muchísimo.

Voy a decir algo sobre las recientes manifestaciones de Jaime Mayor Oreja acusando al Gobierno poco menos que de connivencia con ETA. Muchos han reprochado y criticado al ex ministro por estas declaraciones, pero también ha habido voces y plumas que le han defendido o han considerado que tiene todo el derecho a decir lo que piensa. Pero nadie, que yo sepa, ha hecho un diagnóstico acertado sobre lo que le ha movido a decir lo que ha dicho.

Aparentemente, lo que ha hecho Mayor Oreja es «denunciar» contactos entre el gobierno y ETA, y alertar a la sociedad de algo que él considera intrínsecamente malo y repudiable: iniciar una negociación con ETA. Es decir, él se muestra totalmente contrario ante cualquier proceso de contactos con ETA —siempre lo ha estado, hasta cuando el gobierno al que pertenecía hizo un amago— argumentando que eso es un error y es contraproducente en sí mismo. A ETA ni agua; sólo combatirla y tratar de derrotarla con medidas policiales, legislativas y judiciales. Esa es su firme postura y así se manifiesta. Vale; para mí está en su derecho, aunque algunas cosas que ha dicho me parecen un evidente exceso. Pero él ve algo más. Al principio de este párrafo he empleado el adverbio «aparentemente» porque creo que en realidad lo que persigue Mayor Oreja no es lo que parece; no, creo que el verdadero móvil de Mayor Oreja ha sido otro de mayor alcance.

No tengo la menor duda de que Mayor Oreja es un hombre inteligente y con las ideas muy claras. Precisamente por ello, creo que sabe muy bien que el día que desaparezca ETA y, por tanto, la normalidad democrática se instale en Euskadi, ese día se habrá abierto la puerta para un irremediable proceso de secesión, por vías democráticas, que, tarde o temprano, culminará con la independencia del País Vasco (que podría arrastrar —si no se anticipa— a lo mismo a Cataluña). Del mismo modo, creo que sabe que, aunque suene a paradoja, mientras ETA esté activa tal proceso es imposible; la puerta está cerrada. Si el lector tiene curiosidad por ver los argumentos en que me baso para decir lo anterior le invito a que lea mi artículo de Agosto de 2009, en este mismo blog, que titulé «Una hipótesis y tres preguntas».

Por eso, creo que Mayor Oreja, al que sólo pensar en la posibilidad de la independencia de Euskadi le produce urticaria, sabe que tiene que impedir por todos los medios que se abra la puerta, por lo que, en cuanto intuye que alguien acerca su mano al picaporte, hace saltar las alarmas para que el osado reciba una descarga eléctrica que le deje fulminado y sin ganas de proseguir. Es decir, más que abortar cualquier tipo de contacto —de negociación, dice él y los que le secundan— con ETA o con los afines a la banda, la intención real del ex ministro es abortar «los preliminares» del proceso de secesión del País Vasco, que, reitero, se iniciaría el día que ETA desapareciera.

Por tanto, creo que las manifestaciones de Mayor Oreja no han tenido otra intención que la de contribuir a que se mantenga la «garantía» de la integridad territorial de España, que, como he dicho, no es otra que la permanencia de la actividad de ETA, por lo que, como en esta ocasión, siempre estará en contra de cualquier acercamiento, contacto y, sobre todo, negociación del Gobierno con la banda o con sus afines que permita abrigar esperanzas de que se pueda poner fin a la lacra del terrorismo. Naturalmente, esto no lo puede reconocer públicamente Mayor Oreja; tampoco los que, dándose cuenta también de cuál es el verdadero motivo del comportamiento de este político y de acuerdo con él, desde los medios de comunicación le jalean, disculpan, justifican y amplifican cuanto dice.

Razonando de forma parecida a como él lo ha hecho cuando ha acusado al Gobierno de coincidir en no sé qué planteamientos con ETA, yo opino que es él el que realmente coincide con ETA, pues ambos, Mayor Oreja y los que como él piensan y actúan, por un lado, y ETA y los que la jalean, por otro, son los principales obstáculos que impiden el inicio del proceso de independencia de Euskadi; lo del ex ministro es lógico y comprensible, la ceguera e irracionalidad de ETA y sus afines me parece sencillamente demencial. Y no es que a mí me preocupe que tal proceso no se inicie; la verdad, me la suda. Lo que sí me importa y preocupa es que en mi pueblo haya tantos salvajes y que, además, sean idiotas.
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COMENTARIO ULTERIOR (28-11-2019): ETA abandonó las armas en 2011; pero creo que mis vaticinios no se van a cumplir. En mi opinión, en esto tiene mucho que ver las iniciativas secesionistas en Catalunya a partir de 2012, que concluyeron con la efímera declaración de independencia del 27-10-2017, y la consiguiente contundente reacción del Gobierno de España, apoyado por todos los partidos políticos españoles de ámbito nacional, aplicando el artículo 155 de la Constitución, lo que permitió al gobierno central hacerse cargo del control y gestión de la Comunidad autónoma de Cataluña. Tras esto, vino el procesamiento y condena de varios políticos independentistas catalanes (una decena siguen aún en la cárcel y el expresidente de Cataluña se halla huido en el extranjero). Es obvio que los catalanes se excedieron al saltarse la ley, y eso provocó en la opinión pública española una generalizada reacción en contra del independentismo periférico. A la vista de lo sucedido en Catalunya, los independentistas/nacionalistas vascos habrán considerado, digo yo, que, aunque ETA haya desaparecido, «el horno no estaba para bollos».




28 mar 2010

LA RELIGIÓN ES LA HOSTIA

Aunque no soy creyente, creo que tengo derecho a opinar sobre la religión o, mejor dicho, a decir cómo veo yo lo de la religión. Como es la que más conozco y creo que es la que, todavía, tiene más adeptos e influencia por estas latitudes, me voy a referir a la que promueve la iglesia Católica, e decir, al cristianismo.

Como otras religiones, la Católica se apoya en tres pilares: las creencias, las normas y los ritos. De los tres, el más importante, el fundamental, es el primero, que entre los católicos se conoce como «fe», de la que la Iglesia enseña que es una de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y que «tener fe» es «creer en lo que no vimos porque ‘Dios lo ha revelado’ y la Santa Madre Iglesia nos lo enseña». Esto de la fe, para mí, es el paradigma de las creencias (aunque no sé si sería más correcto hablar de imposiciónes): hay que creer porque sí o porque lo digo yo... y punto. Y, prácticamente, ése es el principal fundamento (¿) de la religión Católica. Las normas de conducta, es decir, los «Mandamientos», son para el día a día, y hay que admitir que son pura lógica y no tienen nada de especial, salvo el que obliga a «amar a Dios sobre todas las cosas», que me parece algo raro, y el que impone «no fornicar», que es bastante drástico. El tercer pilar, que es el más visible, son los adornos y el folclore, es decir, los ritos; en las religiones tienen mucha importancia la liturgia y las celebraciones.

Además, hay que decir que la iglesia Católica, como otras religiones e iglesias, difunde e impone la imagen y «personalidad» de su particular Dios, o sea, del «Dios católico», diciéndonos cómo es, cómo piensa, cómo son sus gustos, cómo reacciona ante los actos humanos, lo que le gusta, lo que le molesta, etc. Y todo basándose en «revelaciones» bastantes sospechosas y nunca demostradas, y en «testimonios» poco fiables, que han sido recogidos en la Biblia, en unos casos por autores anónimos o de los que se sabe muy poco (Antiguo Testamento) y en otros por los evangelistas (Nuevo Testamento), de los que tampoco se puede decir que ofrecen muchas garantías. Resumiendo lo dicho hasta aquí, parece obvio que la religión Católica se basa en débiles fundamentos.

Si esto que digo es o ha sido así, es decir, si los fundamentos son tan endebles, cabe preguntarse cómo es posible que la religión Católica (como otras), ha tenido tan importantísimo desarrollo y ha sido asumida y seguida por tantas personas y durante tantos años. Para mí, la respuesta es clara: el ser humano, especialmente si sus condiciones de vida no son nada favorables, como lo fueron en las épocas de mayor desarrollo y esplendor del catolicismo, necesita creer en lo que ofrece y asegura la religión; principalmente por dos motivos. Primero, porque es la única fórmula que permite al ser humano sentirse en igualdad de condiciones con sus semejantes (todos somos hijos de Dios) y, segundo y probablemente más importante, porque ve en el Dios justiciero la única esperanza de una vida mejor (el cielo, en la vida eterna) para los humildes y buenos, y, a la vez, el castigo (el fuego eterno, en el infierno) para cuantos le hacen penosa la vida terrenal, es decir, para los poderosos, aprovechados y explotadores, los malos.

Así, la religión ha ofrecido al creyente una especie de realidad virtual que es justo lo contrario o el contrapunto de su cruda realidad. En ésta ha encontrado sometimiento, dificultades y penuria, y la realidad virtual le ofrece lo que ansía: igualdad de oportunidades, y en la eternidad el premio o castigo a los actos y comportamientos en vida. Indudablemente esta realidad virtual que ofrece la religión es atractiva, sobre todo para los más humildes o para los que peor les va, y, además, es lo que se enseña, es gratis y nadie puede demostrar lo contrario; por eso tantos se apuntaron a ella. Así pues, el ser humano ha abrazado con fervor lo que ha considerado que es la opción más favorable para sus intereses particulares, que no es otra que la religión reparadora o compensadora de sus penurias terrenales. Es lógico y comprensible.

