8 oct 2012

CINISMO JODIENTE. ARTUR MAS

El cinismo es una actitud; cínico es el adjetivo relacionado. Como el diccionario de la RAE no está muy sembrado que digamos con las definiciones de ambos términos, no hay más remedio que improvisarlas. Así, a bote pronto, diría que se puede denominar cinismo a la actitud expresiva que se adopta cuando se manifiesta con descaro  o aplomo lo contrario o algo muy diferente de lo que se piensa; o sea, es como mentir «con arte». No sé lo que opinarán los académicos de la RAE, pero creo que lo anterior resulta mejor que sinonimizar (me la acabo de inventar) «cinismo» con «desvergüenza» o con «impudencia» como hacen ellos.

O sea, en el cinismo se da una total disociación entre lo que se piensa y lo que se aparenta. Así, es muy corriente que el cínico emplee palabras correctas y sonría con afabilidad, o sea, aparente cordialidad, cuando está diciendo algo que, a sabiendas, molesta al interlocutor o a los que le escuchan; esto es una de las variedades más comunes del cinismo, que podemos denominar cinismo jodiente: mientras dice algo que molesta, el cínico pone su mejor cara y sonríe como un bendito; ¡mira que jode! Y no te digo nada si, mientras dice lo que te jode, ya no solo sonríe sino que, incluso, intercala alguna risita (risa bobalicona, realmente); ¡te pone de una hostia...!

¿Y a qué viene todo esto?, se preguntará el lector, aunque el título de este escrito ya da alguna pista. Pues sí, han sido las apariciones del president Artur Mas en los noticieros de la tele lo que me ha hecho pensar en esto del cinismo jodiente a que me he referido. En concreto, hablo de sus apariciones expresándose en castellano, que son, normalmente, cuando habla para fuera de Cataluña, digamos que para Madrid. Porque cuando habla en català lo hace para los catalanes y, por tanto, supongo que se muestra con menos dobleces y con cierta sinceridad (si es posible que tal cualidad adorne a un político). O sea, cuando le veo o escucho hablando en castellano —cuando habla para Madrid— es cuando inmediatamente relaciono lo que veo y escucho con los términos cinismo y cínico en su variante más jodiente, como decía antes. Voy a tratar de explicar el porqué.

Leyendo u oyendo a buena parte de los medios de comunicación en Madrid, no hay que ser un experto analista para decir que, en la capital, el president es uno de los más odiados y denostados personajes políticos de la actualidad, debido a sus últimas iniciativas políticas relacionadas con el complejo asunto de la eventual independencia de Cataluña. Y, por lo que he observado, la aversión que se siente en Madrid por este personaje se recrudece cada vez que se le escucha hablando sobre el asunto. Es obvio que esto ya lo sabe él, y sabe que lo de la independencia de Cataluña, aquí, en Madrid, jode mucho. Por eso, en sus declaraciones públicas dirigidas, principalmente, al Foro, se le ve siempre con una media sonrisa (o con un cuarto de sonrisa), con el gesto afable, empleando un tono suave y siendo comedido en sus palabras en una ambigüedad expresiva calculada. O sea, dulcifica el gesto y suaviza el discurso, tratando de transmitir cierta cordialidad a sabiendas de que el fondo de su mensaje molesta enormemente a buena parte del personal... y, claro, el personal coge unos rebotes de mil demonios.

Por todo esto decía antes que relacionaba al molt honorable president con lo del cinismo jodiente; la verdad, me parece que en esa disciplina es un verdadero experto. Por eso no me cae nada bien y por eso, si tuviera la oportunidad, le recomendaría al president que cuando hable para Madrid lo haga con más frescura; que se deshaga de la pose conciliadora y de la beatífica media sonrisa o cuarto de sonrisa, que la debería dejar para sus encuentros con el abad de Monserrat; que cuando hable para Madrid —de estas cosas que ha hablado últimamente— que lo haga con la firmeza, seriedad y sobriedad con que se debe hablar cuando se habla de cosas importantes (y la eventual secesión de Cataluña lo es de las que más, Mas), que se deje de florituras dialécticas y de actitudes versallescas. En suma, que llame al pan pan y al vino vino y que sea valiente y sincero... si tiene las cosas claras. Y si no las tiene que se calle y no la líe.

Para terminar, debo confesar una duda que me ha entrado mientras escribía sobre el cinismo jodiente de Artur Mas: ¿será que, simplemente, es un buen político? Si fuera así, para mí habría sinonimia entre «cínico» y «buen político»... ¿o no?




6 sept 2012

FABULOSOS PARALÍMPICOS... Y RONALDO

Estoy siguiendo por la tele los Juegos Paralímpicos y debo decir que estoy impresionado. No sé si será porque, por suerte o por desgracia, no había tenido apenas contacto con el mundo de los discapacitados y mucho menos con los que, formando parte de ese colectivo, se dedican al deporte y compiten oficialmente, pero lo que estoy viendo estos días no lo había visto nunca y creo que merece, como poco, el calificativo de espectacular; ¡gran espectáculo! Desde luego, para mí, mucho más atractivo que los juegos de la Olimpiada. Creo que es una suerte que Teledeporte de TVE, a través de la tecnología TDT, nos esté dando la oportunidad de contemplar casi todo lo que pasa en Londres desde el pasado 29 de agosto.

Es impresionante ver a ciegos jugando al fútbol o participando en las pruebas ayudados de sus "guías"; o a personas sin brazos utilizar el arco y las flechas con los pies (y conseguir la medalla de oro); o a discapacitados jugar al baloncesto en sillas de ruedas (he visto canastas que no desmerecen de las de los profesionales de la ACB). Qué decir de los participantes en las pruebas de atletismo o de natación, muchos de ellos con serias discapacidades pero consiguiendo marcas muy dignas, como el caso, que he visto esta tarde, de un chino sin brazos que ha corrido los 100 metros en 11 segundos. En fin, sería interminable la lista de menciones a participaciones espectaculares y a la vez chocantes, por las variopintas condiciones físicas y mentales con las que compiten todos y cada uno de los participantes en los Paralímpicos; pero eso sí, todos, absolutamente todos, son dignos de admiración y del máximo respeto.

Porque son muy admirables y respetables todas estas personas que, sin resignarse, luchan por superar las limitaciones con las que no tienen más remedio que convivir. Y, según parece, lo hacen con entusiasmo, con un encomiable afán de superación, demostrando una enorme fortaleza mental (aunque su discapacidad les afecte al intelecto), con destreza y, por qué no, con alegría.

Y como contrapunto la tristeza de Cristiano Ronaldo... Según ha manifestado, ¡está triste!... El país se ha convulsionado; las redacciones de la sección de Deportes de los medios de comunicación están en una frenética actividad para tratar de saber qué le pasa a Ronaldo; en España no se habla de otra cosa. No es para menos. El portugués, que aparentemente lo tiene todo, está triste y no se sabe con certeza por qué... pobrecito... me da una pena... Sumándome al desasosiego y tribulación nacional, llevo desde el domingo sin dormir dando vueltas en mi cabeza a lo que nos ha dicho el futbolista para ver cómo podría contribuir a que se le pase su tristeza y vuelva a mostrarse chulito, exultante y retador cada vez que marca un gol. Pero no se me ocurre nada para ayudarle.

Ahora bien, enlazando lo de Ronaldo con los Paralímpicos, me da que el futbolista no ha visto nada de estos juegos, porque, si lo hubiera hecho y, así, hubiese visto lo que hacen —y cómo lo hacen— esos admirables deportistas, que, en comparación con él, tienen tantas carencias de todo tipo, y a poco que reflexionara, estoy seguro de que no se le habría ocurrido hacer las ridículas (por no emplear otro calificativo más grueso) manifestaciones que hizo el domingo pasado. Desde luego, si ha visto los juegos y, aun así, se ha atrevido a decir que se siente muy triste (por cuestiones profesionales, ha aclarado (?) luego) es que entonces, sencillamente, es un gilipuertas. Y como creo que no lo es, me reafirmo en que «el triste» no ha visto nada de los Paralímpicos.

Y, mira por dónde, ya sé como se le podría ayudar al pobrecito Ronaldo a superar su tristeza: tenerle 10 horas al día durante dos semanas visionando los vídeos de los presentes Juegos Paralímpicos. Yo creo que hasta se le pasarían las ganas de pedir aumento en su ficha. Y el listo de Florentino sin enterarse; si digo yo...
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Nota adicional posterior: Días después de publicar esto he visto en un  noticiero de Tele5 un reportaje sobre la imaginativa campaña que la Asociación de Parálisis Cerebral y Alteraciones Afines ASPACE-ÁLAVA ha emprendido a raíz de las declaraciones de Ronaldo de las que he hablado. Con mucha retranca, le dicen a CR7 que, como remedio para su tristeza, se haga voluntario cooperador de la asociación. Seguro que también este remedio le vendría bien al portugués, por lo que, aunque solo fuera por vergüenza torera, debería hacer caso a lo que le sugieren.
Si quieres ver la noticia pincha aquí


13 ago 2012

JJ.OO.

