6 oct 2014

COSAS QUE JODEN (II)


Nueva entrega de cosas que, más que molestar, joden.

Los comentaristas de los partidos de fútbol que se ven por la tele. 

Me refiero a los futbolistas (generalmente, ya retirados) que colaboran en las retransmisiones por la tele de los partidos de fútbol. ¡Qué plastas son! Exceptuando a alguno, como es el caso de Kiko Narváez, la mayoría son insufribles Se extienden en complejas explicaciones como si lo que se estuviera retransmitiendo fuera una operación a corazón abierto o algo desconocido para la generalidad de los espectadores. ¡Pero si el fútbol es más que elemental...! Y, además, es algo de lo que cualquier aficionado (los que ven los partidos por la tele se supone que lo son) es capaz de entender, de sobra, lo que ve en el terreno de juego. Pero es que, además de perderse en explicaciones supérfluas, sin ningún interés, suelen ser bastante aburridos; que hayan sido buenos futbolistas no es garantía, ni mucho menos, de que sean buenos comunicadores. No salvo ni a mi admirado Sarabia (¡qué golazo le vi meter al Barça en San Mamés!), que, como comentarista, es más aburrido que Aznar hablando de sus ligues (¿habrá tenido?). 

¡Cómo echo de menos a José Ángel de la Casa! Se limitaba a nombrar el jugador que intervenía, a decir si le parecía que había sido o no penalty... y poco más (salvo cuando le salió el gallo al cantar el duodécimo gol de España a Malta). Pues eso, que los futbolistas comentaristas de TV sean más parcos y que se dejen de explicaciones inservibles... que joden bastante, porque, además de no interesar, impiden que te digan quién es el jugador que, mientras ellos hablan, lleva la pelota, que es lo que nos interesa a los televidentes, porque, como es natural, no conocemos o identificamos a todos los futbolistas que intervienen en el partido. 

Yo, a veces, he tenido que quitar el sonido de la tele porque no lo podía aguantar; como decía Sinhué, las palabras del comentarista casi siempre me suenan como el zumbido de las moscas.  

Que te sirvan el cubata «ya preparado». 

A veces, cuando estás en una mesa o terraza de cualquier bar o cafetería y solicitas al camarero un cubata o cualquier otro combinado o bebida, te sirven lo pedido “ya preparado”; es decir, preparan lejos del alcance de tu vista lo que has solicitado, por lo que no puedes saber qué te han servido realmente, ni en qué proporción, ni cómo lo han preparado. Si, además, esto ocurre en un establecimiento donde te van a cobrar unos 8 o 10 euros por lo que has pedido, lo que no es nada raro en estos tiempos, es para coger un rebote de mil demonios. 

Los cubatas, combinados y cualquier bebida, excepto el café por razones obvias, se deben “preparar” en la mesa del cliente; o sea, el camarero debe venir con el vaso vacío (como mucho, se puede tolerar que contenga el hielo, aunque ni eso debería), y servir a la vista del cliente el licor y refresco del combinado o lo que haya solicitado. Así el cliente podrá comprobar si lo que le sirven es lo que quiere y, si lo desea, podrá influir en que la proporción y cantidad sea de su gusto; es lo mínimo exigible. Si no se hace así, a mí me jode. 

No poder saber cuál es el recipiente del champú. 

Normalmente nos duchamos sin gafas, incluso los que las usamos habitualmente, como es mi caso. En las duchas suele haber varios recipientes: champú, gel, suavizante o acondicionador, etc. Cuando estás en tu casa, más o menos ya los distingues, bien por el color del contenido, por el tamaño del recipiente o por los colores predominantes en la etiqueta o en el envase, así que, aunque no puedas leer las etiquetas, no resulta difícil elegir el que se desea. Pero cuando uno, por las razones que sean, se ducha en baño ajeno, para saber el contenido de los recipientes que encontrará no le queda más remedio que leer la etiqueta. Y aquí viene el problema para los que, en ese momento, estamos sin las habituales gafas. Porque los fabricantes de los envases o, mejor dicho, de sus etiquetas, utilizan caracteres minúsculos para identificar el contenido, por lo que se corre el riesgo de utilizar el champú para frotar los pies o que se aplique al cabello después del suavizante. 

