22 feb 2016

VALDANO

Hace unos días, hablando con unos amigos sobre Jorge Valdano, comenté que era un tipo al que yo admiraba muchísimo. Y no precisamente por su pasado como futbolista (no lo vi mucho), aunque méritos hizo de sobra a juzgar por los muchos títulos que consiguió, entre ellos el de campeón del mundo (México 1968) con la selección argentina. Mi admiración es por la forma en que se expresa y, sobre todo, por su buen criterio; por eso, me gusta mucho escuchar por la radio sus comentarios, generalmente sobre fútbol. Creo que, con diferencia, es el mejor comentarista de fútbol que hay en España. Les dije a mis amigos que mi admiración por Valdano empezó hace muchos años, a raíz de leer en el periódico (creo que fue en El País) un relato escrito por él que me pareció delicioso. Para satisfacer la curiosidad de alguno de mis interlocutores, transcribo a continuación aquel precioso cuento. Recomiendo su lectura.

Vieja, creo que tu hijo la cagó. Jorge Valdano


Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón. El hábito lo despertó a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol, y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido. Consumió varios minutos parando penaltys en idénticas versio­nes. Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: 0-0 faltando un minuto y penalty en contra; silencio expectante, miradas de ojos grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos, responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de cientos de aficionados; 0-0 final. A veces imaginaba lo mismo con ventaja de 1-0 para su equipo, pero esa historia le gustaba menos porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había marcado el gol.
A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida cuando paraba penaltys mentalmente aunque él no se daba cuenta. Se acordó del tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de la cama y se fue hasta la puerta rogando que no lloviera. Aquel 16 de septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a vivir le recordó la enfermedad de su padre. Luego pasaría a visitarlo para hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico.
Entró a la humilde cocina a tomarse un té, como era su costumbre dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la vista en un póster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la radio y de la revista El Gráfico. Como admirar es identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del sol. «Grande maestro», le murmuró Juan Antonio a la foto de Amadeo en el preciso instante que su mujer, con ojos todavía dormilones, entraba en la cocina:
—Hablás solo.
—No, pensaba.
Recibió el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante largo rato de simples cosas suyas.Juntos escucharon a Johnny Lombard anunciando el partido: «A las cinco de la tarde, en el campo comunal Sportivo y Argentino de Las Parejas se juegan el título de Liga en el partido más esperado del año». Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.
Todavía faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos equipos que dividían el pueblo, los celestes del Argentino y los verdirrojos del Sportivo compartían el primer puesto de la Liga Cañadense de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para definir de una vez por todas quién era quién en la Liga. Desde hacia una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.
—¿Qué tal en la fábrica? —preguntó Mercedes.
—Y... esta semana, ya sabés, los muchachos me volvieron loco.
Orgulloso, Juan Antonio le contó a su mujer; entre otras cosas, que el patrón, palmeándole la espalda le había dicho: «Juan, el domingo te tenés que portar, ¿eh?».
Felpa era un buen tipo, de veintiséis años, casado no hacía mucho tiempo y con un niño de meses. De gustos sencillos, querido y popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes, olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se despidió de su mujer sin mucha ceremonia.
En el sanatorio San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos. Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con diez años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja escopeta. La liebre se escapó y el imprudente proyecto de guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le empezaron a llamar Gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que amaba al Sportivo con la misma intensidad con que odiaba al Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había pensado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a su único hijo que mudó el prejuicio y terminó mirando los partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que molestaba con sus gritos que lo que respaldaba.
En la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor; pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para interpretar los gritos que llegaran desde la cancha. A doscientos metros de distancia era capaz de identificar, aguzando el oído, las jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía de las jugadas.
Juan Antonio se fue a la sede del club llevándose una última recomendación paterna: —Métanle cinco goles, así no hablan nunca más.
En el camino volvió a fabricar un penalty en la cabeza. Siempre se tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que llegaba a media altura. «La esperanza es el sueño de los despiertos», escuchó un día.
En la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó con una sonrisa los comentarios de siempre: «No te preocupes, que hoy ni se acercan...». «A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?...». «¿A quién le ganaron ésos...?». Llegó a la tranquilidad del restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien: «Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por la plata». Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata no había.
Comieron carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.
Los Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más contento estaba. Además, jugaba sin wínes (sic), y tácticamente se equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el Negro Moyano lo saludó a los gritos en mitad del bar Victoria:
—¿Cómo te va, embrague?
—¿Por qué embrague? —preguntó el entrenador con poca prudencia.
—Porque primero metés la pata y después hacés los cambios —le soltó el Negro para que se riera todo el mundo. Cómo sufrió el odio Mirage esa vez.
Los jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro coches particulares de directivos de la comisión de fútbol. Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido. Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e hicieron movimientos de calentamiento como si se tratara de un ritual.
El Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había aprendido una frase que le gustaba repetir: «Me quitan sensibilidad». Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un corro y todos encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores tres minutos después. Ahí estaba todo el pueblo.
Era día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas; banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no faltaba nada.
El sermón arbitral fue breve: «A jugar y a callar», dijo a los capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.
El griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como resultado un partido trabado e impreciso.
Acertó don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el primer tiempo a su mujer:
—Partido malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.
Se jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.El segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no fueron fruto de balones claros, sino de rebotes afortunados o de errores cometidos por piernas cansadas.
Pero de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer; faltando unos quince minutos, que «todavía podía pasar cualquier cosa». En ese segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes, animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración. Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.
Faltaban cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un manotazo. ¡Penalty!
Aquello calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a la fantasía de Juan Antonio Felpa.
El sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó la fe de los héroes.
A once metros de distancia el Befo Nieva ya estaba frente a la pelota. Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina. Juan Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago, la alegría más grande de su vida.
Ahora era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta al grito de «Felpa», «Felpa», «Felpa». Yo no sé lo que le pasó en ese momento, porque en veinticinco años nadie logró hablar con él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos lamentos verdirojos. El extraño coro de murmullos que quedó flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que había sufrido con el penalty («hay que reconocer que fue justo, vieja») y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado, miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado: Vieja, creo que tu hijo la cagó.


