21 ene 2015

IDIOMAS-LA TORRE DE BABEL


El habla es una de las facultades con que estamos dotados los humanos para comunicarnos entre nosotros, si bien, además de tal facultad, para conseguir la comunicación debemos utilizar un código, o sea, un idioma. Pero como hay muchos códigos (idiomas) en este mundo (según Wikipedia, sobre 6500) y cada persona, por regla general, solo suele conocer el que habitualmente utiliza (su idioma) y, como mucho (salvo excepciones envidiables), uno o dos más, tenemos bastantes dificultades para la comunicación con los que utilizan otros códigos, o sea, tienen otros idiomas. Es la consecuencia del enfado que, según el Antiguo Testamento, pilló Jehová cuando se enteró de que sus “siervos” estaban construyendo la Torre de Babel para llegar, al parecer, al cielo. ¡Cosas de los antiguos! 

Obviamente, si solo hubiera un código (un idioma) nos podríamos entender hablando entre los siete mil millones de personas que habitamos el planeta; estaría bien, pero no..., ¡hemos tenido que inventar 6500! ¡Cómo somos! Podían haberse inventado 10 o 12, o 20 como máximo, digo yo, Pero, ¡hala!, han tenido que ser 6500. Es decir, un idioma por cada millón (en números redondos) de personas. Otra ratio: según he leído, en nuestro planeta hay 243 países, por lo que sale que hay casi 27 idiomas por país Somos la hostia los humanos; ¡ni que todos fuéramos de Bilbao!

En América parece que, en esto, son más modositos. En todo el continente (norte y sur), donde viven unos 1000 millones de personas, hay 4 códigos muy utilizados (los idiomas castellano, inglés, portugués y francés) y otros 250 de menor uso. Incluyendo todos, les toca a un idioma por cada 4 millones de personas. La ratio por países (35, sin incluir los territorios dependientes) es de poco más de 7 idiomas por país. Es obvio que, en esto de los idiomas, en América no han sido muy suyos, o será que, como desde que les impusieron los 4 idiomas que he citado —mediante conquista y consiguiente colonización— han estado mandando los descendientes de los que los colonizaron, no ha habido interés por proteger, disfrutar o lucir otros idiomas autóctonos de aquellos territorios. Ahora bien, como los americanos (del norte y del sur) caigan en la cuenta de que eso de no tener idioma propio, como Dios manda (lo digo por lo que pasó en Babel), es evidencia de poco pedigrí, y no quieran ser menos que los de otros continentes, ya se inventarán los que haga falta para llegar, así, a una ratio de, al menos, un idioma por cada dos o tres millones de habitantes... ¡A ver! ¡Qué menos!

Los idiomas, además de su función principal de vehículo para la comunicación entre las personas, pueden tener otras aplicaciones; pero ahora solo me voy a referir a su utilización como elemento diferenciador de un determinado grupo, pueblo o nación y, en consecuencia, como característica cultural más destacada, singular y exclusiva del colectivo correspondiente, siendo, en muchos casos, el atributo principal de sus señas de identidad. Y como es legítimo y muy normal que un determinado colectivo humano desee mantener los rasgos diferenciadores y exclusivos de su especificidad como grupo, pueblo o nación, es entendible que se esfuerce en mantener, si lo tienen, su propio y exclusivo idioma. Pero hay que admitir que esta tendencia a la diferenciación idiomática va en contra del aparente objetivo principal de la facultad de hablar al que me he referido antes: facilitar la comunicación entre las personas. O puede que sea una ingenuidad admitir que tal objetivo principal es real.

Porque, efectivamente, es una ingenuidad creer que los idiomas están para facilitar la comunicación. Curiosamente, están para lo contrario, es decir, para dificultar la comunicación entre las personas que pertenecen a diferentes colectivos o grupos sociales. O sea, realmente se utilizan para acentuar la diferencia y establecer barreras entre ellos. Es el efecto del castigo divino de Babel.
Por eso, hablando de España (también, supongo, se podría hablar de otros países), vemos cómo, en las comunidades donde existen tendencias político-sociales secesionistas —que coinciden con las que cuentan con idioma propio—, los que mandan en tales comunidades o los sectores políticos y sociales más influyentes en ellas, cuyo ideario incluya las citadas tendencias, se esfuerzan en que los respectivos idiomas autóctonos se impongan sobre el común y general de España que, de momento, conocemos, prácticamente, todos los ciudadanos del estado. Así se acentúan las diferencias y singularidades identitarias y, a la postre, se facilita el cumplimiento de los objetivos políticos secesionistas.