Y esto, aunque no es un problema grave, jode, porque, sobre todo, tiene solución fácil. El problema no existiría con el simple hecho de utilizar letras grandes para la palabra que identifica el contenido de estos envases. ¿Tanto costará?

29 sept 2014

RAJOY vs MAS


Actualmente, el asunto más caliente de la política española es, sin duda, el relacionado con la eventual consulta en Catalunya. Problema complejo que no tiene fácil solución; ya veremos cómo acaba. En mi entrada «CATALUNYA Y LOS CATALANES», de finales de 2012, ya dije cómo veía este asunto y, tras el tiempo pasado, mantengo lo que dije porque mis vaticinios se están cumpliendo. Por eso ahora no voy a insistir en el fondo de la cuestión; ahora voy a hablar de cómo veo a los contendientes en la singular batalla política desatada entre el gobierno de Catalunya y las fuerzas políticas catalanas independentistas, por un lado, y el gobierno de España, por otro.  Y, personalizando la pugna, me voy a centrar en sus dos protagonistas principales: Rajoy y Mas.


Lo primero que debo decir es que ambos no me caen mal, que ya es casi un halago, teniendo en cuenta lo desprestigiados que están nuestros políticos y, más aún, lo vilipendiados que están siendo los dos citados gobernantes, más en Catalunya, en el caso de Rajoy, e inmisericordemente en el resto de España, en el de Mas.  Lo que estarán diciendo en Catalunya de Rajoy no lo sé a ciencia cierta, pero me lo imagino (no hace falta ser muy imaginativo); lo que dicen de Mas en el resto de España lo conozco mejor porque lo leo y escucho constantemente. Antes de seguir, debo decir que Mas me caía bastante mal hasta haber visto la entrevista que ayer, en la Sexta TV, le hizo Ana Pastor; sobre lo que me parecía Artur Mas hablé en el post «CINISMO JODIENTE. ARTUR MAS», cuyo título ya daba idea de mi opinión de entonces sobre el Molt Honorable President. Pero, como decía, tras la entrevista de ayer he cambiado mi opinión. Ayer le vi sólido y valiente; hablando con seriedad de algo que es muy serio, sin recurrir a su beatífica media sonrisa (o cuarto de sonrisa) con la que antes le gustaba tocar los güevos al personal (especialmente, al de la capital) cuando hablaba de las cosas de que habló ayer. En fin, le vi y le escuché con mucha atención... y me gustó, que no quiere decir que me gusten las iniciativas secesionistas que ha tomado, pero tengo que reconocer que habló como un gran líder, mostrando con claridad y contundencia su posicionamiento y razones, lo que, estoy seguro, le habrá reportado adeptos para su causa, al menos en Catalunya.
De Rajoy solo puedo decir que, como persona, nunca me ha caído mal; otra cosa es como político: ni le he votado ni le votaré, eso es seguro, aunque solo fuera por mantener a la Mato de ministra (¡intolerable!). Pero me cuesta hablar mal de él, y menos como lo están haciendo ahora, sobre todo, los que conforman el espacio más a la derecha del PP. Lo están poniendo a caldo; el calificativo más suave que le están aplicando es el de ¡traidor!, y todo porque ha renunciado a la ley del aborto de Gallardón, con lo que estoy muy de acuerdo y por lo que, también como Más, ahora me cae mejor. O sea, los dos políticos más denostados de la actualidad española, a mí, ahora, me caen casi bien; siempre voy a contracorriente... qué le vamos a hacer.