24 dic 2015

TRAS LAS ELECCIONES


¡Lo que nos espera...! El resultado de las elecciones del 20D nos ha dejado un incierto panorama político. Resulta inútil hacer pronósticos sobre cómo se podrá formar gobierno o sobre si habrá que convocar nuevas elecciones; realmente, la cosa está más que difícil.

Como si tuviésemos poco con la incertidumbre que dejaron las elecciones catalanas del pasado 27 de septiembre (a fecha de hoy no sabemos qué va a pasar), ahora, tras las Generales, en España entramos en un periodo de 2 o 3 meses en el que los políticos nos van a marear con sus propuestas, rechazos, contrapropuestas, acusaciones, ocurrencias y todo tipo de planteamientos de solución —o sea, de pactos—  de lo que los únicos que van a salir beneficiados son los medios de comunicación y sus asiduos "politólogos", que, por el lío que se ha formado, van a tener mucho, muchísimo, de qué hablar en sus tertulias especulativas; es decir, van a poder competir con los políticos en ocurrencias.


Listo: Hablando de ocurrencias, Julio, ¿qué crees tú que va a pasar?
Julio: Ni puta idea, Listo, pero ya que quieres oír ocurrencias, te diré las mías al respecto.
L: Ya sabía que ibas a entrar al trapo. A ver, ¿van a formar gobierno o habrá nuevas elecciones?

J: Para responder a esta pregunta hay que tratar de ponerse en la piel de los principales candidatos de las dos fuerzas que han obtenido mayor número de votos, es decir, de Rajoy y de Sánchez, para intentar saber cómo ven ellos la posibilidad de enfrentarse, de nuevo, al proceso electoral y, más concretamente, a ¡una nueva campaña electoral!
L: Querrás decir para saber cómo prevén ellos el resultado de esas nuevas elecciones, ¿no?
J: No, he dicho bien; en lo que piensen sobre tener que enfrentarse a una nueva campaña está la clave. Porque supongo que a estos dos, sobre todo a Rajoy, el mero hecho de pensar que tienen que pasar de nuevo por las dos semanas de la nueva campaña les tiene que acojonar. Y lo entiendo; porque me parece que la campaña electoral para los principales candidatos es un martirio. Sí, sí, un martirio y de los más duros. Más en estos tiempos en los que los medios de comunicación los persiguen incansablemente, los obligan a entrevistas y debates, les critican cualquier cosa que dicen, etcétera. Y no digamos nada de los intensos viajes, mítines, baños de multitud y todas esas cosas a que se ven obligados. Y, para rematar, los riesgos que corren (¡que se lo digan a Rajoy!). Reitero, un martirio. Así que creo que, especialmente en el caso de don Mariano, por nada del mundo querrá que se celebren nuevas elecciones. Y esto es algo a tener muy en cuenta a la hora de pronosticar.
L: ¿Y Sánchez?, ¿tampoco querrá nuevas elecciones?
J: Tampoco creo que le haga mucha gracia, aunque en su caso puede que pese más el temor al resultado que la tarea de la campaña. Si bien, pienso que, aunque no lo pueda decir, tema también que, si en la anterior le "dieron" a Rajoy, pueda haber algún otro energúmeno salvaje que quiera vengar al gallego atentando de cerca contra él. Si yo fuera Sánchez, no desdeñaría tal posibilidad. Así que, para el pronóstico, a mi modo de ver, Sánchez también intentará por todos los medios que no haya nuevas elecciones.
L: ¿Y Rivera e Iglesias?
J: Estos son más jóvenes y vigorosos; puede que no les espante tanto enfrentarse a unas nuevas elecciones y a la consiguiente campaña. Se dice que Podemos podría mejorar el resultado; sobre Ciudadanos las previsiones no son claras. Pero como la decisión sobre las nuevas elecciones la tienen los dos principales partidos, PP y PSOE, lo de los otros dos no me parece determinante para la cuestión de si habrá o no que ir de nuevo a las urnas.
L: Entonces, si, según dices, la decisión la tienen Rajoy y Sánchez, ¿crees que se pondrán de acuerdo para coaligarse?

J: Pues es muy difícil. Rajoy lo quiere, pero Sánchez ya ha dicho que ni de coña. Algunos creen que este se va a desdecir; parece que le están presionando mucho, incluso desde su propio partido, pero creo que resistirá las presiones. Además, supongo que sabe que si apoya a Rajoy (aunque sea con la abstención) quedará fatal, después de haberle llamado nada menos que "indecente" ante casi 10 millones de españoles. No puede; antes dimitiría, que no deja de ser una opción, aunque creo que optará por otras soluciones.

L: ¿Otras soluciones? ¿Aliarse con Podemos y con el resto de la izquierda, incluida la independentista?

J: No creo que le dejen en el partido. Lo de Cataluña pesa mucho, y Podemos parece que está firme con lo del referéndum. No, aunque a mí me gustaría, como mal menor, no creo que sea posible que Sánchez forme gobierno.

L: Joder, pues tú dirás qué otras soluciones hay.

J: Una coalición PP, PSOE y Ciudadanos, en la que Rivera sea el presidente, Soraya, vicepresidenta y se repartan las carteras en proporción a los resultados. Y Rajoy y Sánchez a dedicarse a gestionar sus respectivos partidos hasta que les sustituyan en los congresos que se celebrarán. O sea, castigados sin recreo y de rodillas contra la pared, por haber sacado mal resultado electoral, aunque ellos dirán que es un sacrificio "por España".