Han finalizado los JJ.OO. de Londres 2012, que, por la tele, he seguido con mucho interés; me tragué (disfrutando) completos  los espectáculos (o ceremonias) de la inauguración y de la clausura. Al margen de lo puramente deportivo o competitivo, creo que un evento como el que nos ocupa podría ofrecer un sinfín de enfoques analíticos sobre su impacto, significación y alcance. Yo me voy a detener en lo puramente estético; es decir, voy a comentar sobre el espectáculo que se ofrece al espectador por el desarrollo de las competiciones.

Y para centrar el comentario en lo estético de las pruebas tengo que prescindir de dos elementos fundamentales: uno, de las ceremonias que ya he mencionado (de las que sí diré algo luego) y, dos, del aspecto emocional o partidario con que casi todo el mundo ve las competiciones de los JJ.OO, sobre todo si en las pruebas que se contemplan participan deportistas del país de cada cual. Ya sé que prescindir de este segundo elemento —la emotividad que proviene del partidismo— es algo así como desnaturalizar o dejar sin la sustancia principal a la contemplación de una competición deportiva. Pero eso es lo que quiero, porque de lo que va este escrito es de comentar, desde una perspectiva limitada a los aspectos estéticos, la plasticidad de uno de los eventos de mayor importancia (por no decir el más importante) del planeta. De las sensaciones, alegrías, frustraciones, marcas, victorias, derrotas, anécdotas, etc. se ha hablado, se habla y se hablará hasta aburrir, así que eso queda para otros o para otros momentos.

Refiriéndome a las propias competiciones, como espectáculo me parecen una birria. Y eso que, gracias a la excelente técnica y medios de los realizadores de la tele, resultan un producto televisivo de calidad. Pero, a lo que voy, es que en las competiciones de los JJ.OO. brilla por su ausencia lo que en los espectáculos humanos debe ser una constante en los que los conciben y los ejecutan: el talento, entendido, este, como capacidad creativa, imaginación, originalidad, arte, virtuosismo, etc. Es decir, el talento del ideador o creador del espectáculo y el de las personas que lo ponen en escena es el intangible en el que se sustenta la conexión que se establece entre el espectáculo y el espectador para disfrute de este.  Creo que no hace falta más explicaciones; todos —cada cual con sus gustos y preferencias— apreciamos el talento cuando asistimos a un espectáculo (cine, teatro, concierto, recital, circo, etc.) y disfrutamos, sentimos y nos emocionamos con lo que vemos o escuchamos.

Pero, como decía, en las competiciones de los JJ.OO. el talento creativo, la originalidad y la imaginación en las performances de los deportistas competidores es, prácticamente, cero. Debo excluir de esta aseveración a las competiciones en las que los resultados se basan en la subjetividad del jurado calificador, principalmente la gimnasia rítmica  y la natación sincronizada, en las que, precisamente, los aspectos estéticos o la creatividad en las ejecutorias priman sobre lo puramente deportivo o físico; también en las competiciones de lucha, judo y boxeo hay más campo para la singularidad en la ejecución, si bien estas competiciones no son de las que tienen mayor protagonismo o importancia en el contexto de la Olimpiada. El fútbol o baloncesto —sobre todo el primero— también podrían incluirse entre las competiciones que ofrecen cancha al talento de los participantes, si bien, al menos en el caso del fútbol, no es necesario esperar cuatro años para ver los mejores partidos (de hecho, en los JJ.OO no participan los mejores futbolistas).

En cambio, sí están los mejores del atletismo, considerado como el deporte rey de los JJ.OO, y que es el que suscita mayor atención y expectación, y, desde luego, el que tiene mayor cobertura televisiva. Pero, con criterios exclusivamente estéticos, tendremos que reconocer que no resulta muy espectacular ver a un grupo de deportistas corriendo, saltando o lanzando objetos, cuando todos los participantes lo hacen igual, y, además, prácticamente igual que lo hacían los que competían hace cientos de años. La única diferencia está en unos segundos (o décimas de segundo) o en unos centímetros; pero, a los efectos estéticos a que me refiero, esas diferencias son imperceptibles.

Por comentar algo de lo visto, diré que con el Maratón me pasa lo mismo que con los toros, lo más espectacular me resulta el desplome de los exhaustos atletas en la llegada (en los toros, las cogidas); ahora, ver cómo corren los sufridos y esmirriados maratonianos no me parece espectacular en absoluto. Y de la prueba reina del atletismo a la más mediática: los 100 metros lisos; la ganó un macizo jamaicano que llegó a la meta unas décimas antes que sus competidores, que, a lo largo del recorrido, corrieron, aunque un poco menos rápidos, de forma muy parecida al ganador (y también de forma similar, supongo, a los que ganaron la misma prueba en todos los JJ.OO de la historia). Ver a los ágiles atletas saltar (a lo largo o a lo alto) tampoco dice mucho; en todo caso, la pértiga ofrece algo más de espectáculo, pero, lo que decía, también todos lo hacen exactamente igual. Menos espectacular y mucho más antiestético me resulta ver a los gordos y gordas en los lanzamientos; todos utilizan la misma técnica y se mueven exactamente igual... no emocionan en absoluto.

Lo dicho sobre el atletismo sirve para las competiciones de natación; con leer los resultados en el periódico del día siguiente es suficiente para los que tengan algún interés en estas disciplinas; para los que no tenemos mucho interés, resultan una lata. Y qué decir sobre las competiciones de tiro, tiro con arco, hípica, halterofilia, remo y algunas otras; desde luego, su estética tampoco me pone. La verdad, en buena parte de las competiciones que he citado, el espectáculo está en la estética de los propios atletas (abdominales y paquetes, en ellos, y culetes y muslamen, en ellas).

Dicho todo esto, cabe preguntarse ¿por qué tienen tanto éxito como espectáculo los JJ.OO.? La respuesta es fácil: porque, por encima de la pobre plasticidad de las pruebas en sí, está la grandiosidad de la exaltación del espíritu competitivo y de superación del ser humano. Además, los JJ.OO. son el santuario mundial para la sacralización de la victoria y para el culto y veneración a los triunfadores (sobre todo si son «de los nuestros»); también, muchas más veces de las que se ven, representan la frustración humillante para los perdedores. Y supongo que esto de ver ganar y perder gusta. Ahora bien, gusta porque los JJ.OO. son cada cuatro años, porque si fueran cada año la expectación decrecería. No digo nada si las competiciones fueran, como el fútbol, cada domingo... las iba a ver su prima.

Pero por lo que parece que más gusta este evento es por ser ocasión para dar rienda suelta al patriotismo desmedido y a las demostraciones exultantes de nacionalismo estatal tolerable o consentido; por eso las banderas y los himnos tienen un papel importante. De esto se podría hablar bastante... pero no ahora. De nacionalismo estatal tolerable o consentido saben mucho los británicos, y en estos JJ.OO. han hecho constantes demostraciones de ello, no solo durante el desarrollo de las competiciones (en las que han obtenido una buena cosecha de triunfos), sino, sobre todo, en las ceremonias de inauguración y clausura. Como he dicho al principio, disfruté con los dos espectáculos, a pesar de que me resultó excesivo tanta exhibición de la Union Jack; aun con eso, ambas ceremonias me parecieron espectaculares y una demostración de talento creativo y, sobre todo, organizativo.

Para concluir, tengo que confesar que, olvidándome de la coña de la estética de las competiciones —que, la verdad, tampoco tiene demasiada importancia, porque en cualquier competición lo que realmente vale e importa es el hecho en sí—, vi por la tele buena parte de las competiciones de los JJ.OO y, especialmente, las de atletismo... y me lo pasé debuten. Que los de Jamaica, un país de menos de 3 millones de habitantes, les mojen la oreja a los del todopoderoso USA (más de 300 millones) me priva; también, ver el triunfo de los famélicos africanos en las pruebas de resistencia. Esto solo pasa en el atletismo y lo solemos ver en los JJ.OO.


19 jul 2012

CUANDO VUELVA A TU LADO

Me voy a poner un poco nostálgico. Esta mañana, mientras me afeitaba, han puesto en la radio el bolero que da título a esta entrada. Lo he escuchado con atención, no sólo porque estaba interpretada magníficamente (no sé por quién, sólo que era una mujer), sino también porque me ha retrotraído a otros tiempos; a aquellos lejanos de la juventud en los que, simplificando, decíamos que la música era la combinación armónica de ritmo y melodía. Pero también —y sobre todo— la música o, mejor dicho, las canciones eran pequeñas historias, en buena parte relacionadas con el amor y con el desamor, que aprendíamos con facilidad y que repetíamos cada vez que entonábamos las canciones de moda.

Esto empezó a cambiar cuando en la radio —lo digo en singular porque en los tiempos de los que hablo, además de Radio Nacional, prácticamente sólo había una emisora: la SER— irrumpieron con fuerza los llamados disc-jockey y con ellos llegó la música y canciones de otros países con otros idiomas, principalmente del Reino Unido y de USA; antes nos había llegado, también con fuerza, la música italiana y la francesa. Pero creo que lo que cambió realmente nuestros usos y gustos musicales fueron las canciones en inglés. No conocíamos el idioma, no sabíamos lo que decían, pero las entonábamos sin pudor emitiendo los sonidos que asimilábamos a fuerza de oír repetidamente las canciones. ¿Quién no entonó aquel famoso estribillo de The Beatles que reproducíamos como, más o menos, «silaviu yeee, yeeee, yeeee...»? No sabíamos lo que decíamos pero nos gustaba cantarlo; y ese fue el gran cambio.