Y aquí lo dejo. Si me animo, en una ulterior entrada diré algo más sobre la instrumentalización de los idiomas en lo que creo que se denomina «política lingüística» por parte de los partidos nacionalistas, especialmente de los más radicales, en su acción política para alcanzar los objetivos propios de su ideología.  De esto ya se habla (sobre todo en Catalunya), pero me temo que se va a hablar mucho, muuuuucho más.




3 ene 2015

INDEPENDENTISMO vs AUTONOMISMO

En el último año, uno de los asuntos más complejos de la escena de la política española ha sido el relacionado con las iniciativas secesionistas en Catalunya; es muy probable que en los próximos meses este asunto siga focalizando la atención y que genere turbulencias sociales y políticas en España, especialmente en Catalunya. De esto ya he hablado algo en las entradas RAJOY vs MAS (de 2014) y  CATALUNYA Y LOS CATALANES (de 2012). Y no es que me quiera meter donde no me llaman, porque realmente creo que los que no somos ciudadanos de aquella comunidad autónoma no tenemos vela en ese entierro: en mi opinión, decidir sobre el futuro de Catalunya les compete, exclusivamente, a ellos, a lo que, se diga lo que se diga, tienen todo el derecho del mundo. Pero debo dejar claro que, personalmente, no me gustaría que Catalunya dejase España; sería un muy mal trago. Además, en mi condición de vasco, temo que si Catalunya inicia el proceso para su independencia en Euskadi se produzca, inevitablemente, otro movimiento en la misma dirección, y esto sí me preocupa porque creo que la independencia no nos conviene a los vascos. Me explicaré. 

En primer lugar, debo decir que considero que el actual marco legal-constitucional posibilita que en el espacio de la Comunidad Autónoma Vasca se den las condiciones apropiadas para que el sentimiento nacional vasco y los naturales y tradicionales deseos de autogobierno se puedan desarrollar satisfactoriamente. Creo, por tanto, que el actual nivel de competencias se podría considerar aceptable y que, además, hay posibilidades legales para elevar el listón y, así, cumplir con lo que los más exigentes puedan esperar del actual Estatuto de Autonomía. Además, el Concierto Económico permite que el gobierno autónomo gestione con casi plena autonomía las políticas impositivas y la administración de lo recaudado (exceptuando el cupo). Por otro lado, hay que admitir que en lo cultural, especialmente en lo concerniente al apoyo del euskera, las condiciones actuales permiten al gobierno autónomo llevar a cabo lo que, en este sentido,  le demande la sociedad.                                                    
Aquí conviene una pequeña digresión: he dicho “demande” con plena consciencia, porque entiendo que es eso lo que tiene que hacer cualquier gobierno: atender las demandas sociales. O sea, los gobiernos no deben determinar e impulsar lo que a ellos les parezca o consideren conveniente o bueno para los ciudadanos; no, lo que deben hacer es estar muy atentos para conocer la realidad social, o sea, para detectar las demandas y carencias de sus ciudadanos, para, atendiendo a las mayorías, tratar de aportar soluciones para satisfacerlas o solucionarlas. La cuestión está en qué tienen que hacer los gobiernos para conocer las demandas sociales y cómo habilitan procedimientos para la participación ciudadana para, sobre todo, poder conocer con precisión qué es lo que quiere la mayoría en relación con los asuntos que puedan ser objeto de debate social o de controversia. Sobre esto no tengo más remedio que hacer mención al primer post de este blog DEMOCRACIA DIRECTA. Referéndums por internet , del ya lejano 2009.