L: ¿Y tú crees que Rajoy o el PP pueden aceptar eso, después de haber sido ellos los «ganadores» de las elecciones?
J: Pues lo aceptan o, de lo contrario, a nuevas elecciones. Y ya te he dicho que para Rajoy eso sería lo peor, con diferencia, de lo que le podría pasar. Haciendo las cosas como he dicho, él —y con él su partido, el PP— podría vender su renuncia como un acto de generosidad política y de patriotismo que, de cara al futuro, podría dar sus frutos al partido. Por otro lado, A Rajoy le veo un poco harto de la política; lo ha sido todo y lo que le esperaría de continuar en la primera línea seguro que no le resultaría agradable. Por otro lado, ya puede decir que ha ganado dos elecciones generales consecutivas, como Felipe, Aznar, y ZP, aunque en esta segunda, con la solución que he comentado, el PP sólo podría gobernar "parcialmente".
L: Para el PSOE, no parece una mala solución; para Sánchez, sí.
J: Sánchez ha obtenido un mal resultado, aunque, a mi entender, no lo ha sido tanto porque es la primera vez que el PSOE se ha encontrado con un competidor muy fuerte, como ha sido Podemos, invadiendo su espacio político (la izquierda). Pero parece que tiene contestación dentro del partido y le quieren mover la silla. Así que sus coleguis le pueden "invitar" a que retome su vida profesional privada, y den paso a otro nuevo líder (o lideresa) que compita con Soraya en las próximas elecciones (anticipadas, dentro de unos 2 años). Para el partido, es la única forma de poder entrar en un gobierno de coalición sin retractarse de lo que han dicho del PP y Rajoy. También lo podrán "vender" como un acto de responsabilidad patriótica.
L: Supongo que a Rivera le gustará la idea, ¿no?
J: Pues sí y no. Sí, porque ser presidente del gobierno es algo muy importante, sobre todo, para un hombre joven como él; no, porque, como de tonto no tiene un pelo, sabe que le putearían inmisericordemente, tanto los del PP como los del PSOE, y no digamos desde la oposición. Por eso, la legislatura no duraría mucho y se podría quemar de cara al futuro de su carrera política. Pero, como es un tipo valiente, creo que aceptaría el riesgo; por otro lado, si los otros dos partidos de la hipotética coalición se lo proponen como única solución para salvar la difícil situación postelectoral, no podría decir que no, mucho menos después de haber sido él el primero en proponer esta coalición (aunque no se haya postulado para presidirla).
L: Resumiendo, Julio: Según tú, Rivera, presidente; Soraya, vicepresidenta (que ya tiene experiencia); los ministros, del PP, del PSOE y puede que alguno de Ciudadanos, los primeros con las carteras más importantes... y asunto arreglado. No sé, no sé.
J: Yo tampoco, pero como había que decir algo... pues ya está.
L: Que pases buena noche, Julito, y tómate un güisquito a mi salud.
J: Cuenta con ello, listillo. ZORIONAK!!!

1 dic 2015

¡CLARO!


Generalmente, esta interjección se utiliza para significar que se está muy de acuerdo con lo que ha dicho otro, normalmente interlocutor del que la pronuncia. Por ejemplo, si alguien que me escucha dice ¡claro! cuando yo digo “el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”, lo que debo entender es que está de acuerdo con la ecuación expresada por mí. Vale, pero a veces también se quiere dejar claro algo más, que es a lo que me voy a referir.

Al decir con rotundidad ¡claro! en la situación comentada, el que lo dice lo que puede querer manifestar es que ya conocía, de sobra, el teorema de Pitágoras sin necesidad de que yo lo expusiera. Y si acompaña la interjección con un gesto apropiado, lo que está transmitiendo a quienes le escuchen es que lo que he dicho es más que evidente. Más aún, si a la interjección le sigue, tras una ligera pausa, el vocativo, adornándose con un gesto que exprese conmiseración, por ejemplo “¡Claro!... Julio”, se me está diciendo que no sea capullo; que lo que he dicho, por evidente y conocido, resultaba innecesario.

Así que el ¡claro!, además de su inocente uso para adherirse a lo dicho por otra persona, tiene otras utilidades más, digamos, puñeteras:
  • Una, para jactarse del conocimiento sobre el objeto o asunto de que se habla.
  • La otra, para reprender o reconvenir cariñosamente al interlocutor por decir, por evidente, lo innecesario.

Pero lo malo de la utilización en su versión puñetera del ¡claro! es que, en muchas ocasiones, resulta engañosa, especialmente cuando, sobre todo en el primer caso —para jactarse de conocimiento—,el que lo utiliza lo que realmente quiere es que no se note su ignorancia sobre lo que su interlocutor ha dicho. O sea, que cuando debía haber dicho “no tengo (o tenía) ni puta idea”, que es algo muy saludable y noble, lo que dice es ¡claro!, queriendo dar a entender “yo también lo sé”. A mí esto me molesta bastante.

Y lo peor es que esta utilización del ¡claro! como recurso o triquiñuela para disimular la ignorancia es muy frecuente. Aunque hay quien es muy eficaz en el disimulo, es decir, en que no se note la equivalencia del ¡claro! con “no tenía ni puta idea sobre lo que has dicho”, en la mayoría de los casos se puede notar la suplantación. Si el que lo intenta desvía la mirada cuando pronuncia la interjección que nos ocupa, o sea, cuando lo dice sin mirar a los ojos del interlocutor al que se dirige, hay que interpretar que está disimulando su ignorancia; me atrevería a decir que en el 90 por ciento de los casos se acierta con esta interpretación.

Por el contrario, si el que dice el ¡claro! lo hace mirando fijamente a su interlocutor con un inequívoco y contundente gesto de afirmación hay que interpretar que no está disimulando; en todo caso, lo que está haciendo es un sincero uso puñetero de la interjección, en cualquiera de las dos modalidades a que antes me he referido.

Para terminar, debo confesar que todo lo dicho vale para cuando el dicente del ¡claro! es varón; las mujeres tienen registros y recursos retóricos que se escapan a mi comprensión, así que no sé si todo lo anterior se puede aplicar a las féminas. Lo único que puedo decir es que tengo la impresión de que el ¡claro! es utilizado muchísimo más por ellas que por nosotros.

