3 jul 2020

EL CORONAVIRUS Y LOS EXPERTOS

Hace más de 2 años, en LOS EXPERTOS ya comenté que no me fiaba de los que en los medios de comunicación, sobre todo en la tele y en la radio, se presentaban —o eran presentados— con la etiqueta de «experto». En aquella ocasión dije que mi desconfianza se acrecentaba cuando se opinaba o informaba sobre asuntos que podríamos catalogar como «abstractos no constatables», o sea, en los que las opiniones no pueden demostrarse fehacientemente ni rebatirse con contundencia, como ocurre cuando se habla sobre sociología, historia, economía, el futuro, etcétera. Pues, desde hace unos meses, habría que añadir a esta lista de temas «abstractos no constatables» todo lo relacionado con el coronavirus que nos asedia, que, por otra parte, es el tema que, prácticamente, monopoliza la información (tertulias, entrevistas, opiniones, etc.) en los medios de comunicación

Y la información se centra sobre los dos aspectos directos de la pandemia. Por un lado, lo estrictamente sanitario o científico, que afecta a la salud de las personas; por otro, lo económico, por los efectos en las empresas, en los trabajadores y en las cuentas del Estado. También se habla mucho sobre los efectos que la pandemia puede tener en la política, como consecuencia de la gestión de los gobiernos (del Estado o de las CCAA) o de la actitud de la oposición.

Así que, centrándome en los medios audiovisuales, cada emisora y cada programa tiene, normalmente, sus propios «expertos», que no paran de darnos su «cualificada» opinión sobre la pandemia, bien sobre los orígenes y causas o sobre las perspectivas y el futuro, que, obviamente, es lo que más puede interesar a los que recibimos la información. He dicho opinión, pero debería haber hablado de conjeturas, porque, sobre todo cuando se habla sobre lo que pasará, los expertos es lo que hacen: especular o, lo que es igual, hacer conjeturas, tratando de evidenciar lo mucho que saben; aunque, para mí, lo mas evidente es que no tienen ni puta idea..

Porque a mí me parece que, en lo de la Covid-19, hay desconocimiento general. Por eso, hay opiniones contradictorias y se barajan muchas teorías, sobre todo en lo más importante, es decir, en cómo combatirla o remediarla y, más concretamente, en la vacuna. Está claro que esta pandemia ha pillado a la ciencia bastante verde para poder remediarla con la celeridad que hubiera sido deseable. Supongo que no es tarea fácil.

Por eso, la pandemia ha sido campo abonado para los «expertos». En este caso, no solo han tenido oportunidad de opinar en los medios de comunicación. También, según se nos ha dicho reiteradamente, los gobernantes se han apoyado mucho en ellos. Cada vez que han tenido que anunciar una decisión, sobre todo cuando se prevé que pude tener mala acogida en la ciudadanía, el político se ha justificado —o sea, ha escurrido el bulto— aludiendo al asesoramiento o recomendación de los «expertos». Y así, el Gobierno nos mantuvo confinados durante más de tres meses desde el 14 de marzo. Al menos en esa ocasión parece que los expertos acertaron. 

Pero, tras el confinamiento, se inició la llamada «desescalada», que dio paso a la «segunda ola» —que, en realidad, ha sido una «segunda escalada»—, y, por la grave evolución de la pandemia, es obvio que en estas fases los «expertos» no han estado nada acertados, o podría haber sido que los que han tomado las decisiones no han contado con ellos. No lo sé.

Lo que sí se sabe es que los «expertos» cada vez son más prudentes o, más bien, son menos categóricos en sus opiniones sobre el futuro o en sus «recetas» sobre lo que hay que hacer para, como se suele decir, «doblegar la curva». 

Ahora, aunque no lo digan, se les nota que están como, supongo, estaría Sócrates cuando dijo aquello de «Solo sé que no sé nada». O sea, están tan perdidos en la nebulosa de la pandemia como la generalidad de la ciudadanía.

OTRAS ENTRADAS DEL BLOG

31 may 2020

LOS MISERABLES


No voy a hablar de la conocida obra de Victor Hugo, cuyo título coincide con el de esta entrada. No, simplemente me propongo exponer mi reflexión sobre el adjetivo que, de un tiempo a esta parte o, mejor dicho, durante la maldita pandemia que nos está afectando, es el que con más frecuencia me viene a la cabeza cuando veo, oigo o leo lo que dicen algunos de nuestros políticos. Bueno, debo confesar que miserable es, a la vez, de los más suaves; alguno de los epítetos que se me escapan en voz alta cuando veo en la tele a los políticos más importantes de los partidos de la derecha o ultraderecha suelen ser mucho más fuertes, por eso no los reproduzco aquí, solo diré que uno de los que más utilizo hace referencia a la madre del calificado —y reconozco que eso está muy feo—. O sea, a veces los califico de forma parecida a como lo hizo recientemente la portavoz del PP, Álvarez de Toledo, refiriéndose al vicepresidente Iglesias. 

El término miserables también lo he leído en algún artículo de los opinadores críticos con el comportamiento de la derecha en estos días, lo cual me ha agradado porque así he visto que no era una ocurrencia exclusivamente mía. Parece que hay bastantes otros a los que les pasa lo mismo que a mí al escuchar lo que dicen Abascal, Casado y sus adláteres. Y como la tengo más cerca, también me tengo que referir a la repulsiva —para mí— Díaz Ayuso.

Miserable es un adjetivo calificativo muy negativo y rotundo, que, curiosamente, tiene muchos sinónimos. Supongo que será porque, entre las debilidades del ser humano, su tendencia a comportarse mal —o sea, a ser malo— ha hecho que en nuestro idioma surgieran muchos adjetivos, cada uno con sus matices, para calificar tal tendencia y su materialización en el comportamiento del calificado. Así, dependiendo de la condición, característica, peculiaridad que el hablante quiera resaltar, también valdrían otros sinónimos, como son canalla, despreciable, ruin, vil o, incluso, bellaco. Pero a mí, miserable me parece el más expresivo.