Pero, afortunadamente, las cosas han cambiado y probablemente seguirán cambiando. Aunque aún hay mucho camino por recorrer, no hay duda de que hemos evolucionado, especialmente en los países del llamado primer mundo, donde las personas, en general, encuentran oportunidades para su desarrollo cultural e intelectual, y, también, para cubrir con cierta holgura sus necesidades vitales materiales; además, están protegidas por las leyes, el estado del bienestar les proporciona oportunidades para el disfrute, y las relaciones humanas se basan, en general, en el respeto y en la libertad... En fin, en estos países se dan las condiciones para que la mayor parte de las personas no tengan que soportar las penurias de otras épocas e, incluso, puedan alcanzar unos mínimos de confortabilidad durante su vida. Ya no hay tantas desigualdades ni hay que esperar a morirse para alcanzar la felicidad. La religión, por tanto, ya no es el único salvavidas y las creencias ya no son el motor en que se fundamenta la existencia de las personas. O sea, la realidad virtual que ofrece la religión ya no es diametralmente opuesta a la cruda realidad (ahora menos cruda).

En otras palabras, podríamos decir que el producto que vende la religión, la fe, ya no resulta tan atractivo. Si a esto añadimos que en los países a los que me refiero, los del primer mundo, las personas están cada vez más formadas y tienen más acceso al conocimiento, lo que les lleva a formar su criterio con más rigor y precisión y, en consecuencia, cada vez son más reticentes y reacios ante el dogma y la imposición ideológica, lo de la fe cada vez cuela menos. Los que la venden y ven cómo la cifra de ventas se va reduciendo inexorablemente se justifican y a la vez nos lo reprochan espetándonos aquello de que padecemos una «crisis de valores». Pero no, al contrario, en todo caso la crisis era real cuando el ser humano, aferrándose con desesperación al tablón de salvamento que le proporcionaba la fe, abrazaba sin reflexión las creencias religiosas. No sé si a aquella realidad se le podía llamar crisis de valores, pero sí de conocimientos y de cultura, o sea, crisis intelectual, afortunadamente y en buena medida felizmente superada.

Y supongo que esto lo saben los que se ocupan de mantener viva la llama de la fe, es decir, los profesionales de la religión (el clero con el Papa al frente). Por eso, sabedores de que lo de las creencias cada vez tiene menos adeptos, se preocupan mucho por mantener la presencia de la religión fomentando los aspectos más superficiales de ésta, es decir, lo que antes he denominado como los adornos y el folclore, o, dicho más finamente, los ritos. De ahí que la Iglesia se preocupe mucho de evidenciar su presencia en la sociedad con actos vistosos y multitudinarios. Así, las misas dominicales, las procesiones de Semana Santa, las navidades, los viajes y las visitas del Papa, los grandes actos ecuménicos, las manifestaciones en la calle, el incienso y la parafernalia ritual, etc., son ingredientes que consideran necesarios, no sólo para hacerse presentes y reafirmar su posición e influencia en la sociedad, sino, principalmente, para promocionar su producto en crisis: la fe. Por eso, la Iglesia, en todos estos actos, da especial relevancia a lo que podría considerarse como la expresión máxima de la fe católica, que no es otra cosa que la comunión: nada menos que recibir en el estómago del que comulga —aunque sea simbólicamente— el «cuerpo» de Dios; ¡casi ná!

Por eso, y aunque es verdad que la religión es y se compone de otras muchas cosas, creo que haciendo una síntesis se podría decir que, actualmente, «la religión es la hostia».





14 feb 2010

LA TELEBASURA

Para empezar, debo decir que soy de los que ven la telebasura (¡y no zapeando!); esto, por lógica, me permite opinar sobre ella con más conocimiento de causa que los que no la ven. A juzgar por lo que la gente dice y aunque se contradice con los datos de los índices de audiencia de la TV, parece que hay muchos más que no la ven que los que, como yo, la ven. Es decir, según lo que confiesa cada cual, parece que la mayoría no ve la telebasura... hum, no me lo creo, en este caso estoy por creer lo de los medidores de audiencia, que, por cierto, no sé cómo son ni, la verdad, me importan.

Lo que me importa es cómo la gente se avergüenza de sus actos, en este caso, de ver la denostada telebasura. Yo creo que no hay nada malo en ello y no veo justificado el airado despotrique que mucha gente, en cuanto ve la ocasión, dedica a este entretenido género televisivo. Los que así se muestran niegan con vehemencia y con falso pudor que lo ven; en todo caso, pueden admitir que han visto algo de ese género —casualmente, por supuesto— mientras zapeaban. Y digo yo: pues si no ven la telebasura, ¿por qué la enjuician tan mal?, ¿qué sabrán ellos de lo que se emite en tales programas? Está claro que la mayoría de los que así se manifiestan miente, cual bellaco acusado de quedarse con las vueltas. Lo que les pasa es que, absurdamente, sienten vergüenza de confesar que son consumidores de un producto televisivo reprobado socialmente; yo ya he dicho que no, en esto, no tengo vergüenza.

Estoy de acuerdo con que lo que se ve y se oye (a veces no se escucha a causa del griterío de los que los protagonizan) en este tipo de programas no resulta edificante; con que no son nada instructivos; con que no muestran conductas ejemplares que puedan servir de patrones o referencias sociales; con que los personajes más habituales resultan zafios y desvergonzados; con que los llamados periodistas del corazón, que en este género han encontrado un filón económico que para mí lo quisiera, son, generalmente, más que periodistas, una caterva de cotillas y cotillos sin escrúpulos... en fin, estoy de acuerdo con que a este tipo de programas lo de «basura» le viene que «ni pintao». O sea, no puedo discrepar del generalizado reproche social hacia la telebasura, me sumo a él... pero, para mí, eso no justifica que la repudie, es decir, que no la vea.

Porque a mí estos programas me entretienen y, no pocas veces, me resultan interesantes, y como, con frecuencia, a modo de folletines seriales, cuentan por capítulos las historias, problemas, rencillas, etc. de los protagonistas, me llegan hasta a intrigar, lo que hace que me preocupe de conocer, en el capítulo siguiente o en el final, el desenlace, o sea, cómo acaba la bronca. Y digo bronca porque ésta es el principal aditamento de un «buen» programa de telebasura; la bronca es la salsa de este género televisivo y el principal reclamo o aliciente para captar al espectador, al que no le importan (no me importan) las fundadas sospechas de que en buena parte de las broncas la actitud de los protagonistas frente a las cámaras es impostada, que además mienten y fingen con descaro, y que el móvil de su presencia en estos programas no es otro que ¡la pasta! (Que, según dicen, con frecuencia es «pasta gansa»). Dicho lo anterior, el lector se preguntará cómo sabiendo todo esto veo la telebasura. Trataré de razonarlo.

Es obvio que la clave del éxito de la telebasura está en que muestra la realidad (a algunos de estos programas los denominan «reality shows»). No es ficción; son personajes reales con sus propias historias y problemas; no hay más guión que el desparpajo, la caradura, la imaginación y las ocurrencias de los protagonistas, y, aunque mientan, finjan y oculten, son sus historias personales, con sus grandezas y miserias (de éstas, mucho; de aquéllas, casi nada). Por tanto, aunque haya sobreactuación de los protagonistas, son historias de la vida misma. Es verdad que son, por lo general, historias vulgares, porque también son vulgares los personajes, pero lo importante, insisto, es que son reales.

Si comparamos la telebasura con la ficción, en la que también, generalmente, se cuentan historias de personas, y haciendo abstracción de lo que en las novelas, en el teatro o en el cine resulta instructivo e ilustrativo por la información que aporta el creador sobre el escenario y contexto histórico y sociocultural en que sitúa la trama, la problemática personal de los personajes de la telebasura, en esencia, no difiere de la de los personajes de ficción, si bien, en el entendido de que en la telebasura las historias, normalmente, giran en torno a los aspectos más negativos del comportamiento humano: el desamor, la codicia, el egoísmo, la traición, la venganza, etc. O sea, en la telebasura se cuentan historias de «malos», no hay «chico (ni chica) bueno». Ahora bien, son historias reales y, además, contadas e interpretadas por los propios personajes, que también son reales; en eso, a mi entender, la telebasura gana a la novela (la ficción nunca supera a la realidad). Comparando la telebasura con las pelis de «malos», la telebasura queda aún mucho mejor, porque por muy buenos actores que sean Anthony Hopkins, Jack Nicholson, Jordi Mollà o el mismísimo Javier Bardem, por citar algunos que bordan los personajes «muy malos», siempre resultarán menos convincentes y, desde luego, menos cercanos que los personajes de la bronca telebasurera.

Por tanto, si disfrutamos leyendo o viendo las peripecias y desventuras de los «malos» de las novelas o del cine, por qué no vamos a disfrutar con la de los protas de la telebasura; a la postre, aquellos y estos son actores, si bien los de la telebasura interpretan la realidad de su propio personaje, y los de ficción... pues eso, son de mentira. Además, todo hay que decirlo, la telebasura tiene una gran ventaja: es gratis, y la ves desde tu sillón preferido y en zapatillas, que esto también cuenta. Dicho esto, me pregunto qué interés tienen los puristas antitelebasura en proclamar que no la ven, mientras que, posiblemente, no oculten o, incluso, alardeen de que leen o contemplan con placer las miserias y atrocidades de los «malos» de la ficción, que, además, suele ofrecer situaciones y detalles mucho más truculentos y escabrosos.

Digamos, pues, que ver la telebasura, con sus broncas y vulgaridades, a la postre no es más que la plácida contemplación de historias de malos, que es algo que siempre ha interesado al ser humano. A esto creo que se le llama morbo. Y si nos gusta el morbo... ¡¿por qué negarlo?!


27 ene 2010

PATRIOTAS DE PACOTILLA

Algo que he escuchado en la radio me ha hecho recordar que, no hace mucho, se publicó la noticia de que la Hacienda española reclamaba a Arantxa Sánchez Vicario la suma de 400 millones de pesetas; parece ser que el motivo de la reclamación tenía que ver con las dudas de que la residencia de la tenista, a efectos fiscales, estuviera o no en Andorra. Dicho sea de paso, sospechosamente la noticia no obtuvo excesivo relieve o eco mediático.