14 nov 2015

LAS ELECCIONES


Listo: A ver, Julio, tenemos las elecciones generales a la vuelta de la esquina y no te he leído nada sobre ellas. Según dicen, estos comicios van a dejar el Parlamento más fraccionado del actual periodo democrático al que van a llegar, por primera vez, los llamados partidos emergentes. ¿Qué opinas?
Julio: Pues lo que tú has dicho; que se presentan unas elecciones muy interesantes.
L: Vale, tío, pero mójate. ¿A quién crees que se debe votar? No es que te vaya a hacer caso, pero me gustaría saber tu opinión. Si te parece, te voy a preguntar por los candidatos.
J: Bueno, Listo, anda, pregunta.
L: Empecemos por Rajoy. ¿Qué te parece el actual presidente del gobierno?
J: Debo decir que no me cae mal; probablemente sea porque le veo como una persona nada fundamentalista, sin firmes convicciones, sin rigidez de criterio, con poca ideología… O sea, un poco amoral. Y eso, ya sabes, no le parece mal a uno como yo, que carece de principios, creencias y convicciones.
L: ¿Y eso te parece bien en un gobernante?
J: Pues sí y no. Sí, porque puede gobernar con mayor, digamos, elasticidad ideológica, y eso, no está mal. No, porque, al no estar condicionado por la rigidez de un corsé ideológico, le pone en riesgo de caer en improcedentes desviaciones interesadas. Por eso, a don Mariano lo critican desde todos los lados, incluso desde la derecha; pero, ya te digo, el gallego siempre me ha caído simpático, o, al menos, no me resulta antipático, como me pasa con su mentor Aznar, al que no soporto.
L: No sé si me ha quedado claro. De todos modos, ¿a Rajoy lo tienes entre los votables?
J: No, listillo, ni de coña. Nunca he votado al PP, ni nunca le votaré; ¡nunca! Totalmente descartado; pero eso no es incompatible con que Rajoy me caiga bien.
L: Bueno, bueno, tú sabrás. Vamos con otro, ¿votarás a Pedro Sánchez?
J: Tampoco me cae mal, pero no me convence.  El otro día lo vi en una entrevista en TVE que le hizo la bilbaína Ana Blanco y me pareció como muy melifluo… muy en su papel de chico bueno, guapo y simpático; pero poco consistente. Además, tuvo una metedura de pata imperdonable cuando atribuyó a su partido, el PSOE, la legalización del divorcio en los años ochenta.
L: Un error lo tiene cualquiera, Julio, tampoco es para tanto.
J: ¿Que no? Resulta que lo dijo adornándose y como ejemplo (el único que puso) de las realizaciones o aportaciones democráticas de su partido en el pasado. Para descojonarse; ya digo, fue imperdonable en un líder político. Y no digo que no le vaya a votar por ese fallo, no. No lo votaré porque soy de los que opina que el PSOE merece un castigo del electorado por haber sido, igual que el PP, también culpable de la vorágine de corrupción política que ha habido en España en  las últimas décadas; sobre todo por no haber introducido, mientras tuvo mayorías y gobernó, las necesarias medidas para conseguir transparencia, control y rigor en la actividad política, sobre todo en la acción de gobierno.
Así que el señor Sánchez, aunque él no se haya llevado ni un euro, tiene que apechugar con los pecados de su partido en el pasado. Que no cuente con mi voto.
L: Ya te veo venir; eres de los que votarás a los emergentes. ¿A Albert  Rivera, de Ciudadanos?
J: Este es el que, desde la distancia, mejor me cae. Me parece, además de inteligente y muy brillante, un político valiente y honesto. Lo tengo entre los votables; pero creo que no va a tener mi voto.
L: ¿Por qué?, Julio.
J: Pues, la verdad, no sabría decirte. Puede que su postura contraria al Concierto Económico Vasco haya influido en mí; pero no estoy seguro. Por otro lado, Albert Rivera se declara de ideología liberal; que no tengo muy claro qué es eso, pero me suena a eufemismo para no declararse de derechas. Tampoco me gusta su rígida posición contraria al referéndum en el asunto de Catalunya. En fin, que no me convence del todo. No obstante, te puedo decir que si gana las elecciones o si por mor de las alianzas postelectorales llega a ser presidente del gobierno me alegraré; creo que lo haría bien y que, por su valía y valentía, lo merecería.
L: Me parece que lo que te pasa es que lo consideras de derechas, y eso no sintoniza con tu vena izquierdista. ¿Eh?, Julio.
J: ¿Vena? En todo caso, mis tendencias y preferencias, Listo.
L: No sé, no sé… Nos queda Pablo Iglesias, de Podemos o de las candidaturas en las que se integre este partido. A este, que es de izquierdas, le votarás, ¿no?
J: Pues me temo que no. Me he enfriado con Podemos; y me jode, porque me ilusionó mucho cuando “se nos apareció”. Además soy fan de Errejón, al que me gustaría ver gobernando. También Iglesias me gustó el otro día en la tele, en “El hormiguero”, cuando cantó bastante bien una canción de Javier Krahe y me parece muy razonable su postura ante el lío catalán.
Pero el esquema operativo interno de su partido no me convence. Soy firme partidario de consultar o preguntar a los ciudadanos cuando se tienen que tomar decisiones controvertibles, lo dije con claridad en el primer post de este blog DEMOCRACIA DIRECTA-Referéndums por internet; pero lo de basar el funcionamiento interno del partido en un esquema multiasambleario en el que, teóricamente, todo el mundo opine constantemente, aunque queda muy bien de cara a la galería, me parece poco operativo y más propagandístico que real. Creo que es una fantasmada del señor Iglesias, de la que tendrá que desdecirse si quiere tener un partido ágil y funcional.
Así que no lo voy a votar. Ahora bien, si gana, también me alegraré. En realidad, lo que me gustaría es que, como parece que ningún partido va a alcanzar la mayoría absoluta, Pablo Iglesias y Albert Rivera consiguieran, entre ambos, mayoría para que se coaligaran y formaran gobierno. Así el PP y el PSOE, ¡a la oposición!, que es lo que se merecen.
L: Entonces, ¿no vas a votar?
J: Sí lo voy a hacer. He decidido votar a Alberto Garzón, de Izquierda Unida, o a la candidatura en que concurra a las elecciones, que creo que se denomina “Unidad popular” o algo así.
L: ¡Hostia!, Julio. No me esperaba esto… a ver, a ver, razones.
J: Garzón me parece un tipo limpio y, además, bastante espabilado y competente. No me gustó que Pablo Iglesias le diera, crudamente, calabazas cuando Garzón se ofreció para ir juntos a las elecciones. Por otro lado, me ha parecido muy razonable y coherente en su posición ante el problema catalán. Y, sobre todo, le voy a votar porque creo que se merece apoyo. Lo están ninguneando; todo el mundo baraja solo las otras cuatro candidaturas, menospreciando a un partido como Izquierda Unida que lleva muchos años aguantando en sus posiciones y sin haber conseguido, prácticamente, nada de poder. Ya digo, merecen más apoyo ciudadano. Así que mi voto para Alberto Garzón; espero que tenga muchos otros más.
L: Joder, Julio. A la vejez, viruela.