Pues bien, estos dos pesos pesados de la política (a mí así me lo parecen) están capitaneando los dos bandos contendientes en una gravísima confrontación inédita en la historia democrática de nuestro país. Resumiendo, Mas inició la bronca blandiendo, como arma arrojadiza, el derecho de Catalunya a votar (decidir) sobre su futuro; Rajoy, esgrimió desde el principio la Ley como arma defensiva. Y ambos, desde el principio, así se han mantenido; no han cedido ni un milímetro de su terreno. Cada uno, desde su inamovible trinchera, mantiene su posición apoyado en los suyos, a los que, de vez en cuando, utilizan para hacer tímidas incursiones en terreno del adversario para ver cómo están las cosas, pero parece que los informes que reciben ambos son iguales: 'esos cabrones no ceden ni quieren negociar', les dicen.
Es una confrontación política como nunca habíamos presenciado. Es cierto que ha habido muchas peleas políticas, pero casi siempre basadas en bravuconadas de políticos dirigidas, más que al adversario, a la galería, mientras, por debajo de la mesa, en voz baja se llegaban a acuerdos más o menos aceptables. Pero lo de ahora es más serio; da la sensación de que no hay ni va a haber cambalaches ni apaños, por lo que tiene toda la pinta de que la refriega va a acabar mal. Mas puede ir a la cárcel; en Catalunya se puede armar la marimorena (o sea, la fractura social), y el problema no se va a solucionar, al menos a corto plazo, porque, para la solución, en mi opinión solo hay un camino: que los catalanes voten. Se ponga como se ponga Rajoy y los que en este lío le apoyan (que posiblemente sea una mayoría de españoles no catalanes), contra la firme voluntad de decidir su propio futuro de un colectivo con marcadas señas de identidad, como es el pueblo catalán, en un entorno democrático no hay ley ni constitución que se resista. Esto lo vio muy bien Cameron con lo de Escocia y tuvo un acierto histórico; creo que a Rajoy le aconsejaron mal.
Catalunya representa la quinta parte del PIB español; su independencia sería, por sí misma, un golpe muy duro para el estado. Es lógico que Rajoy intente evitarla, pensando, además, en que puede sentar un peligroso precedente (Euskadi está expectante), pero la táctica puede que no haya sido la apropiada. Por otro lado, ya me gustaría saber qué es lo que impulsó en su momento (hace dos o tres años) a Artur Mas a tomar la iniciativa de plantear la consulta-referéndum: ¿sería su fervor patriótico?, ¿ganas de pasar a la historia?, ¿otros móviles?... ¡vaya usted a saber! El caso es que la lió. O sea, uno por unas cosas y el otro por otras, lo cierto es que estamos ante un problema «político, no judicial» (como bien dijo Mas en la entrevista de ayer) de gran alcance y de imprevisibles consecuencias, del que es seguro que sus dos protagonistas van a salir mal parados. ¿Cuál de los dos quedará noqueado?, o sea, ¿quién quedará fuera de combate?



24 ago 2014

EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA



Esta mañana, como no tenía mejor plan, me he subido en la moto y me he dado un garbeo hasta Segovia (desde Madrid). Esto, desde hace unos 15 años, lo suelo hacer una vez cada verano; merece la pena. Suelo ir por Navacerrada y vuelvo por el puerto de Los leones. Es un recorrido de unos 250 Km. en el que se puede disfrutar de la moto, sobre todo si la temperatura es la apropiada y el sol luce radiante, como ha sido el caso. Se puede curvear y darle caña; recomiendo la ruta a todos los moteros.

Pero en esta escapada anual, además de disfrutar de una mañana de verano sobre la moto, a mí lo que realmente me mueve a hacerla es poder contemplar, una vez más, el grandioso espectáculo con que uno se topa cuando está a punto de acceder al casco histórico de la ciudad castellana; no conozco nada parecido. 