Por eso creo que hay que ser miserable para que, en una situación sociopolítica tan grave, tan imprevista, tan compleja, tan difícil y, además, inédita como la que estamos viviendo, que al Gobierno de España —como a los de los demás países de casi todo el mundo— le ha tocado afrontar, los voceros de los partidos de la derecha, de forma continua e inmisericorde, sin tregua, y de la forma más agresiva que pueden, estén en una permanente mal entendida oposición ¿? al Gobierno, en la que no faltan los más groseros insultos —incluido el de criminal—, las denuncias judiciales, las trabas y todos los obstáculos que se les ocurren para denigrarlo, vejarlo, desprestigiarlo  y, lo peor, dificultarle la tarea que le ha tocado afrontar: combatir la pandemia. Incluso, da la impresión de que estos miserables están deseando que la cifra de afectados y fallecidos crezca cuanto más mejor, para así encontrar motivos para, en su miseria, justificar la intensificación de su asquerosa y permanente diatriba contra el Gobierno. 

Y no vale que traten de escudarse o justificarse en los errores que haya podido cometer el Gobierno, que seguro que ha habido unos cuantos, unos graves y otros menos trascendentes. No; porque en este asunto tan grave y complejo es normal que haya fallos, tanto en la previsión como en la gestión, porque ningún gobierno tenía preparada la hoja de ruta para combatir esta, hasta ahora, desconocida pandemia. Y la evidencia está en que España, con un plan de acción parecido, supongo, al de los demás países más afectados por la pandemia, como es el caso de Italia, Francia, Reino Unido —por citar los más importantes de los cercanos— e incluso el poderoso USA, está sufriendo un daño parecido al de los demás. Aunque es seguro que en estos otros países el comportamiento de la oposición no ha sido tan negativo como en el nuestro. Es decir, no han tenido que sufrir o soportar una oposición tan miserable como aquí.


Y lo peor de todo es que los miserables van a continuar con su actuación destructiva. ¡Son incansables! Para esto cuentan con la importante colaboración de, por un lado, algunos medios de comunicación y, por otro, de sus incondicionales. Entre los primeros destaca el comunicador radiofónico Federico Jiménez Losantos, que cada mañana alienta a la oposición para que mantenga su miserable beligerancia contra el Gobierno. Y lo hace sin escatimar insultos, mentiras y las más zafias descalificaciones. Obviamente, también se ha hecho acreedor al calificativo que nos ocupa: miserable; aunque puede que le vendría mejor el de «canalla». Aparte, está la emisora de TV El Toro TV, que cada día, sin tregua, anima a Vox a mantener su actitud, ensalzando toda su actividad agresiva y descalificadora hacia el Gobierno, y si no aportan ideas a Vox es porque no dan la talla.

Y por último debo decir algo de los ciudadanos incondicionales de Vox, que, con ridícula y absurda disciplina ideológica, ante los ya comentados comportamientos de la oposición, se creen todas las barbaridades, patrañas y bulos que los miserables puedan poner en circulación  por las RRSS, sobre todo por WhatsApp. Y así, sin ningún filtro o comprobación y con una preocupante actitud seguidista, asumen —con subordinación y automatismo intelectual— lo que los miserables quieren que se divulgue. Y en esto no les preocupa que sea cierto o no, lo importante es que sirva para dejar en mal lugar al Gobierno. También estos incondicionales de Vox son los que siguen sus consignas en relación con la participación en caceroladas y manifestaciones.

La obra Los miserables se desarrolla en una época convulsa de la Francia de la primera mitad del siglo XIX. Los miserables de los que he hablado no tienen nada que ver con los del retrato literario de Victor Hugo; los de ahora son mucho peores y más peligrosos. En fin, la situación política está muy alterada. No sé cómo acabará. Los miserables son muchos y además no son tontos; también son numerosos sus incondicionales. Confío en que el resto, los ciudadanos corrientes en los que prima la sensatez, aunque no tan beligerantes seamos más. En democracia es lo que importa.




3 may 2020

LA DESESCALADA


A partir de ayer parece que se puede salir de casa para determinadas actividades, en determinados horarios y en determinados espacios. Comienza, pues, el llamado proceso de desescalada. ¡Qué bien!, pero no voy a hacer ni puto caso.

Porque yo no voy a salir. Me niego a salir con el condicionado impuesto. Sobre todo, porque a los mayores de 70 años nos han limitado a que demos un solo paseo diario entre las 10 y las 12 de la mañana o 7 y 8 de la tarde. Es decir, han establecido un horario exclusivamente para viejos, porque a los que aún no han llegado a septuagenarios les han puesto un horario distinto (y más amplio) a lo largo del día para que no coincidan con nosotros en el tiempo ni en el espacio. No tengo claro si lo han hecho para que no nos contagiemos o para no contagiar, nosotros, a los demás.

Quiere decir esto que los putos (con perdón) viejos no vamos a poder convivir con los demás; entendiéndose en este caso la convivencia como, por ejemplo, salir a correr o a hacer ejercicio a la misma hora y por el mismo sitio; o salir a dar un paseo por los alrededores (máximo 1 Km.) de nuestro domicilio. Me ha parecido humillante, por eso, reitero, no voy a hacerles ni puto caso.

Dicen que los viejos somos el grupo con mayor riesgo de letalidad por la pandemia. Vale, lo admito, a juzgar por los datos que conocemos. Pero, precisamente por eso, o sea, por la cuenta que nos tiene, los viejos deberíamos ser considerados como el grupo con mayor grado de prudencia y sensatez, porque el acopio de años no tiene, necesariamente, que atontar. Al contrario, se suele decir que la experiencia es un grado o que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Pues esta característica positiva de los viejos no se ha tenido en cuenta en absoluto. Imperdonable, Sr. Sánchez.

Creo que las medidas gubernamentales relacionadas con la pandemia que padecemos han dado pie a la crítica más desaforada, intensa y ácida que ha soportado ningún Gobierno en España. Incrementada y divulgada con una intensidad que no habíamos conocido, debido a la presencia de los medios de comunicación y, sobre todo, a la utilización de las RRSS. A Sánchez le han dicho de todo, desde incompetente a criminal, pasando por mentiroso y otros terribles calificativos. A mí, la mayoría de la crítica que le han hecho me ha parecido inapropiada y basada, exclusivamente, en intereses partidistas de sus rivales políticos. Me ha parecido repugnante. 