3 nov 2015

CARME FORCADELL

El pasado día 26 de octubre fue elegida presidenta del Parlament de Catalunya. Se había presentado a las elecciones del 27 de septiembre como número 2 de la lista «Junst pel Sí». Es miembro de ERC.
Al día siguiente, la vimos en todos los medios audiovisuales concluyendo su discurso de inicio de la andadura del nuevo Parlament con un ¡Visca la Republica catalana!, que fue acogido por la mitad de los parlamentarios (los de los grupos independentistas), puestos en pie, con un entusiasta aplauso que duró exactamente 1 minuto. Mientras el aplauso atronaba en el salón de plenos, la otra mitad de parlamentarios se mantenían sentados e impertérritos; o sea, como diciendo “a ver si paráis de una puta vez”. 
El mismo día 27 de octubre, Carme Forcadell escribió en su Twitter: “Seré la presidenta de tots. El #Parlament serà la cambra del diàleg i del respecte a totes les opinions”. Y, supongo, se quedó tan pancha. O sea, esta señora considera compatible lanzar vivas a la por ella deseada República catalana independiente con ser la presidenta de todos. En este todos no sé si incluía a la más de la mitad de los ciudadanos de aquella comunidad autónoma (votantes de las candidaturas contrarias al independentismo) o a la casi mitad de parlamentarios de la cámara que no le aplaudieron. Da lo mismo, porque de lo que no cabe duda es que ambas manifestaciones –la del “Visca” y la del “tots”- son una clara muestra de su incongruencia o de su cinismo, que no sé qué es peor. ¡Cómo son estos políticos!
Creo que la señora Forcadell va a dar mucho juego en el futuro inmediato. Siento no vivir en Catalunya y no hablar català para enterarme bien de lo que diga o haga, porque me voy a privar de una segura diversión. Aunque espero que los medios de comunicación ya nos informarán con detalle de las andanzas de esta buena señora.
No conozco casi a la Forcadell, salvo que, aparte de lo que he dicho,  hasta hace poco fue presidenta de la Asamblea Nacional Catalana y que, por eso, en los últimos tiempos ha tenido cierta presencia en la actualidad política catalana. Y precisamente por esa presencia en los actos políticos que, en relación con el movimiento independentista, se llevaron a efecto en los últimos dos años, había visto en los telenoticias imágenes en las que se veía a esta señora (entonces desconocida para mí) que me habían llamado la atención.
Me había llamado la atención que en las imágenes en que se informaba sobre los contactos mantenidos entre los dos principales personajes del independentismo, Artur Mas y Oriol Junqueras, que eran los que más conocíamos todos los que no seguimos desde la cercanía la actualidad política catalana, aparecía con frecuencia la imagen de una enjuta mujer en la que se evidenciaba su interés por colocarse muy cerca de ellos (o entre ellos) para así poder aparecer en las imágenes que podrían captar los medios de comunicación; o sea, se veía con claridad que se esforzaba para salir en la foto. Esta mujer era la Forcadell.
A riesgo de equivocarme, deduzco, por lo que he expuesto, que a esta buena señora le gusta el protagonismo más que a un tonto una tiza y que, en su nuevo cargo, presidenta del Parlament de Catalunya,  se sentirá más feliz que unas pascuas. Pero que ande con cuidado. Porque según el rumbo que están tomando los acontecimientos políticos en Catalunya va a haber lío; lío y del gordo. Y es muy probable que, de entrada, alguien pague los platos rotos. Y me temo que la Forcadell, por las iniciativas que, en su nuevo cargo, últimamente está tomando, podría ser la que reciba los primeros golpes de la pelea (o bronca) de carácter político y judicial que se avecina.
No me extrañaría que los principales impulsores del movimiento secesionista, Mas y Junqueras, que, indudablemente, son personajes políticos muy curtidos, listos e inteligentes, hubieran visto en la Forcadell a la “tonta útil” que les podría servir de escudo ante las iniciativas judiciales y penales que, desde el Estado, se tomen a corto plazo, y hayan promovido a esta señora para el importante cargo que ostenta actualmente para que sea ella quien tome las iniciativas políticas que se están tomando y, así, ellos mantenerse a salvo de las responsabilidades penales que puedan derivarse.

No se lo deseo, pero me temo que Carme Forcadell va a ser la primera víctima directa del proceso soberanista. Vamos, que la veo en la cárcel. Aunque, si es como me la imagino, seguro que en su eventual papel de primera víctima del “Procés”, o sea, como primer "mártir" del independentismo catalán moderno se sentirá aún más feliz que presidiendo el Parlament. A esta le va la marcha.