Bien, volviendo al asunto, creo, como he dicho, que con el actual marco legal y con los ajustes o cambios que fueran necesarios la mayoría de los ciudadanos de Euskadi podrían tener colmadas sus expectativas de autogobierno, es decir, de “independencia de hecho” del gobierno central. Incluso, los más exigentes y partidarios de la Euskal Herria que incluya Navarra podrían aspirar a la unificación utilizando el marco legal del Estado Autonómico (la Constitución lo permite), eso sí, contando con la opinión mayoritaria de los navarros; la incorporación de los territorios de Iparralde la veo más difícil. Por tanto, se puede decir que, desde el punto de vista emocional o sentimental, la situación actual se podría considerar como aceptable, por lo que habría que considerar seriamente si merece la pena correr el riesgo de la indeseable fractura social que podría producir la iniciación de un eventual proceso independentista.                              

Por otro lado y hablando de lo práctico, convendría mencionar algunas de las ventajas de formar parte de España. Bueno, voy a hablar sólo de una: estar integrados, de pleno derecho, en un mercado, laboral y comercial, muy amplio y bastante desarrollado. Antes de seguir, debo aclarar que un análisis completo sobre este asunto daría para muchos folios; teniendo en cuenta que estoy escribiendo en un blog, donde la  excesiva extensión puede resultar contraproducente, debo tratar de ser lo más breve posible, asumiendo el riesgo de que el análisis pueda resultar incompleto o simplista. 

Empezando por lo laboral, no hay duda de que la posibilidad de trabajar (estar empleado), sin ninguna traba ni condición por razón de origen o pertenencia, en cualquier lugar de España es una posibilidad real que podría desvanecerse con la independencia. Soy de los que creen que en Euskadi, por lo que sea, siempre ha habido, en general, mucho talento; diría que, incluso, más que en el resto de España (aunque no estoy muy convencido de esto, lo digo porque soy de Bilbao), por lo que los vascos suficientemente formados tienen muchas posibilidades de “triunfar” en sus incursiones laborales en el resto de España. Por eso, creo que, en lugar de independizarnos, los vascos deberíamos tratar de conquistar España (en el buen sentido), a base de ocupar puestos de relevancia en su tejido empresarial, en lo intelectual o cultural y, por supuesto, en la política. O sea, no debemos mirar a Madrid (la menciono por ser el símbolo, para algunos, de la opresión) como la fuente de nuestros males, a la que los vascos debamos combatir, sino como espacio propicio para el desarrollo profesional de los vascos que, por lo que sea, quieran cambiar de aires en su trayectoria vital o profesional. Ha habido muchos vascos que así lo han hecho y han triunfado. El ejemplo actual más evidente es el de José Ignacio Goirigolzarri, presidente de Bankia, que a mí me parece que, para lo que nos ocupa, es para tener muy en cuenta. También valdrían los ejemplos de los comunicadores que han triunfado en la tele (ahí están Anne Igartiburu y Ramontxu García), en la radio (Iñaki Gabilondo)... y otros muchos más en diversos ámbitos. Realmente, han sido muchos, muchísimos, los vascos, que en lo intelectual y profesional, han encontrado en España, fuera de Euskadi, un ámbito muy propicio para su desarrollo. Y esto es muy importante. Perder esa posibilidad creo que sería dramático: se nos achicaría el terreno de juego y, por tanto, tendríamos menos espacio para demostrar y hacer valer nuestras habilidades y capacidades. 

En cuanto a lo comercial, no hace falta decir mucho. Euskadi es una de las zonas más industrializadas de España, y, para la mayoría de empresas vascas, España es el principal mercado. No quiero decir que en una eventual independencia los españoles dejarían de comprar productos vascos; puede que al principio, en alguna medida, se pudiera dar tal rechazo, pero, posiblemente, pasado el tiempo se impondrían los criterios de calidad y precio sobre los sentimentales o políticos. Pero siempre podría haber las trabas o dificultades que imponen las fronteras. Sin ninguna duda, pensando en el mercado español, las empresas vascas lo tienen ahora mucho más fácil que en una eventual independencia.

