21 abr 2017

LISA SIMPSON (6)


Esta es la sexta entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Contiene el capítulo VIII. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí


CAPÍTULO VIII – Navidad en familia
En sus habituales conversaciones telefónicas, Lisa ya le había contado a su madre que mantenía contactos con el Partido Demócrata, aunque quitándole importancia y dando a entender que era una actividad informal y sin compromiso. Al aceptar su incorporación formal al partido y, por tanto, dejar su empleo en el despacho se sintió obligada a informar a su familia. Pero no se precipitó, «Ya les diré en Navidad».
Como todos los años, en Navidad de 2036 Lisa fue a Springfield a pasar tres o cuatro días en su casa familiar. En los últimos años, las visitas navideñas eran las únicas que hacía a su familia. Eran reencuentros muy agradables, que todos, incluida ella, esperaban con muchas ganas e ilusión. La efusividad de los besos y abrazos que se daban al encontrarse y despedirse era merecedora de emitirse en los telenoticias; todo un espectáculo.
Lo único que preocupaba a Lisa era la posibilidad de encontrarse con Milhouse; para evitarlo contaba con la complicidad de Bart. Este, unos años atrás, ya le había confesado a Lisa que sabía lo que había tenido en la universidad con el memo de su amigo, quien, como si fuera una gran hazaña, se lo había contado a Bart al poco tiempo de suceder, aunque compungidamente había completado el relato diciendo «...me temo que no le pareció muy bien». Por su parte, Lisa le había contado a su hermano las circunstancias especiales que concurrieron. No le dijo nada del aborto, que seguía siendo el secreto mejor guardado de Lisa. Cuando conoció la versión de Lisa, a Bart le faltó tiempo para ajustar cuentas con Milhouse, que desde entonces luciría una evidente fractura de su tabique nasal, aunque eso no le impidió seguir con su subordinación reverencial ante su amigo de la infancia. Por eso, Bart, en las visitas navideñas de su hermana, se ocupaba de que Milhouse no apareciese por donde Lisa pudiera estar.
Lisa llegó a casa de sus padres a bordo de su flamante coche eléctrico que había comprado de segunda mano. Lo traía repleto de regalos, que intercambiaría con los no pocos que recibiría de sus familiares. Por aquel año, 2036, el país estaba dejando atrás una depresión económica muy grave que se produjo al final de la década anterior; o sea, curiosamente más o menos 100 años después de la de 1929. En tal clima de optimismo económico, los Simpson se animaron a ser generosos en sus regalos navideños.
En la cena de Navidad estuvieron los cinco de la familia, además de las dos tías de Lisa, Patty y Selma. Homer no había conseguido evitar que asistieran sus cuñadas, aunque impuso la condición de que si quisieran fumar lo hicieran fuera de la casa; a esto accedió Marge de buen grado. El abuelo Abraham ya había fallecido. Después de la cena, como en los últimos años, pasaron a tomar una copa Moe y Ned Flanders. De la cena se ocupó, como siempre, Marge, si bien contó con la eficaz colaboración de Maggie. A Lisa no la dejaron hacer nada. «Cuando tengas tu propia casa, cariño, ya te tocará», le dijo su madre, como todos los años.
Pasando revista a los que estuvieron, hay que decir:
  • Marge, a sus 63 años, aunque había engordado algo, seguía luciendo buen tipo y mantenía el cabello azul, si bien había cambiado su espectacular peinado anterior por una discreta melena que solía recogerse en coleta. Continuaba manteniéndose animosa y cariñosa con sus hijos; por el contrario y en relación directa con el decaimiento del reclamo libidinal, con Homer cada vez se mostraba menos tolerante y, en consecuencia, más enérgica en sus reproches.
  • Homer, con casi 65 años, seguía siendo una calamidad, a pesar de que había dejado de tomar bebidas alcohólicas desde que, dos años antes, le diagnosticaran serios trastornos en el aparato digestivo, lo que no le impedía tomarse de vez en cuando —nunca en presencia de su mujer—  alguna cerveza Duff. También la enfermedad le había obligado a reprimir su glotonería. Todo esto y su inminente jubilación le había producido cierto decaimiento, que trataba de combatir en la taberna de Moe, donde se atiborraba de refrescos mientras soportaba las mofas de sus amigos Carl y Lenny.
  • Bart, ya con 38 años, pesaba más de 90 kilos y había perdido bastante pelo. Aunque seguía siendo un bromista se había formalizado mucho. Tras haber formado parte, como batería y durante nueve años, de un grupo musical bastante gamberro, que adquirió cierta fama en Springfield y en localidades cercanas, y haberse tomado varios años sabáticos, llevaba dos años trabajando en el Hogar del Jubilado, donde había pasado su abuelo sus últimos años. Precisamente por la alegría que aportaba Bart a todos los ancianos residentes en sus numerosas visitas al establecimiento a acompañar a su abuelo, sus gestores le propusieron, cuando falleció el abuelo, que se incorporara a la plantilla como «monitor de actividades lúdicas», lo que, como no le pagaban mal y le resultaba divertido, Bart aceptó encantado. Desde hacía un año tenía novia; seguía viviendo con sus padres. Su madre veía con mucha satisfacción el rumbo que había tomado; su padre no tenía muy claro a qué se dedicaba.
  • Maggie, de 29 años, tras estudiar la carrera de periodismo, llevaba cuatro años trabajando en la emisora de televisión local de Springfield. Su bonita cara ya era muy conocida en la ciudad. Tenía previsto casarse el año siguiente con un compañero de la emisora. 
Tras la cena, en la sobremesa, Lisa, con cierto ceremonial, informó a todos de su incorporación al Partido Demócrata y de que había dejado el despacho de abogados. Fue una gran sorpresa, que tuvo desigual acogida:
—Me lo temía, Lisita —le dijo su madre con cara de preocupación—. La política es peligrosa, por eso es para hombres. Ya puedes andar con cuidado, cariño.
—¡Jo, Lisa! ¡Qué guay! Cuando te nombren Secretaria de Estado me llevas contigo a Washington. Soy multiuso, me puedes encargar lo que más rabia te dé— le dijo un divertido Bart.
—Lo que tenías que hacer es casarte, Lisa, que ya tienes una edad —masculló Homer con indiferencia—. Se te va a pasar el arroz —concluyó.
Y hablando sobre la noticia que les había dado Lisa se pasaron buena parte de la sobremesa. En el fondo, a todos les gustó y se sintieron orgullosos. También todos le desearon a Lisa acierto y éxitos en su nueva actividad. En las próximas semanas, la noticia se extendería con rapidez por todo Springfield.
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Ya puedes leer la séptima entrega aquí.

12 abr 2017

LISA SIMPSON (5)

Esta es la quinta entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Contiene los capítulos VI y VII. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí.