Escuchábamos y cantábamos la música de moda, que nos gustaba mucho, pero no sabíamos lo que decían o transmitían las canciones; no importaba. Nos limitábamos a tratar de reproducir los sonidos vocales que nos parecía que emitían los intérpretes. Así que cada cual pronunciaba según su propia asimilación de lo que oía; o sea, un descojono. Algunos, a veces, aún lo hacemos así.

Desde luego, nada que ver con la época anterior, en la que nuestros mayores cantaban lo que les gustaba, no sólo por su musicalidad, sino por lo que decían las canciones. A esa época me he trasladado cuando he escuchado  Cuando vuelva a tu lado. Me he acordado de mi madre que cantaba mientras «hacía la casa»; naturalmente canciones con letras en castellano que le gustaban. Y seguro que le gustaban porque le gustaba lo que decían... lo que contaban. Porque, la verdad, no me digáis que no es bonito lo siguiente, o sea, lo que he escuchado esta mañana:

Cuando vuelva a tu lado
no me niegues tus besos
que el amor que te he dado
no podrás olvidar.

No me preguntes nada
que nada he de explicarte
que el beso que dejaste
ya no lo puedes dar.

Cuando vuelva a tu lado
y esté solo contigo
las cosas que te digo
no repitas jamás.

Por compasión...

Une tu labio al mío
y estréchame en tus brazos
y cuenta los latidos
de nuestro corazón.

Si quieres escucharla, pincha aquí



1 abr 2012

VASCOS Y ESPAÑOLIDAD

Los vascos de Euskal Herria somos españoles o franceses; esto es una obviedad, porque la nacionalidad es un atributo administrativo-legal que, generalmente, viene determinado por el Estado en que uno nace o al que administrativamente pertenece; no hace falta entrar en detalles. Ahora bien, hay una parte de los vascos que tienen clarísimo que no les gusta ser españoles o franceses —o que no se sienten como tales— y que les gustaría pertenecer a un Estado Vasco para poder tener, legal y administrativamente, la nacionalidad vasca; o sea, les gustaría ser sólo vascos (o como pudiere denominarse el gentilicio de ese hipotético estado). De este grupo no voy a hablar ahora. Tampoco de los que, contrariamente, se sienten tan españoles o franceses como los de Madrid o París, respectivamente; éstos también tienen las cosas clarísimas en lo concerniente a la cuestión identitaria.

Pero hay otra parte muy importante de la ciudadanía vasca que no lo tiene tan claro; probablemente sea el grupo mayoritario entre los ciudadanos de Euskadi (me centro en este territorio para no complicar el análisis). Los de este grupo, en el que me incluyo, nos sentimos plenamente vascos, pero, a la vez y aunque con ciertas reservas, asumimos nuestra nacionalidad española, si bien es verdad que tampoco la exhibimos, digamos, con vehemencia patriótica; o sea, también nos consideramos españoles... pero no demasiado. Tenemos algo de lío identitario, y se nos nota cuando de forma directa nos preguntan si nos sentimos vascos o españoles. Ahí nos pillan; tenemos que hacer funambulismo dialéctico para contestar, y, generalmente, no respondemos con contundencia ni claridad. ¿Por qué será? Voy a tratar de responderme.

Como he dicho, la cuestión está en que, mientras que nuestra vasquidad la tenemos clara, dudamos de nuestra españolidad. Para introducirme en el análisis, debo empezar por tratar de aclarar el significado que tiene el término españolidad. El diccionario de la RAE dice: «1. Cualidad de español» y «2. Carácter genuinamente español». Me olvido de la acepción 1, que, para lo que nos ocupa, no aclara nada, y me centro en la 2, que es donde está el meollo de la cuestión por lo de «genuinamente español». Volviendo a tirar de diccionario, los sinónimos del adjetivo genuino son «auténtico, legítimo y, también, propio o característico».

Dejando de lado el diccionario —y olvidándonos del sesgo sentimental o patriótico que pueda tener la palabra españolidad— y tratando de encontrar su significado socio-cultural, podríamos decir que españolidad o lo español son los rasgos comunes —o más habituales— en las actitudes, gustos y tendencias culturales de los ciudadanos españoles. No sabría decir si esto es consecuencia de lo que podríamos denominar el sedimento genético o es, simplemente, una cuestión de mentalización o educación dirigida desde los sectores político-sociales más influyentes; ahora bien, intuyo que es más por lo segundo, como aclararé más adelante.

De cualquier modo, sea por un proceso natural o artificial, lo que parece claro es que esos rasgos comunes o más habituales —o sea, lo genuino— son los que conforman el prototipo de español o, lo que es igual, de una persona con españolidad acusada.

Dicho esto, no hay más remedio que preguntarnos: ¿cuáles son los rasgos característicos y visibles de las personas que pueden ajustarse a tal prototipo?; en otras palabras, ¿qué podemos considerar como genuinamente español? Aunque son preguntas que admiten un amplio abanico de respuestas, creo que muchísimos vascos, singularmente los de mi generación, hemos ido interiorizando o asimilando, sobre todo durante el régimen político anterior y gracias a la influencia de lo que se podría considerar como la cultura oficial de aquella época, que en el prototipo de español o de un individuo con marcada españolidad es inexcusable lo siguiente:

· Lo primero, ser aficionado a los toros y, a poder ser, entendido en el arte de Cúchares.

· También es muy típico en el español ser amante del flamenco y buen palmero. No es imprescindible tener buen oído o saber entonar con gracia o buen estilo un fandango, pero, eso sí, hablar siempre en términos elogiosos del difunto Camarón.

· La copla debe estar entre los gustos musicales preferidos del español.

· En las conversaciones, dar más importancia a la cantidad de palabras pronunciadas que a su calidad, o sea, a hablar más que a decir.

· Además, se nos vendió como atributos muy propios de los españoles otra serie de valores de mayor trascendencia, como puede ser la valentía, el catolicismo, la gallardía, etc, si bien, hay que reconocer que éstos no tienen por qué ser de exclusividad de los españoles.

Pero sí los anteriores. Aunque son aspectos que podríamos considerar como folclóricos, que escasamente pueden determinar la personalidad de un individuo, no hay duda de que durante décadas nos los han presentado como lo más genuino y visible de lo español. Es evidente que hay zonas de España —desde luego, Euskadi no está entre ellas— en que tales rasgos se encuentran mayoritariamente entre sus naturales, y si son asumidos y bien considerados entre ellos, los que no somos de esas zonas a lo máximo que podemos llegar es a respetar tal idiosincrasia y, si se presenta la ocasión, aplaudirla si nos gusta, pero no como algo propio, sino simplemente como algo exótico o diferente. Lo malo es que durante mucho tiempo nos han vendido que lo propio y particular de esas zonas es emblemático de lo general de España; eso nos descoloca a los vascos y, de alguna forma, nos excluye.

Yo, si hay que echarse un fandango, me lo echo, sobre todo si me he tomado un par de cubatas; pero es obvio que los rasgos comentados no se encuentran entre los que más determinan mi personalidad ni lo visible de mi forma de ser, ni, por supuesto, entre los de la inmensa mayoría de los vascos que conozco. Por eso, cuando a muchos vascos nos preguntan si nos sentimos españoles, nos cuesta decir que sí. Al margen de ideologías políticas (que en esto tienen su importancia), nuestro estilo de vida, costumbres y cultura no tiene un carácter «genuinamente español»; por tanto, nuestra «españolidad» brilla por su ausencia. Esto hay que entenderlo.

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Nota adicional posterior. Tras incluir esta entrada, he leído un artículo de Iñaki Anasagasti (con el estilo incisivo y beligerante habitual de este senador del PNV), publicado en DEIA en la misma fecha que mi entrada, en el que, con diferente enfoque y refiriéndose a la presentación el próximo 25 de abril de la «Marca España», emplea, entre otros, argumentos parecidos (en el fondo) a los que yo he utilizado para desvincularse del propósito gubernamental español de tratar de imponer la citada marca. No sé si lo de Anasagasti se enmarca en una estrategia partidista; desde luego, lo mío no... ¡ni de coña!

El artículo lo puedes leer en
http://www.deia.com/2012/04/01/opinion/tribuna-abierta/el-25-de-abril-se-presenta-la-39marca-espana39


30 ene 2012

ATHLEEEEEEEEETIC... ¡EAUP!

Si hay algo común en todos los bilbaínos es nuestro cariño por el Athletic Club de Bilbao, o sea, por nuestro Athletic. En esto estamos de acuerdo todos: hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos, viejos, trabajadores, empresarios, nacionalistas, no nacionalistas, ricos, pobres, etc. El cariño a nuestro Athletic es un sentimiento, como se dice ahora, transversal en todos los bilbaínos. Y empleo el posesivo nuestro porque nos pertenece a todos: es un condominio del que todos los de Bilbao nos sentimos, orgullosamente, partícipes. (Aclaro que cuando digo bilbaínos me refiero también a los vizcaínos y cualesquiera otros hinchas del club rojiblanco; aquí viene al pelo eso de que los de Bilbao nacemos donde nos da la gana).