El caso me hizo pensar —como, supongo, a muchos de los que se enteraron— sobre la cuestión del patriotismo. Vaya por delante que este concepto no se halla entre los resortes que activan mis estímulos vitales; de patrias y patriotismos centralistas me saturé en épocas pretéritas, lo que supuso una vacuna ante más recientes o presentes influencias periféricas que, con otras banderas, pretenden que tales conceptos sean aceptados y asumidos por los ciudadanos. Yo paso, aunque creo que tengo derecho a opinar.

Supongo que el patriotismo es algo así como la mística de la pertenencia; el patriota se siente perteneciente y vinculado a ese ente que llama patria y sublima el vínculo: la patria por encima de todo (o de casi todo). El patriota ama su patria, se siente orgulloso de ella, venera sus símbolos (la bandera, el himno, etc.), si es necesario la defiende a capa y espada y, desde luego, no tolera que nadie la mancille. Pero patria no deja de ser un concepto abstracto, por lo que es posible, incluso si se es un gran patriota, que las personas tengan percepciones o sentimientos diferentes para concretar su significación o para precisar qué se encierra en tal concepto.

Dejando de lado los particularismos y tratando de encontrar una significación simple y amplia a la vez, se podría decir que la patria es el país o nación en el que uno ha nacido y al que, normalmente, pertenece legal y administrativamente. Insisto en que me olvido de las circunstancias especiales que podrían contradecir lo anterior; vamos a lo más común o habitual.

Pero, ante la precedente definición, qué es lo que al patriota le hace sentir el amor o veneración por la patria. ¿Serán cuestiones físicas, es decir, la geografía de su país (los ríos, los valles, los mares, las montañas, el clima, la vegetación, etc.)? ¿Serán sus habitantes, es decir, la forma de ser o el carácter de sus conciudadanos? ¿Será su historia y tradiciones, donde puede entrever sus raíces y los fundamentos de su personalidad? ¿Será la grandeza o la miseria propias del lugar que su país ocupa en el mundo? ¿O será todo esto y, probablemente, más cosas a la vez? Cada uno tendrá su propia respuesta y todas serán válidas; cada cual tiene derecho a establecer sus preferencias o criterios en esta cuestión.

En mi opinión, que, reitero, no es la de un patriota, la patria no es otra cosa que el conjunto de realidades sociales, económicas, culturales, institucionales y legales del estado al que, por nacimiento, pertenezco. O sea, para mí, patria y estado son términos sinónimos; por supuesto, prefiero emplear estado, por las connotaciones que tienen los términos patria y patriotismo, de lo que hablaré a continuación.

En cambio, parece que los patriotas diferencian muy bien los conceptos patria y estado. Asumiendo que toda generalización resulta injusta, he observado que en los que parecen más patriotas (o en los que presumen de ello) se produce un fenómeno curioso. Mientras que no pierden ocasión para ensalzar la patria y, así, dar muestras inequívocas de su patriotismo, no tienen ningún pudor en denostar al estado (sobre todo, si está gobernado por no afines a su propia ideología) y, desde luego, no sienten el menor escrúpulo cuando tratan de evitar el pago de los impuestos a los que las leyes del estado les obliga. Tampoco disimulan su desprecio por todos aquellos ciudadanos que no opinan como ellos, a los que, por supuesto, no consideran que pertenecen a «su patria». Es decir, tienen interiorizado que en el concepto estado entran todos, pero en el de patria sólo los que son como ellos. O sea, los patriotas han hecho una reducción del concepto amplio y abstracto de patria al mucho más reducido y concreto de «su patria» o, lo que es igual, al de la patria que a ellos les gusta o les gustaría.

Por eso consideran que «su patria», agradecida al patriota por el amor que éste le profesa, no le demandaría el pago de impuestos que el estado le exige: la patria se daría por satisfecha con sus muestras de patriotismo. Además, piensan que «mis impuestos pueden ir a beneficiar a los no patriotas, ¡lo que me faltaba!». Es como si los patriotas se consideraran con derecho a establecer su propio código en cuanto a obligaciones con el estado al que pertenecen y, por otro lado, con derecho a discriminar o a seleccionar qué ciudadanos tienen derecho a formar parte de «su patria». Los patriotas así son el paradigma del sectarismo y de la insolidaridad, por tanto, el patriotismo que fomenta tales actitudes no puede ser bueno. Sí lo sería si estimulara la solidaridad con todos los conciudadanos, el respeto a la forma de pensar de los demás, el respeto a todas las leyes del estado y, sobre todo, el pago de los impuestos que a cada cual le corresponde.

Después de leer esto, supongo que el lector se habrá percatado de que, en mi opinión, sólo se puede ser un verdadero patriota si se pagan religiosamente los impuestos. Estoy seguro de que habrá muchísimos que lo hagan así, pero que también es muy corriente que los que más alardean de su patriotismo son los más rácanos o los que más se escaquean a la hora de pagar los impuestos. Estos son otro tipo de patriotas: los patriotas de pacotilla.


15 nov 2009

DE TONTOS Y LISTOS


Antes de empezar quiero aclarar —para que nadie se enfade— que utilizaré siempre el masculino cuando emplee los adjetivos (tonto y listo) sobre los que versa este artículo, por una razón de simple economía retórica; utilizar, cada vez, también el femenino resultaría un exceso.


Tonto y listo son de los adjetivos más utilizados en castellano. Decimos que “Fulano es muy tonto” porque nos parece antipático; que “este niño es muy listo”, porque saca buenas notas en el cole; “no seas tonto” le decimos al que nos toma el pelo o al que nos incordia; “qué listo es Raúl”, cuando se aprovecha de un rechace del guardameta contrario y marca; no son pocos los que dicen que “Zapatero es muy tonto” (¡y es el Presidente del Gobierno!); recriminamos con un ¡listo! al que se nos anticipa y ocupa el sitio donde queríamos estacionar el coche; susurramos cariñosamente “que tonto eres” al amante ante algunas de sus proposiciones; decimos que “es muy listo” del trabajador eficaz y diligente; de la tele se dice que es “la caja tonta”... En fin, la lista de empleos de estos adjetivos resultaría interminable.

Por eso, si preguntamos a cualquiera qué significado tienen ambos conceptos es posible que recibamos también un sinfín de respuestas, la mayoría de ellas haciendo uso de otro adjetivo que se considere sinónimo. Sobre tonto, nos pueden decir que equivale a necio, cretino, idiota, gilipollas, imbécil, de pocas luces, etc., y sobre listo, seguramente lo relacionarán con inteligente, agudo, espabilado, sagaz, aprovechado, despierto, que sabe mucho, etc. Pero es muy posible que nadie articule una definición razonable de los dos adjetivos que nos ocupan. El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) tampoco aporta mucha luz a la cuestión. Creo, por tanto, que nuestro idioma no se puede permitir mantener tal indefinición sobre términos tan utilizados; es necesario precisar su significado.

Para mí, la definición de listo es muy sencilla: «persona que hace lo que le conviene o no hace lo que no le conviene»; por tanto, tonto «es el que no hace lo que le conviene o hace lo que no le conviene». A poco que pensemos en ello, comprobaremos que tales definiciones son las más apropiadas para estos adjetivos, al margen de que ambos, como decía al principio, tengan una utilidad muy variada y recurrente en nuestro usos lingüísticos, más como recurso fácil e impreciso que como expresión calificadora de un comportamiento o manera de obrar en concreto.

De las anteriores definiciones se deduce que ambos adjetivos califican actitudes o actos de las personas, es decir, no se refieren a cualidades o defectos inherentes a la naturaleza del calificado, sino que, en principio, se refieren a situaciones transitorias o coyunturales de las personas; otra cosa es que esta situación de transitoriedad pueda durar mucho o que se instale como una constante en el comportamiento de algunas de ellas. Si es éste el caso nos encontraríamos ante los típicos “más listo que el hambre” y “tonto de capirote”. Pero ambos, aunque hay muchos, no representan lo general. Lo normal es que las personas unas veces seamos listos o actuemos como tales y otras al revés, si bien es verdad que hay personas con tendencias a lo uno o a lo otro. También de estas definiciones se deduce que lo importante es tener la intuición o lucidez necesaria en todo momento para saber lo que a uno le conviene, aquí está la clave de la cuestión.

Debo aclarar que “lo conveniente” no tiene que concretarse, necesariamente, en un beneficio material o directo para el actuante; muchas veces la conveniencia estará en la satisfacción que se pueda sentir por el efecto de nuestras acciones en otras personas. Es decir, el egoísmo no tiene nada que ver con la listeza; ni ser altruista, caritativo, solidario, etc. es sintomático, ni de lejos, de ser tonto. Estas pretendidas (a veces) equiparaciones son rechazables y no tienen relación con lo que nos ocupa, por lo que no voy a detenerme sobre ello.

Tratando de buscarle el sentido práctico a lo dicho hasta ahora, lo más importante, sobre todo para los que tienen la inquietante sospecha de que propenden a ser tontos o comportarse como un tonto, es saber que estas actitudes no son un mal incurable... si se tiene la suficiente lucidez para percatarse del problema y asumirlo. Esta es la clave para dejar de ser tonto: darse cuenta de que se está siéndolo. Porque debe quedar claro que si el tonto no repara en que lo está siendo, difícilmente tendrá remedio. En este caso habrá que clasificarlo ya no como tonto sino como necio, que es mucho peor.

Así que hay que estar muy alerta sobre la posible tontez de uno. Esto no es fácil, pero tampoco muy difícil, sobre todo si se cuenta con alguna ayudita bienintencionada. Por eso, si escuchamos algo así como «...no seas tonto...» o «...estás haciendo el tonto...» proveniente de alguien que nos quiere, no lo echemos en saco roto; hay que tomárselo en serio, podría ser el inicio de una reconversión necesaria de nuestra actitud en el asunto concreto de que se trate o en el comportamiento personal en general. En otras palabras, la advertencia, si la tomamos en serio, podría ser el primer paso para dejar de hacer el tonto o dejar de serlo. Porque, como ya he dicho, pasar de tonto a listo es factible; es cuestión de proponérselo, autoanalizarse y, en nuestros actos, tener siempre presente qué es lo que nos conviene y lo que no. Al hilo de esto, me viene a la memoria una frase que solía decir alguien al que conocí hace muchos años: «Donde no hay beneficio la pérdida es segura». Tenerla en cuenta ayuda a no hacer el tonto.