Pero, curiosamente, aunque todos los medios de comunicación se están ocupando, prácticamente de forma exclusiva, de la tan cacareada desescalada, no he escuchado ninguna crítica a lo que a mí me preocupa y molesta: la discriminación de los viejos en su reciente normativa.

¿Qué hubiera pasado si, por ejemplo, se hubiese establecido un horario diferente para hombres y mujeres? Lo podrían haber hecho con la justificación de evitar la simultaneidad en la salida de los domicilios. Se hubiera montado un pollo de mil demonios; seguro. Pero, como he dicho, sobre la discriminación de los viejos nada de nada. Es decir, no importa nada.


¿Será que no es tan grave como a mí me parece? ¿O será que los que escriben o hablan en los medios no han llegado a los 70 años y no les importa lo que pensemos o sintamos los que ya los hemos sobrepasado? Sea como sea, a mi me ha jodido… y mucho. Así que me quedo en casa. Seguiré disfrutando de las estupendas vistas que tengo (una parte se puede apreciar en la foto) y de la bici estática mientras las contemplo.

Pero, Pedro, te recuerdo que no te lo perdono.

25 abr 2020

LA VEJEZ

Me ha llamado Listo, mi habitual interlocutor, porque quiere hablar sobre la vejez. Me temo que lo del Coronavirus le esté afectando. A ver qué quiere.