Obviamente, este sentimiento de cariño hacia el equipo del pueblo o ciudad de cada cual no es exclusivo de los bilbaínos ni del Athletic; es algo bastante normal. Pero, lo del Athletic es especial; sí, sí, especial. No digo que los bilbaínos seamos más forofos de nuestro equipo que lo son los barceloneses, los madrileños, los coruñeses, los malagueños, etc., de los suyos respectivos; ni que nos mostremos más apasionados a la hora de animarle, de ensalzar sus valores y triunfos, o de sufrir por sus derrotas. Seguro que entre los hinchas o seguidores del Athletic hay de los que se lo toman a pecho y les afecta sobremanera, en positivo o negativo, los resultados de cada partido, igual que les pasa a los de otros clubes. Pero no es el apasionamiento ni la vehemencia los elementos que determinan lo especial del sentimiento general de los bilbaínos por nuestro Athletic, no. Es lo que he dicho antes: el cariño.

Y digo cariño porque no es un amor pasional, ni irracional veneración, ni desmesurada admiración, que es lo que parece que sienten los seguidores de otros equipos, sobre todo los de los dos poderosos, Barcelona y Madrid. Los bilbaínos, sencillamente, queremos a nuestro Athletic. Y lo queremos gane o pierda; si gana, mejor que mejor, y si pierde, aunque nos duela, se lo consentimos o lo toleramos.


Porque los bilbaínos somos conscientes de que nuestro Athletic, por la meritoria singularidad que le distingue —me refiero, obviamente, a que se nutre sólo de jugadores «de casa»—, está en inferioridad de condiciones respecto al resto de clubes con los que compite, especialmente a los dos grandes que antes he citado, por lo que tenemos asumido que es muy difícil que nuestro Athletic consiga ganar las competiciones en las que participa. No nos importa demasiado, estamos resignados... aunque no perdemos la esperanza. A nosotros nos basta con clasificarnos de vez en cuando para alguna de las dos competiciones europeas y, eso sí, con ganar al Barça y al Madrid en San Mamés.

Y si no se consiguen estos limitados objetivos tampoco nos lo tomamos a la tremenda; remediamos nuestro malestar con un conformista «qué le vamos a hacer»... y a otra cosa. Desde luego, gane o pierda, pase lo que pase, nuestro cariño por el Athletic permanece intacto. Y, eso sí, ese cariño lo demostramos como ninguna otra afición cuando consigue alguna «hazaña», como fueron las dos últimas ligas que ganó a principios de los ochenta. Como muestra véase la foto anterior del último recibimiento a la gabarra.

En cambio, los seguidores del Madrid o del Barça experimentan otras sensaciones. Lo que en realidad estos megaclubes proporcionan a sus seguidores, o lo que éstos buscan en ellos, es una especie de apoyo o soporte vital que les sirve a los hinchas para mejorar su autoestima personal. O sea, entre el club y el aficionado hay un vínculo interesado. Naturalmente el club necesita a la afición (en eso todos estamos igual), pero el aficionado —aquí está la diferencia— necesita del club para alimentar su ego o para su autoafirmación personal. Aunque no se den cuenta, en los culés y madridistas se da la siguiente apócrifa reflexión: «nuestro club es grande y poderoso, y por eso lo somos nosotros también».

Hasta cierto punto es lógico y natural; el ser humano, en su pequeñez, necesita de este tipo de soportes. Lo malo es que este vínculo interesado es, en realidad, una dependencia. No creo que exagero si digo que la tranquilidad o el grado de bienestar sicológico o emocional de buena parte de madridistas y culés en las horas, incluso días, posteriores a los partidos depende en buena medida de los resultados de sus respectivos equipos. Por eso solo les valen las victorias, porque si pierde su equipo, ellos, personalmente, también se sienten derrotados o, aún peor, humillados. Así, no es extraño que la afición de estos grandes clubes se indigne con el equipo cuando los resultados no son los deseados, y lo exteriorice con inmisericordes pitadas durante los partidos. La verdad, los madridistas y culés tienen un problema.

En esto de la autoafirmación personal, nosotros lo tenemos mucho más fácil porque no necesitamos de las victorias de nuestro equipo; a nosotros nos basta y sobra con SER de Bilbao y, por consiguiente, SER del Athletic.


6 sept 2011

INCREÍBLE (una de lingüística)

Increíble es uno de los adjetivos calificativos más utilizados en la actualidad. Desde hace algunos años, cuando se quiere expresar admiración por algo o por alguien es muy común entre los hablantes recurrir al socorrido increíble. También cuando se quiere ensalzar o alabar las condiciones de cualquier cosa, material, producto, etc., se dice que es increíble. O si se siente epatado positivamente por los actos de otra persona se la califica de increíble y a sus actos de increíbles... O sea, ahora todo lo ensalzable es increíble.

A la vez que el citado adjetivo ha ido ganando terreno en el lenguaje moderno, entre los usuarios del dichoso increíble lo han ido perdiendo los expresivos calificativos con que contamos en castellano para referirnos a las cosas, actos, circunstancias o personas que queremos ensalzar o que nos producen admiración. Así, se han arrinconado formidable, estupendo, imponente, hermoso, rico, bello, admirable, precioso, espectacular, impresionante, maravilloso, magnífico, excelente, espléndido, delicioso... y un largo etcétera que incluye hasta el humilde bonito ( y no me refiero al pez de increíble sabor). Ahora, de todo lo que nos gusta decimos que es increíble.

Increíble es una palabra formada con el prefijo in- que, como sabemos, indica negación; por tanto, increíble debería aplicarse a lo que no es creíble. Como dice el diccionario, increíble es lo «que no puede creerse» o lo que es «muy difícil de creer». En cambio, en la mayoría de las ocasiones se considera increíble lo evidente, es decir, lo creíble, constatable y obvio. Así, es muy frecuente que el hablante califique laudatoriamente de increíble lo que él y su interlocutor están presenciando o haciendo; es un poco absurdo.

¿Y por qué este uso desmedido e inapropiado de increíble?, cabría preguntarnos. Yo creo que hay varias razones: la más clara, por economía retórica, ya que es un adjetivo multiuso; otra, por su sonoridad, al menos a mí me lo parece; pero creo que la más importante es porque resulta un adjetivo efectista a la vez que ambiguo. Efectista, porque con su utilización se consigue eficazmente el efecto deseado: ensalzar lo calificado; ambiguo, porque no se precisa la razón de la alabanza, dejándolo a la interpretación de los demás, por lo que se ahorran explicaciones y se elude el compromiso de mostrar el propio criterio.

Con su «¡E increíble!», el inefable Bisbal contestaba una y otra vez a cualquiera que le preguntara por las diversas circunstancias de su trayectoria como cantante pop. Y así quedaba estupendamente: transmitía positividad y no se complicaba con respuestas complejas que vaya usted a saber cómo podrían haber sido interpretadas.

Así que, aunque no me guste, debo admitir que increíble es un útil recurso retórico. Ahora bien, yo no lo he utilizado nunca... ni volveré a hacerlo.


8 jul 2011

MESSI

Ya dije en otro post que entendía de fútbol; ahora, de entrada, precisaré que entiendo MUCHO de fútbol. La verdad, no conozco a nadie que entienda más que yo, por eso creo que puedo intervenir con solvencia en la polémica que estos días rodea al excelente futbolista argentino Lionel Messi, al que ahora están poniendo a caldo porque, al parecer, no está cumpliendo como se esperaba con su selección nacional en la Copa América que se esta disputando estos días en Argentina.

Y de su, según dicen, bajo rendimiento y sequía goleadora con su selección (en el actual torneo y en el último Mundial) se está llegando a la absurda deducción —repetida insistentemente en los medios de comunicación españoles— de  que si no juega tan bien como lo hace en el Barça es porque en la selección argentina no tiene a su lado los «jugones» Xabi, Iniesta, etcétera, o jugadores de características similares. Esto me parece, simplemente, una gran tontería.

Porque Messi —junto a Cristiano Ronaldo— está por méritos propios en lo más alto de la constelación de estrellas futbolísticas, sobresale de forma muy destacada sobre el resto de futbolistas y, por supuesto, brilla por sí mismo; es decir, tiene luz propia y necesita poco de los demás para que su juego deslumbre. Como en las innumerables ocasiones que le hemos visto hacerse con el balón en la zona media del campo y con su endiablada velocidad y habilidad portentosa sortear a cuantos adversarios le salieran al paso para presentarse ante la meta contraria y, en la mayoría de los casos, marcar o dar la pelota a un compañero para que marcara. Precisamente, las cualidades más destacables de Messi son su velocidad y rapidez, que le permiten realizar como nadie lo que  se suele denominar «jugada individual». O sea, si tuviera que definir el tipo de juego del astro argentino con una sola palabra utilizaría, precisamente, esa: individual.