Recapitulando, sostengo que tanto un tonto como un listo pueden dejar de serlo: el tonto si es listo y se lo propone, y el listo si es tonto y cambia de actitud. Insisto en que esto hay que tenerlo muy en cuenta. Ser tonto y listo ni es de nacimiento ni necesariamente tiene que ser para toda la vida, por tanto, los tontos se pueden corregir y los listos no deben confiarse.

Dicho todo lo anterior, hay que agregar que el grado de inteligencia de las personas no necesariamente guarda relación con su actitud lista o tonta; hay inteligentes que no se comportan como listos y personas con corta inteligencia que no tienen un pelo de tonto. Obviamente, la inteligencia es un buen atributo para reflexionar y pensar con la clarividencia suficiente para darse cuenta de lo que a uno le conviene, por lo que los más inteligentes tienen más posibilidades de comportarse como listos, aunque es probable que esta regla tenga un porcentaje considerable de excepciones.

Por finalizar, diré que, como otros adjetivos, tonto y listo tienen sus derivados; me detendré en listillo. Aunque lo pueda parecer, no es realmente un diminutivo, tiene un claro tufillo despectivo. En realidad debe ser aplicado al que se pasa de listo, que, dicho sea de paso, es un mal que aqueja al que cree que los demás son tontos y él el único listo; craso error. El listillo es el que obsesionado con hacer lo que le conviene, pero sin ninguna consideración hacia los demás, se excede en su propósito, lo que normalmente le llevará a fracasar en el intento. Un ejemplo simple sería el del que llevado por su afán desmedido de pasar por delante de los demás se cuela en una fila en la que otros, a los que considera tontos, aguantan pacientemente su turno y respetan el de los demás. Si éstos no son tontos, que será lo más probable, expulsarán a patadas al listillo obligándole a ponerse el último. Lo que tendrá merecido por listillo, o sea, por pasarse de listo, o sea, por tonto.


11 nov 2009

PRINCIPIOS, CREENCIAS... Y CONVICCIONES

Los principios y las creencias son algo así como imposiciones culturales que se inculcan a las personas desde la infancia y que se van asumiendo, en general, sin excesiva resistencia, es decir, dócilmente. De tales principios y creencias, las personas que los asumen establecen sus convicciones, que representan la base de su código de conducta personal y, por tanto, su particular escala de valores.

Tener principios y creencias está bien visto; no tenerlos está mal. Así, cuando se dice de alguien que «no tiene principios» o que «es un descreído» hay que entenderlo como una crítica o un reproche. Pues yo hace ya unos años que caí en la cuenta de que carecía de principios y creencias y, en consecuencia, de que carecía también de convicciones. ¿Será bueno o malo?, me pregunté al descubrirlo... y no supe responderme. La verdad, sigo sin saberlo, si bien yo me encuentro muy cómodo en esta situación, y puedo asegurar que se puede vivir tan ricamente sin que uno sienta la permanente necesidad de subordinar o condicionar su comportamiento y opiniones al corsé intelectual, reitero, intelectual, que suponen tales conceptos. Obviamente, sin esa atadura intelectual se es más libre.

Como decía antes, de los principios y las creencias y las consiguientes convicciones derivan los valores, entendiendo como tales a la base ética o moral que determina el comportamiento y actitud de las personas durante su vida. Es decir, el proceso intelectual que lleva a las personas que tienen principios y creencias a determinar los valores que van a regir su vida parte de algo que les viene impuesto (o que asumen con docilidad) como consecuencia de su educación, aprendizaje o influencias; no por un proceso de libre elección racional o intelectual. Así, por ejemplo, el que está convencido de que Jesucristo es hijo de Dios no lo está por las evidencias que haya podido constatar, lo está porque le han enseñado que las cosas son así... y se lo ha creído.

Tenemos, por tanto, que las personas con principios y creencias, actúan en la vida (aplican sus valores) condicionadas por una especie de código impuesto, que, si bien es verdad que han tenido la libertad (algo relativa) de asumirlo, ya les condicionará a lo largo de su existencia (salvo que renuncien). Es como si se les insertara un chip en el cerebro que prefijara y determinara su pensamiento y su comportamiento. Y no estoy diciendo que el contenido del chip, es decir, los principios y creencias (generalmente aceptados en una parte importante de la sociedad), sean intrínsecamente malos o nocivos, al revés, por lo general inspiran valores positivos, pero sí creo que puede que no todos sean buenos o que dejen de lado otros valores que sí convienen a la sociedad; también opino que lo peor del chip es que fomenta la discriminación, que es fuente de intolerancias y de fundamentalismos perniciosos, y, por tanto, hace de los que lo portan apóstoles del maniqueísmo: nosotros estamos en la verdad y tenemos razón; los demás están equivocados.

Viéndolo por el lado positivo, las personas con principios y creencias actúan con mayor convencimiento y seguridad: tienen menos dudas, sus convicciones son férreas; eso les da seguridad. Pero por el lado negativo deben admitir que son menos libres para decidir en cada momento; su posición debe acomodarse siempre a los dictados de sus principios y creencias. Se puede decir que han tenido libertad (relativa) para elegir el chip, pero no hay duda de que, una vez insertado, les condiciona y les obliga.

Por ejemplo, los que tienen asumidos los principios católicos y creencias de la fe cristiana y se enfrentan intelectualmente ante la cuestión del aborto tienen que acomodar su posición a dos convencimientos que dimanan de tales principios y creencias: en el momento de la concepción hay una vida y atentar contra ésta va contra la ley de Dios; por tanto, no tienen más remedio que rechazar el derecho a abortar, aunque pudieran percibir que la razón les esté diciendo que deben adoptar otra postura. De igual manera, quien tuviera asumido, otro ejemplo, el principio de la patria ante todo, está obligado a defenderla... porque sí; aunque su patria no tenga razón. Si no se posicionan así, en ambos casos estarían atentando contra sus propios principios y creencias y traicionarían sus convicciones; tendrían un serio problema interno.

En cambio, los que carecemos de principios y creencias y, por tanto, de convicciones articulamos nuestra propia y particular escala de valores basándonos, exclusivamente, en un proceso intelectual y racional de análisis y reflexión, que, además, lo podemos ir modificando en el tiempo acomodándolo a nuestro progreso intelectual y de conocimientos, y al progreso y cambios de la sociedad. Es verdad que tal proceso también puede ser condicionado por nuestra propia conveniencia; esto ocurre con frecuencia y se evidencia en aquéllos a los que se considera “amorales”. Pero debe quedar claro que también tenemos nuestros valores, que, junto a nuestras tendencias y preferencias, determinan nuestro comportamiento. En nuestro caso, no partimos de un código preestablecido, somos nosotros, individualmente, los que establecemos nuestro propio código.

Es obvio, que los que estamos en esta circunstancia corremos el gran riesgo de que el código que nos asignemos no sea adecuado, es decir, que sea perverso, interesado, antisocial o, incluso, criminal, etc. En estos casos, el ser humano, sin el freno que suponen los principios y las creencias comúnmente aceptados y movido exclusivamente por su propio interés, pasión, codicia, etc., probablemente resulte dañino para los que le rodean. Esto puede ocurrir (también los que tienen principios y creencias a menudo se olvidan de ellos y atentan contra la sociedad); no obstante, no tiene por qué ser así, ¡faltaría más!.

Los sin principios y descreídos podemos funcionar en la sociedad de forma positiva si somos capaces de asignarnos un código ético de conducta (nuestros valores y nuestras tendencias y preferencias) que sintonicen con los requerimientos básicos de la convivencia y el progreso. Desde luego, si es así, es casi seguro que tal código sea más beneficioso socialmente que el que determina el estándar de los principios y creencias, ya que estará desprovisto de las rigideces e intolerancias de éstos y se podrá acomodar más fácilmente a las realidades sociales y a los requerimientos de cada momento. También asumimos mejor el ordenamiento jurídico, es decir las normas y leyes civiles (siempre que sean democráticas), porque son las únicas que aceptamos (no objetamos por cuestiones morales). Además, somos menos proclives a tener férreas convicciones. Esto, que se podría consideran un defecto, a mí me parece una virtud, pues, si se presenta el caso, nos permite modificar nuestros posicionamientos sin traumatismos ideológicos, y, ya se sabe, rectificar es de sabios.
Aunque soy un descreído, creo firmemente que el ser humano, en general y si se pone a ello, tiene capacidades y conocimientos suficientes para autorregular su escala de valores, sin necesidad de constreñirla a los principios y creencias que le quieran imponer. También creo que la carencia de principios y creencias permite al ser humano ser más libre. Por eso yo prefiero vivir sin principios, sin creencias y, en consecuencia, sin férreas convicciones.


12 oct 2009

Los alpinistas y los del "Gürtel"

El caso "Gürtel" está de actualidad en España. Por si alguno de otras latitudes o longitudes lee esto conviene que sepa que con ese nombre se conoce a la trama de corrupción política que recientemente se ha destapado y que tiene en entredicho, por decirlo suavemente, a unos cuantos cargos importantes del Partido Popular. Es tema recurrente y destacado en todos los medios de comunicación españoles, por lo que no es de extrañar que me haya pasado lo que relato a continuación.

Ayer vi en la tele un reportaje sobre unos aguerridos alpinistas (o montañeros) en su ascensión a una cumbre importante; creo que era del Himalaya, de unos 7.000 metros. Sorprendentemente, mientras veía las imágenes caí en la cuenta de que, mentalmente, estaba relacionando lo que veía con el caso "Gürtel". ¡Qué raro!, me dije. ¿Cómo he podido tener tal absurda asociación de ideas?, me pregunté. Así que no tuve más remedio que pararme a pensar en la razón de tan extraña asociación mental.