Listo: Hola, Julio. Tengo interés en saber cómo llevas tu vejez. En verano cumpliste los 75 —por lo que ya te felicité—, pero, como he leído en tus RECUERDOS que llevaste una vida bastante ajetreada de joven y mientras estuviste profesionalmente en activo, supongo que tu vida actual no tiene nada que ver con la de hace años. ¿Es así?
Julio: Así es, Listo. Mi vida ha cambiado, pero eso nos pasa a todos; es ley de vida. Tú, que eres mucho más joven, también llegarás a viejo y lo experimentarás. Así que ve preparándote.
L: Es lo que estoy haciendo al preguntarte; así que soy todo oídos.
J: Lo primero que hay que asumir es que no hay duda de que las preferencias, tendencias y gustos de las personas van cambiando con el paso de los años, porque también con la edad cambian nuestras costumbres, nuestras circunstancias, nuestro entorno personal, nuestras capacidades y, lo peor, nuestra salud, que con el paso de los años va acumulando «goteras». Si a todo ello le añadimos que a partir de, más o menos, los 65 años la mayoría —yo mucho antes— pasamos a formar parte de lo que se denominan clases pasivas, o sea, tomamos la condición de «jubilatas», es indudable que la edad nos cambia, en el sentido más amplio del verbo cambiar. Es una obviedad. Pero lo peor es que el cambio es a eso: a peor. Hay que asumirlo, Listo.
L: ¿A peor? ¿Por qué?
J: Pues por lo que te he dicho. Pero es que, además, por lo que he podido observar, con los años las virtudes se van diluyendo a la vez que los defectos se agudizan; ten siempre presente esto, Listo.
L: ¿Lo dices por ti?
J: Ya estás jeringando. No tienes remedio.
L: Vale, Julio, que no quiero bronca. Pero yo conozco a muchos carrocillas a los que se les ve felices y activos, en los que parece que no se ha dado ese cambio negativo.
J: Es verdad, porque también puede haber casos de personas que, siendo ya viejos, puedan experimentar cambios a mejor. Bien porque les toque la lotería; encuentren el amor maduro; los nietos les proporcionen una felicidad que no encontraron cuando sus hijos eran de corta edad; disfruten con los viajes del Imserso; hagan actividades intelectuales o físicas (menos), a las que cuando eran jóvenes no pudieron dedicarse,… y otras muchas cosas que les proporcionen el incentivo vital necesario para sobrellevar con cierta frescura y felicidad el «cambio a peor» que, indudablemente, llega con los años, al que antes me he referido. Son «viejos afortunados».
L: Pues eso es lo que habrá que hacer: estar frescos y felices, ¿no, Julio? En lugar de estar lamentándose por estar en el grupo de viejos.
J: Que conste que yo no me lamento; la verdad, no me puedo quejar. Estoy simplemente contestando a tus preguntas, listillo. Y he empezado por decirte las circunstancias —para la generalidad de las personas— que provocan el «cambio a peor», que son inevitables; entérate, inevitables. Por eso, a los «afortunados» hay que reconocerles el mérito de haber sabido aprovechar la
 suerte de que las circunstancias sobrevenidas con los años les han resultado positivas, y, así, han contrarrestado las inevitables negativas de que te he hablado; pero estos, los afortunados, son los menos —que te toque la lotería no es fácil—.
L: O sea, quieres decir que es una cuestión de suerte.
J: Aunque en estas cosas no se pude ser categórico —cada persona es un mundo y el colectivo es, además de amplio, muy heterogéneo—, creo que, en líneas generales, la suerte es muy importante para sobrellevar la vejez, aunque, como te he dicho, hay que saber aprovecharla.
L: Pero, aparte de la suerte, supongo que habrá manera de retrasar el cambio, o de amortiguarlo, ¿no?
J: Pues sí, pero no te sabría decir cómo. Porque depende de cada persona: por un lado, de  sus condiciones, tanto físicas como intelectuales, y, por otro, de sus circunstancias personales. Aunque creo que siempre hay posibilidades de combatir el inevitable «cambio a peor». Y para eso, lo importante es asumirlo, si puede ser, antes de que llegue o de que se agudice. Porque el peligro está en que la senectud nos coja desprevenidos. Es decir, que de repente nos demos cuenta de que nos hemos hecho viejos y nos encontremos con que no sabemos cómo afrontar la nueva situación; en otras palabras, qué no sepamos qué hacer en nuestro tiempo libre (que suele ser mucho). Por esto, podría ser conveniente que, a partir de los 45 o 50, que es cuando se empieza a enfilar la línea vital descendente que nos lleva a la vejez, empecemos a pensar en esto y, si lo vemos viable, empecemos a tomar alguna medida.
L: ¡Joder! Pues yo tengo 44. ¿Me tengo que empezar a preparar para la vejez?
J: En cierto modo, sí. Pero sin obsesionarte y sin excesiva preocupación, porque aún eres muy joven. Simplemente debes asumir que has iniciado la cuesta abajo —que ahora tiene poca pendiente, por lo que casi no la notas— y que te debes preparar para el «cambio a peor», o sea, para cuando la pendiente sea más pronunciada. Y en esto conviene saber que a medida de que se cumplen años más rápidos pasan (o así lo parece).
L: Entonces, ¿hay que entrenarse para ser viejo?
J: Hombre, entrenarse, no. Lo que quiero decir es que las personas, si caen en la cuenta —cuando aún son jóvenes— de que, por sus circunstancias, tienen una vida, digamos, muy limitada y centrada, exclusivamente (o casi), en el trabajo y en la familia, que es algo muy normal, deben preocuparse, porque ambas ocupaciones, con el paso del tiempo, se terminarán: el trabajo por la jubilación, y la familia porque los hijos se independizarán. Así que, si no se está preparado, de viejo se puede presentar un vacío ocupacional peligroso.
L: Hombre, peligroso me parece un poco fuerte. Surgirán cosas para hacer, supongo.
J: Pues sí: ver la tele, ir a buscar a los nietos al cole, pasear por el barrio, hacer crucigramas, ir a la compra, jugar al tute por las tardes en el Hogar del Jubilado, 
tocar los güevos por Whatsapp enviando bulos… y cosas así. Que no digo que estén mal —tampoco bien—, pero que pueden resultar aburridas y muy poco interesantes. Y si es así, se corre el riesgo de que la senectud te atrape... y te marchite. O sea, que te conviertas en un viejito, que no es lo mismo que viejo.
L: También se podrá ir de putas, ¿no?... Sin que se entere la mujer, claro.
J: ¡Joder, Listo, cómo eres! Para eso también hay que estar entrenado, supongo... y no te veo a ti muy puesto, pero podría ser emocionante, aunque no lo creo. Follar, por razones obvias, es una actividad para practicarla de joven, cuando se es vigoroso y los estímulos sexuales están muy activos; de viejo no procede; o, mejor dicho, con «cumplir» en casa —sin necesidad de excesos— ya es suficiente. Así que no te recomiendo esa «salida».  Por el contrario, a mí me parece que lo más conveniente para sobrellevar con cierta frescura la vejez es encontrar ocupaciones de tipo intelectual, porque creo que, con los años y por regla general, el intelecto se debilita menos que el físico, salvo que, si nos despreocupamos de él, su irremediable debilitamiento se acelere. 
L: ¿Quieres decir que hay que ejercitar la mente?
J: Pues sí, creo que es muy importante. Y cada cual debe encontrar el ejercicio o actividad intelectual que se acomode mejor a sus capacidades, tendencias e inquietudes. Pero para eso no hay que esperar a llegar a viejo, hay que empezar antes, que es lo que te trataba de transmitir antes al decirte que hay que prepararse. Y sobre esto, a mí me parece que el mejor ejercicio intelectual es aprender; es decir, adquirir nuevos conocimientos o ampliar los que se tiene, para lo que cualquier edad es buena, por lo que estudiar o, simplemente, leer siempre es recomendable. Y para eso, como te he dicho, creo que lo mejor es, antes de que la vejez te atrape, dar con la actividad intelectual que mejor se acomode a tus capacidades, tendencias e inquietudes y empezar a practicarla
L: No sé, Julio, me parece muy teórico.
J: Para que lo entiendas: es como si a los 68 años te compras una bicicleta para darte garbeos, sin haber practicado desde los 12 años, y solo porque te dan envidia los vecinos que lo hacen. Pues lo que trato de decirte es que no esperes a comprarla cuando estés jubilado y dispongas de mucho tiempo libre; cómpratela mañana y empieza ya a practicar. Así la vejez te pillará entrenado y te darás menos trompazos, además de disfrutar no quedándote atrás cuando acompañes en bici a tus vecinos, también jubilados.
L: Ahora lo veo claro. Así que, hablando de ejercitar la mente, ¿qué me recomiendas para empezar a hacer?
J: Eso lo tendrías que decidir tú, que es el que, se supone, mejor te conoces. Tú sabrás qué es lo que te gustaría aprender o hacer, o qué crees que es lo que se te daría mejor… En fin, cada cual sabrá a qué podría dedicar de viejo sus capacidades intelectuales. Por cierto, me dijiste que sueles leer cuentos a tus hijos cuando se van a dormir. ¿No te atreverías a escribirles uno ahora que aún son pequeños?
L: Anda, pues, ahora que lo dices, igual me animo.
J: Si lo escribes, me pasas una copia. Así que cuida la ortografía; si no, me vas a oír.  

19 abr 2020

EL CORONAVIRUS Y LAS DOS ESPAÑAS


Lo del coronavirus es desde hace ya un par de meses —y sobre todo desde que el 14 de marzo se decretó el estado de alarma— el tema casi exclusivo de todos los medios de comunicación; es normal, porque el asunto es de extrema gravedad. Por eso no me atrevía a decir nada aquí; pero he cambiado de opinión y he tenido una charla con mi habitual interlocutor, Listo.