Para llegar al casco histórico de Segovia hay que bajar por una calle empedrada que transcurre entre edificaciones normales, en la que, tras su última curva a la izquierda, repentinamente se amplía el campo visual y se presenta un panorama único e inigualable: en toda su grandiosidad, el acueducto de Segovia. Es un espectáculo soberbio y esplendoroso. Esta mañana, igual que me ocurrió la primera vez, la súbita aparición de esta panorámica mientras conducía me ha deslumbrado y me ha obligado a detener la moto para poder saborear la visión y obtener la foto que sigue. Realmente, la impresión de la primera vez fue mayor, por la sorpresa que causa lo inesperado; en las siguientes (incluida la de esta mañana), la impresión la ha producido la satisfacción por encontrar lo esperado. 







No es nada original decir que parece mentira que esta singular muestra de la arquitectura romana continúe en tan magníficas condiciones teniendo en cuenta que se construyó hace unos 2000 años, pero hay que decirlo. Porque es verdad que el acueducto tiene muy buen aspecto (ha tenido algunos «retoques») y parece que los años no pasan por él, siendo, como es, de apariencia frágil, como lo es todo lo que destaca por su esbeltez y estilización; y a esbelto y estilizado al acueducto de Segovia no le supera ni la torre Eiffel. Como es sabido, está construido a base de piezas de granito que se sujetan por si solas, es decir, sin argamasa ni sustancia alguna; o sea, se ha mantenido durante siglos gracias a la precisión en la colocación de las piedras con que está construido y, sobre todo, por la perfección de los arcos, que son, supongo, los que dan solidez y consistencia al conjunto de la obra.

Pero, siguiendo con la comparación, así como, difícilmente, alguien podría decir que la visión cercana de la Eiffel le resultó inesperada o sorpresiva (se «ve venir» desde cualquier lugar de París), con el acueducto casi te das de bruces al doblar una esquina, y esa «aparición», aparte de lo puramente histórico, arquitectónico y, por qué no decirlo, misterioso de su existencia, es, para mí, lo más espectacular e impresionable que tiene el magnífico acueducto de Segovia. Por eso, recomiendo al que aún no lo haya visto que, si tiene oportunidad, procure llegar a él por la cuesta empedrada a la que antes me he referido (hay otros accesos) y antes de la curva a la izquierda aminore la velocidad para prepararse para disfrutar de una visión única.

Para acabar, aclaro que he dicho lo de «misterioso» porque resulta difícil creer que los romanos, conquistadores de buena parte de la Europa de su tiempo y capaces de construir magníficas obras de ingeniería y arquitectura, de las que muchas aún perduran, no supieran o intuyeran la teoría de los «vasos comunicantes», y acometieran esta imponente obra arquitectónica con el único fin de, según los expertos y como lo dice su nombre, posibilitar que el agua procedente de los manantiales de la sierra de Guadarrama llegara hasta una de las partes altas de la ciudad, salvando así la vaguada en la que hoy se encuentra la plaza de Azoguejo. A mí no me convence del todo esta teoría, aunque, por otra parte, debo reconocer que, si no, el acueducto no tiene aplicación aparente, salvo que fuera un capricho de algún visionario y potencial promotor de turismo empeñado en epatar a los visitantes de la bella ciudad castellana 2000 años más tarde.

Si fue por esto último, conmigo acertó el visionario, Y eso que soy de Bilbao, y allí tenemos el Guggenheim, el puente colgante, el de Cantalojas... ¡y más cosas!