CAPÍTULO VI – Nuevos horizontes


Aunque le resultó muy doloroso, los efectos del chasco con Jimmy no le duraron mucho. Se sobrepuso con facilidad, lo que, tras una distendida y cordial charla con el interfecto, le permitió continuar en su trabajo junto a Jimmy como si nada hubiera ocurrido. Lisa, a esas alturas de su vida, ya tenía un armazón sicológico muy potente que le permitía sobreponerse con cierta facilidad a los reveses que pudiera sufrir. Por eso, al menos aparentemente, superó sin ningún problema el «incidente», que fue como lo definió cuando le contó a Grace lo ocurrido.
—Pero, ¿no le habías notado la pluma? A ver si estás perdiendo facultades—, le dijo su amiga, muy extrañada de que Lisa no hubiera reparado en la orientación sexual de Jimmy después de haber estado trabajando junto a él durante tres años. 

Precisamente la preocupación por ese fallo fue el único problema que le produjo a Lisa el «incidente». Estuvo preocupada con ello durante unos días, dándole vueltas en la cabeza al asunto, tratando de encontrar la razón de su descuido. Al final concluyó: «Bah, el mejor escribano echa un borrón. Que te sirva para que, en adelante, no te confíes, Lisita, y ante los hombres estés siempre alerta». Pero el «incidente» también le sirvió para iniciar un periodo de reflexión sobre su presente y futuro, tanto en lo personal como en lo profesional. En lo personal, empezó a plantearse qué tipo de vida quería, ¿matrimonio?, ¿hijos? En lo profesional, por primera vez se preguntó qué quería ser de mayor. Posiblemente, estas preguntas podrían tener una respuesta fácil en la mayoría de las mujeres de su edad, pero Lisa era especial. Su superior inteligencia, su sentido trascendente de la vida en el que ocupaban un lugar preferente los conceptos razón y justicia, sus recuerdos de la niñez y de su primera juventud (aún se consideraba muy joven) y, en suma, todas las experiencias ya vividas, eran variables que interactuaban en sus reflexiones, a veces interponiéndose unas con otras, por lo que el análisis no le resultaba fácil. 

La idea de ser madre le gustaba; la del matrimonio, menos. Su profesión le apasionaba, pero no podía evitar una mueca de desagrado cuando se imaginaba continuando con lo mismo a los 50 años o más. Por otra parte, su autoestima había crecido en los últimos años, sobre todo cuando mentalmente se comparaba con los de su entorno. «Vales mucho, Lisita», se decía al concluir sus comparaciones. Así, el autoconvencimiento sobre su gran valía y, por otro lado, su interés en ser útil a la sociedad, que derivaba de su indudable y siempre demostrado espíritu de servicio, dirigieron sus reflexiones a la conclusión de que su lugar en la vida estaba ¡en la política! «Por qué no», se dijo frunciendo el ceño y con su habitual determinación. 

Este proceso reflexivo le acompañó durante bastante tiempo. La conclusión le gustaba, pero, a la vez, le producía miedo, más bien, cierto desasosiego. Y, desde luego, no se quería equivocar. En lo personal —hijos y matrimonio— no había que forzar las cosas; lo que tuviera que ser, sería. Pero en lo profesional, o sea, en lo de la política, habría que intentarlo, para lo cual debería estar muy atenta para poder aprovechar cualquier oportunidad para dar el paso; es decir, para tomar contacto con ese mundo totalmente desconocido para ella hasta entonces. «No hay prisa, pero ojo avizor, Lisita», se dijo. 


CAPÍTULO VII – Comienzos en la política

En el verano de 2034, Estefany, la gorda, con la que seguía compartiendo el apartamento, invitó a Lisa a pasar una semana en casa de sus padres, en una pequeña localidad costera de Massachussetts, a unos 65 kilómetros de Boston. Un día, Lisa y Estefany, junto a los padres de esta, fueron invitados a cenar en casa de unos amigos de los padres. Lisa, como durante el resto de la semana, se sintió muy a gusto en aquel ambiente y no paró de conversar con otros invitados y con los anfitriones. En la agradable velada en el jardín que siguió a la cena, Lisa fue reclamada por un grupo de mujeres —todas sexagenarias, más o menos— para charlar, a lo que accedió encantada. Con su desparpajo y simpatía habituales, enseguida Lisa acaparó la atención del grupo y contestó de muy buen grado a las preguntas, incluso a las indiscretas, con que, casi, le atosigaron. Resulta que dos de las que se mostraron más interesadas le confesaron que, como Lisa, habían participado años atrás en los movimientos feministas y, por esto, pronto surgió una corriente de simpatía con sus dos interlocutoras. Cuando, en el transcurso de la cordial conversación, Lisa, sin ninguna intención, manifestó que estaba considerando la posibilidad de incorporarse a la política, una de las del grupo dijo algo así como «Eso se puede arreglar fácilmente». Resulta que su marido era un veterano destacado cargo del Partido Demócrata. El contacto estaba hecho; había que aprovecharlo. 

Y bien que lo aprovechó Lisa. A los pocos días de volver, Lisa se puso en contacto con los responsables locales del partido, que ya habían recibido la recomendación de atender bien a Lisa. No le costó mucho convencerlos de que reunía condiciones intelectuales, habilidades dialécticas, talante y, además, experiencia laboral, más que aprovechables para destacar en el partido. Le asignaron un puesto, no muy importante, pero de cierta visibilidad, que, en principio, no sería remunerado. Así se lo explicó el cabeza local del partido, Mr. Williams, que, por prudencia y sin decirlo, colocó a Lisa en una especie de periodo de prueba. Lisa aceptó entusiasmada, aunque tuvo que compatibilizarlo con su trabajo en el despacho. 

Durante el primer año, Lisa se ocupó de ponerse al día de los asuntos que se gestionaban en el partido. Hizo muy buenas migas con todos sus compañeros, que enseguida se dieron cuenta de que habían hecho un magnífico fichaje. Estefany estaba encantada al ver cómo Lisa, en cuanto las tareas del despacho se lo permitían, volvía al apartamento y se encerraba en su habitación para estudiar y analizar los asuntos del partido. «Lisa, de la intendencia y del avituallamiento me ocupo yo; tú a arreglar el país», le dijo un día Estefany con cierta sorna pero con total sinceridad, porque veía con mucho agrado cómo Lisa estaba ilusionada con la actividad que había iniciado, de lo cual Estefany, por el hecho de la invitación, se sentía partícipe y, en cierto modo, inductora, lo que le satisfacía enormemente. «Esta llegará lejos», pensaba siempre que le preparaba la cena. 

En el segundo año en el partido, Lisa ya empezó a manifestar, siempre que podía, sus opiniones. Ya le preguntaban. Su nombre empezó a sonar. Tuvo alguna pequeña intervención en la tele y su número de teléfono fue incorporándose a la lista de contactos de los periodistas locales. En el otoño de 2036, a sus 36, Lisa recibió de Mr. Williams la propuesta formal de incorporarse al partido full time. «Te pagaremos lo mismo que ganas ahora». No se lo pensó y aceptó. Lisa Simpson había iniciado su carrera política.