Listo: La cosa no está para frivolidades, Julio. Y me da en la nariz que quieres soltar alguna. ¿No, Julio?
Julio: No te alarmes, Listo. Lo que está pasando es muy serio y el horno no está para bollos. ¿O es que me consideras como esos imbéciles a los que les gusta hacer chistes —la mayoría, penosos— o montar infumables vídeos, que luego divulgan por las RRSS?
L: Es que no me fío de ti. A ver, ¿qué quieres contar?
J: Lo primero y para situarnos, permíteme que mencione la locución «las dos Españas», que supongo que habrás escuchado más de una vez, tanto en conversaciones informales en el bar como en comentarios políticos en los medios de comunicación.
L: Pues sí. Se suele utilizar para dar a entender la gran diferencia de posicionamientos políticos entre las derechas y las izquierdas en nuestro país. Yo creo que esa percepción proviene de la guerra civil o, incluso, de antes.
J: Efectivamente, Listo. Y por eso casi todos tenemos interiorizado que el antagonismo entre la derecha y la izquierda en España no tiene remedio, por lo que resulta poco menos que imposible que haya entendimiento o colaboración entre ambas posiciones para resolver los más graves problemas de Estado que se pueden haber planteado o se puedan plantear, que, en una situación ideal, requerirían la colaboración de todas las fuerzas políticas —aunque fueran de ideologías opuestas— o, al menos, de las más importantes.
L: Pero esto, supongo, también ocurrirá en otros países de nuestro entorno; así es la política, Julio.
J: No creo que ni sea ni que deba ser así. Por eso, siempre que he intervenido en alguna conversación o discusión sobre estas cosas he dicho lo mismo: para resolver este indeseable antagonismo, España necesitaría verse en una guerra contra un enemigo exterior.
L: ¡Jo, Julio! Ya has soltado tu ocurrencia. O sea, para mejorar el clima político interior, deberíamos declarar la guerra, por ejemplo, a Portugal, Francia o Marruecos, que son los que tenemos más a mano. Si digo yo… El confinamiento te está afectando las neuronas.
J: No, hombre, no. Es obvio que esa «solución» sería mucho más grave que el problema. Pero fíjate: refiriéndome a los países de Europa, sobre todo, a los que, por lo que sabemos, hacen gala de un patriotismo generalizado y común en sus ciudadanos y, por tanto, en las diversas fuerzas políticas que los representan, se ha dado el hecho de que en su historia reciente, especialmente en el siglo XX, han sufrido invasiones bélicas y, en consecuencia, estos países —todos sus ciudadanos— han tenido que guerrear contra los países invasores. Las dos guerras europeas (1914 y 1940) han sido un claro ejemplo de lo que digo.
L: Aquí también hubo una guerra en el siglo pasado.
J. Si, pero fue civil. O sea, de unos españoles contra otros. Es decir, las dos Españas combatieron entre sí. Y después hubo una dictadura o posguerra de 40 años en la que las heridas se mantuvieron sangrantes. Dicho de otro modo, el odio generado en la guerra civil se mantuvo —por no decir, se incrementó— entre los dos bandos a lo largo de la dictadura. Y, aunque en 1978 hubo un pacto que, desde entonces, nos ha permitido convivir civilizadamente, las heridas y los odios aún permanecen; en muchos casos se han transmitido generacionalmente, y parece que algunos están empeñados en esta tarea.
L: Pero en todos los países se da el antagonismo izquierda-derecha; no es exclusivo de España.
J: Pero en otros países —especialmente los de nuestro entorno— con connotaciones casi exclusivamente de tipo socioeconómico. O sea, sin entrar en pormenores, por un lado, están los poderosos (el capital y la burguesía), y, por otro, los económicamente más débiles (los trabajadores). Pero, si las circunstancias obligan, se unen o, al menos, se entienden; en general, todos, los unos y los otros, veneran su bandera y su himno, y, según creo, el patriotismo no es exclusivo de ninguno de los dos bloques. 
Aquí, en España, no pasa eso; la evidencia está en que no tenemos ni letra en el himno. Aquí está muy presente lo de «las dos Españas». Y eso afecta negativamente a nuestra convivencia, y se evidencia cuando surgen problemas de gran importancia como es el que padecemos ahora.
L: O sea, quieres decir que no tenemos remedio.
J: Pues sí, más o menos. Pero recientemente ha surgido una nueva, imprevista y terrible circunstancia que podía haber remediado el problema o, al menos, contribuido al inicio de su solución. Me refiero al maldito coronavirus.
L: Ah, entiendo. Te refieres al coronavirus «invasor», ¿no?
J: Pues sí. Creo que su «invasión» podía haber sido el desencadenante para acabar con la  polarización que han representado «las dos Españas». Porque, para combatir al «invasor», lo lógico es que hubiera habido unión. Y mira que ha habido posicionamientos que hacían abrigar la esperanza de que fuera así: el presidente del Gobierno, en sus comparecencias, repitiendo las referencias a la «guerra» contra el virus; los ciudadanos, todos o casi, cumpliendo, desde el principio, con el confinamiento; los aplausos a todos los sanitarios; unidades del ejército ayudando, como nunca las habíamos visto, a todos los ciudadanos (limpiezas, desinfecciones, etc.); las fuerzas de seguridad, policías locales, bomberos, y otros servicios, alabados por todos. En fin, daba la impresión de que todo el país, por primera vez, acometía un objetivo común. Pero nuestros políticos —todos— lo han jodido; no han dado la talla; o sea, han desaprovechado la oportunidad.
L: Bueno, unos más que otros. Porque por lo que estoy viendo en los vídeos y comentarios que recibo por WhatsApp, el Gobierno lo está haciendo fatal; miente, se equivoca, lo engañan cuando hace compras, no atiende a los requerimientos de material que le hacen los hospitales, no informa, etc., y un sinfín de fallos de todo tipo que le imputan…
 J: Sí, también que está «aplicando la eutanasia» en las residencias de mayores, como dijo recientemente una impresentable (por no emplear otro calificativo mucho más duro) diputada de Vox. No te creas todas estas cosas, Listo. Lo que recibes es la consecuencia de que una de las dos Españas (la de derechas), encabronada porque la otra está en el poder y, más aún, porque lo comparte con el rojazo Iglesias, anda despotricando con falaces argumentos, bulos y mentiras para tratar de posicionar la opinión pública a su favor o, al menos, para mantener beligerantes a los incondicionales de «su España». Para mí, todo ese tráfico por las RRSS me parece de puta pena.
L: ¿Tengo que entender que eres de los que cree que Sánchez ha hecho o esta haciendo bien las cosas?
J. No, no he dicho eso. Al contrario, creo que el Gobierno no lo está haciendo bien; porque, además de cometer errores en la gestión de los aspectos sanitarios de la pandemia —lo cual podría ser disculpable ante una situación inédita y supercomplicada como la que le ha tocado afrontar—, creo que Sánchez ha cometido graves errores políticos, por los que, en su momento, deberá rendir cuentas. En mi opinión, cuando las aguas se tranquilicen, en el PSOE deberían cuestionar seriamente su continuidad como líder. Pero, que te quede claro, Listo, no por lo que le achacan desde la derecha; en su gran mayoría, mentiras y patrañas. Para mí, su gran pecado como jefe del Gobierno ha sido su incapacidad para haber formado un frente común ante el «invasor», con la participación también de la derecha política.
L: Deduzco que exoneras a Casado de toda culpa en la falta de entendimiento con el Gobierno, ¿no?
J: Ni mucho menos; al revés. También el líder del PP, Pablo Casado, lo está haciendo fatal. Desaprovechó la ocasión de la que hablé en LO TIENES A HUEVO, PABLO , y desde entonces no ha hecho otra cosa que el tonto, en una permanente actitud de absurda beligerancia, tratando, en clara competición con Vox, de atacar y descalificar a Sánchez a base de ridículas críticas, en un momento de máxima gravedad como el que estamos viviendo, en el que se requería que la oposición mostrara un talante colaborador. Es decir, tampoco ha sabido aprovechar la pandemia para romper el pernicioso atavismo de «las dos Españas». La derecha debería buscar otro líder cuanto antes.
L: Y qué tienes que decir de los demás líderes.
J: De los demás no digo nada porque no viene al caso. O están muy condicionados por la ideología que representan (caso de Vox) o su relativo poco peso les impide ser decisivos o determinantes. O sea, no cuentan o cuentan poco para acabar con el secular problema de «las dos Españas».
L: No te mojas sobre Pablo Iglesias, ¿eh, Julio?
J: A Iglesias, aunque ya sabes que de un tiempo a esta parte no me está cayendo nada bien, especialmente desde que «nombró» ministra a su mujer —de lo que ya hablé en LA PAREJITA—, no tengo que reprocharle nada. A mi entender, ha hecho lo que debía hacer como líder de su formación política; formación que, no olvidemos, tiene tanto derecho como las demás a participar en el Gobierno si los votos y las circunstancias le son favorables, como le fueron tras las últimas elecciones.
Y últimamente, en relación con algunas propuestas económicas que se le atribuyen, ha hecho lo que, en mi opinión, le corresponde como líder de una formación política que, lógicamente, debe atender al sector social más desfavorecido (en términos económicos).
L: O sea, los culpables-responsables de no haber aprovechado la «guerra contra el invasor», y de que, en consecuencia, no se haya puesto remedio al problema de «las dos Españas» son, para ti, Sánchez y Casado. ¿Te he entendido bien?
J: Bueno… Y también el memo de ALBERT RIVERA , del que no merece la pena hablar; ya pasó a «mejor vida».