En todo caso, son los que están en su equipo los que se benefician del juego del argentino, que propicia ocasiones para el lucimiento de sus compañeros al generar con sus genialidades un montón de ocasiones de gol y ser determinante en la consecución de triunfos y trofeos. Es decir, Messi no necesita tener de compañero a nadie en concreto para seguir siendo el puto amo (si se mantiene en forma); obviamente, le vendrá mejor, como a todos, tener cerca a futbolistas de clase que a tuercebotas, pero no creo que sean de estos los miembros de la selección argentina.

¿Y por qué no juega bien y marca goles con su selección?, listillo, me podría preguntar el lector. Y yo no sabría responder. Simplemente porque no he visto los partidos en los que dicen que no ha estado bien; porque estoy muy lejos del fútbol argentino y desconozco las circunstancias de su selección; porque no sé nada de las características personales y futboleras de sus miembros, así como de los problemas internos y extradeportivos que puedan afectar a la convivencia en el vestuario; porque no sé nada del seleccionador —sólo que, en el segundo partido de Argentina en la Copa América, cometió el sacrilegio de tener en el banquillo a Agüero (cuando lo abandonó, el Kun marcó un gol de antología), lo cual no me dice mucho en favor de él (del seleccionador)—... En fin, no puedo responder porque no tengo información sobre lo que le puede estar pasando a Messi con su selección. Sólo intuyo que algo le pasa.

Lo que sí puedo decir es que, en mi opinión —que, como he dicho al principio, es muy cualificada—, un fenómeno como Messi, en circunstancias normales y si pone el necesario interés, tiene que brillar y marcar goles juegue  en el equipo que juegue, máxime si sus compañeros son miembros de una selección nacional como la argentina, en las que se supone que jugarán buenos futbolistas, por lo que tengo que deducir que si no lo hace bien es porque hay circunstancias negativas que le afectan, si bien, estas circunstancias nada tienen que ver con el hecho de que no tenga cerca a Iniesta, Xabi y resto de sus compis del Barça, a no ser que sea porque con éstos tenga buen rollito personal y con sus compañeros de la selección esté a la greña; pero esto es harina de otro costal y no tiene que ver con la cuestión futbolística que nos ocupa.

Por tanto, esa deducción de que el mérito del deslumbrante juego que en innumerables partidos ha exhibido Messi y de los espectaculares goles que ha marcado con el Barça está en los compañeros que tiene en este equipo, como ya he dicho, no tiene fundamento; en realidad me parece una memez propia de los que no saben de esto.


17 jun 2011

El imperio de la ley (con matices)

Creo que todo el mundo acepta que una de las premisas básicas del Estado de Derecho es el «imperio de la ley»; o sea, que el cumplimiento de la ley sea una obligación permanente de todos los ciudadanos y, sobre todo, de los gestores de los poderes públicos.

Pero esta aseveración tiene «matices». No los tendría si en el estado en cuestión se diera la utópica hipótesis de que las oportunidades laborales, la cultura y el conocimiento, la capacidad económica y cualesquiera otros factores que conforman la potencialidad de desarrollo personal de los ciudadanos estuvieran distribuidos entre estos con criterios de equidad y justicia. Esto, obviamente, no es así; por el contrario, centrándonos en España, está a la vista que existen grandes diferencias socioeconómicas y culturales entre los ciudadanos; o sea, hay una gran desigualdad social. Dicho con trazo grueso, unos tienen mucho y, por tanto, todo a su favor, y otros (muchos, muchísimos más) carecen de casi todo, por lo que tienen muy pocas posibilidades de desarrollo personal; y esto no es justo.

Por eso, sabiendo que tales desigualdades e injusticia de partida son una realidad, el Estado —y más concretamente el Gobierno— a la hora de imponer a los ciudadanos el cumplimiento de la ley lo debe hacer con «matices», como decía antes.

Todo esto viene a cuento de lo que está ocurriendo en España estas últimas semanas. Los medios de comunicación nos están hablando todos los días de casos en los que el Estado está «tolerando» que se vulnere la ley: en el caso de las acampadas urbanas, que es el más sonado, y, con menor eco mediático, en el caso de la obstaculización y resistencia popular ante órdenes judiciales de desahucio por impago de la correspondiente hipoteca. En ambos casos la fuerza pública, con alguna excepción que hemos visto en la tele, ha mostrado cierta pasividad (hay que suponer que cumpliendo órdenes) ante lo que aparentemente podría ser motivo para la intervención. Y esta pasividad ha dado lugar a una agria polémica y a un chaparrón de inmisericordes y ácidas críticas al Gobierno, todas, lógicamente, provenientes de los sectores de opinión más conservadores (por decirlo finamente). Han puesto a parir a Rubalcaba, acusándole de blando y prevaricador por consentir lo que, según ellos, no se debe consentir en un estado de derecho, esto es, el incumplimiento de la ley.

Enlazando con lo que decía al principio, lo que ha hecho Rubalcaba, como ministro del Interior, es tener en cuenta los «matices» que, en mi opinión, hay que tener presente a la hora de aplicar lo de «el imperio de la ley». En líneas generales, estoy de acuerdo con la forma en que el ministro ha lidiado el miura de las acampadas y en que haya ordenado la no intervención o retirada de la policía en los casos de resistencia ante los pretendidos desahucios. Porque creo que un gobernante está obligado moralmente a «pecar» de blando con los desfavorecidos, del mismo modo que debe ser duro e implacable con los más poderosos (que son lo suficientemente fuertes para resistir y, en la mayoría de los casos, salir indemnes ante las dificultades); es decir, creo que hay que hacer cumplir la ley... pero «con matices».

Porque, a la postre, los primeros (los desfavorecidos) acabarán pasándolas putas; o sea, los del 15-M seguirán sin trabajo, sin dinero y sin que les hagan caso, y a los de las hipotecas acabarán quitándoles las viviendas. Por el contrario, los poderosos, aunque sean hostigados, seguirán viviendo de puta madre, y, para mantener su estatus, exigirán al Gobierno que, sin contemplaciones, de leña a la turba, si bien esta pretensión la enmascararán —aludiendo al Estado de Derecho— pidiendo a los gobernantes que hagan cumplir la ley, o sea, que preserven el «imperio de la ley SIN MATICES». ¡Qué ricos!


31 may 2011

¡Democracia real, YA!

No están muy claros los objetivos, digamos políticos, de los grupos de ciudadanos que desde el 15 de mayo están protagonizando a lo largo y ancho de España un buen número de acampadas urbanas de protesta. Pero sí parece claro que están descontentos o, más bien, indignados: con el sistema, con los políticos y con los poderes fácticos; y lo que quieren es que se sepa. A mí me parece bien que protesten y que evidencien su descontento e indignación, aunque ello suponga una perturbación urbana (que tampoco es tan grave).

Lo que no me parece bien es que la movida se quede —como parece, por lo que he leído— en la simple reivindicación o exigencia de que se cambie la Ley Electoral. Eso ya lo venían reivindicando algunos partidos (sobre todo los pequeños), por lo que, si realmente lo que piden se limita a eso, me temo que el esfuerzo que han hecho los acampados no va a tener la compensación que merecía. Porque, ya que se han decidido a la pelea, deberían haber madurado durante el tiempo de acampada algún objetivo político-social concreto, posible y, sobre todo, práctico que mereciera la pena. Y no digo que la modificación de la Ley Electoral no convenga, tampoco lo contrario; en esto no tengo formado criterio (más bien, tengo algunas dudas).

En lo que sí lo tengo es en que para conseguir alcanzar el objetivo de “Más participación”, que, por lo que he visto, ha sido uno de los principales leitmotiv de los acampados, no hay mejor fórmula que los postulados básicos de la llamada “DEMOCRACIA DIRECTA”, que, sin lugar a dudas —sí, sin lugar a dudas—, es la fórmula idónea para conseguir la “participación ciudadana” en las decisiones de gobierno. Los “indignados” consideran —y es verdad— que los políticos y los poderosos no cuentan con ellos; que no se les tiene en cuenta. A mí me pasa igual, por eso también estoy indignado. Pero yo propongo una solución eficaz y viable  —sí, sí, eficaz y viable— para remediar esa situación, es decir, para que pueda haber mayor participación de toda la ciudadanía en las decisiones gubernamentales de cierta enjundia: propongo que, de una puta vez, los políticos y los listillos de los medios de comunicación se den cuenta de que es de todo punto necesario conducir nuestro sistema democrático hacia el esquema participativo de la “Democracia directa”, y creo que esta propuesta se acomoda perfectamente a la exigencia de “¡Democracia real YA!”, que fue el eslogan reivindicativo con que comenzó el movimiento “15-M”.

Al que sienta curiosidad por saber algo más de esta propuesta le invito a leer el post “DEMOCRACIA DIRECTA-Referéndums por internet”, de junio de 2009, con el que inicié este blog. Es un poco largo, pero creo que merece la pena y, desde luego, viene al pelo.



4 may 2011

BIN LADEN: ¿VENGANZA LEGÍTIMA?