Lo primero que hice fue tranquilizarme; hasta cierto punto, no debía considerar muy extraño y ni mucho menos patológico que el "Gürtel" le venga a uno a la mente -incluso cuando está viendo un documental de la 2- en estos días en que los medios no paran de hablar de este caso. No debía, por tanto, preocuparme por mi estabilidad síquica y anímica: le podía pasar a cualquiera. Pero no me despreocupé del todo, seguí pensando en ello.

Estaba viendo unos esforzados hombres, jóvenes, poniendo en juego sus vidas (la ascensión, a través del hielo y la nieve, no estaba exenta de riesgos reales); en pos de un objetivo que, como mucho, sólo les podría reportar la satisfacción personal de haberlo alcanzado con éxito; equipados con ropas de abrigo, crampones y piolets; con la mochila, a rebosar, siempre a la espalda; pernoctando al socaire en endebles tiendas de campaña, allá donde la helada ladera diese un respiro y permitiera el cobijo; caminando, cuando el tiempo lo permitía, siempre hacia arriba, paso a paso, a ritmo aparentemente cansino pero constante y firme, abriendo senda en la nieve; escalando paredes heladas con la simple ayuda de sus crampones y piolets, y con la elemental protección de la cuerda afianzada por otro compañero; rostros curtidos por el sol y por la refulgencia del blanco entorno, dando tiempo a la aclimatación en cada cota; controlando la fatiga, con constancia y sin desmayo; superando las adversidades climatológicas, etc. En fin, unos tíos que jugándosela, esforzándose y sufriendo sólo pretendían vencer a la naturaleza por el simple y grandioso placer de hacerlo; ellos solos, a pecho descubierto, contra la montaña. Loable.

Y, a la vez, pensaba en los del "Gürtel". Instalados en el poder o siendo amigos de los que lo están, con sensación, por ello, de plena seguridad y de tener las espaldas cubiertas; bien equipados con sus trajes de calidad, sus relojes de oro, con buenos pisos o chalés; con sus cochazos, con sus viajes, con sus comidas en caros restaurantes, con sus fiestas y sus putas a gogo; intrigando, maquinando, seduciendo y comprando voluntades; obteniendo dinero de forma tan fácil como ilícita; luciendo morenada mediterránea o caribeña, aclimatados perfectamente a su estatus de privilegiados; viviendo deprisa y a todo trapo, sin fatigas y sin penurias, etc. En fin, unos tipos que casi sin dar ni golpe vivían de puta madre a cuenta de todos los "pringaos" ciudadanos (como seguro que ellos nos consideran). Ellos solos, bien respaldados y con las cartas marcadas, contra todos los demás. Deleznable.

Desde luego, difícilmente se puede explicar uno cómo pude asociar dos comportamientos o estilos de vida tan diametralmente opuestos. Me lo voy a tener que mirar, pero aseguro que fue así.

Puestos a encontrar alguna analogía que justificase la asociación, diría que se puede encontrar entre ambos un punto en común: la claridad de sus objetivos y su dedicación a conseguirlos; en eso se parecen. Pero, pensando más en todo esto, he caído en la cuenta de que no es en esta micra de similitud lo que ha hecho que relacionase mentalmente a ambos grupos. No, lo que me ha llevado a la conexión es la sensación de que unos y otros representan, afortunadamente, grupos minoritarios en nuestra sociedad. Sí, he dicho bien: afortunadamente.

Afortunadamente hay, en términos relativos, pocos esforzados alpinistas que se dedican, en batalla noble con la naturaleza, a superar los retos que ésta ofrece, ¡menos mal!; si hubiera muchos, la naturaleza, irremediablemente, perdería la batalla. El ser humano, de una forma u otra, ganaría, y los retos actuales que hoy, afortunadamente, presenta la naturaleza quedarían superados, y, así, el ser humano perdería el bello aliciente que supone vencerla de vez en cuando. Además, si se masificara el alpinismo dejaría de tener su mística y perdería la condición de referente, como lo es ahora, para las gestas y hazañas humanas en la gran pelea entre los dos elementos básicos de la creación: el ser humano y la naturaleza. ¡Que siga la pugna!

Afortunadamente, también hay pocos casos como el "Gürtel" y, por tanto, pocas personas, en términos relativos, que se dedican a lo que los protagonistas de este caso se han venido dedicando mientras les ha durado el chollo. Afortunadamente, la inmensa mayoría hace las cosas que tiene que hacer dentro de las normas que nos hemos dado, es decir, dentro de la ley, y afortunadamente, la gran mayoría vive con dignidad el rol que las circunstancias y sus condiciones personales le permiten. Afortunadamente, el número de chorizos tipo "Gürtel", aunque es elevado, es muy minoritario en nuestra sociedad. Con ellos, con estos bandidos de guante blanco, tolerancia cero; ¡ni agua!

Así pues, me ha quedado claro que la asociación de ideas me llegó por la satisfacción que me produjo caer en la cuenta de que, afortunadamente, los alpinistas y los hijoputas son minoritarios en nuestra sociedad ¡Congratulémonos!


3 oct 2009

AMENÁBAR. MAR ADENTRO

Ayer, por la tele, vi por segunda vez la gran obra de Alejandro Amenábar, Mar adentro. Me emocionó igual que la primera vez. En aquella ocasión, hace ya 5 años, fui al cine con el interés de ver cómo Amenábar había conseguido hacer una buena película, a juzgar por los triunfos ya obtenidos en Venecia, de una historia aparentemente tan distinta a las que habían servido de argumento a sus películas anteriores y, especialmente, porque, al contrario que en éstas, de antemano ya se conocía la trama y, sobre todo, el final.

Ya había visto las tres anteriores películas de este joven realizador, en las que los argumentos resultaban muy originales, con el denominador común de que contenían buenas dosis de intriga y suspense; las tres tenían un desenlace inesperado:

Tesis, la primera, me resultó entretenida, por la intriga de su argumento y lo incierto de su desenlace. Hasta el final no se sabía quién era el malo. Me pareció una película interesante y bien hecha.

La segunda, Abre los ojos, me llamo muchísimo la atención y me dio a entender que en Amenábar había un cineasta de primera y un maestro de la intriga y del suspense. Estuve toda la película sin pestañear tratando de seguir la complicada trama. Me sorprendió que un director tan joven y con tan poca experiencia fuera capaz de hacer una película de misterio tan lograda. Ya me pareció entonces que este Amenábar era un fenómeno.

La tercera, Los otros, fue reconocida por toda la crítica como un peliculón. A mí también me lo pareció, con un guión muy original, cargado de suspense e intriga, y con un desenlace final realmente inesperado. Además tuvo el talento de conseguir de Nicole Kidman un trabajo memorable. Tras esta peli ya no sólo pensé que Amenábar era un fenómeno sino que era todo un genio y, en eso del suspense y la intriga, el mejor de los de ahora... y de los de antes (incluido Hitchcook).

Aunque no me considero cinéfilo, ni siquiera medianamente entendido en cine, el cine me parece que es el arte por excelencia, en el que el verdadero artista es el director, no los actores o actrices protagonistas. Aunque se dice que la clave de una buena película está en la historia que se cuenta, para mí el arte está en cómo la cuenta el director. Por eso, de la suma del binomio historia-director dependerá el resultado final. Pero creo que en este binomio los dos términos no tienen el mismo peso o influencia, porque, en mi opinión, de una historia simple un director bueno puede sacar una gran película (una obra de arte), mientras que un mal director posiblemente haría un bodrio con una gran historia.

O sea, opino que, al margen de la historia que se cuenta, con honrosas excepciones y dejando de lado el cine de efectos especiales, los que participan en la realización de cualquier película, incluidos los actores y actrices, son meros instrumentos que maneja el director para componer o dar vida a su obra (de arte, si sale bien).

Pues esta peli, en la que Amenábar, además de director, es coguionista y compositor de la música, me ha parecido paradigma de ese tipo de películas en las que el binomio antes referido está totalmente descompensado: una historia que no da mucho de sí pero un director como la copa de un pino. Porque la historia, por archisabida (en su día la tele ya nos mostró en real a Ramón Sampedro en su lucha por que la justicia le autorizara a poner fin a su vida) no ofrece ningún atractivo especial, salvo el mensaje que transmite en relación con el derecho a la eutanasia. Además, de los protagonistas hay que decir que Bardem, cuyo trabajo fue galardonado en Venecia con el premio al mejor actor, en casi todas las secuencias en las que interviene se le ve inmóvil en la cama y cubierto hasta la barbilla, por lo que su actuación está muy condicionada y limitada por el papel, y que la protagonista femenina, Belén Rueda, era una debutante en largometrajes (sí se le había visto en la tele), si bien parecía una consumada actriz.

Así, a priori, el cuadro que se le presentaba a Amenábar parecía que no ofrecía muchas posibilidades para conseguir una buena película: una historia sin suspense y con final conocido por todos, con unos protagonistas limitados, el uno por su papel y la otra por su bisoñez. En cambio, el resultado, según casi todos los especialistas, ha sido una excelente película. De ahí el mérito de Amenábar y el que a mí me haya parecido una extraordinaria OBRA DE ARTE.

¿Y cómo lo ha conseguido? A mi entender, porque la peli, al margen de su mensaje ético, es una exaltación de las virtudes humanas, es decir, de la bondad; todos los personajes “son buenos”. Y su bondad es percibida y sentida con nitidez por el espectador por “lo que piensan o sienten”, más que por lo que dicen o por lo que hacen. Porque Amenábar consigue que el espectador se introduzca en los personajes y, siempre en positivo, sienta y se conmueva con ellos. Y todo a base de expresivos primeros planos de los protagonistas, mejor dicho, de Amenábar, con los que éste hace partícipe al espectador de los sentimientos más hondos de los personajes. Creo que Amenábar extrae de los dos protagonistas lo mejor de que son capaces.