OTRAS ENTRADAS DEL BLOG

COMENTARIO ULTERIOR (29-07-2016): Según El País, el Gobierno en funciones ha pedido este viernes al Tribunal Constitucional que abra la vía penal contra la presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, por desobedecer sus sentencias y por ser "la persona claramente implicada y afectada" que lidera una institución que vulnera "de manera flagrante el Estado de derecho y el orden constitucional". Puede que mis vaticinios se cumplan.
COMENTARIO ULTERIOR (04-11-2017): Es obvio que no he acertado en mi pronóstico de que la Forcadell sea el primer personaje catalán en entrar a la cárcel por su papel en el «procés». El pasado 16 de octubre ingresaron en prisión «los Jordis», y el 2 de noviembre lo hicieron el exvicepresidente del Govern y siete de sus exconsellers. A Puigdemont, que se ha abierto, le está buscando la juez Lamela, que es quien está llevando el caso en la A.N.. Carma Forcadell está a la espera de lo que decida el Supremo.

COMENTARIO ULTERIOR. Hoy, 23-3-2018, la Forcedell, junto con otros destacados políticos independentistas, ha entrado en prisión 

25 oct 2015

RISAS RIDÍCULAS


Es indudable que la risa es una reacción humana positiva y saludable; por tanto, bienvenida sea, sobre todo, cuando es espontánea y obedece a una causa racionalmente divertida. Y digo racionalmente porque hay personas a las que su razón (o, mejor, sinrazón) no les impide considerar divertido —y, por tanto, de risa— lo que obviamente no lo es. Si, por ejemplo, una persona mayor se tropieza en la calle y se da una costalada de las de llamar a Urgencias no es para reírse, aunque algunos memos lo consideren divertido y no repriman la risa. Reírse de lo que no tiene ni pizca de gracia es, sin duda, una memez.

Pero de las inconvenientes risas de los memos no quería hablar, no merece la pena. Quería comentar algo sobre las risas aparentemente forzadas que, de un tiempo a esta parte, están presentes, con más frecuencia de lo deseable, en muchos programas de radio, especialmente en algunas tertulias sobre actualidad y política. Parece que a los contertulios (me gusta más que tertulianos) les ha dado por mostrar que las cosas que se dicen en sus tertulias son muy ingeniosas y divertidas, y lo hacen a base de risotadas. Pero se ríen de cosas que a mí me parecen que no son para tanto; es decir, que no tienen ninguna gracia. Incluso, a veces pasa que se ríen antes de que el autor de la supuesta gracia no haya acabado de decirla o que al completar su intervención se evidencia que lo dicho no tenía intención hilarante. O sea, les pasa como les ocurre a algunos asistentes a los espectáculos de cómicos que se ríen antes de que el chistoso acabe el chiste en cuyo final, precisamente, estaba la gracia.

Se evidencia, por tanto, que hay una clara intención de salpicar el contenido de algunas tertulias radiofónicas con risitas o risotadas de los participantes, que a menudo suenan en coordinada coralidad; o sea, como esos cuatro amigos cuarentones que a las dos de la mañana, mientras se toman la penúltima, uno de ellos cuenta un buen chiste de tías.

Y así, desde hace uno o dos años, en algunas tertulias radiofónicas con ínfulas de modernas e ilustradas, los opinólogos que en ellas participan se esfuerzan en que también parezcan distendidas y divertidas, a base de intercalar ridículas y forzadas carcajadas entre las invectivas, diatribas y falsedades que acostumbran soltar por sus pretendidamente eruditas boquitas. Es como si el veneno que exhalan impregnara el aire que luego respiran y, al percatarse de que no les afecta, les produjera un estado de felicidad que les proporciona esa tendencia a hacer risitas. Pero lo peor es el caso de los contertulios que hacen sus risitas tras deponer su opinión; o sea, los que se hacen mucha gracia a sí mismos. Entre estos se lleva la palma el personaje que dirige la tertulia matutina de La Inter (o como se denomine esa emisora, que no lo tengo claro): además de verter opiniones infumables, las remata con unas extrañas carcajadas que se asemejan a los sonidos guturales que produce una urgente vomitona.

Por eso, ante esta novedad tertuliana (ahora sí), no me queda otra que preguntarme cuál será la razón de esta ridícula moda, porque antes no pasaba, al menos con la frecuencia de ahora. Tratando de responderme, he concluido que podría ser que algún gurú de la comunicación —o, como se dice ahora, algún coach de comunicadores—hubiera transmitido a los conductores de estos programas de radio que, como de lo que se habla en las tertulias casi siempre tiene connotaciones negativas, hay que intercalar mensajes que distiendan o relajen para no agobiar al oyente. “...Y para eso nada mejor que la sonora risa”, les habrá dicho el gurú. Si es esa la razón, yo les recomendaría otra opción: intercalar chistes de Eugenio o de Chiquito de la Calzada; distienden y relajan más, y, sobre todo, suenan más naturales.

Una razón más simple podría ser el deseo de los contertulios de que la audiencia perciba su fino sentido del humor y, sobre todo, que los oyentes se den cuenta de que son unos tipos simpáticos y divertidos. Si fuera así resultaría enternecedor... ¡Qué majos...!

Sea por lo que sea, es claro que las risas evidentemente forzadas que se escuchan en los programas de radio a que me refiero, además de no hacerme ni puta gracia, ni me relajan ni me distienden; me parecen ridículas. No obstante, me vienen bien porque me sirven para darme cuenta de que debo accionar la ruedita que mueve la aguja del dial de mi caduco transistor analógico.

7 oct 2015

¡COÑO!