Llegado a este punto, me permito el siguiente comentario. Hace unos días he terminado de leer el libro “La política como pasión”, en el que se cuenta la biografía de José Antonio Aguirre, primer lehendakari vasco, presidente del gobierno autónomo vasco que se constituyó en octubre de 1936. El libro me ha parecido un documento informativo excelente y completísimo de los avatares políticos del intenso y difícil periodo comprendido entre los años 1931 y 1960 (en el que falleció Aguirre), focalizando siempre la atención sobre la actividad política del biografiado. Una de mis deducciones de la lectura del libro es que ya el primer lehendakari se vio turbado por el complejo dilema del nacionalismo vasco: independizarse totalmente de España o mantener una gran autonomía pero dentro del estado; en otras palabras, el dilema se podría sintetizar en “independentismo vs autonomismo”. Por lo que he leído en el libro que he citado, parece que Aguirre estuvo en las dos posiciones; o sea, según el momento, mantuvo posiciones cercanas, unas veces, al independentismo, y, otras, al autonomismo, si bien, hay que reconocer que las circunstancias graves y especiales de la época pudieran haber influido en su posicionamiento. Así que el ejemplo del primer lehendakari es algo confuso y no aporta demasiado para resolver adecuadamente el dilema. No obstante, me ha parecido oportuno comentar esto para hacer ver que el dilema a que me he referido no es de hoy; ya se enfrentaron a él los nacionalistas de hace 70 u 80 años, y no parece que quedó resuelto.

No conozco el nacionalismo vasco por dentro, más allá de lo que se puede saber a través de los medios de comunicación o de lo que se dice en la calle o en las comidas familiares, pero supongo que el debate sobre «independentismo vs autonomismo» sigue vivo, porque, además de muy importante, no es de fácil decisión. Posiblemente, las formaciones políticas que integran lo que se denomina el nacionalismo radical (dicho de otro modo, mundo de Batasuna) tendrán claro su posicionamiento a favor del independentismo; también creo posible que en el nacionalismo moderado (PNV) la cosa no estará tan clara, o sea, el dilema estará latente, teniendo en cuenta el componente social transversal de la militancia y simpatizantes de este partido. 

Sin temor a equivocarme, creo que el dilema «independentismo vs autonomismo», por una u otra razón, va a gravitar sobre la sociedad vasca en los próximos años. Y lo malo es que, como en todo dilema, ambas opciones tienen inconvenientes; lo importante es dar con la mejor (o menos mala). El asunto es muy complejo, sobre todo, porque entran en juego eso que llamamos los sentimientos; y los sentimientos, muchas veces (o casi siempre), utilizan caminos vetados a la razón.

Como estas cosas del patriotismo no activan mis sentimientos, yo las analizo tratando de usar exclusivamente la razón.  Por eso, me decanto hacia el autonomismo. Espero, confío... mejor dicho, estoy seguro de que los de Podemos opinarán como yo.





19 dic 2014

COSAS DE ELLAS



En otra entrada anterior,   MUJERES Y HOMBRES. ¿IGUALDAD?, ya hablaba de las diferencias entre mujeres y hombres. Ahora voy a comentar algunos comportamientos que he observado como propios o exclusivos de ellas. Habría muchos ejemplos de los que hablar, la mayoría conocidos y asumidos ya con cierta normalidad tanto por ellas como por nosotros, como es el caso de la capacidad que tienen ellas cuando están en grupo para hablar todas, o al menos varias, a la vez y, aparentemente, entenderse perfectamente; otro podría ser su peculiar forma de llevar el paraguas abierto cuando llueve y caminan por un espacio concurrido. Pero ambos comportamientos, como he dicho, no son novedosos, por lo que no merece la pena hablar sobre ellos. También como aclaración, debo decir que soy consciente de que también nosotros tendremos comportamientos que ellas considerarán como propios o exclusivos de los tíos; pero de esto no voy a hablar... lo dejo para ellas.

Yendo al grano, recientemente he descubierto dos formas de actuar de ellas relacionadas con su comportamiento como viandantes, uno, y como conductoras, el otro, que me han llamado mucho la atención. Debo aclarar que el hecho de circular habitualmente en moto por el intenso y abigarrado tráfico de Madrid me facilita la observación de lo que pasa en las calles (incluidas las aceras).

1. Cómo inician la marcha cuando conducen un automóvil. Me refiero a cómo reanudan la marcha una vez que el semáforo se pone en verde y el vehículo de ella no tiene por delante ningún obstáculo por ser el primero (o el único) de los que están detenidos a la espera de que el semáforo permita el paso. En estas situaciones, normalmente el vehículo que conducen, mientras está detenido, está perfectamente alineado con el sentido de la marcha, que generalmente es en línea recta. Es decir, hablo de una situación en la que, para reanudar la marcha, solo es necesario poner la primera velocidad y activar el embrague y el acelerador (no hablo de automáticos); o sea, solo es necesario «tirar pa´lante».