Era de esperar que tarde o temprano lo encontrasen y lo eliminaran. Obviamente, me refiero al asesinato de Bin Laden. En este hecho veo similitudes con el «caso Sortu», del que hablé en un reciente post que terminaba haciéndome la pregunta de «si era legítima la venganza ilegal del Estado», porque presumía que el Estado, a través del Poder Judicial, se iba a «vengar ilegalmente» de ETA impidiendo la legalización de Sortu (mi presunción del impedimento se confirmó ulteriormente). Ahora, el estado USA se ha vengado, según parece ilegalmente, de Bin Laden, al haberlo ejecutado en otro estado (Pakistan) sin juicio previo y, aparentemente, vulnerando un montón de acuerdos y convenciones internacionales.

En el Caso Bin Laden, también la gran mayoría de los voceros mediáticos —que, en el caso de Sortu, se esforzaron en influir en la opinión pública española para que el Tribunal Supremo sintiera la presión social para que sentenciara como lo hizo— están ahora congratulándose y felicitando a Obama por la caza y eliminación de Bin Laden. Hay evidente alborozo y general alegría. Todos felices, ¡qué ricos! Solo han fruncido el ceño y se han mostrado ásperos cuando han hablado o han dado noticia de algún comentario de algún «progre de pacotilla» que ha cuestionado la legalidad del asesinato. Naturalmente, a este general alborozo se han sumado los dos principales partidos españoles: PSOE y PP, que han felicitado calurosamente al «primo de Zumosol» (Obama), para dejar claro su apoyo a la acción bélica desarrollada. Esto en España.

En USA, por lo que nos llega, la inmensa mayoría de ciudadanos dan un apoyo incondicional y entusiasta a lo hecho por su gobierno, hasta tal punto que, según se dice, la caza de Bin Laden ha corregido el progresivo descrédito social que atosigaba a Obama. En los países de nuestro entorno tampoco parece que haya habido críticas; al contrario, los líderes de los diferentes gobiernos se han apresurado a felicitar a Obama. O sea, tanto en el caso Sortu como en el de Bin Laden ha habido un apoyo social y político mayoritario a la ilegal actuación de los respectivos estados que se han vengado de los que les habían hecho daño: por parte de nuestra Justicia, en el caso de Sortu, y por la del Gobierno USA, en el de Bin Laden. Es claro, pues, que en ambos casos la mayoría social ha entendido que «el fin justifica los medios», aunque estos sean ilegales.

Así las cosas, la cuestión ética que se plantea ante este tipo de hechos es si los estados, apoyados por una gran mayoría social, están legitimados para actuar ilegalmente. O sea, como en el post de Sortu, en éste me hago la pregunta: ¿ha sido legítima —y, por tanto, justificable— la venganza ilegal de USA? También ahora me tengo que responder que no, aunque me temo que la mayoría opina la contrario.

De lo que no me cabe duda es de que la cuestión planteada es de suma importancia, y que, por tanto, requeriría un profundo análisis y un sosegado debate social. Hay que tener en cuenta que, si tengo algo de razón, está en entredicho la premisa básica del Estado de Derecho: el imperio de la ley. Pero me parece que es una ingenuidad esperar que ese debate y análisis se haga aquí y ahora; o sea, que va a ser que no...¡mecagüen...!


14 abr 2011

GUDARIS (ficción)

Me imagino así a los «gudaris» actuales. No sé...


—¡Mecavendios!, Julen. ¡Estos de Sortu son unos mierdas! Me tienen hasta los cojones. Los hijoputas españoles sólo entienden una medicina: ¡dinamita!... y eso es lo que hay que darles—. Iker González Pinto, de 31 años, miembro de ETA desde hacía seis, mostraba así su indignación ante la propuesta leída por uno de los presentes, Julen Martínez Bengoetxea. Acababa de comenzar la reunión del comando “Borrokatu”, de ETA, en un pequeño apartamento de una tranquila localidad del sudoeste de Francia.

En la reducida salita, alrededor de una pequeña mesa circular, cuatro hombres y dos mujeres; sus edades estaban en torno a los 30. Todos fumaban y, salvo en el de una de las mujeres que tenía delante de sí un gintonic a medio consumir, en los vasos de los demás se adivinaban los restos de cubatas. El objeto de la reunión: fijar la opinión del comando ante la cuestión que se debatía en la cúpula militar de ETA después de que Sortu presentara su solicitud de inscripción como partido político.

—¡Joder, Iker, estamos en tregua —reconvino Julen secamente—. En este momento sobran los cojones y hace falta inteligencia. ¡Tenemos que pensar! —se dirigió a Itziar Garcia Maestre que en ese momento daba un pequeño sorbo a su gintonic— ¿Cómo lo ves tú, Itzi?

—No sé, Julen... no lo tengo claro; por un lado, estoy contigo en lo de estarnos quietos, pero, por otro, le entiendo a Iker... estoy confusa.

—¡Joder, Itzi!, alguna vez deberías ser más precisa... mira que le echas huevos a la hora de actuar, pero cuando hay que tomar decisiones... Sólo lo tienes claro a la hora de elegir polla: la de Iker...

Al decir estas últimas palabras, Julen había endurecido el gesto con una muestra de desagrado. Aún tenía presente la única vez que se había acostado con Itziar tras la primera reunión a la que ésta había asistido, hacía ya casi un año. A Julen le gustaba mucho esta menudita bilbaína y soportaba mal la evidencia de las relaciones entre ella e Iker. Al ver que Itziar fruncía el ceño en señal de desaprobación por sus palabras, Julen trató de arreglarlo. —Venga, es coña; vamos a lo que importa.

—No toques los cojones, Julen. ¡Mecavendios! —protestó Iker mientras golpeaba la mesa con su vaso en el que solo quedaban un par de pequeños trozos de hielo— Estamos aquí para hablar de la mierda de Sortu, no para soltar gilipolleces, ¡mecavendios!

—Venga, venga... dejaros de chorradas y vamos a lo nuestro —intervino conciliadoramente Eneko—. En realidad, su nombre era Modesto Blanco Muñagorri, si bien, al entrar en la organización se identificó como Eneko Goikoetxea Muñagorri y se cuidó de que no se conociera su verdadero nombre y primer apellido. Eneko pronto destacó por su eficacia en las ekintzas (acciones militares) que se le encomendaron; tras tres años en la kale borroka entró a formar parte del comando, y solo dos de actividad en éste le habían bastado para hacerse con el mando del grupo. Habitualmente, bebía mucho y fumaba Malboro sin parar; de vez en cuando se fumaba un “canuto”, aunque no le gustaba demasiado porque, como él decía, «le daba el muermo y se ponía tontito». Se le consideraba inteligente. —Opino que debemos hacer caso a los políticos... algunas veces, cuando pienso en nuestra guerra me entran dudas... no tengo claro a dónde coño vamos...

—Ya está este con sus paranoias —espetó Iker mientras se levantaba para dirigirse a la cocina para servirse otro cubata—. Déjate de hostias y haz caso a tu instinto guerrero, ¿quieres otro cuba?

—Vamos a ver... razonemos—. Cuando Ibón Arévalo Gómez comenzaba sus intervenciones con estas palabras concitaba la atención de los presentes; también en esta ocasión. —Lo que tenemos que hacer es forzar la negociación; lo que queremos lo tenemos claro y también lo que quieren. La cuestión es si tenemos que seguir quietos o les damos un susto para acojonarlos. Yo me inclino, como Iker, por esto último; hay que dar caña... estoy hasta los huevos de esta inactividad. Además estamos tiesos y nuestra situación puede hacerse insostenible. ¿Qué opinas tú, Esti?

Estíbaliz Goenaga Urruti, de 35 años, era la más veterana del grupo; llevaba más de 10 años en la lucha. Solo por eso se la respetaba. Natural de Errenteria, había comenzado muy joven en la kale borroka y era la única del grupo que había pasado por la cárcel (16 meses) tras su detención por la quema de un cajero automático en su pueblo. Desde que su novio —también de ETA— fue detenido y encarcelado hacía ya más de 5 años, había comenzado a beber con desmesura y, al contrario que Eneko, solo fumaba porros (no pocos diariamente); obviamente se pasaba el día en un estado de nirvana, del que, sin embargo, se sobreponía con facilidad cuando tenía que actuar. Muy disciplinada, no era proclive a opinar; «a mí, lo que me manden», solía decir cuando se le pedía su parecer.  No obstante, la pregunta de Ibón pareció despertarla de su aparente letargo, levantó la cabeza mostrando sus enrojecidos bellos ojos y respondíó:  —Aunque no lo tengo muy claro, yo me sumo a lo que decida la mayoría —balbuceó—, tengo plena confianza en vosotros, lagunak. ¡Sois la hostia! —dijo la última frase con énfasis y sonriendo antes de volver a su estado de aletargamiento—.

Se hizo un silencio. Itziar se levantó para ayudar a Iker a servir otra ronda.

—Mecavendios —masculló Iker en la cocina mientras ponía hielo en los vasos sobre los restos que contenían—, encima tenemos que estar en este puto pueblo tocándonos los huevos; cualquier día le doy un palo a la primera vieja que vea por la calle...

—Tranqui, chiqui —le interrumpió cariñosamente Itziar, y, acercándosele y bajando la voz, prosiguió— tú, al menos, me tienes a mí; estos pringaos lo tienen más crudo... Hala, vamos a la mesa.