1 ago 2014

DIOS

Dios es un misterio para el ser humano. Bueno, no para los creyentes, que asumen, desde las antiguas mitologías, lo que en las religiones se dice sobre la deidad de cada una de ellas, por lo que, además de adorarlo, creen saber muchísimo sobre su Dios (dónde habita, lo que le gusta, lo que no, lo que piensa, lo que quiere, qué familia tiene o tuvo, etc.), incluso saben cómo es o qué imagen tiene. En realidad no lo saben, lo que pasa es que, precisamente por ser creyentes, se creen lo que, desde hace ya muchísimas generaciones, desde niños oyen a los predicadores y divulgadores de la fe y la doctrina en las distintas religiones. Pero a mí todo esto me parece que no tiene fundamento. (Sobre estas cosas ya dije algo en LA RELIGIÓN ES LA HOSTIA y en PRINCIPIOS, CREENCIAS... Y CONVICCIONES, en este mismo blog). 

Por otra parte, negar la existencia de algo que escapa totalmente a nuestra comprensión, en mi opinión, tampoco tiene fundamento. Porque hay muchas cosas que hacen pensar que podría haber «algo» que esté muy por encima del ser humano y que no está al alcance de su razón, como, sin ir más lejos, es el origen y existencia de la vida y del universo (en el que el planeta Tierra es una minúscula e insignificante parte); por eso, tampoco el ateísmo me parece que se sustente en fundamentos racionales. 

Aunque sobre estas cosas se ha dicho y escrito muchísimo (con seguridad, será el tema que más ha dado que hablar), creo que ambas posturas opuestas, el deísmo y el ateísmo, no responden a lo que la razón, el conocimiento y la inteligencia humana pueden aportar. Por eso, sobre la cuestión de la existencia de Dios, el agnosticismo, o sea, no creer pero tampoco negar, es lo que me parece razonable (adjetivo derivado del sustantivo razón). Por tanto, se pongan como se pongan los que creen lo uno o lo otro, yo tengo que insistir en que Dios es un misterio, ante el que cada cual se ha montado su creencia o explicación, que aunque no pueda demostrarse tampoco puede rebatirse. Así que cualquiera puede opinar o creer lo que le venga en gana. Y yo también lo voy a hacer.

Cuando no tengo otra cosa mejor que hacer, suelo entretenerme con uno de esos divertidos juegos de ordenador (el que utilizo se titula «Age of Empires»), con el que, además de matar el tiempo, procuro matar a los que integran las fuerzas enemigas con las que me enfrento en «cruentas» batallas. Llevo años jugando con este juego y no me aburre porque, entre otras cosas, siempre es distinto. Yo manejo mi ejército, y, por su parte, la máquina o el software (la inteligencia contenida en el juego) maneja al enemigo, que actúa o se comporta condicionado por su propia estrategia predeterminada por los parámetros introducidos por el creador del juego, pero también reaccionando con eficacia a lo que haga mi ejército al seguir mis instrucciones. Por eso, las batallas nunca son iguales.

¿Y qué tiene que ver esto de los juegos de ordenador con el misterio de la existencia de Dios?, se preguntará el lector. A eso voy. 