La del título es una de las interjecciones más utilizadas en España. No me gusta; prefiero otras, que, aunque suenen más fuerte o puedan considerarse más groseras, me parecen mejor. Así que vaya por delante que, salvo que se me escape, no forma parte de mi vocabulario. Por aclarar mi gusto en materia de interjecciones, lo primero que debo decir es que ¡coño! me resulta una interjección, además de ambigua, meliflua. Me explico.
Lo de ambigua lo digo porque su utilización requiere ser acompañada del gesto y tono para que tenga una significación inequívoca. Realmente, eso pasa con casi todas las interjecciones, pero con esta creo que más. Porque ¡coño! se puede utilizar para muchas cosas: desde el simple saludo (antes del vocativo, como en “¡Coño!, Pepe, ¿qué haces por aquí?”) hasta para reafirmar una orden (“¡Se sienten, coño!”, que dijo Tejero en el Congreso), pasando por su utilización para mostrar sorpresa, alegría, tristeza, interés, dolor repentino, admiración y muchas otras cosas.
¡Coño! es la interjección malsonante preferida por los que se consideran bienhablados, o sea, por la gente que se considera bien educada y que evita las palabrotas (seguramente así se consideraría Tejero), para ser utilizada coloquialmente para demostrar firmeza o determinación. Además, como es un “taquillo” (no llega a taco), saben que, dicho con energía, en sus ambientes habituales no solo no se lo reprobarán, sino que es casi seguro que se lo agradecerán e, incluso, se lo premiarán. Imaginemos a María Dolores de Cospedal en un mitin de la campaña electoral acabando su vibrante discurso con un “…y estas elecciones las vamos a ganar, ¡coño!” La ovación de sus fieles resultaría atronadora y nadie le recriminaría el taquillo.
Por eso, lo que menos me gusta de ¡coño! es que muchas de las personas que lo utilizan hacen, con su utilización, un melifluo ejercicio expresivo, en el que, por un lado, quieren demostrar que, en un alarde de campechanía, son capaces de utilizar expresiones “del pueblo”, pero no se atreven a utilizar las que, aunque suenen peor, resultan muy expresivas y contundentes. O sea, quieren demostrar que son capaces de decir palabrotitas para que, en ciertos ambientes, no se les tome por remilgadas o mojigatas, pero, a la vez, mucho se cuidan para no ser tomadas por maleducadas o groseras. O sea, un sí es, no es.
Y no quiero decir que convenga mostrarse maleducado o grosero, no. Sé que eso nunca está bien, aunque debo reconocer que, con más frecuencia de la deseable, mi vocabulario no se ajusta a las buenas prácticas recomendables; o sea, que soy bastante malhablado. Yo me disculpo achacando tal defecto a las secuelas de haber crecido en un barrio en que los tacos y palabrotas eran moneda corriente a la vez que el lenguaje florido brillaba por su ausencia. Así he salido.
Y volviendo al melifluo ¡coño!, opino que si alguien quiere expresarse con corrección, porque así lo considera conveniente en atención a quienes le escuchan, que no emplee esa interjección, que no deja de ser una ordinariez. Pero entre los cercanos, cuando se sienta libre y sin condicionamientos en su expresividad, que haga uso de otras interjecciones disponibles en lo que llamamos habla coloquial. Un ¡cojones!, ¡hostias!, ¡cagüenlaputa!, o el más primitivo ¡mierda! siempre resultan más contundentes y, si se dicen con naturalidad, deberían ser tolerables.
Seguro que resultaría más movilizador en su campaña electoral escuchar a la antes citada secretaria general del PP motivando a sus huestes con algo parecido a "…y, ¡mecagüenlaputa!, estas elecciones las vamos a ganar ¡por cojones!, ¡hostias!". Si lo dice así, igual la voto.

13 sept 2015

MAS vs PASTOR


Nunca había hecho esto, o sea, lo que voy a hacer: escribir sobre la rabiosa actualidad; es decir, de lo que acaba de pasar. Voy a comentar lo que me ha parecido la entrevista que, hace unos minutos, en La sexta le ha hecho Ana Pastor al president Artur Mas. Obviamente la entrevista tenía relación con las próximas elecciones en Catalunya, que pueden determinar el rumbo del proceso secesionista iniciado en esta comunidad autónoma.


La señora Pastor me ha puesto de mala hostia. Supongo que algo muy parecido les habrá pasado a muchos miles, decenas de miles, centenares de miles... incluso a millones de catalanes de los que hayan visto el programa (que, supongo, habrá tenido gran audiencia en Catalunya). Y supongo que muchos, muchísimos, de los telespectadores catalanes, mientras presenciaban la entrevista, habrán soltado en más de una ocasión algo parecido a ¡qué hijaputa! dirigido a la Pastor. A mí me ha pasado igual.
Porque a mí me parece que, en un asunto tan delicado como el del objeto de la entrevista, no se debe adoptar por la entrevistadora una actitud inquisitorial y agresiva como ha sido el caso. Me ha parecido deplorable que la Pastor haya adoptado el papel del fiscal acusador que, utilizando rudimentarios recursos dialécticos (entre los que está el consabido “yo soy la que pregunta”), tratara de poner en aprietos al entrevistado, o de poner en evidencia las pretendidas contradicciones de las contestaciones del entrevistado con sus pretéritas declaraciones, o, en fin, resaltar la improcedencia de la actitud política del president. Es decir, ha dado la impresión de que Pastor ha hecho la entrevista con el propósito de tocarle los güevos a Mas.
Y no venía a cuento. Porque, al margen de la postura personal que la entrevistadora y cualquiera de los televidentes pueda tener ante el llamado proceso soberanista, no cabe duda de que es un asunto de la máxima importancia para todos; y, por eso, a todos nos interesaba lo que dijese el entrevistado como cabeza visible de tal proceso. Es decir, nos interesaba escuchar sus argumentos y razones, porque son los argumentos y razones que respaldan, aparentemente, una parte muy importante de la sociedad catalana. Pero no nos interesaba presenciar un combate dialéctico en el que el único propósito de uno de los contendientes (la entrevistadora) fuera dejar KO o, al menos, vencer a los puntos al otro (el president).
Desde luego, si ese era el propósito de Ana Pastor, le ha salido el tiro por la culata, porque Artur Mas, a mi entender, ha salido más que airoso de la entrevista. El president, además de explicarse muy bien, se ha mostrado sólido en sus argumentos y decidido en sus propósitos, que, por otra parte, espero que no se hagan realidad, porque como ya he dicho alguna vez, no me gustaría que Catalunya se separase de España.
Lo malo es que con este tipo de entrevistas, al igual que con mucho de lo que sobre el asunto catalán se dice en buena parte de los medios de comunicación de Madrid, sobre todo en los que se hace mayor alarde de patriotismo español, lo único que se consigue es captar adeptos en Catalunya para el independentismo. Y como consigan que haya una amplia mayoría no habrá quien pare la secesión.
¡A ver si te enteras, Ana!