En la habitación continuaban en silencio. Iker e Itziar depositaron sobre la mesa los cinco vasos llenos; a Estíbaliz no le dieron.

—Parece que no lo tenemos claro... pero hay que decir algo a los de arriba —Eneko rompió el silencio—... esto es una mierda...

—En eso creo que estamos todos de acuerdo: es una puta mierda —dijo con aplomo Itziar—.

—¿Ponemos la tele? —preguntó en buen tono Ibón—, es la hora del telediario en el canal internacional. A ver qué se dice del capullo de Zetapé.

—Lo malo es que abran con alguna caída; últimamente nos están dando de lo lindo... —sentenció Julen con afección—.

—¡Joder!, Julen, no seas aguafiestas —le reconvino ásperamente Eneko—.

—¿Por qué no me habéis puesto otro cubatita? —preguntó sorpresivamente Estíbaliz, saliendo, aparentemente, de su letargo—.

—¡Mecavendios! ¡Vaya tropa! —dijo ásperamente Iker mientras accionaba el mando a distancia—.


27 mar 2011

LOS INCONSISTENTES

Solemos utilizar el adjetivo inconsistente para referirnos a las personas que tras una apariencia de solidez intelectual adolecen de incapacidad resolutiva. Los inconsistentes resuelven poco y, por el contrario, suelen crear problemas.

La inconsistencia intelectual es una curiosa variante de la incompetencia. El rasgo más acusado del inconsistente es que lo disimula muy bien, por eso resulta más peligroso que el incompetente corriente, o sea, del que evidencia incompetencia. Éste, el incompetente corriente, da menos guerra, porque, una vez que se le tiene identificado, es difícil que acceda a posiciones protagonistas en las que su incompetencia resulte dañina para los demás; lo único que requiere es vigilancia para poder reaccionar ante los errores que, seguro, cometerá.

Pero el inconsistente, como he dicho, es más peligroso, porque, en su permanente actitud de camuflar su incompetencia y como no suele ser tonto y puede que tenga otro tipo de habilidades, puede conseguir dar el pego y acceder a niveles importantes del mundo empresarial, político o social. Y ahí está el peligro, porque, tras acceder a posiciones de poder, al inconsistente no le queda más remedio que seguir disimulando —ahora con más fuerza— su incompetencia resolutiva. Y, para esto, lo único que sabe hacer es proponer o sugerir medidas epatantes, con apariencia de innovadoras y atrevidas, preocupándose solo de que suenen bien ante los demás y sean aceptadas, pero sin detenerse en el análisis previo sobre su eficacia o viabilidad; para esto no está dotado. Su inconsistencia intelectual le impide realizar el necesario ejercicio imaginario para prever las consecuencias operativas o funcionales de sus propuestas o, mucho peor, decisiones. La nefasta «improvisación» es su arma favorita para salir, ulteriormente, de las situaciones problemáticas a las que lleva su incompetencia disimulada. 


Y el peligro del inconsistente no acaba ahí. Ya he dicho que no suele ser tonto y por eso sabe que, en posiciones de poder, no puede tener cerca gente avispada que pronto se dé cuenta de su incompetencia. Por eso procura rodearse de incompetentes como él o de personas de lealtad asegurada que aunque perciban su incompetencia la soporten disciplinada y estoicamente, llegando, incluso, a colaborar en la permanente tarea de disimular o camuflar la incompetencia del inconsistente. Si entre los que se rodea se repite la figura del inconsistente tendremos que de nuevo se reproduce el problema, por lo que la inconsistencia puede tener efectos multiplicadores en una estructura de gestión piramidal. La cosa es seria.

De lo dicho hasta ahora, resulta obvio que los inconsistentes que son hábiles y, por esto, alcanzan posiciones relevantes en la empresa o en la sociedad, es decir, que consiguen un protagonismo en la gestión, además de frívolos e incompetentes son impostores. Ocupan posiciones para las que no están dotados. Afortunadamente, tarde o temprano se descubre su impostura y son apeados de las posiciones que han ocupado indebidamente. Lo malo son las secuelas de su incompetente gestión.

Ahora que estoy acabando el post, he caído en la cuenta de que cuando lo he empezado a escribir tenía en la mente referencias de personas que me he encontrado en mi vida profesional, pero, a medida que he ido avanzando en la redacción, el espectro de referencias se ha ido achicando y concentrando en la figura de nuestro inefable ZP... ¡Joder!



19 mar 2011

COSAS QUE JODEN

Hay situaciones, circunstancias o hechos que, más que molestar o fastidiar, joden, porque, además de que son causados por la negligencia, incompetencia, descuido o falta de consideración de otros, son reiterativos o, lo que es igual, uno los padece con cierta frecuencia en el transcurso de su cotidianidad. Veamos algunos ejemplos.

Mira que jode que cuando tienes que hacer alguna gestión telefónica en una empresa o entidad no tengas más remedio que llamar a un teléfono 902; pero jode más, aún, que te responda un contestador automático que, además de darte la «bienvenida» con una estúpida locución, te obliga a escuchar un mensaje publicitario, tras lo que te ofrece una serie de opciones para redirigir la llamada pidiéndote que elijas la adecuada pulsando o diciendo el número correspondiente, o te pide que digas de forma breve o resumida una frase para que el contestador automático interprete qué gestión quieres hacer. Y mientras esto sucede, el tiempo transcurre y, por tanto, se va incrementando el coste de la llamada, que inexorablemente incluirá tu operadora telefónica en la factura telefónica del periodo. Pero la jodienda no acaba ahí, porque, tras redirigir la llamada en primera instancia, de nuevo escuchas la voz del maldito contestador automático ofreciéndote nuevas opciones a partir de la primera que has elegido, que te obliga a una nueva elección... y el segundero de la operadora sigue funcionando. Pero el remate del calvario jodiente es cuando, tras tu segunda elección, vuelves a escuchar el miserable contestador diciendo algo parecido a «Todos nuestros operadores están ocupados; rogamos que vuelva a...». No sé cómo acaba la frase porque sin esperar a oírla entera suelo soltar una imprecación mencionando a alguno de los «progenitores» del bellaco contestador automático... y cuelgo. Ya digo, a mí esto me jode muchísimo.

También me jode bastante que cuando voy en moto por Madrid, circulando entre dos hileras de coches parados en los habituales atascos que se producen en esta ciudad («embalsamientos» los denominó una responsable de tráfico cuando daba explicaciones sobre un monumental atasco que se produjo recientemente tras una fuerte nevada... y se quedó tan pancha), te encuentres con algún vehículo que inexplicablemente no está alineado con los de su hilera, o sea, que bloquea el pasillito por el que uno circulaba tan ricamente, con una gratificante sensación de ser en ese momento un ser privilegiado, por encima de los sufridos y pacientes conductores de automóviles, único capaz entre todos presentes en el «embalsamiento» de tener la seguridad de llegar a destino a la hora prevista. Pues todas esas agradables sensaciones se desvanecen al encontrarte con el vehículo desalineado. Jode un montón; además de que te tienes que parar, te imaginas al desalineado mirándote por su retrovisor y diciendo para sí «Venga, listillo, a aguantar y joderte como los demás». Cuando, por fin, los vehículos se ponen en marcha y te dispones a adelantar al desalineado y estás a su altura le echas una miradita furibunda a la vez que, por lo bajini, le dedicas algún «piropo». Curiosamente, según mi experiencia, los desalineados suelen ser taxistas o mujeres; o sea, aunque suene raro, los unos y las otras joden igual.

Dejo para otro día hablar de otras cosas que joden; hay muchas.


20 feb 2011

SORTU. ¿Legalidad o venganza?

El imperio de la ley

Asumiendo los fallos y excesos inevitables en cualquier obra humana, creo que se puede decir con propiedad que en España es una realidad el concepto Estado de Derecho; por tanto, se supone que está generalmente aceptada por los ciudadanos y asumida por los poderes públicos la premisa democrática del «imperio de la ley».

En consecuencia, es incuestionable que en las discrepancias sometidas a la función jurisdiccional del Poder Judicial, o sea, en las causas que juzgan los jueces, éstos deben sentenciar de acuerdo con la aséptica aplicación de las leyes, sin dejarse influir por motivaciones políticas, pasionales, resentimientos y rencores o cualesquiera otras razones de carácter emocional que pudieran alterar o condicionar el necesario objetivismo de los jueces; menos aún, éstos no deben dictaminar contaminando sus sentencias por deseos vengativos.

Tampoco los jueces pueden prestar oídos a las demandas de grupos sociales — y, por tanto, dejarse influir por éstos—, por muy numerosos que sean y por muy comprensibles o justificadas que sean las demandas, si éstas no se ajustan a derecho, es decir, si no están en consonancia con las leyes.
Y
Así, por ejemplo, por mucho que, como hemos visto recientemente en la tele, padres que han sufrido el asesinato de un hijo reclamen desgarradoramente sentencias condenatorias para los supuestos asesinos, el juez o el jurado deberán desoír todo eso y basarse exclusivamente en las pruebas y evidencias para sentenciar; obviamente, tampoco se podrán aplicar penas que no contemple la ley, y por mucho que alguien reclame la cadena perpetua para un culpable no se le podrá aplicar tal pena puesto que no está contemplada en nuestro ordenamiento jurídico.