17 ene 2020

LA PAREJITA


La pareja (no sé si son matrimonio) Iglesias-Montero, en el Gobierno.

Aunque en los días previos al comunicado oficial ya se hablaba de que ambos formarían parte del gobierno de coalición que se estaba fraguando, yo creía que Pablo no se iba a atrever a que su pareja fuera nombrada ministra del nuevo gobierno en el que él iba a ser vicepresidente. Ingenuamente, yo creía que Pablo Iglesias tendría un poco de decoro; pero no ha sido así.

Es verdad que, tras la asamblea «Vistalegre II» de 2017 y el sonado abandono de Podemos de algunos de sus miembros relevantes (especialmente Íñigo Errejón), Irene Montero se había situado, aparentemente, como segunda de a bordo del partido, lo que se evidenció al ser nombrada en 2017 portavoz del grupo de Podemos en el Congreso de Diputados y, más aún, al ocupar el número dos en las candidaturas de Unidas Podemos en las últimas Elecciones Generales. Vale, asumo que era la segunda de a bordo. Y digo más. Aunque no sé mucho sobre ella —ni de sus condiciones intelectuales ni de su capacidad política— por no haber tenido, hasta ahora, un especial protagonismo que hubiera llamado la atención, no pongo en cuestión que Irene Montero tenga suficiente preparación y condiciones para ejercer el cargo de Ministra de Igualdad, para el que esta semana ha sido nombrada.

Pero en este nombramiento, además de las cualidades y capacidades de la nombrada, a mi entender tiene mucha más importancia el efecto estético de que haya un matrimonio (se podría considerar así) en el Gobierno. Hecho que no se había dado en la historia de nuestra democracia y, supongo, también inédito en los gobiernos de los estados de nuestro espacio geopolítico. ¿¡Qué habría dicho Iglesias si Aznar hubiera incorporado al Gobierno de España a su mujer Ana Botella!? Esta fue alcaldesa de Madrid, pero no es lo mismo. Habría dicho de todo, ¡y con razón! Porque me parece totalmente antiestético y contraproducente que dos cónyuges compartan la mesa del Consejo de Ministros (no de Ministras, Irene). Y no voy a entrar en razones de tipo operativo o funcional (que haberlas, haylas). No, es, como he dicho, una cuestión de estética; o sea, una cuestión formal. Que, en este caso, siendo quienes son los protagonistas y de dónde vienen, así como la relevancia de sus nuevos cargos, me parece de la máxima importancia. Pablito, hay que tener respeto a los ciudadanos y un mínimo de vergüenza. Ya te perdonamos (bueno, Inda no) lo de la casa en Galapagar porque comprendimos que cedieses a la tentación y que en ti influyera tu recién, entonces, estrenada condición de padre. Pero lo de haber promovido a tu mujer, Irene, a la condición de ministra ha sido demasié.  Para mí, imperdonable. En un país de más de 47 millones de personas no le veo sentido a que en el gobierno estén dos de la misma familia. Ni los cónyuges, ni hermanos, ni padre o madre e hijos. Me parece indecente.