Por eso y dejando al margen la cuestión de la eutanasia, que no me interesa en este momento ni, incluso, me interesó mientras veía la película, esta obra conmueve y emociona. Y eso, indudablemente, es la esencia del arte. Aclaro que si no hablo del problema que plantea la película, la eutanasia, es simplemente porque yo, sobre eso, tengo las ideas muy claras (antes y después de ver la peli): ante situaciones límite, como la que vivió Ramón Sampedro, las personas deberíamos tener derecho a poner fin a nuestra existencia, y, por tanto, debería permitirse y regularse la eutanasia para poder ser llevada a efecto con dignidad.

La música juega un papel importante en la película, precisamente para conseguir la emotividad que indudablemente persigue Amenábar. Con la obvia excepción del “Nessun dorma” de “Turandot”, que sirve de fondo musical para una bellísima secuencia en la que la cámara hace el viaje imaginario del protagonista desde su lecho hasta el mar, y la dudosa de una canción que se escucha al principio (podría estar cantada por Luz Casal), la música es de Amenábar. A mí me pareció muy buena.

En resumidas cuentas, creo que con esta película Amenábar se consagró como un genial y extraordinario realizador, y me parece que en España no se le ha dado importancia que creo que tiene a este joven y genial artista, que, aunque nacido en Chile, creo que, por ascendencia, cultura y vivencias, se le puede considerar español (desconozco si tiene la nacionalidad española), por lo que, a la vista de su obra, tendríamos que tenerlo ya en el pedestal de los ilustres nacionales. En cambio, no sé si por su sencillez y naturalidad o por su apariencia de un corriente chaval de barrio, aquí parece que no se le considera como se debería.

Supongo que a estas alturas resulta ocioso decir que siento gran admiración por Alejandro Amenábar. Ya he dicho que me parece un genio y, actualmente, el creador más importante de nuestro país. Creo que por lo que ya ha hecho con sus treinta y tantos años ya merece un lugar de honor en la historia de la cinematografía española y no dudo de que, por lo que seguro que hará, está llamado a ocupar un lugar destacado en la historia mundial del cine y del arte en general.

Estoy ansioso por ver su última película, Ágora, que se estrena la semana que viene en España. Parece que en su presentación en Cannes (fuera de concurso) no tuvo una crítica muy favorable. Estoy seguro de que me gustará.

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COMENTARIO ULTERIOR (8-01-2010). He visto «Ágora. No me ha gustado. Posiblemente fui al cine esperando otra cosa, y de ahí mi decepción.


OTRO COMENTARIO ULTERIOR (11-12-2019): He visto «Mientras dure la guerra», de la que había escuchado buenas críticas. Tampoco me ha gustado. ¡Alejandro…!

20 ago 2009

GOLES SON AMORES...

En España, cada día, la prensa escrita y los medios audiovisuales dedican buen número de páginas y de horas, respectivamente, al fútbol, especialmente al profesional, es decir, al espectáculo futbolístico; por tanto, no parece un tema apropiado para un lugar como éste, en el que me he impuesto tratar de ser algo original. No obstante, como soy muy futbolero, acepto el reto de intentar decir algo nuevo sobre el llamado deporte rey.

Lo que quiero es aportar elementos de juicio muy sencillos, como se verá, para esa minoría que aún no se ha sumado a la corriente general de ciudadanos que se consideran que saben de fútbol (lo que, en la mayoría de los casos, no es verdad), para que con tales elementos puedan participar en mejores condiciones que los demás cuando, por propio interés o por verse condicionados por las circunstancias, se vean en la necesidad o conveniencia de opinar de fútbol. Acaba de dar comienzo la liga española, que se presenta apasionante, por lo que es seguro que dará mucho de qué hablar, y hay que tener en cuenta que en determinados ambientes o círculos, incluso en los que están teóricamente más distantes del mundo del fútbol, una demostración de que “también” se entiende de fútbol puede ser un eficaz recurso para ganar o consolidar prestigio o, al menos, para quedar bien. Por tanto, si se presenta la ocasión hay que estar preparado. Aquello de “Yo de fútbol no tengo ni idea” o “Es que a mí el fútbol no me interesa” son expresiones ñoñas que, si bien antes servían como demostrativas de altura o exquisitez intelectual, ya no se llevan; ahora prima ser “también”, lo repito, entendido en fútbol, para lo cual recomiendo tener muy en cuenta lo que sigue.

Lo primero que conviene saber es que dentro del variado espectro del mundo del fútbol (futbolistas, entrenadores, árbitros, directivos, etc.), el colectivo que ofrece más posibilidades de lucirse al opinar es el de los futbolistas. Al enjuiciar las aptitudes de éstos es cuando realmente se puede hacer demostración de conocimientos sobre el tema. Opinar sobre los entrenadores, árbitros y directivos es como más burdo, menos fino; queda para los forofos y, además, la opinión sobre estos colectivos no está exenta de riesgos, por lo que recomiendo evitarla. Por eso, si surge la discusión convendría desviarla con un contundente “No sé por qué os preocupan estos personajillos, lo importante en el fútbol son los futbolistas; éstos son realmente el fútbol. Los … (aquí el nombre del colectivo sobre el que se habla) son actores secundarios; no les concedamos tanta importancia”. No es necesario aprenderse la frase de memoria; con otra parecida que incluya las palabras destacadas en negrita, dicha, eso sí, con evidente aplomo, se puede conseguir el mismo efecto: acabar con la discusión y, a la vez, dejar constancia de que “se entiende “ de fútbol.

Pero opinar sobre los futbolistas resulta más complejo. Por eso ni entre los partidarios del equipo al que pertenecen se ponen de acuerdo. Aquí es donde realmente se pueden lucir los “que entienden” de fútbol. Exceptuando a los 3 ó 4 futbolistas sobre los que hay unanimidad en considerarlos como “cracks” o “monstruos” (es importante utilizar estos términos al referirse a ellos, porque es síntoma de que “se entiende”), opinar sobre los demás tiene cierta dificultad, debido a que entran en juego los subjetivismos y, ya se sabe, “sobre gustos no hay nada escrito” y “para gustos están los colores”. También es terreno propicio para el lucimiento de pretendidos especialistas, que, haciendo uso de una retórica sobre aparentes cuestiones técnicas que suenan a teorías sobre los fundamentos de la biofísica, pretenden impresionar a quienes les escuchan para llevarles al convencimiento de que su opinión es la de un gran entendido y, en consecuencia, la que debe prevalecer. Pero, como veremos, esta retórica, si quisiéramos, se podría fácilmente rebatir. Tras leer este artículo, cualquiera, aunque nunca haya visto, ni en la tele, un partido de fútbol, contará con un eficaz recurso para formar criterio, que le permitirá emitir un juicio atinado e incontrovertible sobre cualquier futbolista y echar por tierra, si se quiere, la verborrea vacua y sin fundamento de estos charlatanes que, hablando de fútbol, se exhiben en las tertulias de oficinas, bares y terrazas, especialmente los lunes, y en otros ambientes en frecuentes ocasiones.

Vayamos, por tanto, a la metodología para tener una opinión acertada sobre los futbolistas. La primera regla es saber identificar a los “cracks” o “monstruos”. Para ello no hay más que estar al tanto de la sección deportiva de los noticieros de la TV o de la radio, u ojear la primera plana de los periódicos, especialmente de los deportivos (que se puede hacer de reojo cuando se pase por delante de cualquier quiosco) y ver qué nombre aparece junto a una cifra que se encuentre entre los 60 y 100 millones de euros. Si además aparece la foto de un joven guaperas, ya no hay duda. Es cuestión de retener el nombre y, en cuanto se mencione en cualquier conversación, adelantarse y ser el primero en decir “Es un crack o “Es un monstruo”, a poder ser con gesto grave, como de pleno convencimiento. Con sólo eso, todos los presentes interiorizarán que el que lo haya dicho “se nota que sabe” de fútbol.

Para el resto de futbolistas el método es también muy sencillo. Hay que dejar hablar a los demás; si en la conversación hay varias personas –y, sobre todo, si son de los que se consideran “entendidos”- es muy posible que haya controversia, es decir, que el futbolista en cuestión a unos les parezca bueno o muy bueno y a otros no tanto o malo. Hay que dejar que los intervinientes agoten sus argumentos, y cuando parezca que la conversación decae, seguramente sin haber llegado a ningún acuerdo, o sea, cada uno manteniendo su postura de partida, hay que hacer la pregunta clave: ¿Por cierto, no recuerdo bien cuántos goles metió en la pasada liga? (al preguntar hay que expresar interés; ladear la cabeza y levantar una ceja ayuda). Seguro que alguno lo sabe y responderá la pregunta. La cifra que se dé en la respuesta es la clave del método.

Si la cifra sobrepasa el 14, no hay que dudarlo, un “A mí siempre me ha parecido buenííísssimo (enfatizando en esta última palabra) es lo apropiado. Si alguno de los interlocutores muestra reticencias y saca a relucir algún pero, hay que mantener lo dicho con seguridad, para lo que se puede apostillar, en un tono entre conmiserativo y doctoral, con un muy efectista “Convéncete, Fulanito (aquí el nombre del interlocutor), los que la meten son los realmente buenos”. Si se percibe alguna maliciosa sonrisa o alguien dice alguna sinsorguez en referencia al doble sentido de la frase, lo mejor es no hacer ni caso, son ganas de introducir un elemento perturbador en la conversación para tratar de echar por tierra la exhibición de conocimientos futbolísticos en proceso. En todo caso, si alguien trata de rebatir la opinión inicial con argumentos técnicos vagos e incomprensibles se pueden atajar haciendo uso de un infalible No, si tú serás como algunos madridistas despistados que elevaron al melenitas Redondo a los altares balompédicos después de estar 6 años en ¡el Madrid! y haber marcado sólo 2 goles”. Advierto de que este último recurso es mejor no emplearlo si en la conversación participan seguidores del Madrid, la cosa se puede liar, por lo que, en este caso, se puede utilizar una frase con el mismo sentido pero sin mencionar al futbolista (Redondo) ni al equipo; en cambio la frase, como está, resultará muy eficaz si no hay madridistas. De cualquier modo, los interlocutores quedarán impresionados y, desde luego, convencidos de la sapiencia futbolística del actuante.