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11 abr 2017

LISA SIMPSON (4)


Esta es la cuarta entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Contiene los capítulos IV y V. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí.
CAPÍTULO IV – Readaptación sexual

Retomamos el relato de la vida de Lisa, ya en la treintena, en la capital, trabajando en el humilde pero activo despacho de abogados defensores de causas de personas humildes, y compartiendo el apartamento con Laura y Estefany. Lo habíamos dejado tras el apasionado encuentro sexual con Laura.
Aquella primera experiencia lésbica, a la que siguieron no pocas más del mismo estilo con Laura, descolocaron a Lisa, o sea, la afectaron síquicamente. Ella no se consideraba lesbiana porque nunca había sentido atracción por las mujeres. Por eso, se preguntaba continuamente «¿Qué me pasa?». Y no sabía responderse. Pero se propuso aclararlo. Para ello, pensó en Grace, su excompañera de su primer trabajo en el otro despacho de abogados, con la que, de vez en cuando, continuaba viéndose para ir al cine o a tomar algo a los bares del centro. Sin entrar en detalles, le contó lo que le pasaba y le pidió consejo. «Tú, Lisa, lo que necesitas es que te metan una buena polla, y ya verás cómo se disipan tus dudas y te enteras de lo que de verdad te gusta», le dijo Grace sin muchas contemplaciones.
Lisa puso en práctica el consejo recibido. En su círculo de amigos había buenos mozos (incluido su compañero de despacho, Jimmy), a los que Lisa, aunque los miraba con buenos ojos, hasta entonces, no había hecho mucho caso. El recuerdo de Milhouse la había frenado en más de una ocasión. Pero, despojándose de aquel desagradable recuerdo y dotándose de anticonceptivos, Lisa inició un gradual proceso de afirmación de su heterosexualidad. Tuvo bastantes experiencias, unas buenas y otras no tanto, pero en todas llevó con mucho acierto y autoridad las riendas de aquellas relaciones en las que el sexo era el único móvil; en ninguna hubo amor y todas duraron poco. Curiosamente, en estas experiencias no participó Jimmy. Al principio de este proceso y simultáneamente, mantuvo también la relación con Laura, pero a medida que se incrementaba su disfrute con hombres, decayó su interés por ella. Al cabo de cinco o seis meses y tras una tormentosa discusión, Lisa cortó definitivamente su relación con Laura; esta lo asimiló muy mal, hasta tal punto que se mudó a otra vivienda. Lisa y Estefany, la gorda, se quedaron solas en el apartamento.
Hasta 2030 Lisa y Estefany convivieron. Estefany era muy buena persona, también muy prudente y discreta, por eso nunca se atrevió a criticar a Lisa por su agitada vida personal. Porque Lisa, una vez que empezó, no paró. «Qué razón tenías», le solía decir a Grace cuando se veían y, sin ningún recato, Lisa le ponía al corriente de sus aventuras con hombres. «Son unos capullos», le decía Lisa, «Solo piensan en meterla, y la mayoría lo hace de puta pena. Aunque reconozco que me gusta follar, a veces me dan ganas de hostiarlos». «¡Joder, tía!, cómo has cambiado», o algo parecido solía contestar Grace, que, realmente, estaba impresionada por el cambio que veía en Lisa.
Lisa había comenzado a fumar 2 o 3 años antes, por sus 28; también, al mismo tiempo, comenzó a sentir cierto gusto por las bebidas alcohólicas, aunque nunca bebió en exceso. Por otra parte, tras dejarlo con Laura, comenzó a escribir algo parecido a un diario, en el que, con bastante detalle, dejaba constancia de sus aventuras con hombres. Profesionalmente se sentía feliz. La convivencia con Jimmy era estupenda y Lisa gozaba ayudando en las causas de los humildes. Realmente, sentía gran placer al ganar los pleitos a las importantes compañías inmobiliarias en los casos de desahucios indebidos; también si conseguía buenas indemnizaciones por despidos improcedentes. Vencer a los poderosos la complacía extremadamente. Por eso, cada triunfo en los tribunales suponía una celebración, generalmente compartida con Jimmy; aunque los casos los gestionaban conjuntamente, ella solía ser la que protagonizaba los juicios frente al juez y al jurado. «Lisa, enterneces al juez y derrites al jurado; eres una campeona» o algo parecido solía decirle Jimmy en cada celebración. 

CAPÍTULO V – Jimmy

Lisa tomaba buena nota de los halagos de Jimmy en las celebraciones, hasta tal punto que todos quedaban luego reflejados en su diario. Una noche, en su habitación, tras escribir en el diario lo que le había dicho Jimmy en la celebración que, con otros amigos, habían tenido por la tarde, se quedó pensativa, preguntándose cómo no había tenido ninguna aventurilla con su compañero laboral. En su reflexión, cayó en la cuenta de que sabía muy poco sobre él aunque, por el trabajo, pasaban juntos buena parte del día y mantenían una excelente relación personal, ya convertida en verdadero aprecio mutuo. «Le tendré que tirar los tejos», se dijo una sonriente Lisa dispuesta a incorporar a Jimmy a su lista de amantes circunstanciales.
Así que, sin demora, al día siguiente Lisa inició el proceso de seducción o conquista a su compañero. «Sin necesidad de esforzarme, te aseguro que en un par de semanas me lo tiro», le dijo a Grace cuando le contó sus intenciones. Y comenzaron las insinuaciones, roces, miradas, sonrisas, conversaciones picantes, y hasta provocaciones, para conseguir que Jimmy respondiera como esperaba: con la respuesta viril que se supone cuando la propuesta es tan evidente y clara. Pero no. Jimmy, que obviamente recibía los mensajes seductores de Lisa, respondía con francas sonrisas y comentarios corteses pero esquivos, como si le divirtiera la novedosa actitud de Lisa hacia él. «Yo creo que se cachondea de mí», le decía a Grace cuando le ponía al corriente del proceso.
A los dos meses de haber iniciado el «asedio», ya casi convertido en «acoso», durante los cuales, en el contexto de su estrategia, Lisa había intensificado los momentos compartidos con Jimmy, sobre todo fuera del despacho, por lo que en sus conversaciones había profundizado en el conocimiento de la personalidad de su compañero, notó que empezó a verlo con otros ojos; mejor dicho, notó que empezó a sentir por él algo nuevo, desconocido hasta entonces para ella. «A ver si te estás enamorando, tía», le dijo Grace con tono preocupado. «Pues igual sí», contestó Lisa, con aire abstraído y con la mirada perdida en el paisaje urbano que había al otro lado del ventanal de la cafetería en que estaban tomando sendos daiquiris (esta bebida se había puesto de moda entre las mujeres de las zonas urbanas del Este de USA a raíz de que apareciera en una película como favorita de su popular y afamada protagonista).
Lisa, que ya tenía 31 años, empezó a considerar la posibilidad de que Jimmy, unos cinco años mayor que ella, pudiera ser su objetivo para algo más consistente que un esporádico escarceo sexual, o sea, pensó en la posibilidad de ser su novia «formal». «¿Por qué no, quién mejor? Además me gusta mogollón», se dijo resueltamente. Lo que no sabía es que estaba a punto de recibir el segundo gran golpe proveniente de un hombre. «Soy gay, Lisa querida», le confesó un sonriente Jimmy cuando ella, nerviosa y atropelladamente, le propuso relaciones.
Aquella confesión le produjo el efecto de un puñetazo en la boca del estómago. Fue un dolor irresistible que le hizo salir corriendo del bonito bar en que estaban. Corrió y lloró. Aunque impulsada por la frustración de un amor no correspondido, lo que más le afectó fue sentir la humillación de verse rechazada por ¡un hombre! «Otro hijoputa..., ¡como Milhouse!», se dijo en su desesperación. 