En este tipo de juegos intervienen los siguientes actores o elementos:
  • El principal es el equipo «constructor» del juego, que es el que aporta la inteligencia para que el juego resulte operativo, además de entretenido y divertido; a mí me parece que tal aporte es inmenso. El «constructor» es el creativo que inventa y diseña los espacios virtuales donde se desarrolla el juego, define los personajes que intervienen, que «viven» y «mueren»; también el «constructor» establece qué pueden y qué no pueden hacer los personajes, pero también les da cierta libertad (según los parámetros del juego). Es decir, el «constructor» es el creador del universo del juego y también el que establece las reglas por las que los personajes pueden vivir en él. Es como si fuera el Dios creador. 
  • En el juego están los «vivientes», que son los personajes y personajillos, producto de la imaginación de los grafistas del equipo constructor del juego, que participan en los acontecimientos que se desarrollan en el propio juego. Según la configuración creativa del «constructor», hay «vivientes» buenos y malos, fuertes y débiles, con posibilidades de fortalecimiento o limitados; en fin, los hay de muy diverso tipo. Para que el juego tenga interés, los «vivientes», al menos en el que yo utilizo, se dividen en dos bandos: uno actúa según las directrices que le proporciona la propia inteligencia del juego (la del constructor), y el otro lo maneja el jugador con el ratón y teclado del ordenador. Entre ambos bandos de «vivientes» se produce la lucha por la supervivencia, que es el leitmotiv del juego. 
  • Por último, tenemos al «jugador», que es la persona que maneja el ordenador y se entretiene o divierte jugando. 
Pues a mí me parece que nuestro mundo, salvando las inimaginables distancias, podría ser algo parecido a los juegos de ordenador. Buscando una analogía de roles, en nuestro mundo el «constructor» sería la divinidad, es decir, ese misterio al que llamamos Dios; los «vivientes» somos, obviamente, los seres humanos, y lo que no tengo claro es quiénes serían los «jugadores», aunque podría ser que el «constructor» y el «jugador» se solaparan o fueran lo mismo. Obviamente, lo mismo que en un videojuego hay una enorme diferencia y distancia entre la naturaleza del «constructor» y del «jugador» y, por otro lado, la de los «vivientes», en nuestro mundo también la habría entre el Dios misterioso y los humanos. En realidad, tanto en el videojuego como en nuestro mundo, entre ambos roles no es posible la comparación porque pertenecen a dimensiones y naturalezas muy diferentes. Podemos alcanzar a entender que en el videojuego el «jugador» o «constructor» (humanos), por un lado, y los «vivientes» (gráficos en una pantalla), por otro, pertenecen a dimensiones diferentes porque conocemos ambas, pero en el mundo en que vivimos, la diferencia entre los humanos y la supuesta divinidad escapa a nuestra comprensión, precisamente porque desconocemos la naturaleza y dimensión de Dios, que, como vengo diciendo, es un misterio.

Supongo que para rebatir cuanto antecede cualquiera podría aportar los típicos argumentos que manejan los creyentes, basados en la «paternidad» de Dios en relación con la especie humana, y en que sus «hijos», los seres humanos, estamos en este mundo para, sobre todo, amar y adorar a Dios. Mirándolo bien, no hay tanta diferencia con mi teoría: las religiones dicen que Dios nos ha creado para que le adoremos y yo digo que es para divertirle. Quién sabe el efecto que puede causar en Dios la adoración de los humanos; puede que le divierta. Por su parte, los que se empeñan en que la presencia del ser humano en nuestro mundo tiene un fin «trascendente», porque está dotado de eso que llamamos alma, porque tiene inteligencia (que es un atributo «superior»), porque es capaz de sentir, porque le espera la vida eterna, etc., es seguro que tampoco estarán de acuerdo, en absoluto, con la teoría que he expuesto, en la que los seres humanos no tendríamos otra función a lo largo de la vida que la de divertir al «Creador».  En fin, se podrían decir muchas cosas para rebatir lo que digo, o sea, para rechazar que los humanos seamos simples piezas o personajes de un enorme juego.

Pero también estos argumentos se podrían contrarrestar diciendo que no debemos sobrevalorarnos; al fin y al cabo pasamos por este mundo (el valle de lágrimas) sufriendo penalidades y calamidades —obviamente, unos menos que otros; algunos se lo pasan de puta madre—, pero todos estamos condenados irreversiblemente a desaparecer. Y, por lo que sabemos de los países más pobres y por la multitud de conflictos de todo tipo generados por el ser humano, muchas veces uno siente vergüenza de pertenecer a la especie humana. Es decir, además de haber innumerables evidencias de las imperfecciones y maldades humanas, la existencia del ser humano es efímera, por mucho que las religiones, en su afán de resaltar nuestra trascendencia, nos digan que no nos preocupemos porque si somos «buenos» nos espera la vida eterna junto a Dios. Esto viene bien para tratar de evitar o contener la tendencia al mal de los humanos, pero tampoco se puede demostrar.