Si la cifra está entre 9 y 14, lo correcto es decir “Este es un figura ¡joder! tiene mucha clase, no sé cómo no te gusta”, dirigiéndose al que sostenga que el futbolista enjuiciado no es bueno o que muestre más dudas sobre su calidad; la intensidad de la interjección dependerá de la cifra: cuanto más se acerque al 14 mayor intensidad. El interpelado acusará el golpe y tratará de defenderse balbuceando sus sinrazones. Si se le quiere machacar se le interrumpe con un tajante “Creéis que sabéis y lo único que hacéis es repetir lo que dicen los ignorantes periodistas deportivos. Hay que tener criterio propio, tío” (la utilización del plural en la primera parte es conveniente, dispersa la agresividad). Si no se quiere hacer sangre se puede zanjar la discusión con un conciliante “Mira, Fulanito, esto es opinable, así que respeto tu opinión, pero, hazme caso, meter (aquí el número de goles) sólo está al alcance de las figuras”. El interlocutor se aferrará al salvavidas dialéctico y se dará por satisfecho; incluso es muy probable que pretenda hacer uso de la última palabra diciendo algo así como “No, si tienes razón, pero es que…”, completando con alguna tontería o dejando inconclusa la frase. Sea como sea, lo mejor es aprovechar para cambiar de conversación; el objetivo ya se habrá conseguido: dejar evidente constancia de que “se entiende” de fútbol.

Si la cifra está entre 5 y 8, lo mejor es decir en tono comedido, pero firme: “Pues a mí me gusta mucho, que queréis que os diga; no es un fenómeno, pero es imprescindible”. Esto no vale para delanteros centro; hay que tener cuidado. Por tanto, si hay duda conviene asegurarse de que el futbolista del que se habla no juegue en tal posición. Para ello, previamente, hay que hacer la siguiente indagación: ¿Últimamente está jugando algo retrasado, no? Inmediatamente, el interlocutor más enteradillo dará la oportuna explicación, que es muy posible que resulte incomprensible para el profano al que ahora me dirijo, por lo que hay que estar atento a si pronuncia las expresiones “en punta” o “delantero” refiriéndose al cuestionado. Si son dichas, lo mejor, por prudencia, es no intervenir. Si no se escuchan las citadas expresiones o si la respuesta contiene algo así como “retrasado” o ”por detrás”, entonces sí, se puede hacer uso de la regla mencionada.

Cuando la cifra está comprendida entre 1 y 4, la opinión hay que darla precedida de un chasquido de la lengua y acompañarla con un gesto de preocupación contenida (un rítmico balanceo vertical de la cabeza aporta credibilidad): “Yo esperaba mucho más de este chico. Tiene buenas cualidades pero podía aportar más. Me ha defraudado un poco”. Si alguno de los interlocutores hace alguna alusión a que juega de defensa hay que reaccionar con rapidez diciendo algo parecido a “No, si ya te digo que me gusta, pero es que es de los que hay que exigirle más”. Si, por el contrario, la alusión es a que juega de delantero también hay que replicar rápidamente “Que sí, que sí, ya te digo que me ha defraudado”. A partir de aquí conviene seguir la corriente al que lleve la voz cantante. Todos ya se habrán percatado del acertado criterio del opinante que siga estas recomendaciones.

Por último, si la cifra es cero (pueden responder también “ninguno”) hay que poner cara de asquito y espetar un “¡Bah, no tienes ni puta idea!” (dependiendo del ambiente en que se esté se puede sustituir el adjetivo por “zorra” o, incluso, suprimirlo). Eso sí, hay que decir la frase mirando fijamente al que sostenga que es bueno o que le gusta el futbolista sobre el que se discute. En este caso hay que tener cuidado con que no se esté hablando de un portero; esto se deduce fácilmente si la respuesta ha sido “Pues ninguno, ¡mira éste!” o similar, dicha con un tonillo de suficiencia o cachondeo. Si éste es el caso, significa que se ha metido la pata; pero no hay que amilanarse, nadie se dará cuenta si, en lugar de opinar sobre el futbolista en cuestión, se dice con aire distraído y con la mirada en la lejanía, “Para guardametas (no utilizar “porteros”), los de antes… Iribar, Arconada, Zubi, Buyo… ¡aquéllos cancerberos eran un lujo!” Los interlocutores quedarán algo sorprendidos y confusos, lo que hay que aprovechar para cambiar de conversación o, mejor, para largarse si la situación lo permite.

Siguiendo estas pautas, como decía al principio, cualquiera puede pasar por entendido de fútbol, y su criterio, así expresado, se ajustará muchísimo más a la realidad que el de los que digan lo contrario. De esto no hay que tener la más mínima duda. Obviamente, como cualquier otra, la regla que se desprende de cuanto antecede puede tener su excepción, pero eso no la invalida. Por tanto, espero que nadie se tome a broma todo lo que he dicho; de verdad, no lo es.

Porque estoy convencido de que para enjuiciar o valorar con acierto a un jugador de fútbol sólo hay un dato objetivo en que basarse: el número de goles que mete. Lo demás es cuestión de gustos y ganas de hablar. Algún día desarrollaré más en serio los fundamentos técnicos en que me baso para afirmar esto, aunque supongo que, a estas alturas del artículo, el lector no tendrá la más mínima duda de que quien lo ha escrito es “un entendido”.

Ahora, deformando un poco el viejo refrán, sólo añadiré “GOLES SON AMORES, Y NO BUENAS RAZONES”

8 ago 2009

UNA HIPÓTESIS Y TRES PREGUNTAS

LA HIPÓTESIS

Imaginemos que, por fin, ETA renuncia a su actividad y se autodisuelve sin ninguna condición ni contrapartida política . Los efectos directos de este hipotético acontecimiento son fáciles de imaginar. El principal sería que todos los que actualmente se sienten más directamente amenazados podrían suprimir sus actuales medidas de seguridad (incluidos los escoltas) y pasarían a hacer una vida normal. Obviamente experimentarían un gran alivio. También sería un gran alivio para el conjunto de los ciudadanos, que verían cómo desaparecía uno de los problemas que más les ha angustiado en las últimas décadas y que ha sido el causante de acontecimientos muy dolorosos en la vida nacional. Sin entrar en otros efectos secundarios o indirectos (que hay muchos), se puede asegurar que la inmensa mayoría de la ciudadanía española -y especialmente la vasca- recibiría la noticia con gran satisfacción.

Obviamente, la desaparición de la banda llevaría consigo las lógicas negociaciones y presiones (opuestas) sobre qué hacer con sus miembros (presos o no) y cómo realizar la entrega de las armas. Pero sobre esto no me detengo porque no tiene importancia para lo que quiero comentar.

Sobre lo que sí quiero detenerme es sobre las consecuencias políticas y, más en concreto, en cómo afectaría o impactaría sobre lo que ha sido, según los terroristas, el principal objetivo de la actividad de ETA: la independencia o secesión del País Vasco o, dicho utilizando la terminología más actual de la banda y de sus próximos, de la construcción nacional de Euskal Herria. Porque con el fin de ETA está claro que no se pondría fin a ese objetivo, sino que tal reivindicación se mantendría, como en la actualidad, por todas las fuerzas políticas nacionalistas vascas. No olvidemos que el nacionalismo vasco es mucho más antiguo que ETA y el segmento social nacionalista también es mucho más extenso que el que en la actualidad se muestra afín a la banda terrorista. O sea, está claro que las reivindicaciones nacionalistas ni nacieron con ETA, ni han sido exclusividad de ETA ni acabarán con el fin de ETA.

Por tanto, lo que ahora me interesa en el ejercicio de futurología política en el que me dispongo a entrar es tratar de despejar las siguientes incógnitas: ¿cómo evolucionará el ambiente político de la sociedad vasca sin ETA? y ¿cómo evolucionará la reivindicación partidista nacionalista sin ETA? Éstas son las cuestiones a analizar en el supuesto de que se hiciese realidad la hipótesis presentada.

Evolución del ambiente político en la sociedad vasca.
Ciñéndonos a la Comunidad Autónoma Vasca, hay que constatar dos aspectos clave de la realidad sociopolítica actual :

-Por un lado, actualmente, aunque leve, ya hay una mayoría que, según los resultados electorales que se vienen dando en los últimos años, apoya con su voto (o absteniéndose) a los diferentes partidos nacionalistas (incluyendo al mundo Batasuna). Esto también se ha evidenciado en las elecciones autonómicas de 2009, aunque de ellas haya resultado un gobierno no nacionalista.

-Por otro, con el paréntesis del actual mandato de Patxi López, que, en mi opinión, no revalidaría en las siguientes elecciones  en caso de que se produjera la hipótesis de la autodisolución de ETA, es evidente que el nacionalismo gobernante ha manejado -y, si se diera la hipótesis comentada, es muy probable que volvería a manejar- los resortes de la educación de la inmensa mayoría de las nuevas generaciones, y, además, ha controlado –y, por lo dicho, volvería a controlar– buena parte de los medios de comunicación más influyentes en Euskadi. (Y es previsible que en un futuro sin ETA las cosas se mantendrían así durante muchos años).

A estas dos realidades que, por sí mismas, ya son elementos de ventaja para el desarrollo de la hegemonía nacionalista, habría que añadir que la hipotética desaparición de ETA despojaría al nacionalismo de la perversión que, para un sector social, representa la coincidencia con ETA en sus objetivos políticos. Por tanto, en este hipotético escenario y con este nuevo ambiente hay muchas probabilidades de que la gran mayoría de las nuevas generaciones de votantes que, gradualmente, se vayan incorporando al censo electoral simpaticen y opten por las diversas opciones políticas del nacionalismo. A la vez y por ley de vida, irá desapareciendo del censo electoral el sector más viejo de la población, en el que, aplicando las cuotas actuales, digamos que el voto se reparte al 50 por ciento entre nacionalistas y no nacionalistas. O sea, es muy probable que las nuevas entradas al censo sean de mayoría nacionalista y las salidas equilibradas.