Pues ellas hacen algo más: mueven el volante. Sí, sí, incomprensiblemente (al menos, para mí) lo mueven; y lo mueven por lo menos dos veces. La primera, que es la preocupante además de innecesaria, hace que el vehículo, durante uno o dos segundos, tome una dirección ligeramente oblicua sin ninguna razón; con la segunda, que, esta sí, es necesaria para corregir la desviación motivada por la primera, recuperan la dirección correcta (que era, simplemente, la línea recta). Naturalmente, el segundo movimiento es inmediato al primero, por lo que la desviación producida por este es mínima... ¡menos mal!

¿Por qué lo harán? Ya me gustaría saberlo, por lo que si alguna me descubre la razón se lo agradecería.

2. Cómo acceden (caminando) a los pasos de peatones o de cebra. Me refiero a los pasos que, debidamente señalizados, hay en muchas calles para que los viandantes crucen la calzada y que no están regulados por semáforos. En estos pasos, como es sabido, tienen prioridad los peatones, aunque los conductores de vehículos no siempre respetan esa preferencia; así que los peatones no deben confiarse, porque puede haber comportamientos inadecuados. Pues para evitar contingencias indeseadas en la situación descrita, ellas recurren a una eficacísima sutileza peatonil.

Si dos o tres metros antes de llegar al paso de peatones por el que van a cruzar la calzada se han percatado (generalmente, mirando de reojo) de que puede haber una coincidencia con algún vehículo que se acerca, y siendo plenamente conscientes de los tiempos y las distancias, cuando llegan al paso de cebra ponen con aparente decisión los pies sobre la calzada, es decir, dan uno u dos pasos sobre la calzada (eso sí, sin exponerse), como si no se hubieran dado cuenta de que se acerca el vehículo con el que «compiten»... e, inmediatamente, se paran en seco; entonces es cuando lanzan una miradita directa, entre desafiante e inocente, al atrevido y sorprendido conductor, que para ese preciso instante ya habrá activado todos los mecanismos para detener bruscamente el vehículo y, así, ceder, ¡qué remedio!, el paso a la retadora. Entonces ella, satisfecha por haber conseguido su objetivo, retoma su caminar y, mientras de nuevo mira de reojo al conductor, se va diciendo para sí (esto lo supongo): ¡qué te creías!, capullo, ¿que ibas a pasar cuando me toca a mí? ¡Venga ya...!

Por lo que he observado, puedo decir que, si no todas, así lo hacen muchas, por lo que, cada vez que observo este comportamiento, siempre, con admiración, me pregunto: ¡¿cómo lo habrán aprendido?!
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Pues sí, así actúan ellas en las situaciones comentadas. A mí me parecen comportamientos, sencillamente, sorprendentes. Desde luego, me resultan mucho más tolerables que su forma de conducir su coche por las vías que tienen más de un carril por sentido. De esto ya hablé en COSAS QUE JODEN, donde me «quejaba» de que los vehículos que circulan o se paran desalineados en las largas filas del tráfico madrileño casi siempre están conducidos por mujeres o taxistas, de lo que deducía que «las mujeres y los taxistas joden igual»... ¡Cómo son!




28 nov 2014

COSA (otra de lingüística)

Si, como ya dije en otra entrada de este blog, el horrible «increíble» me parece un adjetivo multiuso, creo que “cosa” (en singular y en plural) es un sustantivo megasupermultiuso; vale para todo lo habido y por haber. Precisamente su polivalencia le resta concreción, y por eso es aplicable a todo, absolutamente a todo. Cuando no tenemos las cosas claras, utilizamos esta palabra sin necesidad de esforzarnos en buscar y elegir el sustantivo para concretar o precisar aquello a lo que nos referimos, en la seguridad de que el interlocutor o los que nos escuchen o lean van a entender lo que queremos decir.

De esta polivalencia máxima fueron conscientes los inspiradores o autores del Catecismo de la Iglesia Católica, porque al establecer el principal código de conducta para sus fieles (los Diez Mandamientos), fijaron como primer y principal precepto "Amarás a Dios sobre todas las cosas", sabedores de que con esta última palabra se referían a todo, absolutamente todo, lo material e inmaterial de este mundo que los receptores del mensaje podrían valorar.