Es decir, aquí sólo vale lo que diga la ley, asumiendo que el subjetivismo de los jueces sólo debe entrar en juego en los casos en que la aplicación de la ley no resulte clara y, por tanto, deba ser interpretada (de ahí la jurisprudencia como fuente de derecho).

La sentencia del juicio paralelo

Pero eso no es lo que pasa en los denominados «juicios paralelos», que, como es bien sabido, son la manifestación ostensible, generalmente a través de los medios de comunicación, de veredictos extrajurisdiccionales, que son pregonados y divulgados anticipadamente por aquellos que, por las razones que sean, tienen interés en las causas que se juzgan en los tribunales. En estos juicios paralelos, lo de menos suele ser la ley; lo de más, el subjetivismo e intereses de los que los llevan a efecto.


Es indudable que a Sortu o, mejor dicho, al proceso de su inscripción en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio de Interior se le está haciendo un feroz y machacante juicio paralelo con el evidente objetivo de influir en la decisión de los jueces de la Sala especial del Tribunal Supremo que debe decidir sobre si procede tal inscripción. A nadie se le escapa que la «sentencia» ya dictada de este juicio paralelo es la de que no se autorice la inscripción y, en consecuencia, que Sortu no adquiera la condición de partido político.

¿Influirá tal «sentencia» del juicio paralelo en la que deba dictar el Tribunal Supremo? Ésta es la cuestión clave de este asunto. Teniendo en cuenta que casi todos los partidos políticos (especialmente los más importantes) parece que están a favor de la «sentencia» condenatoria del juicio paralelo, y que también lo está la mayoría de las opiniones que se leen u oyen en los medios de comunicación, ¿serán capaces los jueces de sustraerse a tal presión social y política y sentenciar con objetividad? Me respondo: creo que no; ni de coña.

La venganza


Tratemos sobre el porqué de la «sentencia» condenatoria en el juicio paralelo. La verdad es que es comprensible el rechazo social mayoritario que hay en España hacia la llamada izquierda abertzale; se lo han ganado a pulso. ETA ha causado gran dolor en la sociedad española y ha hecho muchísimo daño a la democracia, sobre todo en sus albores (década de los ochenta). Como dicen los modernos, ha sido muy fuerte. Sin entrar en más detalles sobre esto, puesto que es de sobra conocido, ETA —y los que la han jaleado y defendido— ha generado tal rechazo en el conjunto de la sociedad que ésta, ahora, se quiere cobrar su «venganza» —y enfatizo en este sentimiento porque lo que se está haciendo con el juicio paralelo a Sortu no es ni más ni menos que vengarse de ETA—, castigando al proyecto de partido que pretende incorporarse a la vida política.

Es verdad que las víctimas de ETA no han recurrido al «ojo por ojo...» y que el Estado, desde hace muchos años (época post Gal) tampoco ha utilizado —al menos no lo hemos sabido— métodos ilegales para combatir el terrorismo. Pero es obvio que ahora tanto las víctimas como una gran mayoría de la sociedad española quieren pasar la factura de los desmanes de ETA a los que considera sus afines, y, sin reparar en si es o no legal lo que intentan hacer, están presionando al Estado —más concretamente, al Gobierno y al Poder Judicial— para que en esta ocasión no se salgan con la suya aquellos a los que consideran cómplices de la banda. Por eso, desde hace ya mucho tiempo, en cuanto se barruntó que la izquierda abertzale podría solicitar la legalización de una nueva marca electoral, se puso en marcha una acción política y mediática para evitarlo a toda costa: por las buenas (con la ley en la mano) o por las malas (retorciendo la ley cuanto sea necesario).

Por eso, en el juicio paralelo, algunos «jueces» utilizan pretendidos argumentos legales que, a todas luces, no se sostienen. Hay muchos que —emulando a los que, como decía antes en un ejemplo, piden la cadena perpetua)— se han sacado de la manga, sin ninguna base legal, una especie de «periodo de prueba» al que debe someterse a Sortu hasta que demuestre fehacientemente sus buenas intenciones. También se argumenta que no se debe tolerar que los impuestos de los ciudadanos vayan a los amigos de ETA (como si los teóricos votantes del partido que pretende legalizarse no pagaran impuestos). En fin, se argumenta inconsistentemente, porque a estos «jueces» lo que les inspira no es su deseo del cumplimiento de la ley; al contrario, ésta ni les importa, lo que de verdad quieren es, como ya he dicho, vengarse de ETA y de sus «amigos», y evitar a toda costa que éstos accedan, a través de las próximas elecciones a los ayuntamientos y diputaciones de Euskadi.

La legalidad

Aunque resulte pretencioso, voy a tratar de analizar muy someramente si la solicitud de Sortu de ser inscrita como partido político se ajusta a la ley; es lo que estarán haciendo los jueces de la Sala especial del Tribunal Supremo. Después de leer la Ley de Partidos Políticos y los estatutos que Sortu ha presentado, a mí me parece que Sortu, desde la perspectiva estrictamente legal, tiene todo el derecho a la inscripción. Creo que sus estatutos cumplen los requerimientos de la Ley de Partidos Políticos, porque en ellos, entre otras muchas cosas que ahora no vienen al caso, dicen:

· Que adoptan «...una posición clara e inequívoca de actuación por vías exclusivamente políticas y democráticas...».

· Que su proyecto rompe «...con los modelos organizativos y formas de funcionamiento (...) del pasado...», y que rompe con los «vínculos de dependencia» anteriores de la Izquierda Abertzale, y con ello se trata «...de impedir su instrumentalización por organizaciones que practiquen la violencia...».

· Que muestran su voluntad «...de contribuir con el resto de agentes políticos y sindicales (...) a la definitiva y total desaparición de cualquier clase de violencia, en particular la de la organización ETA...», y al «reconocimiento y reparación» de todas las víctimas de la violencia.

· Que su compromiso es «...firme e inequívoco...» con las «...vías exclusivamente políticas y democráticas...».

· Que muestran de forma contundente su rechazo «firme e inequívoco de todo acto de violencia y terrorismo y de sus autores», y asumen lo que en este contexto requiere la Ley de Partidos Políticos.

¿Qué más pueden decir? Algunos les achacan su falta de «condena» a las acciones pasadas de ETA. Pero a eso no obliga la Ley de Partidos Políticos; tampoco a que los demás partidos condenen, por ejemplo, la dictadura de Franco.

También, en el juicio paralelo se dice —como argumento legal en contra de su legalización— que Sortu es una «continuidad» de los anteriores partidos de la izquierda abertzale que fueron ilegalizados anteriormente. Y es obvio que sí, si nos atenemos a su «clientela», porque está claro que los potenciales votantes de Sortu —ciudadanos normales, que trabajan y pagan sus impuestos como los que votan a otros partidos, pero que son partidarios del socialismo y de la independencia de Euskal Herria— tienen todo el derecho del mundo, reconocido por la Ley de Partidos Políticos, a tener una opción política que defienda sus intereses políticos. No hay que olvidar que esta ley, en su exposición de motivos, reconoce como legítimos los partidos que «... defienden y promueven sus ideas y programas, cualesquiera que éstas sean, incluso aquellas que pretenden revisar el propio marco institucional...», siempre que lo hagan «...con un respeto escrupuloso de los métodos y principios democráticos».

Naturalmente, Sortu nace para recoger los votos de los que antes votaron a Herri Batasuna, Herri Herritarrok, PCTV, ANV... y no sé si ha habido alguno más, ¿a quién van a pedir el voto si no? Pero eso no debería tener ninguna consecuencia legal si las prácticas políticas del nuevo partido se ajustan a lo que la ley dispone, y esto, a juzgar por lo que consta en sus estatutos, parece que lo quieren cumplir escrupulosamente. Y si lo dicen, ¿quién tiene derecho a cuestionar sus intenciones? ¿Dónde están las pruebas de que están engañando? En todo caso, si ulteriormente se apartan de lo que han prometido, se activarán los resortes legales para judicializar la desviación. Pero a priori no se puede asegurar que lo que dicen no se ajusta a sus intenciones, ni, por supuesto, tal presunción puede tener efectos legales. Por tanto, no creo que es de aplicación el apartado b) del punto 1 del artículo 12 de la citada ley, que trata sobre la improcedencia de la continuidad de un partido disuelto (ilegalizado) anteriormente.

Resumiendo, a mí me parece que con la ley en la mano no debería haber impedimento legal para que Sortu sea inscrito en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio de Interior. Si los jueces del Supremo no lo aceptan, es claro que la motivación de la decisión sería, a mi humilde entender y como he dejado expuesto en el apartado anterior, consecuencia de la sed de venganza de la sociedad española respecto a ETA y sus «amigos».

La cuestión

Tras todo lo expuesto me planteo una cuestión: ¿es legítima la venganza ilegal del Estado, presionado por una gran mayoría social, como respuesta al dolor sufrido durante muchos años por la irracional y salvaje acción de ETA?

Yo respondería que no, pero comprendo que otros opinen lo contrario.