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5 abr 2017

LISA SIMPSON (3)


Esta es la tercera entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí.

CAPITULO III – Relación con la familia

Con el paso de los años, en Lisa se fue produciendo un cambio en la percepción de los miembros de su familia, si bien esto no impidió que se mantuviera su amor por todos ellos. Pero sí influyó en que su desarrollado sentido crítico le hiciera ver realmente lo positivo y negativo de las formas de ser de sus más allegados y de sus comportamientos.
Desde luego, no cambió su admiración reverencial por se madre, Marge, que continuó luciendo su espectacular cabellera azul y su singular peinado. En los años en que estuvo en la universidad, Lisa todas las semanas le llamaba al menos una vez para ponerla al día de cómo le iban las cosas; ambas disfrutaban en estas conversaciones y en más de una Lisa notó cómo se quebraba la voz de su madre por la emoción que le producía el relato de las interesantes vivencias de su hija. Por precisar, hay que decir que en estas conversaciones Lisa nunca mencionó a Milhouse y, por supuesto, nunca le dijo nada sobre su aborto. Más tarde, durante el tiempo que vivió en Springfield en casa de sus amigas gemelas, se veían con frecuencia, y al menos un par de veces al mes quedaban para ir a hacer la compra en el centro comercial o a tomarse un café. En estos encuentros ambas disfrutaban y Marge aprovechaba para ponerle al día de las “cosas de casa”, en especial, de las extravagancias de Homer (que cada vez eran más disparatadas). También a Marge le gustaba informarle de cómo Maggie se iba convirtiendo en una preciosa y muy inteligente jovencita; sobre Bart le contaba poco. 
Lisa escuchaba con interés lo que su madre le contaba, pero cuando Marge, con gesto apesadumbrado, se lamentaba de las cosa de Homer, Lisa, algunas veces, no se reprimía y, en tono grave y enérgico, le aconsejaba algo así como «No se lo debes permitir. Te tienes que imponer, mamá, si no cualquier día este hombre va a hacer algo gordo de lo que todos vamos a salir perjudicados. ¡Joder, que ya es hora de que le entre la sensatez!» A lo que Marge siempre contestaba reprendiendo a Lisa: «Hija, que malhablada te has vuelto; no está nada bien en una chica de tu clase». Con lo que Lisa desistía de sus consejos o advertencias, diciéndose «No tienen remedio».
Verdaderamente, Lisa digería mal la sumisa actitud de resignación de su madre, que chocaba con el espíritu reivindicativo de Lisa en favor de la emancipación femenina, que se acentuó desde que en 2025 (a sus 25 años), al poco tiempo de llegar a la capital, Lisa se incorporara a una asociación defensora de los derechos de la mujer —que había sido muy activa a raíz de la llegada en 2016 de Trumph a la presidencia de USA—, en la que destacó por su beligerancia y compromiso. Por eso, Lisa, a medida que pasaba el tiempo, soportaba peor la actitud de subordinación de su madre con respecto a su padre. Pero la fuerza del cariño se imponía al impulso de la militancia, por lo que Lisa siempre se abstuvo de ser demasiado ácida en sus críticas o reconvenciones; aunque ganas no le faltaban.
Por lo que le contaba su madre y por lo que se enteraba por terceros —que solía ser lo peor, por lo que Marge prefería omitirlo—, Lisa estaba al corriente de las andanzas de su padre. Al principio, mientras estaba en la universidad, Lisa le llamaba por teléfono para tratar de hacerle ver que su comportamiento hacía sufrir a Marge, instándole a que fuera más sensato. Homer la dejaba hablar y la escuchaba pacientemente; cuando Lisa acababa, solo se le ocurría decir algo parecido a «Lisa, no seas tan dura con tu papá, que te quiere mucho, mucho, mucho…», cambiando inmediatamente de tema para contarle alguna anécdota chusca o ridícula de sus amigos Lenny y Carl, y, sobre todo, de lo malo que les pudiera haber ocurrido a sus cuñadas Patty y Selma —de las que, si no tenía otra cosa que contar, decía en tono despreciativo: «Y siguen fumando como carreteros... ¡puaf!»— , tras lo que siempre concluía con la coletilla «… así que no te quejes de tu papá».
Con los años y a medida que su formación intelectual crecía, en Lisa se fue afianzando el sentido común y, como ya se ha dicho, un acertado sentido crítico. Esto le proporcionaba lucidez para enjuiciar los actos de los demás, por lo que, a medida que pasaba el tiempo, soportaba peor las insensateces de su padre, aunque, a la vez, iba asumiendo que era incorregible; o sea, se iba resignando a la realidad de que su padre no tenía remedio. Por eso, durante el tiempo que, tras la universidad, vivió en Springfield, Lisa casi no coincidió con Homer; prefería no verlo. El cariño y ternura que seguía sintiendo por él, era contrarrestado por el afianzamiento de la evidencia de que su padre era, simplemente, un cretino egoísta. «No lo aguanto», se decía cuando se enteraba de alguna de sus estupideces. Por eso, consciente de que nada podía hacer para corregirlo y ante el temor de que en algún encuentro pudiera mostrarse excesivamente crítica y dura, hasta el punto de dañarle o de crear una situación violenta o incómoda para ambos, prefirió tomar distancia de él.
Con Bart era diferente. Aunque, por lo que percibía cuando estaba con él y por lo que le contaban, se daba cuenta de que cada vez se parecía más a Homer (incluso en volumen), Lisa sentía verdadero amor fraternal por su hermano que, indudablemente, era correspondido por Bart con las creces de la admiración. Porque, aunque evitaba evidenciarlo, Bart sentía gran admiración por su hermana, de lo que esta, sin duda, se percataba y agradecía. Por eso, Lisa, durante el año que, tras la universidad, vivió en Springfield, procuraba estar con Bart siempre que podía. Incluso, una tarde estuvieron charlando de sus cosas en la casita del árbol (junto a la casa de sus padres, pero sin que estos se enteraran): En aquella ocasión, entre otras muchas cuitas y chascarrillos, se intercambiaron lo siguiente:
—Oye, Lisa, ¿qué tal con el memo de Milhouse en la uni?
—De ese hijoputa prefiero no hablar— Lo dijo con tal cara, que a Burt solo se le ocurrió decir:
—¡Joder!, tía; ni que te hubiera follado—.Lisa quedó un poco desconcertada pero disimuló diciendo:
—¡Qué más hubiera querido ese capullo!—. Cambiando inmediatamente de conversación. Pero se quedó con la duda de si su hermano sabía algo.