28 ago 2015

EL COMPONENTE HIPOCRESÍSTICO



Listo: Supongo, Julio, que estarás al corriente de la movida migrante que, procedente de África o de algunos países del Oriente Próximo, afecta a la UE. Es muy fuerte, ¿no?
Julio: Pues sí, listillo, está muy de actualidad en los medios de comunicación. Por lo que parece, es un asunto muy grave, gravísimo. No solo por la cantidad de gente que está muriendo, que ya de por sí resulta dramático, sino por la terrible situación en que deben de estar en sus países de procedencia todas las personas que, casi con lo puesto, deciden abandonar sus casas y emprender un viaje que, con final incierto y sin ninguna garantía, lo más probable es que esté lleno de penalidades y sufrimientos. Y todo ello, en muchos casos, como hemos visto en la tele, con bebés, niños y viejos. ¡Espeluznante!   
L: Vale, Julio, esto ya lo dicen los reporteros que informan de estas noticias, o lo comentan los «opinólogos» de las tertulias de la radio o de la tele. No has sido nada original. Esperaba algo más de ti...
J: Es que sobre estas situaciones no es fácil decir nada nuevo y tampoco conviene frivolizar; son muy muy serias. Así que no esperes de mí ningún chascarrillo. No obstante, para no defraudarte, te voy a decir algo por si te aporta un enfoque nuevo. Me refiero al componente hipocresístico que se da en casi todos cuando se comenta o comentamos sobre este problema.
L: ¿Hipocresístico? ¡Vaya palabreja! Anda, anda, explícate.
J: Vale, tío, me la acabo de inventar. Lo que quiero decir es que cuando se habla o hablamos de este asunto, es muy corriente que se haga o lo hagamos con cierta hipocresía. Por eso, creo que, además del drama en sí, también nos debería preocupar cómo se analiza o lo analizamos.
L: ¿Y...?
J: La cuestión está en que, aparte de los propios migrantes, en este gravísimo problema hay otros dos sujetos colectivos: por un lado, los gobernantes de los países receptores de la migración y, por otro, los respectivos ciudadanos, o sea, los que se pueden ver «afectados» por los efectos de tal fenómeno social. Y sobre estos —o sea, sobre nosotros, los ciudadanos contempladores de la tragedia desde nuestra sala de estar y en zapatillas— quiero hablar.
L: ¿Quieres decir que los gobernantes, en este caso de los países de la UE, no tienen nada que ver en el problema?
J: No, no he dicho eso. Claro que tienen mucho que ver, pero, como he dicho que voy a hablar de la hipocresía con que se contempla o contemplamos el problema, el enfoque no les afecta. Porque a los gobernantes, en su papel de impedir o dificultar este tipo de inmigración, no les puedo reprochar nada; hacen lo que tienen que hacer, o, mejor dicho, lo que les toca hacer. Y eso, aunque no lo expresemos (ya voy a emplear sólo la primera persona) abiertamente, es lo que, en el fondo, queremos los ciudadanos. Y en esta contradicción entre lo que, por un lado, internamente nos gusta y, por otro, el disgusto que manifestamos cuando hablamos de estas cosas entra en juego nuestra hipocresía.
L: O sea, según lo que te he entendido, somos unos hipócritas porque manifestamos nuestra pena y compasión cuando vemos en la tele a los emigrantes hacinados en los barcuchos, en los trenes o en los improvisados campamentos que forman en las fronteras y, sobre todo, cuando nos enteramos de sus muertes en el intento. Venga, Julio, no te pases. ¿Nos deberíamos alegrar?
J: No, naturalmente que no nos deberíamos alegrar. Lo malo, es que lo hacemos, aunque en la mayor parte de las personas sea de modo inconsciente; en otras palabras, internamente sentimos cierto alivio cuando nos enteramos de que no los dejan pasar. Hablando de lo cercano, cuando vemos que en Ceuta ponen una enorme valla con peligrosos pinchos para que no accedan los que vienen de África, o  que los guardias los detienen en la frontera y les impiden el paso a la península, en nuestro fuero interno, casi todos, sentimos cierto alivio; aunque puede que no nos demos cuenta y, por supuesto, no lo manifestemos.
L: Hombre, ahora que lo dices... Puede que tengas algo de razón. Pero, en cierto modo, es normal. Lo que la mayoría queremos es que esos movimientos migratorios se hagan legalmente, no sé..., como pasaba con la emigración española hacia el centro de Europa de los años cincuenta o sesenta... O que nuestros gobiernos hicieran algo en los países de origen para que las personas no tuvieran que emigrar. Es normal pensar así, ¿no?
J: Pues sí, es normal. Pero es una postura hipócrita. Porque, por encima de la pena que expresamos, está el alivio interior que nos produce que los gobernantes actúen como actúan, o sea, que impidan la inmigración de la que hablamos.
L: ¿Y que sugieres que deberíamos hacer?
J: Pues lo que hacen algunas ONGs o asociaciones que, abiertamente y con encomiable afán, se ocupan de facilitar las cosas y ayudar a los inmigrantes, vengan como vengan, legales o ilegales. Las personas que en ellas militan no se preocupan por las consecuencias, de tipo social o económico, que pueda tener la entrada masiva de migrantes irregulares en el país. Ellos solo ven que son personas que necesitan ayuda y a eso se dedican. Y eso, en mi opinión, es lo importante y de todo punto loable.
L: ¡Anda!, ¿y por qué no te apuntas a alguna de esas asociaciones?, Julio.
J: Pues porque, como te pasa a ti y a la mayoría, en mí también está presente el componente hipocresístico del que te hablaba al principio.