Creo que las palabras que nos ocupan se podrían emplear en el complemento directo de todos los verbos transitivos de nuestro idioma. He estado pensando un rato y no me ha salido ninguno que no lo admita. Si hay algún avispado lector al que se le ocurre alguno le agradeceré que lo escriba en "Comentarios". (Ahora me ha venido a la cabeza "follar", que no sé si es transitivo, pero creo que también lo admitiría, sobre todo cuando nos referimos a esos salidos que se follan cualquier cosa).

Por otro lado, como el sustantivo “cosa” vale para todo, supongo que admite perfectamente el acompañamiento de cualquier adjetivo, incluido, por supuesto, mi repudiado “increíble”. Son las increíbles cosas de nuestro idioma.

En el primer párrafo he dicho que solemos emplear “cosa” o “cosas” a sabiendas de que nuestro interlocutor, por el contexto, ya sabrá a qué nos referimos. Pero, contrariamente, hay veces que utilizamos estas palabras conscientes de que el interlocutor desconocerá a qué nos referimos, buscando, generalmente, causar intriga o curiosidad. Todos, alguna vez, hemos dicho algo parecido a «Me ha pasado una cosa esta mañana...», a lo que, seguro, nos responderían con un intrigado «¿Qué ha sido? Anda cuenta, cuenta...».

Supongo que “cosa” o “cosas” serán de las palabras más usadas en castellano, siendo, paradójicamente, las de significado más impreciso. Veamos algunos ejemplos de esta imprecisión y amplitud de su significado:

• Las cosas que se ven, que se dicen o que se oyen
• Las cosas que se piensan
• Las cosas que se hacen
• Las cosas que hay
• Las cosas que pasan
• ¡Qué cosas tienes!

Esta media docena de simples ejemplos abarcan a casi todas las cosas de la vida.

La verdad es que utilizamos "cosa" o "cosas" con mucha frecuencia, con demasiada, probablemente, pero he de admitir que estas palabras son un muy apañado recurso retórico. Yo, como todos, también las uso, porque para eso están; ahora bien, creo que tampoco hay que abusar. Creo que es mejor llamar (¿a?) las cosas por su nombre.


1 nov 2014

PODEMOS


¿Qué se puede decir de Podemos que no se haya dicho ya? La verdad, poco. Por eso no voy a entrar en consideraciones sobre la razonabilidad, oportunidad, posibilidades, líos, etcétera, de este nuevo partido político; eso lo dejo para la pléyade de comentaristas, periodistas, politólogos, etcétera, que están continuamente hablando y escribiendo sobre el tema. Yo voy a hablar de lo que me parecen sus líderes más conocidos; o sea, de cómo veo a Iglesias, Errejón, Monedero y Bescansa, que, junto a Luis Alegre, parece que forman la cúpula del nuevo partido, si bien, del último citado no voy a decir nada porque es al que menos he visto, por lo que no he formado criterio sobre él.


Foto de CLAUDIO ÁLVAREZ en El País. Bescansa, Alegre, Monedero, Iglesias y Errejón

A los otros cuatro los he visto en la tele lo suficiente como para poder tener una opinión sobre cada uno de ellos. De los cuatro debo decir que me parecen muy inteligentes y listos y que pueden dar mucho juego en la escena política española. Individualizando la opinión y en orden inverso a como los he citado, sobre cada uno de ellos me atrevo a decir lo siguiente:

A Carolina Bescansa no la he visto demasiado, por lo que debo ser prudente a la hora de enjuiciarla. Sí debo decir que cuando la he visto y escuchado me ha parecido que se expresa muy bien y que es muy inteligente, por lo que creo que podría ser una competente gestora en caso de llegar a ocupar puestos de responsabilidad (por ejemplo, ministra) en la gestión política del Estado.

Juan Carlos Monedero es el que menos me gusta de los cuatro, si bien creo que podría ser aprovechable para la pelea dialéctico-política. Es el que, en mi opinión, ofrece menos garantías como gestor, por lo que, más que como hombre de estado dedicado a la gestión pública, lo veo como aguerrido combatiente al servicio del partido y en la primera línea de la confrontación política partidista.