Respecto a la relación entre Lisa y Maggie hay que decir que siempre resultó inmejorable. Estar alejada de su hermana pequeña en los momentos de la adolescencia y primera juventud de Maggie fue lo que más lamentó Lisa por el hecho de ausentarse de la casa familiar (primero por la universidad y después por su trabajo). Pero siempre mantuvieron un fraternal contacto, en el que Lisa aprovechaba cualquier ocasión para dar cariñosos consejos a su hermana pequeña, que esta correspondía evidenciando la admiración y cariño que sentía por Lisa.
Como se ve, Lisa siempre mantuvo, aun desde la lejanía, muy buena relación con su familia, aunque muchas veces resultó turbada por las preocupaciones conyugales que le transmitía su madre, y, otras, por el desasosiego que le causaba el incorregible histrionismo de su padre.

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28 mar 2017

LISA SIMPSON (2)


Esta es la segunda entrega de la ficción sobre la vida de Lisa Simpson ya adulta. Contiene el capítulo II. Si te interesa la historia, conviene que empieces a leerla por el principio, o sea, por aquí

CAPÍTULO II. Inicios laborales y otras experiencias

Aparte del episodio del aborto, el paso por la universidad resultó apasionante y muy gratificante para Lisa.  Aunque su principal interés estuvo en el aprendizaje y enriquecimiento intelectual, se preocupó mucho de entablar buenas relaciones con los demás estudiantes para que no se reprodujeran los rechazos que soportó en la primaria de Springfield; así que hizo muchos y muy buenos amigos (de ambos sexos).

A los 23 años se graduó con un expediente brillantísimo. Se compró una coquetona toga para la ceremonia de graduación, a la que, entusiasmados y orgullosos, asistieron todos los de la familia: Marge, sencilla pero elegantísima (seguía exhibiendo un tipazo); Homer, aunque seguía engordando consiguió enfundarse un vistoso chaqué que completó con sombrero de copa (Marge había fracasado en su intento de convencer a Homer para que llevase un
atuendo más normal); Bart, con chupa de cuero y vaqueros; Maggie, convertida ya en una guapísima jovencita, luciendo tipazo con un llamativo vestido azul que estrenaba, que, pese a la oposición de su madre, destacaba por sus raquíticas dimensiones —por el contrario, Homer estaba encantado: «Es mi hija», decía con orgullo a todos lo que veía cómo la miraban—, y el abuelo Abraham, en silla de ruedas por estar convaleciente de una reciente caída que había tenido al tratar de acceder por una ventana al Hogar del Jubilado (por una apuesta con un compañero). También asistió un buen grupo de sus amigos de la primaria, que, junto a otros allegados de la familia (incluidos el señor Burns, Krusty el payaso, el jefe de policía Wiggum, Ned Flanders y el jardinero Willie), habían alquilado un autobús para asistir a la ceremonia y a las posteriores celebraciones. Aparte de tener que soportar, de buen grado, las ridículas memeces de su padre y las abundantes lágrimas de su emocionada madre, Lisa disfrutó mucho; fue un día inolvidable.
Tras la graduación, Lisa claudicó ante la insistente petición de su madre de que volviera a Springfield, aunque fuera temporalmente. «Pero viviré con las gemelas», le dijo Lisa, que, aunque se mostró reticente ya sabía del interés de su madre, por lo que tenía previsto volver; por eso se las había arreglado para conseguir de las gemelas Terry y Sherry, compañeras de Bart en la primaria, que le hicieran sitio en casa de ellas, que desde hacía un año se habían independizado de sus padres.
Así que Lisa volvió a vivir a Springfield, donde se incorporó a la escuela de primaria —en que estudió de niña— como adjunta del señor Skinner, que continuaba siendo el director. Solo estuvo un curso porque recibió una interesante oferta de trabajo para incorporarse en la capital del estado a un despacho de abogados que, naturalmente, aceptó. También le animó a dejar su ciudad natal la noticia de que Milhouse tenía intención de volver a Springfield aunque no había conseguido la graduación. «A este hijoputa no quiero ni verle», se dijo una vez más.
El nuevo trabajo en la capital le agradó. La situaron en el departamento de «Fusiones y Adquisiciones» en el que enseguida se hizo casi una experta. En los dos primeros años ya tuvo algunos éxitos profesionales que le proporcionaron gran reconocimiento de los socios propietarios del despacho y cierto prestigio en los medios profesionales. Se estaba haciendo un nombre, pero su trayectoria ascendente no tenía reflejo en sus ingresos.  Realmente, no le preocupaba mucho, nunca había sido ambiciosa ni el dinero era una preocupación importante para Lisa. Pero, Grace, la despampanante secretaria del socio-director del despacho, con la que había hecho gran amistad, se ocupaba, siempre que había ocasión, de hacer ver a Lisa que la estaban explotando, o sea, que no le pagaban como merecía.  Al principio, Lisa, con un «Qué cosas dices, Grace», no le hacía mucho caso, pero la insistencia de Grace tuvo su efecto. El caso es que Lisa, impulsada por Grace, cuando ya llevaba tres años trabajando en el despacho, a sus 27, se atrevió a solicitar al socio-director del despacho un aumento de sueldo.  Con un áspero «No tengas tanta prisa, Lisa, que aún eres muy joven» se la quitó de encima el experimentado director. Lisa acusó el golpe. Y como no estaba del todo satisfecha con los métodos que empleaba la firma para la que trabajaba (los escrúpulos no estaban bien vistos) decidió que debía explorar otros ámbitos laborables donde la experiencia y conocimientos adquiridos fueran más útiles para el sector más desfavorecido de la sociedad; no como en el despacho, en el que solo defendía intereses de empresarios y «tiburones» financieros. “Me enfrentaré a ellos”, se dijo con determinación.
Tras dejar el despacho, no le costó mucho encontrar la tarea que buscaba. Se integró en un grupo de abogados que había adquirido cierto prestigio defendiendo a gente humilde en la que se cebaba el inmisericorde capitalismo. “Desahucios y despidos” puso en la puerta del humilde despacho compartido con Jimmy —un desarreglado pero con cierto atractivo joven (33 años) abogado— en la destartalada sede del grupo. Y así inició una intensa y gratificante etapa profesional que le proporcionó muchas alegrías e innumerables sinceras muestras de agradecimiento de sus defendidos. Pero muy pocos ingresos. Tuvo que abandonar su coqueto apartamento en el centro mudándose a otro de la periferia, que compartió con otras dos abogadas de su estilo: Estefany, la gorda, y Laura, una simpática morenita hija de mejicanos inmigrantes. Aunque cada una disfrutaba de su propia habitación, a Lisa no le hacía mucha gracia la falta de intimidad propia de la convivencia obligada. Pero lo soportó bien el primer año; en el segundo ya se produjo algún roce con Estefany, la gorda, aunque la sangre no llegara al río.
Por el contrario, la relación con la morenita Laura fue mejorando hasta el punto de que se hicieron uña y carne. En ese clima, una noche, estando Lisa y Laura solas en el apartamento, la morenita preparó unos tacos mejicanos para cenar. Laura los solía preparar con frecuencia adaptándolos al gusto de Lisa, es decir, a base de vegetales. Es verdad que con frecuencia incluía trocitos de pollo, que Lisa, aunque los percibía, se los comía muy a gusto saltándose así su régimen vegetariano habitual.
«Están riquísimos» le dijo Lisa mientras, sentada a la mesa de la cocina, masticaba el que estaba a punto de engullir y se llevaba otro a la boca. Laura, de pie junto a Lisa, con un brillo especial en sus ojos, le contestó con un «Los he preparado con amor», mientras rodeaba con su brazo los hombros de Lisa, a la vez que presionaba con su cadera uno de los brazos de Lisa. El contacto y el tono de aquellas palabras hizo que Lisa clavara su mirada en los ojos de Laura a la vez que, con la boca semiabierta y ocupada por un buen pedazo de taco, esbozara algo parecido a una sonrisa. No acertó a decir nada; solo se le ocurrió poner su mano libre sobre la de Laura en un gesto de cariño. Laura se apretó más al brazo y con la mano atrajo hacia sí y con delicadeza el rostro de Lisa; esta se dejo hacer y, sin casi darse cuenta, notó que la lengua de Laura se mezclaba en su boca con los restos del taco que estaba comiendo. Tampoco supo cómo llegaron a la cama de Laura ni cómo se desvistió. El caso es que, durante más o menos una hora, Lisa yació entre los brazos y piernas de Laura... y disfrutó. Disfrutó y sintió como nunca había disfrutado y sentido. El máximo placer le llegó cuando, en su éxtasis, percibió que Laura con suavidad y entre besos y caricias deslizó su cuerpo desnudo por entre las sábanas hasta situar la cabeza junto a los muslos de Lisa, buscando con la boca la vulva de esta en la que introdujo con nerviosa pasión la lengua. Lisa, entre gemidos y lágrimas, experimentó el primer orgasmo de su vida.