Quiere esto decir que el nacionalismo, además de partir con ventaja, tiene muchas posibilidades de, sin la presencia de ETA, seguir creciendo en la sociedad vasca. No hay que olvidar que ser nacionalista, además de ser gratis, supone estar a favor de corriente, y, además, de una corriente que, actualmente y casi con seguridad en un futuro próximo, tiene prestigio. En Euskadi resulta mucho más cómodo y está mejor visto ser nacionalista que no serlo, por lo que, para muchos, aunque no estén muy convencidos, lo de ser o mostrarse nacionalista es una aplicación práctica de la moraleja del viejo refrán “¿Dónde va Vicente...?”

También, las tensiones que seguro habrá en relación con el proceso de excarcelación de los presos, que podría rondar los 10 años, puede que favorezca la causa nacionalista, por una lógica reacción social solidaria con los presos vascos, a los que los voceros interesados mostrarían a los ciudadanos de Euskadi, si no como mártires, sí como “rehenes de la cicatería estatal y de la intransigencia del españolismo reaccionario”.

Por tanto, reitero que sin ETA es previsible que en los próximos años el ambiente político-social sea, por sí mismo, favorable para un incremento de la diferencia de la mayoría nacionalista en Euskadi con relación a las fuerzas políticas no nacionalistas.

Evolución de la reivindicación partidista nacionalista
Es lógico que el nacionalismo moderado, que hasta 2009 ha ostentado el poder en la CAV, pretenda recuperarlo y mantenerse en él. Y para esto va a tener dos frentes políticos: por un lado, los dos partidos de ámbito estatal, PSOE y PP, y, por otro, los partidos nacionalistas más radicales, o sea, el actual mundo de Batasuna (que en la situación hipotética sin ETA serán legales y actuarán en política como las demás fuerzas).

Frente a los primeros, la estrategia política del nacionalismo moderado no podrá variar mucho de la actual, porque la ideología que lo sustenta es la que es y no puede variar, y, además, hasta ahora (con el paréntesis de las elecciones de 2009) le ha dado excelentes resultados. Además, como antes decía, al estar despojados de la perversión que supone su coincidencia en los fines con el terrorismo actual, el nacionalismo verá reforzada su legitimidad en la confrontación con el PSOE y PP, que ya no podrán argumentar en su contra lo de la “ambigüedad" ni imputarle lo de la "equidistancia". Por tanto, es comprensible y plausible que, en los próximos años, los actuales partidos nacionalistas moderados mantengan su estrategia reivindicativa de los postulados nacionalistas que, a la postre, tienen su objetivo natural en la soberanía.

Frente a los segundos, mundo de Batasuna, sin ETA el nacionalismo moderado lo va a tener más difícil, ya que al tener objetivos coincidentes en lo fundamental (el soberanismo) y no poder distinguirse en los medios para alcanzarlos (no existe ETA y, por tanto, no hay apoyo al terrorismo) podría perder los votos de los sectores más izquierdistas en lo social y más radicales en lo nacionalista. Para contrarrestar este riesgo no es probable que el nacionalismo moderado se escore a la izquierda, porque podría perder su importante flanco derecho, pero si es muy probable que acentúe su política reivindicativa soberanista para, al menos, no perder al citado sector más radical nacionalista. Y no hay que olvidar que, al acentuar estas reivindicaciones, el nacionalismo moderado no estaría haciendo nada extraño, sino únicamente intensificar su acción política en la línea que le marcan sus fundamentos y su razón de ser.

En cuanto al nacionalismo radical, me parece que la desaparición de ETA no puede suponerle, políticamente, ningún perjuicio. Sus objetivos políticos se mantendrán intactos, soberanía y socialismo (o al revés), por lo que, además de poder participar con normalidad en política, como poco podrá mantener su actual parroquia y es muy probable que la aumente con la incorporación de quienes, aun simpatizando con su ideología, ahora repudian su apoyo a la violencia. De lo que no hay duda, es de que mantendrán o, incluso, intensificarán sus reivindicaciones soberanistas, en las que, seguro, incluirán el argumento de la desaparición de ETA como positivo para su causa.

Por tanto, como conclusión de este apartado podría decirse que, sin ETA, se intensificarán las reivindicaciones nacionalistas de los partidos de esta ideología, tanto por parte del nacionalismo moderado como por la del radical.

Euskadi, sin ETA, a 12 años vista.
Resumiendo lo dicho hasta ahora, tenemos que, por un lado, el ambiente social, por sí mismo, muestra una disposición favorable para un crecimiento vegetativo del apoyo ciudadano a los partidos nacionalistas, y, por otro, que éstos con mucha probabilidad intensificarán su acción política reivindicativa cuyo objetivo final no es otro que el soberanismo o, lo que es igual, la independencia. Y todo ello, en la hipótesis de que ETA desaparezca.

Según lo anterior y siempre partiendo de la hipótesis ya repetida del fin de ETA, se puede vaticinar que en unos 12 años, en una evolución normal de los acontecimientos, en Euskadi el conjunto del nacionalismo vasco incremente sensiblemente su ventaja, en términos electorales, con respecto a la suma del PSOE y PP (incluso si en este bloque incluyéramos a la filial vasca del PCE). Resulta difícil y arriesgado cuantificar esta ventaja pero, como el dato resulta capital para lo que ahora me ocupa, no tengo más remedio que hacer un pronóstico. Creo que no sería aventurado vaticinar que, en el escenario descrito y sin que haya por medio convulsiones socio-políticas que alteren el normal discurrir de los acontecimientos, en 12 años el voto nacionalista podría estar en torno al 65-70 por ciento (en las elecciones de 2009, computando la abstención seguidora de las consignas de Batasuna, fue de más del 52 por ciento).

Es decir, creo posible que, en 12 años, una inmensa mayoría de ciudadanos de la CAV sea afín a los postulados nacionalistas y que, por tanto, esté dispuesta a apoyar con su voto cualquier propuesta de mucha mayor autonomía (como antesala de una ulterior escisión) o de pase gradual a un estadio de independencia o soberanismo. Si una propuesta de este tipo llegara al Parlamento español respaldada por el 65-70 por ciento de la población vasca no habría democracia que la detuviera.

La sociedad española, sin ETA, a 12 años vista
Si en los últimos 30 años hemos cambiado mucho (para bien) en todos los órdenes, es muy probable que la sociedad española continúe mejorando en los próximos 12 (sobre todo si se cumple la hipótesis que nos ocupa). Además, es posible que al escenario político-social se incorporen los siguientes elementos: estabilización de la cuota de población emigrante, una nueva generación en el poder político y económico, nuevas preocupaciones, mayor proyección hacia el exterior, mayor injerencia del exterior (especialmente por la pertenencia a la UE), surgirán nuevos problemas de índole doméstica e internacional, etc. En suma, a la gran mayoría de los ciudadanos españoles de la década de 2021-2030, que es posible que disfruten de mayor cota de bienestar social, lo de “la ETA”, si se cumple la hipótesis, les quedará ya como algo bastante lejano y percibirán la reivindicación nacionalista con distinto talante que el que se puede percibir hoy en día, cuando la presencia de ETA crispa, tensa y favorece la intransigencia. O sea, es previsible que en la ciudadanía española, sin ETA y una vez que finalice el proceso de excarcelaciones, lo del “problema vasco” se vea con otros ojos. Si hoy, con ETA, es casi seguro que la gran mayoría de ciudadanos españoles no consentiría que se abriera un proceso de escisión vasca, dentro de 12 años, en la hipótesis que mantenemos, la cosa podría variar sustancialmente.

En consecuencia, los políticos, en el gobierno y en la oposición, también tendrían que acomodar su visión cuando tuvieran que analizar la cuestión vasca. Desde luego, en ese hipotético escenario, una propuesta del tipo del Plan Ibarretxe, que hace unos años fue rechazada de plano, es casi seguro que se aprobaría, porque llegaría a Las Cortes respaldada por un 65-70 por ciento de la población vasca, y, como antes apuntaba, eso pesa mucho.

Por tanto, el paso del tiempo en un escenario de ausencia de la banda terrorista es muy probable que influya en la sociedad española impregnándola de mayor permisividad, tolerancia e, incluso, indiferencia en su percepción de la cuestión vasca. Dicho en otras palabras, es muy probable que lo de «si se quieren marchar que se marchen, y nos dejen en paz» puede ser un sentimiento que se haga mayoritario en España, en ausencia de los disgustos que da ETA.

Conclusiones
En la hipótesis de la desaparición incondicionada de ETA y en un horizonte de 12 años el escenario relacionado con la cuestión vasca sería el siguiente:

-En Euskadi, una mayoría nacionalista del orden del 65 ó 70 por ciento del censo.
-Los partidos nacionalistas mantendrán con mayor vigor sus reivindicaciones soberanistas.
-La sociedad española será más tolerante e indiferente con la cuestión vasca.

En consecuencia, será difícil evitar que se abra el melón de un proceso de secesión o de acceso gradual a estadios de soberanismo o independencia, siempre por los cauces democráticos.

LAS 3 PREGUNTAS

Dicho todo lo anterior y si considerásemos verosímil la evolución contemplada en la hipótesis, viendo lo que pasa en nuestros días nos tenemos que plantear las siguientes cuestiones:

-¿No se da cuenta ETA de que sus objetivos políticos están al alcance, en un plazo no demasiado largo (12 años), sólo con desaparecer y esperar a que la manzana madure y caiga del árbol?
-¿No se da cuenta ETA de que continuando con su actividad terrorista precisamente es como no los va a conseguir porque, por muchas barbaridades que haga, nunca va a doblegar a un estado de derecho fuerte y, además, legitimado para combatirla?
-¿Se habrán dado cuenta los más fervientes defensores de la unidad de España que esta unidad, sin ETA, corre serios riesgos?

Para saber las respuestas habría que preguntarles a unos y a otros.