Además, no era necesario. Iglesias hubiera quedado muy bien contradiciendo los pronósticos que se manejaban, y nombrando a otro u otra de su partido. No le hubiera costado mucho la elección; menos para un ministerio como es el de Igualdad en el que, supongo, no se requiere ni especiales conocimientos ni otro tipo de condiciones técnicas, ya que es una tarea en la que, casi exclusivamente, se requiere compromiso, talante y convencimiento. Y seguro que a Pablito no le hubiera costado mucho convencer a Irene de que, políticamente, «no convenía» que los dos estuvieran en el Consejo de Ministros. Además, a ambos la «renuncia» les hubiera servido para ganar prestigio. Por otra parte y aunque desconozco los efectos económicos de las dos opciones (mantenerse como diputada, una, y ser ministra, la otra) no creo que hayan sido determinantes para la decisión. O sea, Irene, aunque le podría haber jodido, lo hubiera entendido y seguro que se hubiera resignado a continuar como estaba; siempre podría haberle sacado a Pablo alguna promesa para el medio plazo.

Aunque, ahora que lo pienso, lo que ha hecho Pablo podría haber sido consecuencia de la intolerancia y ambición de Irene que, de ninguna manera, hubiera querido que se le privara de la posibilidad de ser ministra. Puede que ante la insinuación de Pablo en ese sentido le hubiera espetado algo parecido a «¡Ni se te ocurra, Pablo. Por mis cojones seré ministra; que para eso soy la número dos!». Y Pablo se hubiera achantado.

Aparte de lo dicho, no quiero concluir sin referirme a algo que me ha llamado mucho la atención. Me refiero a la poca crítica que he escuchado sobre el caso. Tanto en los medios de comunicación como, menos, en sus adversarios políticos. ¿Por qué?, me he preguntado. Una de dos: o yo estoy equivocado y la cosa no tiene tanta importancia como a mí me parece o, lo más probable, es que hay muchas parejas o matrimonios en los diversos ámbitos de la política, o de la Administración, o de los jueces, o de las empresas de comunicación, o en otros ámbitos importantes. Algunas se conocen, pero, probablemente, muchas no.  Y, por aquello de que «el que esté libre de pecado...», se ha limitado la crítica. Lo cierto es que apenas ha habido ruido político por el caso comentado.Y mira que en estos días se están haciendo ácidas e inmisericordes críticas al Gobierno por temas que a mí me parecen de menor importancia o con menos razones que la comentada.

Así que, por el caso Irene, Iglesias y Sánchez han estado muy tranquilos.
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COMENTARIO ULTERIOR (14-7-2020): Ayer, en las elecciones autonómicas de Galicia y Euskadi, Unidas Podemos, el partido de iglesias, tuvo unos resultados catastróficos. Supongo que algo habrá tenido que ver lo que he comentado en este artículo. Pablito, toma buena nota.

18 nov 2019

NACIONALISMO/PATRIOTISMO

Mi habitual interlocutor, Listo, quiere hablar conmigo. «Sobre un asunto espinoso para los vascos», me ha dicho. ¿Qué le preocupará? Me temo que, sabiendo él que soy vasco, querrá ponerme en un aprieto. Ya veremos. 

Listo: Hola, Julio. Gracias por ofrecerte a la charla. 

Julio: De nada, Listo. A ver, ¿de qué quieres que hablemos? 

L: Pues quería saber qué opinas del nacionalismo. Ahora, por lo de Catalunya, se habla mucho de esa ideología. 

J: Ya he escrito en este blog sobre esto en entradas anteriores, tanto en relación con lo vasco como con lo catalán; al final indico las relacionadas con lo vasco, por si te valen. Pero, como veo que estás interesado, te diré ahora algo más. Lo primero, te diré que, si no te importa, en esta conversación me referiré a lo que te interesa como nacionalismo/patriotismo. Porque creo que ambos conceptos son sinónimos. Se les puede buscar matices o significados para diferenciarlos, aunque su sinonimia me parece evidente. 

L: Y si te parecen sinónimos, ¿por qué no utilizas solamente una de las dos denominaciones? 

J: Pues porque quiero enfatizar en la relación entre estos dos conceptos, que muchas veces se utilizan como si fueran diferentes. Es decir, quiero dejar claro que creo que los nacionalistas lo son porque son muy patriotas, del mismo modo que opino que los muy patriotas son nacionalistas. 

L: No sé, Julio,… ¿A dónde quieres ir a parar? 

J: Pues, por ejemplo, a que al nacionalismo catalán, tan denostado últimamente por buena parte de los patriotas españoles (especialmente por los ultrapatriotas), se le pueden atribuir las mismas virtudes y defectos que se podrían atribuir al de estos últimos. Del mismo modo, los ultrapatriotas españoles deben asumir que su impulso ideológico patriótico/nacionalista es el mismo que mueve a los nacionalistas/independentistas catalanes, contra los que se muestran tan beligerantes. O sea, a mi entender, los nacionalistas/patriotas catalanes coinciden ideológicamente con los nacionalistas/patriotas españoles; lo que les separa es que el objeto de su nacionalismo/patriotismo —o sea, su nación/patria— es diferente. También, que en el caso de los nacionalistas/patriotas españoles su objeto goza del soporte de la legalidad histórica, porque España es, a todos los efectos, un Estado independiente y reconocido por todo el mundo, mientras que el Estado Catalán, hoy por hoy, es una entelequia…, o sea, una idea o un deseo.  

L: Bueno, bueno, si tú lo dices…  No voy a entrar en discusiones. Lo que yo quería saber es qué opinas del nacionalismo. Venga, Julio, ve al grano. 

J: Lo que te he dicho ya es significativo. Porque me habrás oído decir que no soy nada patriota; el patriotismo brilla por su ausencia en mis escasos y débiles mecanismos o soportes ideológicos. Y eso no quiere decir que esté en contra de España, esto es de la nación o del estado al que pertenezco. No, de ninguna manera. Al contrario, siempre he tenido, digamos, preferencias por el colectivo social al que, por mi nacimiento, he pertenecido o pertenezco. Así y dejando al margen la familia (por razones obvias), siempre he estado a favor de los de mi barrio, y   por extensión, de los de la ciudad en que nací, Bilbao —por eso soy del Athletic y me alegro de sus triunfos-; siento preferencia por lo vasco y los vascos, y por último, me congratulo de que España avance y de que a los españoles les vaya bien. Pero estas, digamos, preferencias creo que no son sentimientos, ni que están condicionadas ni movidas por la pasión y mucho menos por la ideología 

L: Vale, Julio, pero lo que dices nos pasa a todos: nos tira lo de casa. 