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26 mar 2017

LISA SIMPSON (1)



No sé si algún día los creadores y guionistas de la insuperable serie televisiva LOS SIMPSON decidirán someter a sus personajes al paso del tiempo; es decir, si veremos cómo envejecen Marge y Homer y cómo se van haciendo adultos Lisa, Bart y la bebé Maggie. En algunos episodios de la serie hemos podido ver a Lisa y Bart ya creciditos –en alguno Lisa aparecía como presidenta de USA— pero siempre como una fantasía incrustada en la trama. Obviamente, la gracia de esta serie está en que, por la edad de sus protagonistas, los hechos, anécdotas y aventuras que se relatan afectan a todas las edades; si envejecieran los protas los guionistas tendrían que hacer abuelos a Marge y Homer para no dejar sin niños la serie. No creo que veamos esto; la serie está muy bien como está.
Pero a mí me gustaría saber qué será de Lisa cuando se haga una mujer. Porque Lisa es la única aprovechable de la familia. Homer es un impresentable, una calamidad, y a buen seguro que con los años será peor; no tiene remedio. Marge, aunque es muy buena persona y el pilar de la familia, tiene el imperdonable pecado de haberse unido –y, además, estar enamorada— al tarambana de su marido, por lo que con el paso de los años lo único que le podría pasar es que se desengañara y que fuera consumida por el desamor; bueno, también se podría liar con el vecinillo Flanders, lo cual seguro que daría bastante juego en la serie. En cuanto al hijo, Bart, me temo que, como su padre, tampoco tiene remedio; seguro que, con el paso de los años, superaría a Homer en obesidad y cretinez. A mí siempre me ha parecido que con el paso del tiempo “las virtudes se diluyen y los defectos se agudizan”.
Pero de Lisa, que es la joyita de la familia, se puede esperar todo... y mucho bueno. Por eso, me propongo hacer un ejercicio de futurología para saber qué puede ser de ella. Así que, situándome en el año 2050, cuando pongamos que Lisa cumpla los 50, me dispongo a hacer un imaginario repaso retrospectivo a las principales vivencias que tendrá esta “cerebrito”, por si se cumplen las expectativas que presenta ahora que es una prometedora niña.
Como no sé lo que voy a contar —la historia irá saliendo a medida que avanzo—, pero como supongo que me puedo alargar, voy a dividir la historia en capítulos. Aquí va el primero. 
CAPITULO I – La universidad y un problema
En 2018, ya con 18 años, con un brillante expediente en la primaria y secundaria de Springfield, Lisa se matriculó en una prestigiosa universidad de una ciudad relativamente cercana. Por su predisposición a ser útil a la sociedad, por su compromiso con la justicia y la razón, por su gran capacidad intelectual y por su evidente fluidez verbal, se decantó por estudiar Derecho. Sus padres la animaron y apoyaron, entusiasmados con la idea de llegar a tener una afamada abogada en la familia. Su hermano Bart solo acertó a decirle "Dabuten, Lisa, seré uno de tus más asiduos clientes; espero que me apliques la tarifa familiar". Su hermanita Maggie, que adoraba y sentía gran admiración por Lisa, se sintió muy apenada al saber que se iba a separar de su hermana mayor.
Llena de ilusión, Lisa hizo la maleta y se fue a vivir a una residencia de estudiantes ubicada en la zona universitaria. Por cierto, Milhouse, en el que con el tiempo se había afianzado una casi patológica admiración por Lisa, ya convertida en amor pasional (exacerbado por las constantes calabazas y expresos rechazos de la joven), a la vez (con 20 años) abandonó su trabajo de dependiente en el badulaque de Springfield y se matriculó también en la misma universidad, donde fue admitido por los pelos gracias a una eficaz gestión de Flanders (a la sazón, amigo del piadoso director de la facultad). Así que Lisa y Milhouse compartieron también la universidad, ella con gran brillantez y él evidenciando sus limitaciones intelectuales. Se veían de vez en cuando pero no se relacionaban mucho porque Lisa procuraba evitar los encuentros. A Lisa le agobiaba la sumisión reverencial de su amigo y sus constantes, siempre que se veían, insinuaciones amorosas.
Ya a los 20 años, de la joven Lisa, sin que tuviera un físico llamativo, se podía decir que estaba de buen ver; era una chica guapa y de buen tipo, eso sí, algo bajita. Pero su inteligencia, simpatía y buen talante cubrían de sobra sus limitaciones físicas, que, como he dicho, no eran en absoluto acusadas. Lisa era lo que se dice una joven resultona y, sobre todo, muy agradable en el trato. Vestía con gusto, pero nunca se puso tacones; su relativamente baja estatura no le tenía, en absoluto, acomplejada. Continuaba siendo vegetariana.
En la fiesta de fin de curso del año 2020, en la que sorpresivamente (para ella, no para él) coincidió con Milhouse, Lisa se excedió con el alcohol (no estaba acostumbrada a tomar). Milhouse, que no se le despegó en toda la tarde, se las arregló para que Lisa buscara en él el amparo y remedio para su sobredosis etílica. Lisa se dejó llevar y acabó sin bragas en los brazos de un ardiente Milhouse, que no desaprovechó la ocasión (¡pues no tenía ganas!). Así que Lisa perdió su virginidad en un desván de la residencia de estudiantes; ni se enteró de lo que le pasó, aunque sí relacionó durante unos cuantos días un dolor vaginal sobrevenido con el recuerdo del crispado rostro de Milhouse (sin gafas) en rítmico movimiento acompasado de jadeos y repulsivos sonidos guturales.  El episodio se le aclaró cuando unas semanas más tarde leyó el diagnóstico de la exploración ginecológica a que se sometió al notar la segunda falta: estaba embarazada.  “Ni loca tengo yo un hijo de este capullo”, se dijo con decisión y reiteradamente en cuanto cayó en la cuenta. Se las arregló para abortar sin decir nada a nadie de su familia ni de su entorno cercano (mucho menos al “causante”). “Y al gafotas este de los cojones no le vuelvo a dirigir la palabra… ¡ni a ver!”, se dijo, también con decisión, tras someterse al aborto.