Íñigo Errejón es mi preferido; reconozco que me ha conquistado. Le he visto en la tele en bastantes tertulias políticas o en programas de debate y me tiene impresionado. De poco más de 30 años, con aspecto aniñado y de «buen chico», creo que Errejón tienen una enorme capacidad intelectual y está dotado para ser un excelente líder político, y, si llega el caso, para ser un magnífico gestor en los más altos niveles de la función pública. Su discurso es correctísimo; sin aspavientos y sin necesidad de endurecer el gesto, se muestra claro y concreto en sus convicciones y proclamas, que, si es necesario, defiende con contundencia argumental. Muestra gran fluidez verbal y es rápido de reflejos, por lo que siempre le he visto salir airoso en las confrontaciones dialécticas en las que ha intervenido. Y lo que para mí es más importante: nunca le he escuchado una memez (¡que ya tiene mérito en un político!). Así que le auguro un exitoso futuro en el mundo de la política; también espero que algún día consiga la etiqueta de «referente social» en positivo.

Pablo Iglesias es el líder —parece que indiscutible— de Podemos. En la mitad de su treintena, ha sido el gran protagonista de la espectacular irrupción, despegue y aparente consolidación de esta nueva formación en la escena política española. Ha tenido enorme habilidad para darse a conocer al gran público a través de su participación en buena parte de las tertulias y espacios de debate que sobre la actualidad se emiten en las principales cadenas privadas de TV de España, en las que ha dejado constancia de su gran capacidad dialéctica y de su enorme talla intelectual. Curiosamente, las primeras veces que le vi en la tele fue en Intereconomía (en su tertulia política nocturna, habitual de personajes que apoyan a la derecha política), donde, obviamente, era la voz discrepante de la mayoría de sus contertulios. Supongo que al principio le veían como un jovencito que aportaba un toque exótico de pluralidad (por su aspecto y discurso) . Pero... ya, ya. El jovencito de la coleta era algo más..., bastante más..., ¡mucho, muchísimo más! Durante los dos últimos dos años ha sido la estrella en los programas en que ha participado, que han sido muchos; y siempre lo ha hecho con gran brillantez. Solamente debido a su valía, se ha hecho un sitio entre los principales líderes del espectro político español. Es verdad que la degradada situación actual (principalmente por la crisis económica y por la corrupción) le ha facilitado las cosas, pero no hay que quitarle méritos. El vio la oportunidad y la aprovechó, y buena parte de la ciudadanía (espero que sea la mayoría) se lo agradecemos; porque está claro que en la política española se necesita una regeneración. No sé si él la encarnará, pero seguro que, al menos, servirá como revulsivo.

En las últimas elecciones al Parlamento de la UE (su bautismo electoral) ya fue un bombazo que su formación consiguiera cinco eurodiputados. Y en la actualidad, según las últimas encuestas de intención de voto, Podemos sería la primera fuerza de la izquierda, y parece que en alguna, incluso, superaría al PP. Y todo en menos de un par de años... ¡asombroso!

Ahora la derecha mediática ya no le da cancha; al revés, lo atacan como pueden, sin reparar en gastos, con el único fin de parar la vertiginosa carrera ascendente del partido Podemos. Y para eso, sus detractores (de la derecha... y también del PSOE) hacen uso de lo que sea; todo vale para desprestigiar al equipo de Podemos y a su propuesta, y, sobre todo, para demonizar a su cúpula, tratando de hacer llegar al electorado el mensaje clave de esta campaña de desprestigio: Podemos representa un peligro para España y para su democracia, y, por tanto, para sus ciudadanos; así que no hay que votar a ese endiablado partido. Creen que los ciudadanos somos tontos.

Está claro que Pablo Iglesias es un fenómeno —personal, político y social— y que tiene sus objetivos muy claros; no los oculta. Quiere el poder, o sea, quiere gobernar para cambiar las cosas. ¿Lo conseguirá? Aunque no lo va a tener fácil, podría ser que que lo viéramos en la Moncloa dentro de poco más de un año. Sería muy interesante.

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COMENTARIO ULTERIOR (7-01-2020): Hoy Pedro Sánchez ha sido investido como presidente del gobierno que PSOE formará en coalición con Unidas Podemos, en el que el líder de esta última formación, Pablo Iglesias, será uno de sus vicepresidentes.