Realmente, todo el argumentario de los creyentes carece de fundamentos racionales; es, simplemente, una cuestión de fe o de creencias.

Obviamente, tampoco tiene fundamento mi teoría de que formamos parte de una especie de enorme videojuego manejado por «algo» sobrenatural o superior, ni se basa en pruebas científicas ni de ningún otro tipo. Reconozco que no es más que una ocurrencia. Algo parecido a las historias en que se apoyan las religiones que conocemos, que han basado el concepto de la divinidad en algo tan poco fundamentado como lo que yo he dicho. Entre creer que Dios (Javeh) es alguien que se apareció a Moisés en el monte Sinaí y le entregó escrito en unas piedras el código básico de conducta (los Diez Mandamientos) que debíamos observar los humanos, y, como yo he dicho, creer que la divinidad podría ser «algo», de otra dimensión, que «juega y se divierte» con la existencia de los humanos, yo me decantaría por lo segundo. Ambas hipótesis me parecen difícilmente creíbles, si bien la primera, la de Moisés, ya hace tiempo que la consideré inverosímil; la segunda, como se me ha «revelado» recientemente, todavía no la he descartado; está por ver.

Por eso y por si acaso, cada vez que me ocurra algo raro, estaré atento a si se notan los movimientos de un invisible cursor o se percibe algo parecido al clic de un ratón.

29 jul 2014

Receta gastronómica: PATATAS A LA RIOJANA

Reconozco que cocinar no es lo mío, pero también debo decir que las mejores «patatas a la riojana» que he comido son las cocinadas por mí. Aclararé que soy un especialista en patatas, simplemente porque me gustan mucho y, por tanto, las como con mucha frecuencia; no me cansan. Me gustan de cualquier forma: por supuesto, «a la riojana», también en salsa verde (con el apoyo de una cabeza de merluza), en el marmitako, fritas, cocidas, al horno, como ingrediente o acompañante de otros condimentos, hasta las «papas arrugás», etc. Eso sí, siempre cocinadas con fórmulas simples, nada de sofisticación; al estilo de nuestras madres o abuelas. A mí lo de la nouvelle cuisine o la cocina de vanguardia no me va. Lo de utilizar unos platos muy grandes (y muy bonitos) para servir una pequeña cantidad del condimento, que más que algo destinado a ser ingerido parece la presentación de un ejercicio de artes plásticas, no va conmigo; además, las cartas de los restaurantes especializados en esta forma de cocinar tienen unos precios prohibitivos para los jubilatas o para los que ya no disponemos de la tarjeta de crédito «de empresa». Las patatas tradicionalmente preparadas, además de muy ricas, son en términos económicos muy asequibles.

Como he dicho, entiendo mucho de patatas, así que recomiendo que se me haga caso cuando hablo de ellas. Por eso, me voy a permitir exponer la receta de las patatas «a la riojana», que, reitero, me salen muy bien. Y no es que me considere un buen cocinero; nada más lejos. La receta de la que hablo es, prácticamente, mi única habilidad en la cocina; como mucho, soy capaz de preparar patatas fritas y la tortilla francesa, por lo que todo mi potencial culinario lo tengo concentrado en los platos citados. Lógicamente, a poco potencial que tenga, siempre resultará suficientemente importante por una simple cuestión de concentración de talento. Bueno, no sé si me estoy explicando bien, pero estoy seguro de que el lector avispado ya lo habrá pillado. Así que sin más preámbulo, voy a la receta.

Cantidad: Aunque depende del «saque» de los comensales, un par o par y medio de patatas de tipo medio por comensal será suficiente. Poco más de 1 Kg. para cuatro personas.

Troceado de las patatas: Una vez peladas y lavadas, se trocearán con la técnica del «rompimiento»; es decir, haciendo palanca con el cuchillo (tras hacer una incisión en la patata) para «romper» cada trozo. Esto no es nuevo, es la técnica normal en cualquier cocinillas que sepa algo de estas cosas.