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Ya puedes leer la segunda entrega aquí



18 feb 2017

LA VENGANZA DE LAS JUEZAS


Listo: ¿Qué, Julio? ¿Qué te ha parecido el fallo judicial del caso Nóos?
Julio: Pues una putada para la infanta Cristina. ¡No hay derecho...! Si el tribunal hubiera estado formado por hombres y hubieran fallado como lo han hecho estas tres juezas los habrían puesto a parir; como poco los habrían tildado, con toda la razón, de retrógrados machistas. Pero como eli tribunal estaba formado por mujeres...
L: Pero, Julio, ¿qué dices? Si, salvo la multa, la han absuelto, y a su marido, Iñaki Urdangarín, le han cascado 6 años y 3 meses. Me parece que no te has enterado... te estás haciendo viejo.
J: Sí me he enterado, sí. Es el tema del día en los medios, y, ya sabes, yo suelo estar informado de la actualidad. El que me parece que no se ha enterado eres tú, Listo.
L: A ver, Julio, explícate.
J: Pues está claro. Todos sabemos que Cristina está locamente enamorada de Iñaki —no hay más que ver cómo lo mira— y que, seguro, le hubiera gustado, hubiera deseado, compartir con su maridito excitantes momentos inéditos en la vida de ambos. Pero no la han dejado. ¡Hay que ser malas!
L: ¿Quieres decir que Cristina hubiera preferido que la hubiesen condenado a la pena de cárcel? ¡Joder, tío, qué mal te veo!
J: Naturalmente. Es que no te das cuenta de que, aparte de lo del amor, Cristina e Iñaki se casaron por la Iglesia y eso marca. Seguro que Cristina tiene grabado aquello que le dijo a Iñaki en la ceremonia: «...prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida...». Y en una hija de reyes esas palabras no se dicen solo porque sean parte del rito. No, Listo. Aunque tú no lo entiendas, en los de sangre azul esa promesa determina el comportamiento.


L: Pues no sé si su padre también dijo la frasecita cuando se casó en Atenas, pero, si así fue, parece que se le olvidó pronto.
J: Deja al padre tranquilo, hombre. Además, como, por lo de las religiones de los contrayentes, Juan Carlos y Sofía tuvieron dos ceremonias, seguro que se la saltarían, para abreviar y no alargar demasiado la movida. Pero, bueno, esto no es importante, así que no nos desviemos. Lo importante es la gran putada que le han hecho a Cristina estas juezas de Mallorca.
L: Y dale con Belmonte. ¡Cómo dices eso!
J: Porque es la verdad. Es que, hasta este maldito juicio, Cristina e Iñaki eran una pareja de cuento de hadas. Ya ves, por mucho que se haya evidenciado el delito de Urdangarin, Cristina insiste en la inocencia de su marido; es normal, se dice que el amor es ciego. Y te voy a decir más. Pensando en que los podrían encarcelar a los dos, estoy seguro de que la infanta habrá mojado las sábanas más de una vez soñado con los ardientes vis a vis, alternos, de los que podría disfrutar con su esposo si también ella estuviera encarcelada. Esas cosas les ponen mucho a los ricos y poderosos, Listo. Tú, como perteneces al vulgo, no puedes experimentar esas sensaciones superiores. ¡Ah, el amor...! ¿No te dan envidia, Listo?
L: Supongo que has dicho «vis a vis alternos» porque estás pensando en que los podrían tener una vez en la cárcel de ella y otra en la de él, y así muchas veces, ¿no?
J: Pues claro, listillo. Lógicamente, siendo quienes son, es seguro que tendrían algunos privilegios durante el tiempo que estuvieran entre rejas. Eso lo entiende cualquiera. La verdad, a mí también me gustaría estar en ese trance.
L: ¡Jo, Julio! Me parece que hoy te has excedido en tu dosis de cubatas.
J: No te pases, listillo; que es mediodía y yo hasta la noche no los pruebo. A ver qué van a pensar los que lean.
L: Pues es que no entiendo...
J: A ver cómo te lo explico. Tú sabes que a Urdangarín le han condenado por haberse llevado entre 5 y 6 millones de dinero público. Que, según dicen, con esa pasta se compraron, entre otras cosas, el casoplón de Pedralbes, en Barcelona. Que vivían a cuerpo de rey; o sea, como sus dos familiares reyes. Que la infanta tenía algún cargo en las sociedades instrumentales que utilizaba su marido para tratar de despistar a la Hacienda Pública y, así, defraudarla. Que la infanta es una mujer preparada y moderna, por eso, trabajaba, con un buen puesto, en una entidad financiera importante. Que, además, por formar parte de la familia real española, tiene buenos contactos que la pueden asesorar y que, lógicamente, le habrían puesto al tanto de los trapicheos de su marido. En fin, tú sabes, Listo, que la infanta tiene todos los atributos necesarios para que nadie pueda decir de ella que se ha caído de un guindo, o, lo que es igual, que es una gilipollas ignorante.
L: Bueno, pero según han dicho las juezas el que cometió los delitos fue el marido; ella, según la sentencia, solo se ha lucrado algo.
J: Anda, déjate de monsergas. Lo que ha pasado es que las juezas han ido claramente a por ella, y por eso la han exculpado y, por consiguiente, absuelto. Es un evidente caso de mala leche. Las tres juezas no han podido soportar que, mientras la modosita infanta tiene un marido tan macizo y unos hijos tan guapos y la vida le iba muy bien, ellas, que por el aspecto que tienen seguro que no se comen un rosco, o que si se lo comen sea de baja calidad —algún abogaducho bajito y con gafitas o cosas así—, han querido vengarse a su manera: quitándole la posibilidad de los emocionantes y lujuriosos vis a vis alternos. ¡No hay derecho!; eso no se hace... y menos a una infanta.