J: Así es; totalmente de acuerdo. Es el vínculo afectivo que tenemos con nuestra tierra. Pero cuando, por la mística de la pertenencia, ese vínculo se sublima (como expliqué en otra entrada) y se materializa en la idea de patria/nación, bien referida al estado al que se pertenece (caso de los patriotas españoles) o al estado deseado al que se quiere pertenecer (caso de los catalanes nacionalistas), la preferencia toma la condición de ideología. Y entonces sí entran en juego los sentimientos, incluso las pasiones. 

L: ¡Jo, Julito! No te enrolles tanto y di, de una vez, tu opinión sobre el nacionalismo. 

J: ¡Tranki, tronko! A eso voy. El nacionalismo/patriotismo es la ideología que mueve a los que subliman el vínculo de pertenencia al que me he referido. Como cualquier otra ideología, esta es la consecuencia del adoctrinamiento. Me corrijo, posiblemente el nacionalismo/patriotismo sea la ideología en la que el adoctrinamiento es más necesario y, por tanto, más evidente. En otras ideologías puede que intervengan con mayor fuerza las circunstancias —sobre todo, las económicas—  y las condiciones intelectuales y síquicas de las personas afectadas. Pero, reitero, en el nacionalismo/patriotismo el adoctrinamiento es determinante. Y no solo en la escuela se imparte esta doctrina; la familia, el entorno social cercano, los medios de comunicación y los poderes públicos, de forma más o menos directa o evidente, juegan un importante papel adoctrinador, aunque no siempre lo percibamos o nos demos cuenta de ello. 

L: Debo entender que a ti también te habrán adoctrinado, ¿no? 

J: Naturalmente. De pequeño, en cada aula de mi escuela (nacional), la pared principal estaba adornada por el cuadro de «la Purísima» (de Murillo), fotos de Franco y José Antonio, y por el crucifijo. Después vino la asignatura «Formación del espíritu nacional», a la que no llegué (empecé a trabajar muy jovencito). El caso es que todos los de mi generación fuimos contaminados por el adoctrinamiento en nacionalismo/patriotismo (español)… y en religión. 

J: Pues me parece que contigo perdieron el tiempo. 

J: Bueno, posiblemente al principio, de niño o de jovenzuelo, es posible que, en mí, el adoctrinamiento hiciera sus efectos, como en todos, pero, afortunadamente, cuando empecé a manejar con cierta autonomía mis mecanismos intelectuales de análisis, basándome en lo que a mí me parecía razonable o de sentido común, pronto me despojé de los efectos de aquel adoctrinamiento. 

L: O sea, que ya no eres patriota ni nacionalista. 

J: Pues no. Como ya he escrito en este blog, el patriotismo no activa mis estímulos vitales, y, por tanto, no me seduce el nacionalismo. Además, como sabes, mis tendencias y preferencias miran a la izquierda, y a mí me parece que el nacionalismo/patriotismo, cuando activa, como ocurre en Catalunya, el separatismo o lucha por la independencia de un territorio en un estado como el español, en el que, con los fallos que pueda haber como en cualquier obra humana, rige eso que llamamos «estado de derecho», el nacionalismo/patriotismo, decía, es incompatible —según como veo yo estas cosas— con las ideologías que realmente son de izquierdas. 

L: ¡Joder! Entonces, ¿qué tienes que decir sobre los partidos ERC y Bildu? Son los que, según parece, se muestran más radicales en la lucha por la independencia de sus respectivos territorios. 

J: Pues que si son tan nacionalistas/patriotas no pueden ser de izquierdas. Es incompatible. En otro tiempo o en otras circunstancias se podría admitir que las fuerzas políticas de la izquierda participasen en movimientos patrióticos o nacionalistas, pero en la España actual no. Aquí y ahora la izquierda debe dedicarse a mejorar —en términos socioeconómicos— la vida de las personas, tratando de que desaparezcan o al menos se reduzcan las aún muy importantes desigualdades entre ricos y pobres, es decir, entre los fuertes  (y poderosos) y los débiles, especialmente en el mundo del trabajo.

L: Entonces, ¿qué te parece lo de «izquierda abertzale».

J: Pues que me parece un oxímoron; es una contradicción. El patriotismo/nacionalismo debe quedar para la derecha y, sobre todo, para la ultraderecha; o sea, para los que son tan aficionados a las banderas. 

L: ¡Ah!, por eso tú no eres muy de banderas. Ya te lo leí en un anterior post. Y ya para acabar, debo entender que, según tú, ¿los partidos nacionalistas solo pueden ser de derechas? 

J: Pues en España, sí. Por eso me parece muy bien que el PNV se denomine Partido Nacionalista Vasco; aunque creo que no es el partido típico de derechas (como, por ejemplo, es el caso del PP) porque, aunque su leitmotiv tenga mucho que ver con el nacionalismo, es verdad que, por lo que yo conozco, su 'clientela' es y ha sido socialmente transversal, y esto lo ha tenido en cuenta siempre en su gestión política. De todos modos, me parece bien que se autodenomine como lo hace; lo que me parece mal es lo de Esquerra Republicana de Catalunya, ERC, cuya denominación no da pistas de su sesgo independentista, que, desde la distancia, parece que es lo único que preocupa y ocupa a este partido (sobre todo, últimamente). Se debería cambiar de nombre... ¿Eh, Rufián?  

L: Oye, no te metas con Rufián, que ese es peligroso. 

J: Joder que sí, y listo. Si se enfada le diré que se me escapó su nombre sin darme cuenta.
Bueno, Listo, espero haber satisfecho tu curiosidad. Si me animo, dentro de unos días podemos seguir con el tema; esto da para mucho. 

L: Vale, Julio, pues quedamos para dentro de unos días. Mañana me voy a esquiar a Baqueira. Hay que aprovechar la nieve que ha caído estos días y que aún no piden pasaporte.

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