Picado de los ingredientes: Se cortarán en trozos pequeños (de 4 o 5 mm) los siguientes ingredientes: un diente de ajo (muy picadito), media cebolla, un pimiento verde (o medio, según su tamaño). El conjunto de lo picado cubrirá más tarde, más o menos, el fondo de la olla que vayamos a utilizar (de tamaño medio).

Chorizo picante: Un trozo de unos 10 cm. Se cortara en rodajas de, más o menos, un centímetro o centímetro y medio de ancho.

Sofrito de los ingredientes: Tras cubrir simplemente el fondo de la olla con aceite de oliva, verteremos en ella todos los ingredientes picados y las rodajas de chorizo; pondremos la olla al fuego. Hay que utilizar fuego no demasiado vivo y vigilar para que no se queme el contenido; lo picado debe quedar pochadito. Mientras se va haciendo esto, se hará lo que digo a continuación.

Pimiento choricero: En un recipiente con agua (hay que tener ojo para calcular cuánta) se introducirá un par de pimientos choriceros (de esos rojos y arrugados) que, previamente, tras haber sido lavados al chorro, se habrán agujereado o rasgado para que el agua penetre en ellos. Una vez que hierva el agua, el recipiente se retirará del fuego y, sin tirar el agua (esto es importante), con un tenedor se colocarán los pimientos (que estarán reblandecidos) en un plato, donde, raspando con un cuchillo, se desprenderá la «carne» interior de ambos pimientos. En esta operación hay que cuidar de que las pepitas de los pimientos no se mezclen con la «carne»; no es difícil.

Preparación de la olla: Una vez que el sofrito de los ingredientes esté en su punto se retirará la olla del fuego, tras lo cual se verterá en ella, primero, la «carne» extraída de los pimientos y, luego, las patatas que teníamos ya troceadas. Tras ello, se espolvoreará pimentón en polvo (una cantidad prudente) sobre el contenido de la olla, revolviendo con una cuchara (mejor de madera). Tras revolver un poco, se verterá en la olla el agua de los pimientos, para lo que se utilizará un colador para retener las pepitas que se habrán desprendido de los pimientos durante su calentamiento. El agua debe cubrir en la olla justo todas las patatas. Si sobra, se puede tirar; si no llega, se completa con agua del grifo.

Cocción: Ya completa la olla se pondrá de nuevo en el fuego, donde, tras echar la sal y revolver un poco, quedará durante unos 20-30 minutos. A mitad de cocción se añadirá un chorrito de brandy (este es un toque personal que tiene su importancia en el resultado final); la cantidad, a gusto del cocinero (no hay que escatimar). También a media cocción se probará el punto de sal, añadiendo si se considera conveniente. La cocción estará en el punto conveniente si al pinchar una patata con un tenedor, este se introduce con cierta (no excesiva) facilidad. Una vez conseguido el punto adecuado, se debe retirar la olla del fuego; si se tarda en consumir se puede volver a calentar (no viene mal esta reiteración).


No sé si algún lector habrá llegado hasta aquí, porque, la verdad, para saber cómo hay que cocinar unas humildes patatas no hacen falta muchas lecciones; cualquier cocinero o ama de casa las habrá preparado centenares de veces. Pero he querido ser exhaustivo y, en la medida de lo posible, preciso porque puede que haya algún varón, de los que, como yo, no frecuenta la cocina, que quiera sorprender a su familia (especialmente, a su esposa) con algo con lo que no va a fallar. Además, puede decir que ha sido ocurrencia suya lo de utilizar el agua de los pimientos y el golpe de brandy, que son los dos «toques» personales que pueden aportar singularidad y exquisitez a este popular plato de la cocina tradicional: las patatas a «la riojana». A ver si otro día, explico lo de la tortilla francesa; antes me tengo que entrenar.