12 feb 2017

La Historia y ETA

Recuerdo que, ya de niño, en la escuela, la Historia no estaba entre mis asignaturas preferidas, ni mucho menos; creo que ya empezaba a intuir que no había que creerse todo lo que nos decían o lo que estaba en los libros por el mero hecho de que nos lo decía el maestro o porque alguien lo había escrito. Por eso, me gustaban la Gramática, la Aritmética y la Geometría: enseñaban lo constatable. Luego, con el paso de los años, se ha desarrollado en mí un agudo escepticismo que, aunque haya quien lo considere casi patológico, a mí me parece muy saludable. Esto no quiere decir que no me crea nada de lo que me cuenten o lea sobre «lo que pasó», pero sí que lo someto a los filtros intelectuales del análisis; o sea, me lo creo si este, el análisis, me proporciona razonables visos de verosimilitud. Y es que a mí me parece que la narración de la Historia está contaminada por el subjetivismo — intereses, filias y fobias— del narrador o historiador, por lo que resulta arriesgado asumir que es cierto todo lo que nos cuentan. En apoyo de lo que he dicho creo que, sin recurrir a casos lejanos en el tiempo, solo es necesario ver cómo nos cuentan lo que sucedió en el día de ayer los diferentes medios de comunicación o de «información» —que, realmente, en la mayoría de los casos, son de «opinión» (o sea, como los influencers)—, que, en muchos casos (sobre todo si el objeto tiene que ver con la política, la religión o los sentimientos en general), nos dan versiones muy diferentes o sesgadas de lo acontecido. Puede que haya exagerado algo, pero creo que hay bastante de lo que digo. Por cierto, si el que lea esto tiene la tentación de decirme aquello de «los que desconocen la Historia corren el riesgo de repetirla», que sepa que la frase no me parece muy apropiada (no voy a detenerme a argumentarlo para no desviarme).

Tras este preámbulo, voy a lo que me interesa: la polémica sobre cómo se debe contar la historia de ETA. Simplificando, los dos agentes que, desde posicionamientos opuestos, protagonizan la polémica son, por un lado, los constitucionalistas y las víctimas, y, por otro, el abertzalismo. Por lo que he percibido, los primeros exigen, además de que ETA pida perdón, que en la Memoria Histórica se haga expreso reconocimiento de la sinrazón y del inútil daño causado por ETA, y, enfrente, el abertzalismo aspira a que en la Historia se expliquen las razones de carácter político y social que tuvo ETA para ser y estar. O sea, la confrontación no está en los hechos, porque los atentados de ETA no se cuestionan; las diferencias están en lo que se podría considerar el armamento político-ideológico que utilizó ETA en su nacimiento, desarrollo y final.

Me temo —mejor, estoy seguro— que poner de acuerdo a ambas partes va a ser imposible; es decir, no va a poder escribirse una sola Memoria Histórica de Euskal Herria de los últimos sesenta años, incluso diría que tampoco de todo el siglo XX —no hay que olvidar que el nacimiento de ETA tuvo que ver con el franquismo y que el de este lo tuvo con la situación político-social en España en el primer tercio del siglo XX—, por lo que los que propugnan por su narración consensuada u objetiva es mejor que abandonen su noble propósito. Es tarea imposible.

Por eso, lo de la Memoria Histórica en Euskal Herria  me parece una tarea que, hoy por hoy, resulta vana, inútil e, incluso, contraproducente. Creo que hay que esperar, al menos, un periodo de unos 50 años —o sea, hasta que, por un lado, los protagonistas hayan desaparecido por ley natural, y, por otro, hasta que la mayoría de heridas estén cicatrizadas y las ganas de revancha y los rencores hayan desaparecido (en su mayor parte)— para poder ser narrada con aceptables dosis de ecuanimidad y objetivismo, o sea, de verdad. Insisto, por tanto, en que los intentos de hacerlo ahora o en los próximos años estarán condenados al fracaso.  

Creo que algo de lo que digo ha pasado con la guerra civil española, Franco y el franquismo. Supongo que hay variadas narraciones, justificaciones, condenas, acusaciones y, a la postre, «verdades» sobre lo que pasó en España en los tres primeros cuartos del pasado siglo XX. Y, sigo suponiendo (nunca me ha preocupado como para ponerme a estudiarlo), que por cada «verdad» expresada por una parte (o bando) siempre surge otra que, desde la otra parte (o bando), la contradice. Aunque hay que admitir que cuando miramos al retrovisor todos tenemos, más o menos, una idea de lo que podría considerarse la «verdad aproximada» sobre los tiempos pasados, es incuestionable que, cuando en la Historia entran en juego las ideologías, los sentimientos, las pasiones y las emociones, es decir, los componentes de lo que se podría considerar lo menos consistente del armazón síquico de las personas, el análisis y enjuiciamiento objetivo de los comportamientos no es tarea fácil porque estará condicionado por la propia subjetividad del narrador.

Dejando de lado, por improbable, lo de la Memoria Histórica «oficial», no cabe duda de que sobre la historia de ETA todos los vascos tenemos opinión. Independientemente de la cercanía o lejanía a los hechos acaecidos durante los casi 60 años de su existencia, a todos los de mi generación nos ha interesado lo de ETA. Y ya que estoy con esto, diré, resumidamente, mi opinión, que es la de un ciudadano corriente sin influencias partidarias (creo).

Cuando, según dicen, nació ETA, año 1959, yo tenía ya 14 años y empezaba a tener consciencia de la situación político-social de mi entorno. Que en aquella situación (pleno 
franquismo) surgieran quienes se enfrentaron al férreo poder, me gustó (como, supongo, a la mayoría de vascos). Y, sin entrar a considerar las razones y objetivos de ETA y al margen de las tendencias o preferencias políticas que cada cual pudiéramos tener respecto al nacionalismo y al socialismo (que conformaban el soporte ideológico de ETA), durante los años sesenta y setenta la mayoría entendimos que su actividad era valiente y, sobre todo, legítima; y nos gustó que la mantuvieran mientras duró el régimen anterior. Otra cosa fue a partir de la Constitución (1978) y del Estatuto (1979), o sea, una vez que se inició el periodo democrático. Curiosa y, en mi opinión, lamentablemente, a partir de 1980 ETA intensificó sus ekintzak con salvajes y cruentos atentados, lo que, sigo opinando, la deslegitimó totalmente, aparte de causar un enorme daño: en sus enemigos, en sus propias filas y, lo más chocante, en el conjunto de la sociedad vasca.

Así que creo que la historia de ETA tiene luces y sombras. Más luces en sus primeros 20 años de vida y casi una penumbra total en el resto de su existencia.

Debo confesar que lo que me ha movido a escribir todo esto ha sido la lectura de un artículo de Josemari Lorenzo, compañero de trabajo en nuestros primeros años de actividad laboral, luego profesor de Historia en la Universidad de Deusto, autor de varios libros y articulista, al que tengo en gran estima a pesar de que, me temo, sobre estas cosas podamos discrepar a juzgar por lo que dice en su artículo (se puede leer aquí) . Por comentar de carrerilla algo de lo que dice (el artículo es extenso y denso) diré que, quejándose de la taimada narración que hace o pretende hacer el Poder (y sus allegados) de la Memoria Historia, él, desde una posición, entiendo, cercana al abertzalismo, reclama «...nuestra Memoria de la Verdad». Sin cuestionar la legitimidad de tal pretensión, le diría al autor que, en línea con lo que he dicho antes y aplicable a cualquier situación pasada, lo que he entrecomillado me parece un oxímoron, porque «nuestra memoria» y «verdad» me parecen términos contradictorios en una misma expresión. Ya me gustaría charlar con Josemari sobre estas cosas.